Las candidaturas al Goya a Mejor dirección novel, entre el continuismo industrial y la búsqueda de otro rumbo

El verano pasado la Academia de Cine modificó sus bases y aclaró un poco las cosas. La categoría de Mejor dirección novel es casi tan antigua como los Goya; ya existía en su tercera edición de 1989 para celebrar los primeros pasos de los cineastas más prometedores. Pero, ¿cuáles debían ser exactamente esos “primeros pasos”? ¿Debíamos ceñirnos a su ópera prima, a su primer largometraje? Originalmente, la condición para ser nominado a Mejor dirección novel era estar registrado en el ICAA. Si de cara a 2026 siguiera siendo así, Eva Libertad no podría aspirar con Sorda al Goya a Mejor dirección novel. Tendría que competir en Mejor dirección, a secas.

Ahora esto ha cambiado y, además del registro, el film debe haberse estrenado en salas comerciales para poder competir por dirección novel. No es lo que pasó con Nikolina —que Libertad codirigió en 2020 con Núria Muñoz—, ni tampoco con las obras previas de Gemma Blasco y Ion de Sosa, que luchan con Sorda en esta gala de premios. El Goya a Mejor dirección novel será revelado este 28 de febrero pero Sorda es favorita absoluta; cómo no serlo tras haber ganado la Biznaga de Oro en el Festival de Málaga y estar nominada a 7 premios Goya, incluido Mejor película.

Ni La furia es el primer largo de Blasco (ese fue El zoo) ni Balearic es el primero de De Sosa (tiene dos antes, True Love y Sueñan los androides). Entretanto Gerard Oms, aspirante al premio por Muy lejos, lleva años ejerciendo de coach actor para las grandes estrellas de nuestro cine. De ahí que la categoría del Goya a Mejor dirección novel de este año arroje la sensación de que no hay descubrimientos ni parteaguas. Al contrario, lo que hay es continuismo y una suerte de tutela industrial, que ha ido macerando a ciertos artistas hasta permitirles cumplir los requisitos del Goya que consolidaría su carrera. Esta tutela no solo se traduce en convocatorias de premios y festivales, también en esos laboratorios por los que Jaume Claret Muxart manifiesta tanto rechazo.

Claret Muxart también es candidato al Goya a Mejor dirección novel por Extraño río. Y tampoco sale de la nada; sus dos cortos previos anteceden la presencia de su debut con el largo en la sección Orizzonti del Festival de Venecia. Igualmente, su beligerancia ante los procesos formativos de la industria ilustra una tensión interesante en las películas nominadas este año. Siempre entre el deseo de reclamar un espacio propio, y la negociación con el espacio realmente existente.

Realismo académico al borde del derrumbe

La tutela referida no tiene por qué estar directamente amparada por lo institucional: también obedece a un caudal de referentes y temáticas al que se puede acceder con organicidad incluso partiendo de una experiencia exclusivamente personal. Muy lejos se basa en las vivencias del mismo Oms en plena crisis económica, con Mario Casas como voluntarioso álter ego para guiar el autodescubrimiento de la identidad sexual y la represión de género.

Dentro de este campo, Muy lejos pasa por ser la película más sólida de las nominadas. Encaja sin fricción alguna en el entorno de un coming of age tardío (como el mismo Oms lo ha descrito) y reclama una dignidad propia en un terreno inevitablemente viciado por la escuela de los hermanos Dardenne y la histórica digestión que hizo de ella Carla Simón, también persiguiendo lo autobiográfico. Simón, curiosamente, ha elegido esta misma temporada para alejarse de esa senda… y como resultado Romería parece ser su película menos apreciada.

Debe ser que la fórmula funciona, y que hay que tener cuidado al alejarse de ella. En ese sentido la eficacia de Muy lejos se acerca a la de Sorda, si bien en esta película hay más disonancias. El film de Libertad no habla de la propia Libertad aunque sí de su hermana Miriam Garlo, que interpreta a un personaje basado en ella misma; todo sigue siendo personal. Pero hay gestos distintivos. Sorda se atreve a afirmar una trascendencia más allá de lo particular —el centro del relato es la inquietud por si conectaremos con nuestro hijo una vez nazca, ¿qué hay más universal que eso?—, mientras que ahuyenta las posibles comodidades del artefacto al perfilar una protagonista bastante antipática, y abocar todo el pasaje final a su visceral perspectiva.

Esos últimos minutos de Sorda —cuando nos introduce en la cabeza del personaje y su silencio— demuestran que el compromiso con la subjetividad puede hacer tambalear el modelo, y es asimismo lo que sucede en La furia. La furia parte de un doloroso episodio autobiográfico, tiene copiosos planos desde el cogote y abunda en dialécticas trasnochadas campo/ciudad. Se infiltra el déja vu, pero hay notas refrescantes aún así. El trauma por la violación que determina la trama se expande de formas diversas y caóticas, tantas como las reacciones y dudas de los personajes.

La furia desafía entonces los clichés del rape revenge (el subgénero de violación/venganza) desde la visualización de la propia agresión, y alterna la reacción egoísta y machista del hermano (obsesionado con que su hermana le cuente quién ha sido) con la protagonista intentando lidiar con lo que ha sucedido a través de su entrega al teatro. Hay otros ingredientes a base de metáforas gruesas y sangrientas, jugueteos a lo Cisne negro de Aronofsky y rupturas tonales, que hacen de La furia una propuesta en definitiva desigual pero, también y finalmente, alérgica a la plantilla.

El sueño de los 16 milímetros

Frente a La furia, Muy lejos y Sorda (que podemos leer, en menor o mayor medida, como autoficciones), Extraño río se encuentra en un punto paradójico. Como la película de Oms, se trata de una historia de madurez queer forzosamente inspirada en la vida del mismo cineasta, cambiando un grisáceo Utrecht por la deslumbrante orilla del Danubio. Oms, Blasco y Claret Muxart —y también Sorda como coproducción catalana— prueban asimismo el poder del epicentro barcelonés para generar producciones potentes y sofisticadas, de fértil adecuación a certámenes europeos.

La diferencia es que Claret Muxart cree que la autoficción no debería coartar la búsqueda formal ni el extravío narrativo. Extraño río, frente a otras películas cercanas que acaso utilicen el realismo mágico como golpe de efecto puntual —caso de la citada Romería—, prefiere darle desde el principio una cualidad esotérica a lo que está planteando, en la senda de un impresionismo que tiene mucho de espontáneo e intuitivo. Así que sí. Sin ser una gran película ni mucho menos, Extraño río parece fresca. Parece, vaya, que no ha salido de un laboratorio.

La principal estrategia para lograrlo le emparenta finalmente con Balearic, pues Extraño río no sería lo que es sin su cuidadoso trabajo fotográfico. Claret Muxart ha empleado los 16 milímetros no solo para que la imagen se queme y la textura del Danubio adquiera un color dorado, sino para aprovechar lo complicado que es gestionar la cámara con un formato así. En sus propias palabras, ha concebido cada plano como un pequeño acontecimiento, ha acudido al André Bazin que todos estos cineastas tienen en mente desde otro lado: no ciñéndose al naturalismo, sino a la preocupación por que sea desde la imagen fotográfica de donde emane naturalmente el cine.

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Puesto que Ion de Sosa se ha dado a conocer en los últimos años sobre todo como director de fotografía (como uno de los más estimulantes y valientes del país, concretamente) las concomitancias entre Balearic y Extraño río son evidentes. La fotografía vuelve a ser increíble, qué menos. Pero Balearic está comprometida con un experimentalismo que, en este caso, escapa de todos los niveles de los discursos y paradigmas narrativos descritos hasta ahora.

Quizá por eso sea Balearic el film más potente entre todos los nominados. Transmite una total libertad, la necesaria para empezar como una historia de terror —unos adolescentes descerebrados se cuelan en una mansión de Mallorca y son atacados por unos perros homicidas— y conformarse de pronto como un artefacto a la medida de Luis Buñuel, exhibiendo la frivolidad de un clan de burgueses en vacaciones desde el surrealismo más juguetón. Y, sobre todo, más divertido, porque Balearic es fundamentalmente una comedia absurda que culmina su propia escuela.

Ahí está el matiz, que Balearic tampoco es una isla. De hecho, y al margen de la veteranía de De Sosa —nominado a Mejor cortometraje en su día por Mamántula—, Balearic puede entenderse como la cumbre de una determinada forma de hacer comedia en España. De hacerlo de forma independiente y esquinada, pero con unos sospechosos habituales. En Balearic están casi todos: el guion está coescrito por Julián Genisson (Inmotep), Lorena Iglesias, Chema García Ibarra (Espíritu sagrado) y uno de los Burnin’ Percebes (El fantástico caso del Golem). Así que Balearic es otro caso de continuismo industrial. Solo que con este, al menos, nos reímos más.

El verano pasado la Academia de Cine modificó sus bases y aclaró un poco las cosas. La categoría de Mejor dirección novel es casi tan antigua como los Goya; ya existía en su tercera edición de 1989 para celebrar los primeros pasos de los cineastas más prometedores. Pero, ¿cuáles debían ser exactamente esos “primeros pasos”? ¿Debíamos ceñirnos a su ópera prima, a su primer largometraje? Originalmente, la condición para ser nominado a Mejor dirección novel era estar registrado en el ICAA. Si de cara a 2026 siguiera siendo así, Eva Libertad no podría aspirar con Sorda al Goya a Mejor dirección novel. Tendría que competir en Mejor dirección, a secas.