El deseo de ser madre, contado desde las tripas

En los estantes de las librerías y en el escenario conviven dos obras hermanas, similares y opuestas como las dos orillas de un espejo. De un lado, Roedores, libro de la ilustradora Paula Bonet que publica Literatura Random House. Del otro, Grito pelao, un espectáculo de la bailaora Rocío Molina que acaba de pasar por los Teatros del Canal, en Madrid, con las entradas agotadas. Ambos están poblados por las mismas imágenes de sangre, humedad, refugio, espera. Ambos están atravesados por un deseo agudo y, pese a eso, tan poco concurrido en el arte como en el debate público y las conversaciones íntimas. La fuerza que los mueve es el deseo de la maternidad, el deseo de sus autoras de engendrar a un hijo. De un lado, Molina baila mientras su hija crece en su vientre. Del otro, Bonet escribe un doloroso subtítulo: Cuerpo de embarazada sin embrión

Aunque en realidad no es un subtítulo. La obra de Bonet, una de las ilustradoras españolas más prestigiosas, es doble. Primero, un libro sin ilustraciones que recoge fragmentos de su diario de embarazada en el que se atreve a nombrar también su primer aborto espontáneo. El segundo ocurre fuera de foco. En otra pieza separada, impresa en acordeón por las dos caras y con dos portadas gemelas forradas con tela de saco, la autora dibuja musarañas, ardillas, castores. Tampoco el espectáculo de Molina es convencional. Madurado durante un año a partir de improvisaciones junto a la cantante Silvia Pérez Cruz, ambas se suben a escena con la madre de la bailaora, Lola Cruz bajo la dirección de Carlos Marquerie. Grito pelao se representará por última vez en el teatro Chaillot de París del 9 al 11 de octubre y morirá, dice la compañía, "cuando aparezca la vida". Es decir, cuando nazca la niña que espera, la cuarta mujer en escena. 

Si las creadoras han tenido que lanzarse a romper las convenciones de sus respectivas disciplinas es, quizás, porque un tema como la maternidad y sus distintas experiencias no cuenta aún con la misma tradición que otros asuntos de la condición humana. Pero eso está cambiando. Habla Bonet, por teléfono, minutos antes de la presentación de Roedores en Madrid: "Empieza a haber ejemplos que ilustran que queremos que esto deje de ser un tabú. Pero no solo esto: todo lo que afecta al cuerpo de las mujeres. Me parece muy interesante esta necesidad que está apareciendo, sobre todo en el último año, de querer nombrarnos. Esta especie de despertar colectivo, la conciencia de que el sujeto ha sido siempre masculino y de que nosotros hemos sido un accesorio". En la nómina de libros que han abierto el melón está Quién quiere ser madre (Alfaguara), de Silvia Nanclares, que agitó el debate sobre cómo la precarización había obligado a muchas mujeres a posponer los hijos durante más tiempo del que sus cuerpos soportaban. 

 

"¿Por qué no mostrar lo que sucede?", se pregunta Molina en la presentación de Grito pelao en Madrid. La obra nace, explica con franqueza, del "deseo personal de ser madre" que llevaba posponiendo cinco años. Un deseo, explica con la misma transparencia, que está además lejos de la familia tradicional: ella es una mujer lesbiana, soltera y que recurre a la inseminación in vitro. Aunque es consciente de lo poco que se habla de estos asuntos en público —no digamos ya en los escenarios—, ella no tuvo que pensarse mucho si contarlo o no. "En un momento dado me preguntaba, ¿y qué hago con mi vida [durante el proceso de la búsqueda del embarazo]? ¿Interrumpo mi carrera, no? ¿Lo bailo, no lo bailo? Y, como siempre, lo bailo", dice. El impulso creativo fue antes que la apuesta política que supone llevar el tema a los teatros. Pero sabe que su decisión tiene peso: "Veo importante que alguien lo cuente, que alguien lo ponga en el escenario". 

El proyecto no estaba exento de riesgos. Lo explica Carlos Marquerie: "En un momento del proceso creativo nos bloqueamos, y fue cuando no sabíamos si se iba a quedar embarazada o no". La incertidumbre del proceso de reproducción asistida al que se sometía Molina era un elemento más a tener en cuenta, como podía ser la iluminación o la música. "¿Y si no me quedo?", se preguntaba la bailaora. "Lo bailaré. ¿Y si hay un aborto? Lo bailaré". Ese miedo que no fue está en el libro de Bonet. Escribe: "Me había convertido en una madre osa que solo quería velar por la protección del ratón milimétrico que estaba gestando en su útero. Y velé. Y tanto que velé. El estado de alerta era aterrador. Las siestas larguísimas, la dieta estricta, el aguarrás bien lejos. Pero al ratón se le paró el corazón y se quedó allí dentro, quieto, mudo. Como si no quisiera molestar. Estoy segura de que aquel ratón era una ratona". 

 

"Es muy difícil y doloroso", dice Bonet, y casi resulta innecesaria la aclaración. La esperanza y el desgarro son palpables. "Y a mí lo último que me apetece nombrar son mis dos abortos", confiesa, sabiendo que tendrá que recordarlos y analizarlos delante de desconocidos, en presentaciones y entrevistas, durante las próximas semanas o meses. Pero sabe que es importante que lo cuente, porque ha sido importante para ella leer a quienes lo hicieron primero: "Gracias a mujeres que nombraron lo íntimo, y que lo pusieron en un lugar desde donde se pudo alumbrar y se generó un debate, yo he crecido intelectualmente, me he relacionado mejor conmigo misma y con mi obra. Incluso he transitado mejor estas pérdidas". Así que se lanzó y el pasado enero publicó un post en Instagram. Luego, un artículo en eldiario.es en el que ya recogía parte de su diario. 

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Grito pelao no está marcado por la pérdida, pero sí tiene sus propios condicionantes. Primero, la decisión de Molina de no dejar de bailar aun estando embarazada —"Para mí hubiera sido un castigo", confiesa—. Pero también la certeza de un cuerpo que va cambiando y que debe moderar su energía. "Hay un trabajo muy importante en torno a la quietud", dice quien es conocida por ser un terremoto sobre la escena. Marquerie cuenta, de hecho, que para calmarse antes de los ensayos la bailaora tenía que correr 10 kilómetros y nadar un buen trecho. "Lo que se cuenta requiere un tiempo contemplativo. Y estando embarazada no puedo ser tan generosa, tan explosiva", señala. Junto a ella, su madre y Silvia Pérez Cruz, que también tiene una niña, aportan otras experiencias de lo que significa la maternidad. 

Al hacerse el oscuro, suelen ser las mujeres quienes se ponen el pie, cuenta la compañía. También son ellas las que llenan las presentaciones de Paula Bonet o las que se interesan por su libro. Alguien habla de lo que han vivido, de lo que vivirán, de lo que no, de lo que podrían vivir. Y no es tan común. 

 

En los estantes de las librerías y en el escenario conviven dos obras hermanas, similares y opuestas como las dos orillas de un espejo. De un lado, Roedores, libro de la ilustradora Paula Bonet que publica Literatura Random House. Del otro, Grito pelao, un espectáculo de la bailaora Rocío Molina que acaba de pasar por los Teatros del Canal, en Madrid, con las entradas agotadas. Ambos están poblados por las mismas imágenes de sangre, humedad, refugio, espera. Ambos están atravesados por un deseo agudo y, pese a eso, tan poco concurrido en el arte como en el debate público y las conversaciones íntimas. La fuerza que los mueve es el deseo de la maternidad, el deseo de sus autoras de engendrar a un hijo. De un lado, Molina baila mientras su hija crece en su vientre. Del otro, Bonet escribe un doloroso subtítulo: Cuerpo de embarazada sin embrión

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