Gerda Taro, el mito invisible que encontró su espacio como fotógrafa más allá de la sombra de Robert Capa

Comprometida en la lucha contra el fascismo que se extendía por Europa hace un siglo, la fotógrafa alemana Gerda Taro (Stuttgart, 1910 – El Escorial, 1937) llegó a España en agosto de 1936 con su pareja, Robert Capa, para documentar la Guerra Civil que acababa de comenzar, despertar conciencias e interpelar a los gobiernos occidentales. Sus fotografías de los combatientes y la población civil, así como su trágica muerte a los 26 años en la batalla de Brunete en julio de 1937, la convirtieron en icono mundial del reporterismo gráfico. Olvidado durante más de medio siglo, eso sí.

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"Ella, de alguna manera, es un mito invisible", plantea el periodista y escritor Fernando Olmeda (Madrid, 1962), autor de Gerda Taro. Fotógrafa en la guerra de España (Libros del K.O., 2026), un retrato de la primera reportera caída en un frente de combate —de nombre real Gerta Pohorylle— justo cuando empezaba a escapar de la alargada sombra de Robert Capa, el pseudónimo que ideó junto a su compañero, Endre Friedmann, para cobrar más por sus fotografías con el engaño de que se trataba de un enigmático y reputado fotógrafo estadounidense.

Pero volvamos a Taro, que, según Olmeda, "empezó en los últimos meses de su vida a firmar sus fotos en solitario", alcanzando así el "sueño" de "ser reconocida" por su trabajo. "Pero luego se dieron diferentes circunstancias que la convirtieron en un mito invisible, algo que puede parecer una contradicción porque mitos como James Dean o Kurt Cobain son bien visibles, pero el nombre de Gerda Taro no es como esos porque resuena, evoca, nos traslada a la guerra de España, y, pese a ello, ha estado invisibilizada durante 60 años porque nadie se ocupó de narrar su vida", apunta el autor.

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Esta situación no empezó a cambiar hasta finales del siglo pasado, y principalmente a partir de que en 2007 se hizo público el contenido de La maleta mexicana, un conjunto de cajas desaparecidas durante siete décadas con los negativos de entre 3.000 y 4.000 fotografías que Endre Friedmann, Gerda Taro (estos dos bajo el seudónimo de Robert Capa) y David Seymour (Chim) tomaron, fundamentalmente, durante la Guerra civil española. "Eso vino de alguna forma a hacer justicia y atribuir a Taro las fotos que, de manera errónea y también interesada, podemos decir que por razones económicas, se atribuyeron siempre a Capa", explica.

Exiliada en París huyendo de Alemania cuando Hitler llega al poder en 1933, Taro siente, como otros miles de personas, sobre todo jóvenes, el "impulso de venir a España no solo a defender la República, sino a luchar contra el fascismo". "Unos vienen con y otros sin armas, como es su caso, pero ella llega con una cámara de fotos, que es el oficio que ha aprendido desde que conoce a Robert Capa", apunta Olmeda, aclarando que, en cualquier caso, "desde sus parámetros de la mujer valiente y libre que quería seguir siendo, no quiso ser acompañante o musa de Capa". "Ella tenía un compromiso ideológico y un posicionamiento claro en un momento histórico concreto. Es decir, había una decisión consciente de estar aquí, en España, de fotografiar, de contar, de documentar la verdad y asumir, además, lo que implicaba hacerlo", apostilla.

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Y continúa: "De alguna forma, era también una manera de situarse donde no era habitual encontrar a mujeres y, finalmente, conquistar un espacio propio. Esto es importante, porque estar cerca de Capa podía definirla, pero realmente lo que le definió es lo que al final ella hizo. Taro entendía que su lugar no era una transferencia de Capa, sino que ella misma tenía que crearlo, de ahí ese empeño por situarse en un espacio casi exclusivo de los hombres y construir un relato propio, una mirada propia, al margen de la alargada sombra que ya empezaba a ser la de Capa".

A pesar de sus esfuerzos, de lo que evoca su nombre y lo que consiguió en sus últimos meses de trabajo, Gerda Taro "no ha dejado de ser durante décadas la pareja de Capa y de estar a su sombra". Es a principios de 1937, al comprobar que el prestigio de él empieza a ser "enorme", cuando ambos acuerdan, por ejemplo, firmar como Taro y Capa un reportaje de fotografías tomadas en Almería a los supervivientes de La Desbandá. "Después, él empieza a venir menos a España, y ella encuentra ahí su espacio", señala el periodista, cuyo objetivo personal es también "ponerla a ella en valor frente a Capa". 

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"Por eso siempre digo en el libro ‘Taro y Capa hacen tal cosa’ o ‘van a tal sitio’. Porque ella no es ‘la pequeña rubia’ o el ‘zorrito rojo’, esas fórmulas condescendientes de los años 30. Yo he querido ponerla en valor como mujer valiente, comprometida y antifascista, que sabía de la importancia de una victoria contra el fascismo en España", comenta, para acto seguido lamentar: "En su momento, fue elevada a los altares del antifascismo, pero la realidad es que no quedó nada de ella porque su familia fue exterminada por los nazis. Y Capa quedó tan conmocionado que se fue a cubrir la Segunda Guerra Mundial y luego a morir en la guerra de Indochina. Después, la agencia Magnum empezó a gestionar su legado fotográfico, y no fue hasta finales de siglo cuando se empieza a hacer justicia gracias a los investigadores que pusieron en pie un relato diferente".

En su momento, fue elevada a los altares del antifascismo, pero la realidad es que no quedó nada de ella porque su familia fue exterminada por los nazis

Llegados a este punto, aclara el autor que no estamos ante una biografía al uso, más que nada porque esa ya la escribió hace casi 20 años —Gerda Taro, fotógrafa de guerra. El periodismo como testigo de la historia (Debate, 2007)—. Así las cosas, este libro recorre los viajes de la fotógrafa por Aragón, Andalucía, Valencia, Castilla y Madrid, al tiempo que ofrece nuevas claves para entender algunas de sus instantáneas más emblemáticas y su papel en la Guerra Civil. 

Es, más bien, "una especie de libro de viaje" en el que Olmeda acompaña a los lectores por esos lugares que la protagonista recorrió en su momento. Por eso, "el reto era generar unas ciertas atmósferas, trasladar lo que ella vivió, casi escrito en presente histórico", valiéndose para ello de las voces de personas que la conocieron, "desde Rafael Alberti hasta Luis Pérez Infante", para construir así un "relato coral" que toma también como referencia todo lo que de un tiempo a esta parte han ido descubriendo sobre ella "periodistas, historiadores o investigadores locales, y que la historia oficial no contaba".

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"Es un libro de no ficción, esto es importante también, todo lo que se cuenta más o menos ocurrió, no hay nada inventado", aclara. "Además, como las buenas películas, la historia va evolucionando. Empieza con la euforia de Barcelona, pasa por las consecuencias de los bombardeos, por La Desbandá, luego Madrid y Valencia... Así, va cambiando su perspectiva y ya no quiere fotografiar la muerte anónima, sino trasladar esa idea humanista de las consecuencias de la guerra, hasta su muerte en la primera línea de fuego en Brunete. El relato refleja la transformación de su mirada: aunque sigue siendo muy idealista y confía en una victoria republicana, el realismo de la guerra en toda su crudeza se impone progresivamente. Es todo un viaje emocional", argumenta.

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Quizás por esa honestidad que destila su vida, sigue Gerda Taro hablándonos a pesar del paso del tiempo. "Su figura nos traslada directamente a la actualidad", concede el autor, recordando que "el fotoperiodismo muestra una realidad horrible porque el mundo es un horror continuo", a pesar de lo cual "todos los reporteros han estado y siguen estando dispuestos a captar imágenes y archivarlas en la historia y en nuestras conciencias". "Son los ojos de la guerra y me da la sensación de que, al margen de compromisos profesionales, hay una obligación moral hacia las víctimas", apostilla.

Para Olmeda, ella tenía eso de la misma manera que lo siguen teniendo los profesionales que cubren los conflictos de hoy en día: "Los reporteros de guerra nos ayudan a comprender el mundo. Es algo muy difícil, mal pagado, incomprendido muchas veces, pero ese espíritu valiente y tenaz que tenía Gerda Taro está vivo en los reporteros actuales que documentan el horror de las guerras. Son intermediarios entre el dolor y el olvido, y están informando en la delgada línea que hay entre la vida y la muerte. Quizás no pueden cambiar el mundo, pero sí mostrarlo".

Es por ello que el "paso adelante" que dio Gerda Taro hace 90 años, y que le costó la vida, "nos remite a tantos y tantas compañeros y compañeras actuales que están documentando la verdad de este mundo horroroso que tenemos delante", defiende el periodista, que busca también con este título poner en valor el trabajo fotográfico de los profesionales españoles que estuvieron trabajando durante la guerra, "principalmente en el lado republicano". Nombres como Centelles, Vidal Corella o Díaz Casariego, enumera, "porque parece que los que arriesgan de verdad son los que aterrizan en las guerras, pero los reporteros locales, como podemos ver en Gaza, tienen el mismo valor en términos de calidad y de compromiso con la verdad que los que llegan de fuera".

Comprometida en la lucha contra el fascismo que se extendía por Europa hace un siglo, la fotógrafa alemana Gerda Taro (Stuttgart, 1910 – El Escorial, 1937) llegó a España en agosto de 1936 con su pareja, Robert Capa, para documentar la Guerra Civil que acababa de comenzar, despertar conciencias e interpelar a los gobiernos occidentales. Sus fotografías de los combatientes y la población civil, así como su trágica muerte a los 26 años en la batalla de Brunete en julio de 1937, la convirtieron en icono mundial del reporterismo gráfico. Olvidado durante más de medio siglo, eso sí.

La creación de Robert Capa

Robert Capa está considerado el reportero de guerra más famoso de la historia. Un personaje creado por Gerda Taro y Endre Friedmann de "común acuerdo en vista de la precariedad económica en la que vivían" en París a mitad de los años 30. "Es un acuerdo de ambos crear la figura de un supuesto fotógrafo norteamericano, un tal Robert Capa, del que ellos tienen los derechos para distribuir sus imágenes en Europa con un precio más alto que el de sus propias fotos, aunque realmente son las de Friedmann. Es un truco de venta que funciona", relata Olmeda.

Y todavía continúa: "Eso sí, hay que distinguir entre Robert Capa, que es Friedmann, y la firma de las imágenes, que es foto Capa. Principalmente en el primer viaje, las fotos que hizo ella con otra cámara fueron subsumidas bajo el sello Capa, porque lógicamente eran más vendibles, pero eso significó la invisibilización absoluta de quien las había hecho, porque Taro realmente no existía en ese momento. Esa es la diferencia importante, que Robert Capa es él, y Capa es el crédito con el que se firmaron las primeras fotos que hicieron juntos, y luego ya las que hizo él de manera individual".

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