En 1983 se asaltaron en España 818 joyerías, casi tres al día, por valor de 650 millones de pesetas, y los golpes provocaron 12 muertos: siete delincuentes y cinco comerciantes. En Madrid, se cometieron 6.000 delitos mensuales y en agosto se superaron los 8.000, casi el doble que el año anterior. En 1978 hubo 108 atracos a entidades bancarias, que ascendieron a 6.239 en 1983 (un 600% más). Según escribe Arturo Lezcano en el libro Madrid, 1983 (Libros del KO, 2021), el nuestro fue el país con más atracos a bancos del mundo aquel año.
En ese contexto se hace fuerte José Manuel Cifuentes, nacido en 1968 en el barrio madrileño de San Blas, que entonces era el auténtico y verdadero extrarradio, hasta convertirse en El Panamá. Un apodo de la infancia que viene del colegio al que iba antes de mudarse con su familia a su nueva barriada y que, desde hace ya varias décadas, es tan popular entre la policía como desconocido por la ciudadanía y temido por sus colegas del gremio delictivo. Un inciso: actualmente cumple una condena de 32 años en Estremera por atracar con tentativa de homicidio un Mercadona en Yuncos (Toledo) en 2013, una de las pocas veces que su nombre sonó repetidamente en los medios.
"Naturalmente, los delincuentes operan por debajo del radar de los medios, porque si no, no podrían moverse. Y a mí me interesa la arqueología, no me atrae contar de lo que ya habla Telecinco", apunta a infoLibre Iñaki Domínguez (Madrid, 1981), licenciado en Filosofía y doctor en Antropología Cultural, experto en macarrismos varios, pandillas y mitos urbanos con varios libros ya a sus espaldas. Domínguez dio con El Panamá precisamente a base de profundizar durante años en los bajos fondos y empezar a interesarse más al detalle por el "tráfico de drogas, las extorsiones y los vuelcos" (esto es, robos a otros traficantes).
A base de encontrarse con gente diversa, se dio cuenta de que El Panamá era "muy conocido en ese mundillo", en el que era respetado por muchos como una figura paterna —no pocos le llaman 'papá', de hecho—. "Además, es un tío que opera en un lapso de tiempo interesante porque conoció a los quinquis de los 80, que ahora interesan a tanta gente por las películas, pero también estuvo vinculado al origen de los Miami y a toda esa delincuencia de los años 90 y 2000. Su vida me parecía fascinante en todos los sentidos y sirve, asimismo, para explicar la historia de un país desde el prisma de la delincuencia al tocar muchos palos y estar vinculado a personajes de distintas épocas", explica el autor.
Todo eso es lo que queda plasmado en El Panamá. Vida de un fuera de la ley (Ariel, 2026), una biografía que es a su vez un relato coral sobre las múltiples transformaciones que ha experimentado Madrid, y por extensión todo el país, a lo largo del último medio siglo. Un libro que arranca cuando el escritor recibe un mensaje a través de Instagram del hijo de El Panamá, que ha leído alguno de sus títulos anteriores y está interesado en contar su historia. Algo que da "miedo", tal y como reconoce Domínguez, pero resulta al mismo tiempo "fascinante". Una oportunidad de las que no se dejan pasar.
En términos de delincuencia, cada barrio tenía ciertas especialidades: los butroneros son tradicionalmente de Vallecas, el tráfico de drogas en Vicálvaro y en San Blas más los atracos de bancos
Se convierte así la vida de El Panamá en un viaje al corazón de los 80 cuando se apagan las luces de neón, con violencia, drogas, bandas y una juventud decidida a vivir sin límites la llegada de la democracia para escapar de la miseria y la desesperación de un país en pleno tránsito hacia quién sabe dónde. "En el pasado siempre hay cosas mejores y peores. En esa transición, Madrid era una ciudad donde la heroína estaba haciendo estragos y era el motor de gran parte de esos atracos, porque los yonquis necesitaban mucho dinero", señala, recordando que la situación era dramática en los barrios pero el centro también estaba "fatal".
"Eso sí, entre Vicálvaro, San Blas y Canillejas, había una especie de Triángulo de las Bermudas", apostilla. "En términos de delincuencia, además, cada barrio tenía ciertas especialidades: los butroneros son tradicionalmente de Vallecas, el tráfico de drogas en Vicálvaro y en San Blas, más los atracos de bancos", enumera, para acto seguido continuar: "En San Blas lo más tremendo no era el parque Paraíso, sino la avenida de Guadalajara, que era lo que se conocía como Guarrerías Preciados, es decir, un poblado de la droga tremendo al que no se atrevía a entrar nadie, salvo José, que entraba para atracar a los propios gitanos que vendían".
Antes había unos códigos básicos de convivencia en el mundo normal que también existían en el de la delincuencia. Eso desaparece en una sociedad más neoliberal o de un capitalismo tardío
Ese tipo de loco arrojo tenía El Panamá, quien por cierto jamás bebió alcohol ni se drogó, perteneciente a una estirpe de delincuentes de otra época, que vivían con la lealtad por bandera, incluso de alguna forma protegidos por los vecinos en sus propios barrios como una forma de resistencia frente al poder policial descontrolado y heredero de la dictadura. "Se dice mucho que antes había valores, se defendían ciertos códigos, y ahora todos son chivatos", indica Domínguez, para quien eso es parte de una sociedad también distinta.
Así lo explica: "Es muy interesante analizarlo como un microcosmos de delincuencia dentro del macrocosmos social. Es verdad que la gente tenía ciertos valores. Ahora dices 'hola' en el ascensor y no te contestan, algo muy violento a lo que no me acostumbro. Antes había unos códigos básicos de convivencia en el mundo normal que también existían en el de la delincuencia. Eso desaparece en una sociedad más neoliberal o de un capitalismo tardío, en la que cada uno es más átomo y va a su bola. Algo que se manifiesta también en estos otros ámbitos".
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En este dibujo de un país que era y ya no es, el autor tira de memoria para rechazar la idea de que "el fascismo esté ahora en boga". "En los 90 no podías ir a los bajos de Argüelles porque había neonazis. Yo personalmente no podía ir porque llevaba el pelo largo en plan alternativo, así que no ibas y punto. Las estadísticas de palizas y muertes por violencia de neonazis en la calle eran tremendas. Era mucho peor la situación en esa época, la sociedad era más violenta, no cabe duda, y eso era muy malo, pero también tiene sus cosas buenas en el sentido de que te haces un poco menos quejica y más duro", plantea, antes de puntualizar: "Pero, por supuesto, es preferible la situación de hoy sin esas violencias de entonces. Porque, encima, tenías a ETA en activo".
El libro también aborda la relación de El Panamá con los Miami, seguramente la banda de delincuentes más mediática de este país desde su irrupción en los años 90 controlando las puertas de tantas discotecas. Se le ha llegado a acusar de ser el líder de los Miami, con los que acabó entablando cierta amistad, pero lo cierto es que José María Cifuentes era, en todo caso, skin, heavy, rocker, atracador y enemigo de la famosa banda, con la que incluso tuvo un tiroteo en La Peineta —lo que hoy es el Estadio Metropolitano... en San Blas, claro—. "José estuvo presente en los orígenes, en el germen en un criadero de perros de Vicálvaro, pero, de hecho, a mí me han contado que los Miami le tenían un poco de miedo", aclara el autor, que aprovecha para criticar que "cada vez que aparece un delincuente de cierto relieve" la prensa diga por sistema que pertenece a los Miami, cuando no suele ser así: "Debe dar muchos clicks y muchos likes, pero no es verdad".
El Panamá llegó a dominar San Blas y a reinar en Madrid con sus compinches, eso sí es verdad, formando parte, además, de una familia totalmente normal. "Me quedé loco cuando conocí a su madre y a sus hermanos, me chocó muchísimo que fueran tan normales teniendo en cuenta su reputación", confiesa, hablando de una "inclinación innata" hacia la delincuencia más que de pertenencia a un núcleo familiar desestructurado. "Lo que pasa es que, claro, si uno tiene esa inclinación innata y crece en San Blas en los 70 y los 80, se convierte en lo que se convierte", termina.
En 1983 se asaltaron en España 818 joyerías, casi tres al día, por valor de 650 millones de pesetas, y los golpes provocaron 12 muertos: siete delincuentes y cinco comerciantes. En Madrid, se cometieron 6.000 delitos mensuales y en agosto se superaron los 8.000, casi el doble que el año anterior. En 1978 hubo 108 atracos a entidades bancarias, que ascendieron a 6.239 en 1983 (un 600% más). Según escribe Arturo Lezcano en el libro Madrid, 1983 (Libros del KO, 2021), el nuestro fue el país con más atracos a bancos del mundo aquel año.