El ruido y la trama

Convivimos con distintas realidades jurídicas que lo empañan todo y dificultan la claridad y el peso de cada una. Por un lado, están las que afectan al hermano y a la esposa del presidente; por otro, los casos de corrupción de calado que van desde el caso Ábalos/Koldo/Cerdán al caso Leire Díez; luego está el debate paralelo sobre las velocidad de la Justicia y, finalmente, la reacción política e institucional que están dando el PSOE y el Gobierno.

La 'operación cercar a la familia' está coordinada por la marca ultra Manos Limpias. Atacar la línea de flotación más personal de Pedro Sánchez, el punto de mayor desestabilización. Resulta muy difícil encontrar explicaciones a por qué se piden 26 años de prisión para Begoña Gómez o cuáles son exactamente los hechos penales que la llevarán al banquillo con semejante pena. Es igual de difícil de explicar cómo la creación y adjudicación de la plaza de David Sánchez ha terminado en una causa penal con seis años de cárcel en juego cuando la vía es la contenciosa administrativa. El caso está visto para sentencia y, como en el de Gómez, se da por hecha una condena. La UCO ha aportado su interpretación de unos correos electrónicos. Esa interpretación fue desmontada por sus autores durante el juicio y no fue refutada más allá del terreno interpretativo. 

El enchufe, como en el caso de Jéssica Rodríguez y José Luis Ábalos, apunta a quien enchufa, no a quien es enchufado. Jéssica Rodríguez nunca fue imputada, aun reconociendo que ni siquiera apareció por su puesto de trabajo y que fue colocada. La responsabilidad se dirigió hacia el ministro, no hacia la beneficiaria. Frente a la machacona estrategia sincronizada de la oposición con Manos Limpias —el "es la primera vez que el hermano de un presidente..."—, una evidencia: si no fuera el hermano del presidente, no habría habido juicio. La dirección de la Oficina del Español de Ayuso para Toni Cantó se creó para colocar al ex de tres partidos, en ese momento la mochila de Ciudadanos de Génova 13. Cuando la presidenta madrileña decidió soltar lastre, desapareció la plaza. A nadie se le ocurrió plantear que Cantó pudiera acabar en la cárcel por ese motivo.

La lista de volantazos temerarios del juez Peinado es tan larga, y se ha escrito tanto (léase aquí o en esta otra columna, entre otras), que basta un ejemplo para mostrar la pulsión que la mueve. El 24 de junio de 2025 solicitó imputar a Félix Bolaños elevando exposición razonada al Supremo. El 15 de julio, el Alto Tribunal lo rechazó al no apreciar “el más mínimo indicio”. ¿Qué pasó entre tanto? Las lindezas del PP en sesión de control fueron desde el “Sánchez le llamó a mentir, y a eso se le llama falso testimonio” hasta las peticiones de dimisión. Miguel Tellado habló de “fase terminal” del Ejecutivo y exigió su salida del Gobierno. Feijóo calificó la situación de “grave”. De nada sirve que instancias superiores corrijan la conducción temeraria del juez si el objetivo es precisamente crear el caldo de cultivo, caldear el ambiente y echar leña al fuego del PP. No había nada contra Bolaños, pero la mera petición bastó para que Feijóo y el PP hicieran oposición sobre una imputación basada en la ficción de Peinado.

Luego están las causas profundas, las verdaderas tramas. El juicio de las mascarillas mostró el esperpento de la gestión de Ábalos y Koldo al frente de Transportes. No le han encontrado comisiones al ministro. Tanto da. La descomposición moral del político, reflejada en su utilización de las mujeres a costa del dinero de Aldama y en poner los recursos y la influencia de su cartera al servicio de sus vicios, fue el retrato de su etapa al frente del ministerio con mayor presupuesto y como número tres del PSOE. Si era fácil o no de encapsular, lo cierto es que se consiguió. Ábalos acabó en el Grupo Mixto, nunca hubo una manta de la que tirar y el Ejecutivo apartó esa corrupción del Gobierno.

El PSOE y el Gobierno han decidido tener un papel reactivo. Solo reconocen o aclaran algo cuando se publica en los medios o salta en los sumarios

Y ahora viene lo serio. La trama que el Gobierno no es consciente de cuánto le afecta y de la que peor respuesta está dando. Los cuadernos de Leire Díez son desordenados, caóticos, una suerte de diario indistinguible en muchos episodios entre las meras anotaciones y las citas reales. Lo que está comprobado es que tenía conexiones al máximo nivel, se movía como quería con Santos Cerdán al mando —según el juez— y está investigada por llevar a cabo acciones ilegales para obstruir causas judiciales o neutralizar a quienes están al mando. Fernando Grande Marlaska ha acabado mintiendo a cuenta de las reuniones de la directora de la Guardia Civil, a quien mantiene a pesar de haber negado encuentros con Leire Díez (tres, según el sumario) y tras reconocer que hablaron de la trama. ¿Qué pintaba una “militante” en calidad de amiga pidiendo que repusiera en su cargo a un comandante de la UCO investigado por la corrupción de Ábalos/Koldo? Ahora sabemos que Díez también pudo reunirse con el número dos de la Fiscalía General, pero no como Leire Díez, sino como acompañante del abogado investigado Jacobo Teijelo en calidad de (falsa) abogada. A ambos les pagaba Ferraz, un rastro del dinero que puede acabar en la imputación de las siglas como persona jurídica. 

El PSOE y el Gobierno han decidido tener un papel reactivo. Solo reconocen o aclaran algo cuando se publica en los medios o salta en los sumarios. La peor estrategia si quieres evitar que parezca un encubrimiento o que realmente te escandaliza lo ocurrido desde el corazón del partido

Presunción de inocencia por delante, dando por hecho que Pedro Sánchez no sabía nada, faltan muchas explicaciones en una causa que afecta al presidente como secretario general del PSOE y beneficiario —al menos subsidiario— de la operativa de Leire Díez y Santos Cerdán. Ninguna de estas causas tiene el alcance y la profundidad de Gürtel o Kitchen. Pero si comparamos la reacción del PP en ambas, tapar la primera les llevó a una operativa más delictiva que la financiación ilegal. En el momento judicial más delicado para Sánchez, encubrir o mentir, no reaccionar, es tan grave como lo que ocurrió en Ferraz y no se vio o no se quiso ver. Si se conocía, la dimensión ya es Game Over. Mientras dure la instrucción, la única salida es la transparencia.

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