Los '50 principales' de Alfons Cervera

Hace un par de años, en el número 68 de la albaceteña revista Barcarola, publicó Alfons Cervera un agudo ensayo, "Por qué dejé de leer novela negra". Habría estado bien que hubiera ampliado sus originales opiniones de lector independiente a otros subgéneros narrativos pero, por el momento, sigue dejándonos con la miel en los labios. No poca relación guarda este artículo con su nuevo libro, Algo personal. ¿Te ha picado alguna vez una abeja muerta?(Piel de Zapa), aunque aquí sus cábalas van en sentido contrario: afirmar, a partir de esa llamada a la memoria básica en toda su escritura, qué libros sostienen su formación literaria, lo cual, en un caso como el suyo de palmario autobiografismo, equivale también a su educación sentimental y moral. Algo personal, según presagia el título, plantea un recorrido íntimo, vale decir confesional, por la biblioteca privada más querida del autor. Otros muchos volúmenes, a buen seguro, colmarán las estanterías de su casa valenciana en Gestalgar, donde vive y donde cuida de su hermano deficiente Claudio, según narró en su emocionantísima obra anterior. Otros muchos tendrá, digo, pero los deja de lado porque ahora se fija solo en algunos estrechamente unidos a su trayectoria vital.

Cincuenta obras forman el catálogo de la biblioteca secreta de Alfons Cervera. Airearlas podría ser pretexto para un ejercicio culturalista, o para la pedantería y pretenciosidad críticas. Lo contrario ocurre en este sugerente libro casi con un punto de provocación que implica un concepto de las letras bien definido. Aprecia en ellas, ante todo, algo básico, la fuerza comunicativa, sin pararse en distingos entre alta o baja literatura. De ahí la defensa de las novelas del Oeste que aún sigue frecuentando y que colmaron su adolescencia, “novelitas que alimentaron desde niño mi afición por la lectura” y le enseñaron “a amar la literatura más que los grandes nombres que vendrían después”. Subraya, además, y el detalle no debe pasar desapercibido, que esos cuadernillos de quiosco, “de a duro”, fueron un medio obligado de ganarse la vida de republicanos que padecían el exilio interior y firmaban bajo evocadores pseudónimos extranjerizantes, entre los que destaca al Silver Kane que escondía a quien supimos después vigoroso narrador, Francisco González Ledesma. El mismo sentido tiene el recuerdo de colecciones o editoriales, por desgracia hoy desaparecidas, que, sin prestigio académico o cultural, facilitaban el acceso a mundos imaginarios de noble entretenimiento. Gratitud manifiesta a la Colección Reno de Plaza Janés y, en especial, a aquel Círculo de Lectores que llevaba los libros a las casas de gente que no iban a las librerías.

El reconocimiento de la literatura popular es compatible con la denuncia de la literatura de consumo, de la pura dimensión industrial y comercial del libro, de “esa escritura pulposa que se amontona goteando grasa en las estanterías de los centros comerciales”. Al sistema que lo sostiene le dedica un dardo ideológico a propósito de El extranjero de Camus: “eso de que haya gente con el destino abocado al abismo desde el principio me provoca una sensación de poca confianza en este capitalismo cerril que lo mismo desprecia a quien lo molesta que premia impunemente a Houellebecq”.

Alfons Cervera husmea en su librería familiar y entresaca de sus estantes títulos y autores —incitado a veces por aquellos, otras por estos— especialmente vinculados con su vida. Este criterio es el decisivo en sus preferencias. Determina la lista de escritores extranjeros, donde figura alguno esperable (Patricia Highsmith) y muchos olvidados o poco conocidos. De ellos hace lecturas cordiales y emocionales, alguna con manifiesta voluntad de rescate: quizás la más rotunda de la antología, incluidos los autores españoles, sea, no por azar, la novela social El cemento, de Fyodor Gladkov. En la nómina de elegidos no están ni Joyce, Proust o Virginia Woolf; ni Shakespeare o Dante; ni Cervantes o Galdós. Lo cual ha de entenderse en su justo alcance. No indica ignorancia o menosprecio sino no rendir pleitesía a la convención académica y un estricto atenerse a la proyección biográfica de las lecturas.

La aproximación a los autores españoles supone matices no desdeñables. Algunos aparecen por un ejercicio de puro reconocimiento: Marsé, Luis Goytisolo, Martín Gaite, Onetti, Vázquez Montalbán (el poeta, no el narrador). El reconocimiento se acompaña de la reivindicación en un mayor número de ocasiones: Ana María Moix, José Avello, Mercedes Soriano, Aldecoa, Miguel Espinosa, Manuel Talens (motivo de darle un zasca al editor que le mandó buscarse otra editorial por ir de izquierdista), Antonio Rabinad, Antonio Ferres o Max Aub (“No sé si hay un escritor tan grande como olvidado entre todos los que he leído”). El homenaje admirativo lo adorna con una ocurrente venganza al emparejar a Bécquer y Cernuda: unos ensayos del exilado le redimieron del “recetario sentimental” con que en su juventud le habían simplificado al autor de las rimas.

La flexibilidad de criterio se advierte en el elogio de autores que no son de su cuerda y que anduvieron muy alejados de su estética: Mercedes Soriano o Mariano Antolín Rato. Y la valoración fuera de la asepsia crítica habitual viene a propósito de Ferrer Lerín, quien, proclama, “escribe como juega al futbol Messi”, “como dios”.

El tono personalísimo de la elección y de los juicios se aprecia en otras sorprendentes preferencias a contracorriente de la opinión dominante y que no figurarían en el más complaciente repertorio de la mejor narrativa española de la pasada centuria. Todas se relacionan por su nexo con una escritura muy convencional: la Carmen Laforet de La insolación, Concha Alós, Cecilia G. de Guilarte, Ángel María de Lera, José Antonio García Blázquez, la Dolores Medio de Celda común o Carmen Kurtz. Cervera es consciente de la máxima subjetividad con que amuebla su biblioteca, tanta que, respecto de la novela de Kurtz, aclara con desenfado que respeta a los críticos pero que “también yo tengo mis opiniones y no pediré perdón por incluir Duermen bajo las aguas”.

Cada libro tiene su propio código de aproximación. También este de Cervera, quien, cálido y conversacional, con reiteradas apelaciones al lector, no alberga la pretensión de proponer un canon alternativo a la literatura del último medio siglo largo y no va de más listo que otros, que los críticos o los profesionales de la historia literaria. Lo dice con absoluta claridad. Su trabajo ha sido una “recuperación más sentimental que literaria”. De ahí la gracia y el encanto de Algo personal, un libro para asomarse al autor y a una época, para anotar muy certeras propuestas (subrayo, por ejemplo, Aldecoa, Avello, Max Aub o Gladkov) y para establecer con él un diálogo en no pocas ocasiones discrepante. A falta de un canon pretencioso o subversivo, Cervera se ha ceñido a ponerles nombre y páginas a los 50 principales de una vida, la suya. El resultado se cifra en un canto estimulante y fervoroso a la literatura y a la lectura, al valor de las letras para diseñar la arquitectura espiritual de las personas.

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¿Elecciones caprichosas las de Alfons Cervera? Algo sí, pero no arbitrarias. Este tentador libro sobre libros se subordina todo él a una meta unitaria: “poder desvelar en los libros que me gustan no las abrumadoras estrategias para cambiar el mundo sino ese misterio que es la fragilidad de la vida humana en la gran literatura”. Esta empresa responde tanto a una ética como a un acto de fe.

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Santos Sanz Villanueva es crítico literario y catedrático de Literatura española de la Universidad Complutense de Madrid.

Hace un par de años, en el número 68 de la albaceteña revista Barcarola, publicó Alfons Cervera un agudo ensayo, "Por qué dejé de leer novela negra". Habría estado bien que hubiera ampliado sus originales opiniones de lector independiente a otros subgéneros narrativos pero, por el momento, sigue dejándonos con la miel en los labios. No poca relación guarda este artículo con su nuevo libro, Algo personal. ¿Te ha picado alguna vez una abeja muerta?(Piel de Zapa), aunque aquí sus cábalas van en sentido contrario: afirmar, a partir de esa llamada a la memoria básica en toda su escritura, qué libros sostienen su formación literaria, lo cual, en un caso como el suyo de palmario autobiografismo, equivale también a su educación sentimental y moral. Algo personal, según presagia el título, plantea un recorrido íntimo, vale decir confesional, por la biblioteca privada más querida del autor. Otros muchos volúmenes, a buen seguro, colmarán las estanterías de su casa valenciana en Gestalgar, donde vive y donde cuida de su hermano deficiente Claudio, según narró en su emocionantísima obra anterior. Otros muchos tendrá, digo, pero los deja de lado porque ahora se fija solo en algunos estrechamente unidos a su trayectoria vital.

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