César Rendueles: "No es que en Twitter haya muchos nazis, es que tiene un algoritmo nazi"

¿De verdad esperábamos que internet favoreciera la convivencia democrática cuando cedimos su diseño y gestión a algoritmos opacos, propiedad de las mayores empresas del planeta? Esa es la pregunta nuclear que lanza César Rendueles (Girona, 1975) para tratar de dar respuesta a estos tiempos de odio, posverdad y comunicación disfuncional en unas redes sociales en las que la mentira campa a sus anchas.

Porque, tal y como el sociólogo, experto en redes sociales y titular del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) afirma nada más empezar Redes vacías. Tecnología catastrófica y el fin de la democracia (Anagrama, 2026), internet se presentó como una promesa de libertad, pero ha desembocado en un paisaje grotesco de irracionalidad, ultramercantilización, violencia y descomposición de lo común.

Es en ese terreno por donde reflexiona este ensayo que trata de poner el foco en "aspectos que a todos nos preocupan de las tecnologías digitales e internet y muy específicamente su conexión con procesos neoautoritarios y con una cierta degradación de la democracia", resume a infoLibre el autor, quien recuerda que en la evolución que aún están experimentando, efectivamente, durante mucho tiempo se nos dijo desde "gobiernos, instituciones culturales, universidades o medios de comunicación" que las tecnologías digitales eran "inevitables en su desarrollo hegemónico" y la "solución prácticamente para todo".

"Eso ha sido así hasta hace muy poco en casi todas las sociedades del mundo", advierte, para acto seguido desarrollar: "Y en cierto momento, como sin darnos cuenta, seguramente podemos ubicarlo históricamente en la pandemia, eso dio un giro distópico y de pronto empezó a ser como todo lo contrario. Empezamos a ver internet y la tecnología digital como una especie de foco infernal de todas nuestras miserias, pero una vez más como si fuera algo completamente inevitable, un tsunami ahora maléfico al que hay que someterse. Y esa especie de movimiento pendular del utopismo al catastrofismo sigue teniendo el mismo problema conceptual de fondo, que es no hacernos cargo de que somos nosotros quienes llevamos las riendas de la tecnología y no al revés. Y que la tecnología digital al final es una más de muchos desarrollos tecnológicos que hay y no tiene de suyo un especial privilegio". 

Hoy se podría hacer un recorrido coherente sobre cómo el autoritarismo ha sido alimentado por concepciones muy concretas de la tecnología

Plantea Rendueles en este punto que buena parte de ese "halo utópico y fetichista" que rodeaba a la tecnología a principios de este siglo, tenía que ver "hasta hace muy poquito" con una "imagen más o menos pop que rodeaba a Silicon Valley y a los dueños de las grandes tecnológicas", pues parecían "muchachos introvertidos, genios de las matemáticas que no sabían qué hacer con su dinero, llevaban sudaderas con capucha y se gastaban todos sus millones en cómics o en cosas más o menos simpáticas". 

"Pero de pronto descubrimos la cruda realidad, que eran millonarios exactamente igual de malos que todos los demás, tan narcisistas, egoístas y desapegados de sus congéneres como el resto de millonarios del mundo", remarca, afirmando que además de eso, "tenían una capacidad de incidencia política que muy pocas multinacionales han tenido a lo largo de la historia del capitalismo". 

Twitter al principio tenía un sesgo marcadamente progresista, hasta que lo compró Elon Musk

"Porque muy pocas empresas han tenido esa capacidad monopolística, lo cual efectivamente se añadió a un ciclo político infernal en Estados Unidos, generando una especie de tormenta perfecta de autoritarismo. Lo que subyacen son una serie de esperanzas, de ilusiones, de espejismos utópicos que rodearon a las élites tecnológicas, una especie de halo humanista, naif, más o menos cordial, que para nada se correspondía con la realidad", añade.

"En el fondo, la tecnología digital durante mucho tiempo fue un poco como la cara amable de la globalización neoliberal", destaca, al tiempo que recuerda que a lo largo de esos años "la globalización fue realmente una especie de paradigma hegemónico que, con mayor o menor agrado, millones de personas de todo el mundo compartían o aceptaban, porque ofrecía un horizonte de progreso, de concordia, de avance también político".

Si los algoritmos de las redes sociales tienen tanto impacto en nuestras vidas es porque vivimos en sociedades ya algoritmizadas, es decir, individualizadas, desinstitucionalizadas, desmediatizadas

"Algunos éramos muy escépticos y no nos lo creíamos, pero tampoco teníamos muy clara cuál era la alternativa. Y la tecnología digital era un poco como la cara amable de todo eso. Te puedes no creer que el libre comercio vaya a traer prosperidad a todo el mundo pero, ¿quién va a desconfiar de que la interconectividad a través de internet va a generar prosperidad y bienestar político?", indica, para después señalar que a día de hay es claro que hay "elementos comunes" a la tecnología, el capitalismo y el fascismo "que a veces encajan de una manera que alimenta el autoritarismo". "Hoy se podría hacer un recorrido coherente sobre cómo el autoritarismo ha sido alimentado por concepciones muy concretas de la tecnología", apostilla.

Esto no significa, aclara, que quienes desarrollaron en los años noventa las tecnologías digitales "tuvieran en la cabeza desembocar en el fascismo", pero sí que se fueron estableciendo ciertas condiciones, como una "centralización enorme de las fuentes de información y una desinstitucionalización muy grande de los medios de comunicación y los medios de producción tecnológica, que no desembocaban inevitablemente en una oleada no autoritaria, pero que se lo ponían muy fácil a quienes querían ir por esa vía". 

Y eso que en los años noventa y comienzos del siglo XXI "se veía la tecnología como el arma definitiva de la democracia", rememora, al tiempo que también destaca que hace no tanto "realmente la izquierda era muy fuerte en los entornos digitales y tenía una gran capacidad para marcar la agenda política digital". De hecho, subraya que "Twitter al principio tenía un sesgo marcadamente progresista, hasta que lo compró Elon Musk". "De hecho, yo creo que durante bastante tiempo, en la primera década y pico de este siglo, la izquierda se sentía como muy fuerte en esos medios, desconfiaba de los medios tradicionales", recalca.

Esa especie de movimiento pendular del utopismo al catastrofismo sigue teniendo el mismo problema conceptual de fondo, que es no hacernos cargo de que somos nosotros quienes llevamos las riendas de la tecnología y no al revés

Sin embargo, en cierto momento eso "se invirtió por distintos motivos. Primero, porque "la extrema derecha hizo una apuesta muy fuerte, organizada y bien financiada por intervenir en ese espacio", mientras que del lado de la izquierda "no ha habido nada parecido, nada tan organizado, orgánico y estructurado". Y, segundo, porque "ha habido también una intervención muy fuerte por parte de los dueños de los medios de comunicación digitales para que esto suceda así", es decir, "que no es que en Twitter haya muchos nazis, es que tiene un algoritmo nazi", algo que "muchas veces se nos olvida".

"No es que no haya mucha gente de extrema derecha presente en Twitter, haciendo como militancia digital en Twitter, pero es que el algoritmo de YouTube o el algoritmo de Twitter están completamente sesgados, y no es ninguna conspiranoia, así lo dicen sus dueños, para mostrar contenidos de extrema derecha, antidemocráticos, violentos, etcétera", asevera. "Tenemos una movilización muy fuerte de ciertos usuarios de extrema derecha de esas tecnologías, pero también una movilización muy fuerte de los dueños de esas tecnologías. Esto jamás lo ha tenido la izquierda", asegura.

"Si los algoritmos de las redes sociales tienen tanta fuerza en nuestras vidas, tienen tanto impacto, es porque vivimos en sociedades ya algoritmizadas", lo cual para Rendueles quiere decir "individualizadas, desinstitucionalizadas, desmediatizadas". Algo que no es un efecto directo de las tecnologías, "que nos manipulan como si fuéramos zombies", sino que es el "resultado de varias décadas de mercantilización, de proyectos de globalización neoliberal, donde esa intervención tecnológica se engrana de alguna forma".

La vigencia visionaria de Pasolini: "Supo ver lo que estaba por venir en las sociedades occidentales"

Ver más

Por eso, insiste el autor en "mirar más allá de la tecnología para cambiar también la tecnología", pues para tener otro tipo de tecnologías necesitamos también "otro tipo de instituciones". Porque, a su juicio, "si nos estamos planteando alternativas al gobierno privado de la tecnología y de internet, haríamos bien en pensar con generosidad, con realismo, pero también con ambición cuál es ese otro ámbito público al que queremos llegar y no cortarnos las alas antes de intentar volar". 

En ese sentido, sugiere pensar "un régimen distinto analizando qué instituciones públicas, no directamente estatales, tenemos en nuestras sociedades", pues en su opinión "hay muchas cooperativas que tienen un régimen parecido al de una institución pública porque no tienen ánimo de lucro, son democráticas, etc". "Creo que, al menos en algunos momentos de la historia, algunos sindicatos funcionaron también con esa dimensión. Hay instituciones culturales que no son dependientes del Estado, pero tienen ese carácter también público", señala.

Y remata para terminar: "Eso es una inspiración para un ecosistema digital plural, porque yo creo que el miedo que tenemos todos es que si acabamos con el internet privado tengamos una especie de Corea del Norte digital. Pero opino que tenemos suficientes ejemplos de ecosistemas culturales, educativos, tecnológicos, plurales, pero que efectivamente no están entregados al extractivismo o a la especulación financiera digital, ni tampoco entregados a los poderes antidemocráticos. Hay que mirar al futuro, pero también hay que recuperar elementos del pasado que se podrían aplicar con cierta facilidad al entorno digital".

¿De verdad esperábamos que internet favoreciera la convivencia democrática cuando cedimos su diseño y gestión a algoritmos opacos, propiedad de las mayores empresas del planeta? Esa es la pregunta nuclear que lanza César Rendueles (Girona, 1975) para tratar de dar respuesta a estos tiempos de odio, posverdad y comunicación disfuncional en unas redes sociales en las que la mentira campa a sus anchas.