Chaves Nogales: ¿Nuevos cuentos? sobre la Guerra Civil española

Guerra total. Episodios de la guerra civil española - Manuel Chaves Nogales

Prólogo de Ignacio Martínez de Pisón. Edición y epilogo de Abelardo Linares. Dibujos de Josep Bartolí.

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Renacimiento, 2026.

El conjunto de cuentos que componen Guerra total nos plantea varios problemas: la autoría de los cuentos, su calidad y la inevitable comparación con los de A sangre y fuego (1937). Se escribieron casi a la vez y, sin embargo, los que ahora nos ocupan han tardado casi noventa años en publicarse en libro, en ser asequibles para un público amplio. La siguiente pregunta que el lector se hará es si los cuentos de Guerra total son una continuación de los del libro de 1937, como afirman Abelardo Linares e Ignacio Martínez de Pisón. Este último los tacha incluso de “magistrales relatos”. Respondiendo a la pregunta, no creo que sean su continuación, aunque no pueda afirmarlo con seguridad, habida cuenta de que ninguno de los dos libros fue armado por el autor, pues ni Chaves Nogales, al parecer, autorizó la recopilación y publicación de A sangre y fuego, ni tampoco dejó preparado un libro titulado Guerra total

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No está de más recordar, al hilo de lo que hemos leído en alguna ocasión, que su prestigio como periodista y escritor no fue inmediato, aunque sí gozó de un gran reconocimiento en el mundo de la prensa mientras permaneció en España. Y luego, con la publicación en Alianza de Juan Belmonte, matador de toros (1969), seguramente auspiciada por Javier Pradera, fue muy elogiado por minorías selectas. Pero su renacimiento general debió de empezar a producirse tras la publicación de la Obra narrativa completa (1993) en la Diputación de Sevilla, en dos volúmenes y en edición de María Isabel Cintas Guillén, y fue gestándose poco a poco. Otro hito, aunque de dimensión menor, fue la edición en Espasa Calpe de A sangre y fuego, en el 2001, la primera edición comercial, volcada casi a palo seco, solo acompañada por una breve “Nota del editor”, quizá porque sus editores no llegaron a calibrar la importancia del libro. El caso es que Chaves Nogales ocupa hoy un lugar principal en la historia del cuento del siglo XX y en el del periodismo español.

Los paratextos de Guerra total, tanto los que aparecen en la cubierta como en la contra, con un texto de Andrés Trapiello, levantan unas expectativas que resultan innecesarias. Quizás hubiera sido más prudente dejar que la crítica y los lectores, los muchos lectores de A sangre y fuego, con quien resulta inevitable la comparación, pudieran haber expresado su opinión, sin por ello reproducir los estridentes paratextos del libro de 1937, obra de sus editores chilenos, no del autor.

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La expresión guerra total, que volvemos a encontrarnos al final del primer cuento, aparece en numerosas ocasiones en la primera entrega de sus denominados diarios. El concepto, totaler Krieg, procede de las ideas sobre la guerra del general alemán Erich Ludendorff, quien, durante la Primera Guerra Mundial, defendió la subordinación de la política a la guerra, aunque no fue antes de las primeras arremetidas violentas de Hitler cuando el concepto debió de volver a circular en Europa, sobre todo tras el discurso de Goebbels en el Sportpalast de Berlín, el 18 de febrero de 1943, bajo el lema de Guerra total-Guerra más corta.

El subtítulo, en cambio, tiene ecos galdosianos; en ocho de ellos aparece la palabra episodio/s, que ha llegado hasta nuestros días en una serie de novelas de Almudena Grandes. De los diez cuentos, nueve aparecen subtitulados de cinco maneras distintas, aunque en algunos casos las diferencias sean leves. Así, pueden ser episodio o episodios, episodios y escenas o hechos, bien sean de la conquista de Vizcaya, de la Guerra Civil, de la Guerra Civil en España o de la Guerra Civil española. Los cinco últimos cuentos comparten el subtítulo: Episodio/s de la Guerra Civil. El caso es que están en la línea de los títulos y subtítulos de A sangre y fuego, aunque quizá estos no fueran obra del autor, y los que comentamos ahora son menos truculentos que los de 1937.

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Los cuentos que componen Guerra total se publicaron entre diciembre de 1937 y marzo de 1938, tras la aparición de A sangre y fuego, cuya edición es probable que se hiciera sin su consentimiento y que ni siquiera llegara a ver el autor, pues —que yo sepa— nunca alude a ella. Residía entonces en París y su trabajo se centraba en el periodismo.

“Refugio” y “Hospital de sangre” aparecen en 1937 en la revista cubana Bohemia; el primero vuelve a publicarse, en ese mismo año, en la revista Madrid, editada en París, y “El traidor”, inédito, a comienzos de 1938 en la misma publicación. En suma, los diez relatos que componen Guerra total terminan publicándose en Madrid.

Al hilo de lo que viene diciéndose, no creo que Guerra total sea un libro más republicano que A sangre y fuego, pero sí resulta algo más maniqueo y uniforme, menos sutil y complejo (quizá condicionado por el medio en que se publicaron), pues tanto los héroes como las víctimas son republicanos. Las virtudes que hemos venido destacando del volumen anterior de 1937 eran la complejidad e imparcialidad, su sutileza en el tratamiento de los asuntos. Si comparamos esos cuentos con otros de varios autores que se publicaron sobre la guerra, la diferencia respecto a la mayoría resulta patente. Pero, en mi opinión, esa independencia, no seguir la tónica de la mayoría, no convertía al autor en equidistante, ni en componente de la tercera España, ni en otras simplezas semejantes, en las que hasta el gran Paul Preston cayó en Las tres Españas del 36 (1998).

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En cualquier caso, vayamos a las narraciones que nos ocupan. De “El refugio”, cuento que no aparece en la primera edición de A sangre y fuego, pero que se añade en la reedición del 2013, en Libros del Asteroide, destacaría su desenlace, si bien pero el conjunto peca de truculento y efectista. En él, se cuenta la tragedia que ocurre en un refugio en Bilbao bombardeado por los nacionales. Aborda el drama de unos padres que pierden a sus cuatro hijos, muertos entre las ruinas; tragedia que llega a su culminación durante el fracasado rescate de la hija, en presencia del padre.

“Hospital de sangre” comparte los datos editoriales del anterior. Aparece dividido en dos partes, en las que una monja, sobrina del político socialista Indalecio Prieto, instalado entonces con el gobierno en Valencia, le cuenta en una carta los horrores que se padecen en Bilbao, en el hospital donde trabaja, debido a los bombardeos alemanes, y como “entre las personas piadosas de Bilbao hay muchas que anhelan sobre todo el triunfo del fascismo” (p. 39). En el cuento aparece un episodio, podría leerse como una historia intercalada, donde se relata la llegada de cuatro milicianos heridos, cuya conducta deja mucho que desear, sobre todo la del blasfemo Juanón, otra bestia, que no sobrevivirá.   

En “El traidor”, historia que transcurre en Vitoria, a finales de abril de 1937, se cuenta el caso de Antón Zubillaga, un experto aviador del bando rebelde que acaba desobedeciendo a los suyos, al mostrarse en desacuerdo, sobre todo tras el bombardeo de Guernica por los alemanes. Recuerden que algo semejante ocurre en un cuento de Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez, en el que un militar se pasa al bando republicano porque no quiere ganar la guerra con quienes eran los suyos. Esa diferencia de opiniones empieza a manifestarse tras la actitud prepotente y despreciativa del capitán prusiano Walter Kienzle: “le habló con tono petulante y dogmático de la cultura prusiana y de la misión providencial que los arios habían de cumplir en Europa, poblada en su occidente y mediodía por razas inferiores, decadentes” (p. 56). En una de las subtramas del cuento se alude también a un antiguo medio enamoramiento del protagonista con su prima Eulalia, tuberculosa. También tiene cierto protagonismo la madre de Antón, viuda (“ambos sentían veneración religiosa y respeto profundo por Guernica, reliquia de sus antepasados vascos”, p. 60), además de sus aspiraciones como aviador: el proyecto de llevar a cabo un raid alrededor del mundo. En el desenlace, Zubillaga es ejecutado por traidor, al no respetar las órdenes de bombardear Plencia. Tanto Andrés Trapiello como Ricardo Álamo destacan, con razón, este cuento; y este último también prefiere “El refugio”. Esos dos comentarios, junto con el de Andrés Amorós, son los más atinados que he podido leer.

“La última lección” es un cuento en el que se denuncia el caciquismo y su alianza con la iglesia. Es la historia de Pablo Expósito, que acaba de maestro en el pueblo de Cedeira pero, al estallar la guerra, lo mata la Guardia Civil, alentada por Felipe Corma, el cacique local. En “Timidez”, un individuo, del que se insiste demasiado en lo tímido que es, hasta en siete ocasiones, abandona a los suyos por convicciones morales y pasa a defender los intereses republicanos. Se nos cuenta aquí el ascenso de Falange y el golpe de estado de los militares, visto con los ojos de Luis Hernández, un oficinista que, con dudas, se convierte en falangista, pues tiene “la sensación intuitiva y borrosa, de que había en la sociedad algo falso y cruel, [que] comenzaba a cobrar para Hernández unos perfiles fijos. La falsía y la crueldad estaban allí, encarnados en aquellos señoritos vacíos y cínicos…” (p. 91).

“Un excelente verdugo”, el otro cuento que destaca Trapiello, transcurre en Sevilla, en el barrio de Triana, durante el otoño de 1936. Al final, Florencio, maestro ceramista y protagonista del relato, quien no ha tenido más remedio que convertirse en verdugo, poco antes de tener que ejecutar a Servando Álvarez, maestro de profesión y compañero de colegio en la infancia, reniega de los falangistas y confiesa su republicanismo.

“Tragedia en la sierra de Pancorvo”, en donde la acción transcurre en un pueblo de la serranía de Burgos, gobernado por un cacique ganadero, don Atilano (que es nombre y definición), a cuyo servicio está la Guardia Civil, parece una historia de mártires cristianos, pues la maestra Pilar Jiménez prefiere morir antes que ceder ante la relación sexual que le exige el cacique.

En “Carabinero” se cuentan las arbitrariedades que sufre en el Colegio de Huérfanos Alfonso XII, de El Escorial, la academia de carabineros, un aspirante al cuerpo, y cómo, tras convertirse en oficial, en el momento en que estalla la guerra, destinado en Barcelona, intenta que sus subordinados se muestren fieles a la legalidad, al gobierno de la República. La narración podría leerse también como la historia del enfrentamiento entre Andrés Romero (el carabinero que va ascendiendo, hasta convertirse en teniente, siguiendo los consejos que le dio su padre y las enseñanzas de un capitán médico, de ideología socialista, López Dueñas), y quien será su primer y último superior, el teniente Díaz, luego capitán, arbitrario y violento, que se muestra partidario de los golpistas. El final es abierto, aunque hoy sabemos la suerte que les esperaba a los leales que defendieron la “República popular”.

La acción de “La tanguera” ocurre en el barrio de Triana, en la Sevilla gobernada por Queipo de Llano. Carmen Argüelles es una bailaora que se enamora del comandante Arenales, responsable de la Guardia Civil en la plaza, aunque opta para salvar a su hermano Pepe, preso de los golpistas. La fuga de la cárcel se produce por el empeño y valor de dos mujeres, Mónica y Carmen, quien danza para el militar, a lo Salomé, distrayéndolo de sus obligaciones. Toda la acción se enmarca en la resistencia de los sindicalistas y comunistas, “la titánica defensa obrera”, pues se muestran dispuestos a morir, “héroes anónimos de una gesta”. En esta ocasión, sí se trata de una gesta, a diferencia de la de los caballistas, en el libro de 1937. No quiero acabar el párrafo sin llamar la atención sobre el uso del léxico castizo: tanguera, bailaora, jaque, coima

“Lo de Badajoz…” se compone de seis partes tituladas. Se trata de la única historia coral del conjunto. Recuérdese que la ciudad extremeña, con un gobernador socialista, se mantuvo fiel a la República, así como el jefe militar de la plaza. Pero tras el asedio de los nacionales, los coroneles Yagüe y Varela tomaron la ciudad, llevando a cabo una feroz represión: asaltaron las viviendas, violaron a las mujeres, cazaron a los hombres y las cabezas de algunos de ellos fueron ensartadas en bayonetas. Y la “Escuadra Negra” de falangistas acabó con los detenidos en la plaza de toros, pero antes algunos fueron lidiados, clavándoles banderillas en la espalda o ensartados por el ano. Juan Goytisolo y Javier Marías se han referido a este trágico episodio en sus narraciones.

Si hacemos un breve balance, podríamos concluir que en unos cuentos se destacan hechos trágicos (“El refugio”); la violencia y la sinrazón en ambos bandos (“Hospital de sangre”); en tres de ellos, el protagonista abandona el bando nacional y acaba defendiendo a la República (“El traidor”, “La última lección” y “Un excelente verdugo”); en otro relato, una mujer republicana opta por morir antes de entregarse al cacique del lugar (“Tragedia en la sierra de Pancorvo”); tampoco falta el protagonista que defiende sus convicciones hasta el final (“Carabinero”); los cuentos que relatan una verdadera gesta, llevaba a cabo por dos mujeres (“La tanguera”); o bien la violencia extrema a que llegaron los nacionales (“Lo de Badajoz…”).      

No he dejado de preguntarme con qué criterio se han titulado los cuentos. El del libro, ya hemos intentado contextualizarlo. En cuanto a los títulos de las narraciones, estos se refieren al espacio en que transcurre la acción (el refugio, un hospital de sangre, Pancorbo o Badajoz), parecen hablar en ellos los golpistas (el traidor, el verdugo), se caracteriza al protagonista con un rasgo de su carácter (timidez), o se destaca su profesión (carabinero, bailaora).

En este libro, Martínez de Pisón lo señala en el prólogo, llama la atención la variedad de escenarios, creo que mayor que en sus anteriores relatos (p. 11): Bilbao, Vitoria, Cedeiro (Galicia), Barcelona, Sevilla (el barrio de Triana), Pancorbo, en la serranía de Burgos, El Escorial, Villaricos (Almería) y Badajoz. Lo que se nos muestra es la complicidad entre los militares, la Guardia Civil, la iglesia, los caciques locales y las gentes biempensantes. Y cómo las vejaciones y la violencia empleada acabaron con la vida de infinidad de personas.  

Los dibujos de Josep Bartolí resultan expresivos, y le proporcionan a las narraciones el sabor de época que debieron tener en el momento de su aparición. Para ser buena literatura, a los cuentos les sobra contundencia en las valoraciones ideológicas, aunque tengan razón, porque para eso ya estaban los artículos y crónicas. El narrador de una ficción, si quiere que perdure, no debe conformarse con producir un impacto meramente coyuntural; antes bien, debe mostrarse imparcial; ni tampoco debería decantarse de forma tan explícita como ocurre aquí. Pero los lectores tampoco hemos de olvidar el contexto político en que se publicaron estas  narraciones, los medios en que aparecieron, el fin propagandístico que, seguramente, pretendían tener.

A ciencia cierta, sabemos que solo los dos primeros cuentos, “El refugio” y “Hospital de sangre”, fueron escritos por Chaves Nogales, y que el subtítulo del libro aparece en varios de sus trabajos. Y poco más. Pero lo que tenemos que preguntarnos es si resultan convincentes los argumentos que aduce Abelardo Linares para atribuirle a Chaves Nogales la autoría de los ocho cuentos restantes, firmados por escritores que existían y que colaboraban en el mismo medio que él. Creo que no del todo; pero tampoco descartaría, atendiendo a las varias razones que aduce, que pudiera tener razón, y que estos cuentos los hubiera escrito, bajo seudónimo, Chaves Nogales. No sería la primera vez que utilizara este procedimiento para publicar textos suyos. De no ser así, y que los cuentos fueran obra de los autores que los firman, hoy olvidados, estoy tentado a pensar que acaso hicieron un concurso sobre quién era capaz de imitar mejor el estilo y los temas propios de Chaves Nogales.

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Hoy por hoy, lo que más puede importarnos de Guerra total es el valor literario de los cuentos. Si bien me parece que no tienen la entidad literaria de los relatos de A sangre y fuego, quizá los que más se asemejen sean “El traidor”, “Un excelente verdugo” y “La tanguera”, pero en cuanto al resto, tampoco resultan desdeñables, ni mucho menos; en especial, si atendemos —insisto— las diversas circunstancias en que se escribieron, el medio en el que surgen y lo que se pretendía con ellos.  

Sea como fuere, si las hipótesis que baraja Abelardo Linares fueran ciertas, estaríamos ante el complemento casi perfecto de A sangre y fuego. De tener razón, deberían poder publicarse juntos, pero recuérdese que Chaves Nogales no dejó libros de cuentos como tales, sino que se limitó a escribir narraciones individuales, aunque unidas por unos  subtítulos semejantes; lo que nos permite pensar que los concibió con una cierta unidad, aunque pensando, sobre todo, en otro orden de cosas, en la utilidad política que podrían tener en su momento, en la ayuda que proporcionarían a la causa republicana.

*Fernando Valls es catedrático de Literatura Española y crítico literario. 

Guerra total. Episodios de la guerra civil española - Manuel Chaves Nogales

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