Como de otra orilla. Antología poética - Noni Benegas
Kalathos Ediciones. 2026
Conozco a Noni Benegas desde hace muchos años, las dos formamos parte de Genialogías. Asociación Feminista de Mujeres poetas. Tengo para mí la idea de que las dos vibramos con ese timbre que nos lleva a buscar fórmulas de conocer y avanzar en la historia de las mujeres poetas que fueron, son y serán feministas. Y, en esta línea se sitúa el magnífico libro Ellas tienen la palabra, 2017, donde se recogen dos décadas de poesía española, que incluía a 41 autoras nacidas a partir de 1950. Vio la luz justo en un momento crucial, cuando el canon de la poesía comenzó a tambalearse. Se convirtió enseguida en un referente, dado que Noni exploró las razones por las cuales las poetas eran excluidas del canon. Pero no es de este libro, ni de la fructífera vida poética de su autora de lo que quiero habla en este artículo, sino de ella misma y de su último libro: Como de otra orilla. Antología Poética (Kalathos Ediciones, 2026), con selección y comentarios de su editora, Verónica Jaffé. En la contraportada, ésta afirma lo siguiente: "Se ha dicho que no existen grandes poetas, ni quizás perfectos poemarios, pero sí grandes poemas y versos casi, casi perfectos: No debería dejarse / al arbitrio de lo fugaz / la frágil sustancia del poema // decidido / entre un borde peligroso / y su rescate. Noni escribe versos así, consciente de lo que fue, lo que es, lo que debería ser un poema y sus peligros- Quizás justo por eso sean vitales, auténticos, apasionados, valientes, una pasión y valentía muy poco frecuentes que admiro".
El dibujo de la portada es —según la propia Noni me ha confesado— un dibujo que nace de un pulso que hace con los ojos cerrados, sobre papel con carboncillo y sanguina. Dentro del libro se pueden encontrar más dibujos que son poemas visuales.
Leer a Noni Benegas no es entrar en un poema: es quedarse sin refugio.
Su escritura no acaricia, no acompaña, no ofrece consuelo. Hace algo más difícil: se queda en el lugar donde la palabra todavía duele porque no ha sido domesticada. Y desde ahí levanta una poesía que no se permite mentirse.
Hay autoras que cuentan. Benegas no. Benegas interroga. Cada verso suyo parece preguntarse si tiene derecho a existir. Y en esa duda —que no es debilidad, sino rigor— el poema se tensa, se afina, se vuelve casi transparente. Como una tela bien cortada, donde no sobra ni un hilo, pero tampoco falta.
Su poesía no está hecha de imágenes brillantes, sino de pensamiento en carne viva, que respira, se equivoca, retrocede y vuelve a intentar decir. En su obra hay algo muy poco frecuente: una ética del lenguaje. No todo vale. No todo puede decirse de cualquier manera. No todo debe decirse.
Y ahí aparece el silencio. No como pausa, sino como materia. Como ese espacio que en costura separa dos piezas antes de unirlas. Benegas trabaja ahí, en ese borde. Lo que dice importa tanto como lo que decide callar. Y el lector —si entra— no sale indemne: tiene que completar, sostener, hacerse cargo.
Hay una raíz de pensamiento —Valente, sí; Gamoneda, también— pero lo suyo no es herencia: es una forma de estar en el mundo. Una forma incómoda, porque no acepta atajos. Porque no embellece lo que no lo es. Porque no convierte el poema en un lugar amable, sino en un lugar verdadero.
En tiempos de ruido, su poesía no grita. Resiste, como resisten ciertas telas: sin romperse, pero sin ceder. Y tal vez por eso permanece. Porque no busca gustar. Busca otra cosa: sostener una mirada limpia cuando todo alrededor invita a cerrarla.
Leer a Noni Benegas es aceptar un pacto: el de no apartar los ojos. Este libro no reúne: desplaza. Como de otra orilla no es una antología en el sentido habitual. No ordena una trayectoria: la interroga desde fuera. Como si la poesía de Noni necesitara ser mirada desde otra posición para revelar lo que siempre estuvo ahí, pero no terminábamos de ver.
Aquí los poemas no regresan: cambian de lugar.
La selección de Verónica Jaffé no actúa como un archivo, sino como una forma de lectura que introduce una leve torsión. Y esa torsión —casi imperceptible— altera el sentido. Lo que parecía pensamiento se abre hacia el juego. Lo que leíamos como rigor muestra su otra cara: una inteligencia que no solo indaga, sino que desplaza, que ironiza sin ruido, que pone en duda incluso su propio decir.
Hay en estos textos una conciencia muy nítida: la de que el lenguaje no es un instrumento fiable. Y, sin embargo, es lo único que tenemos. De ahí la tensión. De ahí también la precisión extrema, esa manera de decir solo lo imprescindible… y de dejar que el resto ocurra en el silencio.
Porque si algo sostiene este libro es eso: lo no dicho como forma de conocimiento.
Benegas escribe desde la intemperie, sí. Pero aquí esa intemperie no es solo un lugar: es una distancia. Una forma de mirar. Como si cada poema estuviera ligeramente fuera de sí mismo, observándose. Como de otra orilla no nombra un paisaje. Nombra una posición.
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Y el lector, si quiere entrar, tendrá que aceptar ese desplazamiento. Tendrá que moverse. Perder un poco el equilibrio. Porque solo desde ahí —desde ese borde inestable— el poema empieza a decir.
Y cuando lo hace, ya no es el mismo. Tampoco nosotras. Invito a comprobar lo que afirmo leyendo este libro.
*Nieves Álvarez es profesora, escritora, poeta, investigadora y artista plástica. Pero, sobre todo, ávida lectora.