Las jefas - Esther García Llovet
Anagrama, Barcelona, 2025.
Esta peculiar novela, si es que a estas alturas de la historia del género alguna interesante no lo es, ocupa 157 páginas, y se compone de 40 capítulos, todos breves y algunos muy breves. Así, por ejemplo, el capítulo 14 solo se compone de 6 líneas (p. 54), y el 22 ocupa media página (p. 80). Está narrada en tercera persona, por un narrador omnisciente que mantiene una distancia irónica con los hechos, pero al que le gusta valerse de lo sentencioso (“El amor es lo único que se cuenta mal”, p. 76).
Lo que se cuenta, en definitiva, es la relación que entablan cuatro personajes: el Primo, por un lado; las gemelas Navarro y Romana Romano, por otro. La trama, la acción y el mínimo diálogo, diría que tienen menos importancia que el espacio y la configuración de los personajes. La acción transcurre durante la temporada baja en un resort de lujo, llamado Zen Gardens, situado en Villajoyosa, con sus apartamentos, su piscina, un falso jardín salvaje y numerosos operarios marroquíes, rumanos y dominicanos, sin voz ni presencia. Cerca se encuentra una misteriosa villa privada, compuesta por bungalós, Villa Serra se llama, situada en “el corazón del corazón de la selva”, aunque nadie parece saber dónde está, hasta que en un momento dado los personajes acceden a ella y asisten al rodaje de un anuncio, con sus guapos modelos, ella y él. La disparatada historia que se cuenta en el anuncio funciona en el conjunto como un relato intercalado.
Los personajes transitan por polígonos industriales, museos vacíos, restaurantes de comida basura y otros no lugares, frecuentes en el desconcertante mundo actual. El caso es que se trata de una novela coral, aunque sea el Primo el protagonista, quien en realidad se llama Alex, chico para todo en el hotel. En cuanto a los personajes, apenas nada sabemos de su pasado y resultan tan peculiares que se mueven por otra lógica, como los que suelen aparecer en las novelas de la autora.
Con el Primo, conviven, por llamarlo de alguna manera, las gemelas Gran y Petit, las hermanas Navarro, esta última con problemas de peso; niñas bien, aunque de poca monta (su origen familiar se cuenta al final), sablistas y gorronas. Pero, además, con menos protagonismo, desfilan Romana Romano, italiana que habla español con acento andaluz; Oliver, el barman, un artista tallando el hielo; el viejo Mónico Molinari, comedor de aceitunas, que no de olivas, como él las llama, a la catalana; Cicely, Paquete, el repartidor del vídeo y, finalmente, Ripley, la azafata. Todos ellos, singulares en sí mismos y en el peculiar conjunto humano del que ocasionalmente forman parte.
En esta historia ocurre de todo, digamos y, en esencia, nada sucede, aunque de pronto un ciervo muy joven bebe agua en la piscina, “esa es la magia de la noche” (p. 65), nos dice el narrador, aparece un oso salido de quién sabe dónde o, en varias ocasiones, un caballo blanco, del que comenta el narrador: “Es un poco unicornio, el caballo este” (p. 132). El caso es que los personajes van y vienen: se meten en el cuerpo todo lo que les apetece, juegan a las cartas, al mus (suele ganar el Primo), a la Play o al minigolf, toman el sol, pretenden lucirse en bikini (puede ser “amarillo fosforescente”), se aburren, viajan a lugares cercanos y van de compras... El Primo, entre dimes y diretes, y cierta timidez, desea a Petit, sin demasiada fortuna, aunque ella le da falsas esperanzas. Quizá por ello, la autora, en una entrevista, ha definido su novela como “de pasiones inconclusas”, y diría también que ocasionales, pues Petit mantiene relaciones con el barman. El Primo, además, sufre el chantaje del viejo Mónico, lo que descubriremos cuando esté muy avanzada la acción. El caso es que, tras la huida del paraíso que se supone que es un resort de lujo, en el desenlace de la narración, las tres mujeres continúan sus andanzas en el aire, pero eso dejo que lo descubran ustedes por su cuenta.
Están latentes las diferencias sociales; adquieren protagonismo las marcas de moda, el gusto hortera, el brilli brilli, signo de los tiempos; y el léxico inglés (¡sin que falte el empalagoso Enjoy!), que la catetería nacional y los complejos vienen asumiendo. A todo ello se suman las alusiones tanto a la alta cultura, como a la cultura popular, ya sea en el caso del cine, la literatura (el viejo lee las Meditaciones, de Marco Aurelio), ya de la música (el Primo silba la primera de las Variaciones Goldberg), la pintura (el narrador alude a los bodegones de Sánchez Cotán) o la arquitectura, entre hortera y brutalista.
Con esta novela, la autora cierra la llamada Trilogía de los países del Este, de la que también forman parte dos novelas anteriores, Spanish Beauty (2022) y Los guapos (2024). El título general me recuerda a los Cuentos del lejano oeste (2003), de Luciano G. Egido. Si el oeste era la Salamanca cercana a Portugal, el este bien puede ser el levante español. Por lo que respecta al resto, poco tienen que ver los microrrelatos y cuentos de Egido con las novelas de nuestra autora.
Una de las virtudes de las narraciones de Esther García Llovet es que no se parecen a ningunas otras. Empezando por la utilización que hace del humor, de la ironía. Véase, al respecto, los comentarios que el narrador le dedica a la belleza. Así, comenta que la belleza estriba en poder decidir; véase las irónicas líneas que siguen sobre lo que te da la belleza, pero también lo que señala sobre los guapos y feos, o a lo que llama “el alpiste de la Generación Z” (pp. 118 y 124).
He dejado para el final una pregunta que me ha rondado durante toda la lectura de la novela: ¿quiénes son las jefas del título? Es probable que todos los personajes femeninos, pero diría que, sobre todo, las gemelas, Romana y la azafata Ripley, quien parece concederles el último capricho. Pero tengamos en cuenta que los títulos de la autora no son referenciales y, más que aclarar, añaden siempre cierta dosis de misterio al conjunto.
Ver másLandero destilado
Esther García Llovet es una escritora que tiene un mundo propio, diría que auténtico, si la palabra no estuviera tan manoseada, un estilo y un fraseo diferente. Le gusta jugar con el lenguaje (el narrador nos dice que cuando el viejo se aburre, mata moscas con el rabo), con el que nos muestra unas conductas extravagantes, aunque no por ello resulten menos reales, visto lo visto en el mundo actual. En fin, no hay más que salir a la calle y observar la realidad, los tipos humanos, su puesta en escena, para darse cuenta de en qué se ha detenido la mirada de la autora, pues ha querido contar historias que otros narradores no han sabido ver, ni son capaces de imaginarse como también hace ella.
Mientras Esther García Llovet intenta rodar una película, o consigue que le encarguen un guion (¿por qué no para la serie The White Lotus, que algo tiene que ver con la novela que nos ocupa?), y que se ruede (“con los guiones sí se gana dinero”, le gusta repetir), el plan B —valga el topicazo por una vez— consiste en escribir y publicar singulares novelas. A la vista del panorama general, de los libros que encumbran los medios, con el dicharachero David Uclés a la cabeza, bienvenidas sean novelas como esta, en que ni la trama ni los personajes ni los escenarios son los habituales.
*Fernando Valls es catedrático de Literatura Española y crítico literario.