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El Dublín de Banville cada 8 de diciembre

La alquimia del tiempo. Un memoir dublinés

John Banville

Editorial Alfaguara (2024)

"¿Puede ser el anciano el mismo ser que el niño que fue?" Se lo pregunta Banville, en su último tramo como septuagenario. La edad de recordar hasta donde la memoria rebaña sus fragmentos cubiertos por el polvo emanado tras las contraventanas apestilladas hace mucho. John Banville regresa a su infancia –"cuando percibimos el mundo como un misterio"—, a cada 8 de diciembre en los primeros cincuenta. Su cumpleaños y una fiesta muy celebrada en la católica Irlanda, la Inmaculada Concepción. Desde otras localidades del país acudían "en masa" a Dublín para comprar y deslumbrarse con las luces de Navidad. John viajaba en tren desde su Wexford natal con su madre y su hermana, sin su padre. Primera parada en casa de la tía Nan, soltera. A él le sorprendía siempre con su obsequio favorito, una pistola de juguete, y agasajaba a todos con un desayuno pantagruélico. "Ese niño que, repleto de salchichas, tocino y pastel de Kylemore, partió ese lejano día de diciembre a bordo del autobús número 10 rumbo al centro de la ciudad". Ahí, en unos grandes almacenes, le compraban un reloj de pulsera. "La ceremonia del reloj". Un regalo efímero de dieciséis peniques. Puntual y sistemático, un año y otro. "Con suerte seguían en hora hasta principios de Año Nuevo, luego perdían el tino". La alquimia del tiempo. El retorno traía lágrimas porque "algo llegaba a su fin… se estaba convirtiendo, en suma, en pasado". En las vías de la estación dublinesa de Westland Row consignaba "lo opuesto a lo ordinario… un lugar de promesas mágicas".

Lo rutinario, cien millas al sur. El núcleo: los padres y tres hermanos. John, "el bebé de la familia, el elegido, y debían protegerme de las impresiones más atroces de la vida". Lo abrigaron de cualquier arremetida. Evitaron que las circunstancias lo desportillaran. Y, sin embargo, desde su balcón de escritor y con los ochenta en el periscopio, no recala en la indulgencia con sus progenitores. "Un par de estatuas caídas contra las que se ha amontonado la arena de los años". Afectos de carámbano que no se derrite pero agrieta. "Estaban, a mi entender, varados en una zona atemporal, conservados en el permafrost de lo que ya había empezado a ser, para mí, el pasado". No lo ha mullido la edad. Más benévolo con su madre, ama de casa, que se compró pantalones cuando tenía sesenta años, "en pos de la liberación". Lectora de las revistas Woman y Woman’s Own, "una pincelada de color en un tiempo gris", anuló la suscripción porque se lo impuso su confesor, "so pena de pecado mortal". Ella era "hija obediente de la Iglesia". Más inmisericorde con su padre, administrativo en un garaje, que parecía viejo por "el limitado rango de sus expectativas". Un punto de condescendencia: "tal vez esté siendo paternalista al pensar que su vida era monótona". John Banville fue huérfano absoluto antes de los treinta y cinco años. Cuatro largas décadas después, no barrunta ternura, sí haberse desprendido de un peso que no describe haber soportado. Quizá lo relegue a su biografía en ciernes. "Algo que no soy tan despiadado para llamar una carga, se había desplomado, como un acantilado en el mar, y me sentía más liviano".

Una sensación de ahogo lo abocó a Dublín. Dieciocho años cumplidos. Avanzaba la década de los sesenta. Al otro lado del umbral, quedó su familia. Y fuera del extrarradio, Wexford, donde discurrieron su niñez y adolescencia. Desubicado en su ciudad, una estación intermedia, "un sitio que me parecía áspero y poco generoso, pero que en realidad era tierno". Deslocalizado, desde la distancia, una porción mínima de autocrítica por una altivez desmedida con su primer dónde. "Esta indiferencia… no solo fue arrogante, sino estúpida y despilfarradora".

Una pizca de generosidad, de arrepentimiento acaso, tantos años después de censarse en la capital irlandesa. La otra vertiente de este libro. El primer John Banville tras renunciar a las ficciones con este sello, después de publicar Las singularidades, novela que compendia su escritura solemne. Cuando mimaba cada frase hasta pulirla como una piedra fluvial.  Apenas escribía doscientas palabras diarias. No superaban el filtro último y adquirían la categoría de imprimibles hasta transcurridos unos cinco años. El autor irlandés muestra su faceta cartográfica, la ladera memoir dublinés. Nos encamina por una ciudad de la que no reniega ni se adueña. "Dublín nunca fue mi Dublín". El inicio de un texto donde retrata un ámbito con el sabor proustinao de sus excursiones infantiles, cuando admiraba la iluminación y se empapaba con la lluvia decembrina y su llanto de despedida. "Dublín era solo eso: un sueño". 

Quizá radique en el despertar de los enigmas y del ensimismamiento de aquellas veces su desistimiento por convertir esta ciudad en un personaje más del imaginario Banville. "El proceso de crecer es, por desgracia, un proceso de convertir lo misterioso en lo mundano". Sin embargo, se escuda en James Joyce para justificar su negación. Ulises, según John, "se apropió de la ciudad", vació sus calles y secó sus pubs para cualquiera que quisiera alojar sus criaturas en esos escenarios. Lo mismo, dice, que Kafka desalojó la literatura de la letra K por los siglos de los siglos. Nadie considera que París terminó con Balzac, ni Londres con Dickens, ni Nueva York con Auster, ni Barcelona con Mendoza, ni Oviedo con Clarín. Ni siquiera él mismo cree que el autor de Dublineses confinara Dublín.

En medio del océano

Porque sí transcurren en esta ciudad los crímenes fraguados por su otro yo, Benjamin Black, el narrador de novela negra, el escritor de una historia urgente en cinco meses. "Hasta… cuando inventé a mi hermano siniestro Benjamin Black no vi el potencial del Dublín de la década de 1950 como escenario para sus novelas negras". Su investigador, el patólogo Quirke, desvela el origen de asesinatos y otras transgresiones en la capital de su país. Desde la primera ficción firmada con este pseudónimo, El secreto de Christine, en 2007, hasta la última, Las hermanas Jacob. Incluso, instala a su protagonista en Mount Street, en el mismo piso donde vivió con su tía Nan: "lo adecenté bastante".  En Irlanda, John ya no se desdobla, ha matado a su alter negro, Benjamin. Exitoso con la fórmula, ahora alega que los lectores desconfían de la duplicidad. Sin embargo, en España, traducidas como Pecado y la citada Las hermanas Jacobs, las suscribe Black. Sorprende la táctica editorial… y del propio escritor.

La maternidad más antigua del mundo, los canales devorados por el óxido y la maleza tras la llegada del tren, los jardines donde paseó con una chica que amalgamó todas sus mujeres inaprensibles, los templos de una iglesia antaño plenipotenciaria, "la tiranía del espíritu". Los paisajes sentimentales donde vivieron su referencia Yeats —su hija vivió en el mismo bloque que John y su tía— y sus admirados Beckett, Wilde, Kavanagh… Recorridos tantos espacios, pregunta al tiempo, "¿adónde me llevarás todavía?". Porque desea regresar a los días del misterio. "Podría ser otra vez 8 de diciembre y yo un niño esperando un obsequio". La felicidad reside en ese lugar donde los segundos los cuenta un reloj a punto de quedarse a deshora. Sin contratiempos.  

* Prudencio Medel es periodista.

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