Dudar para evolucionar

Boris Cyrulnik

Boris Cyrulnik vuelve con un ensayo narrativo titulado: ¡No al totalitarismo! Libertad interior y sumisión confortable (Gedisa, 2022). El neuropsiquiatra y etólogo francés presenta una obra que propone reflexionar sobre la importancia de una personalidad autónoma y crítica. Por este motivo, aborda conceptos como la autoestima, la libertad individual y los discursos dominantes. Asimismo, cuestiona esas presiones sociales que pueden darse en la adultez, como es el fanatismo grupal o el odio. El escritor es reconocido por el desarrollo del concepto de resiliencia en la psique humana.

Publicamos un capítulo de esta obra, que está disponible en lbrerías desde el 1 de noviembre:

La duda es necesaria para explorar. La certeza detiene el pensamiento y hace del relato una rutina. Por supuesto, para pasar al acto y entablar una relación, tiene que haber un momento de certeza. Las personas obsesivas que dudan de todo ya no pueden actuar. Se pasan el tiempo comprobando, contando sus pasos, limpiando los pomos de las puertas. Inician un gesto y lo detienen inmediatamente porque dudan del gesto. Para participar en la vida, necesitamos tener algunas certezas, pero deben ser evolutivas, de modo que estemos preparados para cambiar cuando el contexto cambie. Entonces experimentamos el placer del descubrimiento y el asombro de ver un mundo que ya no es como creíamos que era: "Veo las cosas de otra manera", dicen los que saben evolucionar. El placer de dudar no es pues un relativismo, una indiferencia. No vale todo, algunas decisiones son mejores que otras, dependiendo del contexto. Cuando la relación evoluciona, o cuando la estructura social cambia, las decisiones a tomar ya no son las mismas. La duda facilita la innovación, el matiz no es pereza intelectual, es flexibilidad mental, apertura a otra posibilidad, exploración de otro planeta mental.

Algunas de las personas que describí al principio de este libro, como Alfred Adler, Viktor Frankl o Hannah Arendt, habían adquirido una facilidad para el cambio en el curso de su desarrollo. Aceptaron la idea de no ver las cosas como antes. Otros, como Rudolf Höss o Josef Mengele, experimentaron el placer de las certezas inquebrantables que sólo pueden confirmar la premisa fundamental. Buscaron maestros de pensamiento que les dieran la fe, desde el principio, como una revelación en la que no hay nada que verificar y nada que confrontar con la realidad. La creencia les hizo estar tan seguros de sí mismos que escalaron fácilmente en su sociedad, tomaron el poder e impusieron sus valores, sin matices posibles. Cuando la verdad está sola, es innegociable.

Louis Darquier, a pesar de un nacimiento prematuro a los seis meses y medio, se puso al día y se convirtió en un excelente estudiante. Se le describe como "orgulloso, pretencioso, imbuido de sí mismo. Para oponerse mejor a su padre, radical-socialista, cae en los excesos de Hitler", hasta tal punto que fue apodado "el loro de Hitler". ¿Qué placer puede obtener uno al convertirse en un loro intelectual? Recitar juntos erotiza la certeza, mientras que pensar solos erotiza la duda. No son formas iguales de socializar, lo que explica las guerras de creencias. Los que erotizan la certeza se sienten bien juntos, seguros de sí mismos, reforzados por las consignas coreadas como uno solo por el coro de loros. Mientras que los que erotizan la duda experimentan el placer del pensamiento evolutivo, pero a menudo se encuentran solos. La palabra "erotización" es adecuada cuando Freud se refiere a la libido como una energía asociada a la actividad intelectual. Se puede amar la vida en actividades corrientes como la jardinería o la cocina, pero también se puede amar la muerte cuando la libido, asociada a esta representación, crea un sentimiento intenso, agradable de experimentar. Si no me creen, observen cómo los jóvenes se sienten eufóricos después de arriesgarse, cómo los antiguos combatientes se unen afectuosamente en la victoria o la derrota, cómo los aficionados a las corridas de toros experimentan un sentimiento de gran belleza cuando un hombre delgado y elegante, vestido de oro y seda, clava su espada entre los omóplatos de un animal admirado por su ardor, su poder y sus mortíferos cuernos. Así es como el odio combina la estética con la muerte para llevar a cabo un crimen de lenguaje. Charles Maurras es un virtuoso de las palabras que otorgan encanto a la muerte, el odio y la belleza. Él, que había creído que Auschwitz era un rumor de judíos que no dejaban de quejarse, escribió en su prisión en 1951: "¡Oh, Auschwitz! ¡Oh, Dachau! ¡Oh, Buchenwald! ¡Oh, Mauthausen! ¡Oh, Ravensbrück! Vuestros crematorios siguen echando humo".

Es curiosa esta forma de fetichizar las palabras: el amuleto verbal, adorado como un objeto mágico, impide ver la realidad. Cuando se escribe "Oh, Auschwitz", la ampulosidad de la expresión permite eludir la referencia al montón de cadáveres putrefactos amontonados en el suelo antes de desaparecer en forma de humo. Cuando se escribe "Oh, mujer", el énfasis poético ayuda a evitar la evocación de la vagina que se desea penetrar. Las palabras, constantemente repetidas en formulaciones rítmicas, impiden la elaboración automatizando el trabajo del pensamiento. Así es como la certeza conduce al dominio. Para asegurar la paternidad, la sociedad exige que la mujer sea virgen el día de la boda. La membrana vaginal se convierte en la prueba biológica de que el marido será el padre de los hijos que vendrán. Hoy en día, es el ADN el que confirma la paternidad o más bien designa al genitor. Los cuatro mil hombres que cada año son "condenados a ser padres" nunca lo serán. Cuando el ADN reconoce que el niño es el resultado de un contrato sexual, es correcto que el hombre pague, pero no tendrá un sentimiento de paternidad, no se sentirá responsable del niño, nunca se encariñara con él.

El misterioso poder de las palabras: cuando una mujer le dice a su amante: "Llevo quince días de retraso y noto cómo se me hinchan los pechos", está dando forma verbal a las señales de su cuerpo que anuncian la maternidad. En las palabras de su mujer, el hombre se entera de que va a ser padre, y en los relatos sociales descubrirá cómo serlo de la forma adecuada. Según la cultura, será el cabeza de familia que representa al Estado en su hogar, será un soldado dispuesto a morir para defender a su mujer y a sus hijos, será un obrero que trabaja de diez a quince horas diarias para ganarse el pan con el sudor de su frente, será un tirano doméstico porque un hombre tiene que hacer valer su virilidad, o será un padre joven dispuesto a convertirse en el ayudante de la madre. Ese rol familiar, dictado por los relatos sociales, adquiere un valor moral íntimamente sentido: debo ser el cabeza de familia, un soldado, un trabajador o un padre gallina. Cualquier duda provocaría incomodidad, vergüenza y despersonalización al invitar al hombre a no ajustarse a las prescripciones culturales. Para estar a gusto con uno mismo y con las normas sociales, es tentador someterse al dominio de las palabras. Para ser padre y sentirte orgulloso de serlo, debes sacrificarte en el campo del honor o en la fábrica, tu mujer debe haber sido virgen y dedicada al hogar, así reinará el orden.

Una alfombra llena de escombros

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