Iluminaciones

Antonio Jiménez Millán

LinternaJuan Manuel VillalbaLinterna

ValenciaPre-textos2017

 

Los títulos de los libros de poemas del malagueño Juan Manuel Villalba (1964) se reducen a una sola palabra (Fondo, Indignación, ahora Linterna) o a una frase escueta (Todo lo contrario). Todos ellos han sido publicados por la editorial valenciana Pre-textos, donde también apareció su libro de relatos Un mundo secreto en 2001. La palabra Linterna ya nos da, de entrada, algunas claves sobre la lectura de este nuevo libro: puede ser la linterna del detective, pero también la que lleva la acomodadora del cuadro de Hopper New York movie, quizás presente en el poema “Fox-trot” de Justo Navarro (“Como las celadoras que vigilan los cines/ empuña una linterna cada cosa estancada./ Sin aviso ni fines/ tanta paz nos abate de una sola punzada/ certera…”); también la linterna de alguien que se mueve en medio de un apagón, e incluso la de un niño al que le gusta jugar en la oscuridad. Lo que resulta evidente es la proyección de luz sobre una zona de sombras, y a partir de ahí el título unifica los dos apartados en los que se divide el libro: “Retrato del poeta adolescente” e “Hijos de suicidas”.

Antes, una especie de poema-prólogo, “Poemas”, ya apunta hacia la paradoja, una clave que se mantiene a lo largo de todo el libro: “Retira los espejos, olvídate a ti mismo/ sin que eso te impida recordarte/ todo lo que no eres, porque ése sí eres tú”. En este juego de afirmación y negación se mantiene toda la primera parte, “Retrato del poeta adolescente”. El que escribe ya tiene más edad que el padre a quien evoca, la vida está tan cerca que no se puede tocar, se habla del “éxito absoluto de todo lo imperfecto” y de que “se oculta lo invisible en la evidencia”; también vamos a encontrar la paradoja en el segundo apartado, cuando se nos dice que una persona está “lejanamente cerca” (no olvidemos el título de un libro anterior, Todo lo contrario, publicado en 1997). Con su guiño a Joyce, el retrato del poeta adolescente surge de un desdoblamiento en el que el adulto nos presenta a su yo de 15 años, con toda su carga de angustia y de incertidumbre, pero también con todas sus expectativas por cumplir. Juan Manuel Villalba aborda aquí una operación de riesgo: intentar desprenderse del lastre del ego, tal vez de aquella “leyenda épica del yo” que mencionaba el psicoanalista Jacques Lacan y a la que tantas veces se refirió Leopoldo María Panero.

Esta inmersión en el pasado lleva consigo una mezcla de planos espaciales y temporales, como si los poemas descubrieran diferentes estratos de la realidad (“Entendimiento y piel, faroles rojos/ entre las autopistas del futuro impalpable/ entre las zonas últimas del alma apagada…”) que son también revelaciones de la memoria. Volver a la infancia, a la familia, es ver de nuevo a esos parientes antiguos, fantasmales, como surgidos de la indefinición, y es experimentar sentimientos de culpa –esa “insaciable Madonna de la Culpa” que me recuerda un cuadro de Edvard Munch—, asumir una especie de descenso a los infiernos. Los poemas de Linterna se mueven en una tierra extraña, en esa zona intermedia que aparece en la obra de Kafka, en la de Karl Kraus, incluso en la de Walter Benjamin: “Pobre muchacho tímido, asignado a los márgenes/ de todo lo que tiene que escribirse”.

Ese territorio es siempre el del enigma, y creo que no está de más recordar el título del único libro de relatos de Juan Manuel Villalba: Un mundo secreto. No es extraña, pues, la desconfianza ante el sentido común o ante los significados que normalmente se aceptan: “No siempre la luz sirve como aval de esperanza,/ ni siempre la luz dicta el final de los eclipses./ Porque el hombre invisible en el que has de convertirte/ no tiene el privilegio de captar lo invisible”. Es importante llegar a lo que no se ve, pero está ahí, esperándonos. El adolescente es un poeta en ciernes y su retrato abarca también un proceso de aprendizaje, una manera de acercarse a las palabras y a los relatos; por momentos, esta especie de reflexión metapoética se centra el dolor, en la muerte: “La muerte que se escribe/ no es un juego;/ jugar con las palabras también mata” (…).// Cerquemos los recuerdos dolorosos/ para encerrarlos mudos en una caja rota/ y sin tiempo detrás de un mueble viejo”.

Decíamos que el nexo de unión entre las dos secciones del libro es el título. Esa linterna ilumina zonas emocionales que están a oscuras –“Zona de sombra” se llama precisamente uno de los poemas situados al final—, como si la mirada se internase en sótanos no necesariamente siniestros. La luz se identifica con la búsqueda de sentido y en el apartado “Hijos de suicidas” se advierte un cambio en la ficción autobiográfica, orientada ahora hacia un plano más objetivo y un enfoque más distanciado que a veces se refleja en la aparición de distintas voces (así, los diálogos que aparecen en “Qué si no” o “Caballos”). El rencor, por ejemplo, se convierte en protagonista de un poema y poco después en el sentimiento que domina la trama a partir de la figura del padre (“Mi padre competía conmigo entre las sombras,/ en silencio aumentaba su dosis y su envidia”). Otra vez la familia como lugar de amores enfermizos, de pulsiones suicidas que pueden llegar hasta el final o quedarse en el intento, de raros sucesos premonitorios (“Faltar un día”).

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Y tampoco falta en la segunda sección del libro esa vena reflexiva centrada en la propia escritura: ahora pasan a primer plano algunos tópicos literarios de gran prestigio en la tradición romántica y simbolista, pero se trata de cuestionarlos a fondo y darles la vuelta: la luna, en primer lugar, es “la antesala del desastre” y además “ha envenenado este poema”; luego, el mar: “el mar es un estado de conciencia”, “el mar sólo funciona desde lejos”; también “el otro/ el doble” –su misterioso prestigio—, en “Canción para después de una fiesta”; incluso los caballos, con sus connotaciones simbólicas de sexualidad y violencia. Y la paradoja llega a los versos que cierran Linterna: “Si vuelves la mirada y te contemplas/ te ves sentado y quieto, pasmado como un pájaro/ que alguien sin esperanza olvidó entre las literas/ de un viejo submarino abandonado”. Este libro de Juan Manuel Villalba no deja indiferente al lector. En su búsqueda de las identidades borrosas, de los estratos del yo y de las zonas oscuras de la realidad, se nos confirma como otro libro del desasosiego: afilado, inquietante.

*Antonio Jiménez Millán es poeta y profesor de Literaturas Románicas. Antonio Jiménez Millán

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