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Jaume Ripoll, del videoclub familiar a Filmin: "Novedad es todo lo que no has visto"

Jaume Ripoll, cofundador de Filmin

Cualquiera que acudiera regularmente a un videoclub todavía recuerda el regocijo de la elección en sí misma. Los pósters, las carátulas, las carcasas perfectamente ordenadas, los videocasetes, la estantería de los estrenos, los recorridos repetidos por los pasillos en busca de la película idónea, que bien podrían ser varias si se optaba por la oferta de 2x1 o 3x2 para un fin de semana con pronóstico lluvioso. Pero, por encima de todo, cualquiera que acudiera regularmente a un videoclub todavía recuerda su número de socio: en el caso particular de quien esto escribe, el 1130 del Bogart, un pequeño establecimiento en Carabanchel que estaba allí como bien podría haber estado en cualquier otra parte.

Porque en los videoclubs el tiempo se detenía y no estaban realmente en ningún lugar. Eran la puerta de entrada a una nueva dimensión mucho antes de que habláramos del multiverso y que podría trasladarte a nadie sabía muy bien dónde, pues eso era parte de la magia y el misterio de entonces. A este mundo o, aunque parezca absurdo, a planetas por descubrir o, por qué no, a Palma de Mallorca, donde un niño de apenas diez años pasaba las tardes de los fines de semana a finales de los ochenta recomendando películas en un videoclub familiar llamado muy elocuentemente y quizás no demasiado originalmente Hollywood.

"Nací en un cine de Alaró, me crié en el videoclub Hollywood, heredé el Casablanca, quise ser director en Barcelona y acabé cofundando Filmin, el videoclub de nuestro tiempo", nos cuenta ahora Jaume Ripoll (Palma, 1977) en un libro rebosante de nostalgia, anécdotas, confesiones, reflexiones sobre el devenir de una industria cinematográfica en la que se introdujo por inercia familiar y en la que lleva literalmente toda la vida. Un libro que se titula, sin más rodeos, efectivamente, Videoclub (Ediciones B), y que es, a su vez, un canto de amor al cine.

Tal y como el propio autor resume a infoLibre, se trata de un "viaje para compartir entusiasmo por el cine y todo lo bueno" que ha hecho el cine en su vida y en la "vida de muchos". "Ese es un territorio común de felicidad compartida que hay que atribuir al cine, que es clave en la educación sentimental de muchas generaciones", destaca, admitiendo que, en su caso, el "entusiasmo" personal de su padre (programador y gestor de cines, propietario de videoclubs y distribuidor de películas) claramente "sí que pasó por la cadena de transmisión".

"Muchos de nosotros somos hijos de videoclubs, porque nuestra educación cinematográfica nace en esos espacios, entre esas estanterías, y creo que de alguna manera es justo recordarlo y celebrarlo y honrarlos. Porque si hemos apelado a esa idea bonito de la sala de cine, por qué no recordar y celebrar esas tardes que muchos pasábamos en los videoclubs. Detrás del mostrador algunos por trabajo, pero también como clientes", reivindica, antes de establecer el irremediable paralelismo entre el presente vertiginoso de lo digital y un ayer que resulta prehistórico para los más jóvenes, acostumbrados a vivir de pantalla en pantalla de manera tan frenética como perpetua.

Los videoclubs se evaporaron de nuestras rutinas, los olvidamos como si nunca hubieran existido, y perdimos lugares de encuentro social con centenares de películas como excusa. "Se mantienen las carátulas pero se pierden las personas. Antes celebrábamos pasar la tarde en el videoclub y ahora lamentamos pasar minutos decidiendo en las plataformas antes de empezar el visionado", remarca, lamentando que en un mundo que tiende al individualismo de cada cual en su casa una plataforma de streaming audiovisual no pueda reproducir el "ambiente, la luz bonita y cálida o la conversación entre dos clientes que se recomendaban películas". "Esos recuerdos que todos los que hemos sido dependientes o clientes de videoclub tenemos", apostilla.

Por eso, reconoce como un "reto" para todos aquellos que están trabajando en las plataformas conseguir no ya "reproducir aquello que no se puede reproducir", sino de alguna manera "rescatar parte del paseo y el descubrimiento". Porque, a su juicio, como espectador "no hay nada que disfrutes más que aquello que crees haber descubierto tú, y uno no puede descubrir si no está dispuesto a perderse y, por tanto, a equivocarse en la elección". Y remata: "A veces, frente a la abundancia está la tendencia de ir a lo seguro cuando es en realidad cuando podemos arriesgar más".

Cambiarán las pantallas, aparecerán nuevos formatos, pero prevalecerá lo de siempre: una historia bien contada en tres actos

Jaume Ripoll — Cofundador de Filmin y autor de 'Videoclub'

Reivindica en este punto, en cualquier caso, la figura del prescriptor en estos tiempos de copiosidad en una oferta casi diríase que infinita o, cuanto menos, inabarcable para el común de los mortales. "Yo me he formado siendo prescriptor, como quien se forma siendo panadero", bromea Ripoll antes de reconocer que, por supuesto, había clientes, como ahora suscriptores, a los que les parece un "espanto" lo que él recomienda, a pesar de lo cual confiesa que es ese ejercicio de recomendación lo que "más feliz" le hace. "Lo más bonito era el gesto del cliente satisfecho cuando te devolvía una cinta", admite, defendiendo que esa labor de prescripción que todavía mantiene supone, en su opinión, "facilitar la vida a muchos espectadores que ante la inmensidad a veces no llegan a empezar nunca".

Con el paso de los años, signo de los tiempos, no solo han cambiado los formatos y la manera de disfrutar de las películas (y las series), sino que también ha cambiado el lenguaje. Palabras como rebobinar caen progresivamente en desuso porque, básicamente ya no hay cinta magnética. "Tampoco decimos vemos sino consumimos, y no hablamos de películas sino de contenidos", apunta el cofundador de Filmin antes de lanzar otra reflexión: "De alguna manera, el lenguaje también condiciona nuestra relación con el cine cuando pensamos en términos de contenido. Además, a veces nos obsesiona demasiado aquello que tenemos por ver, por eso de alguna manera en el libro hago un brindis por todo aquello que no he visto y, como quien está en una playa nudista, celebra no haberlo hecho".

En este contexto de, como se dice ahora, consumo voraz de contenidos confiesa incluso una curiosidad: ha pasado de esperar con ganas los tráilers de las películas a evitarlos. Y el motivo vuelve a ser, de nuevo, la velocidad a la que todo obligatoriamente parece girar: "Se generan más endorfinas con la expectación que con el cumplimiento. Es un poco lo que decía Santa Teresa, a veces lloras más por las plegarias atendidas que por las que nunca cumplirás. Un tráiler es constantemente la creación de expectación y a veces tengo la sensación de que parte de la crítica y la gente del cine pasamos más tiempo hablando de lo que vendrá de lo que está ahora mismo, porque la expectativa despierta más interés que la realidad".

Es una transformación más, imparable como casi todas y como la que se llevó progresivamente por delante los cines de los centros de las ciudades para convertirlos en supermercados o "tiendas comunes". Esto lleva a Ripoll a subrayar que "las grandes ciudades han perdido parte de su personalidad, pues antes los cines eran diferentes y ponían películas diferentes", mientras que "ahora parece que los cines ponen todos la misma película".

Y, aun concediendo que sí que resisten algunos pequeños cines independientes en determinadas ciudades, continúa: "Es un proceso de mutación, transformación y pérdida, pero también creo que la sala de cine tiene la oportunidad, costosa, de reinventarse como un espacio más acogedor, quizás no tan grande. Porque no necesitamos 300 butacas, igual con 50 son suficientes. Y que no estén al servicio de grandes producciones norteamericanas sino de pequeñas películas de cualquier parte del mundo que el cinéfilo inquieto quiera ver en las mejores condiciones. Ese es el reto, supongo, de esta exhibición post pandemia en la que nos encontramos ahora".

La novedad en el cine no es como una pizza que sale del horno y que si está fría solo sirve para una mañana de resaca. Tenemos que pensar en el cine independientemente del año en que se hizo. Novedad es todo lo que no has visto

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Al mismo tiempo, ahí también está Filmin 16 años después de su apertura. "Hemos asentado la marca y hemos sobrevivido a los embates de toda la competencia que ha ido llegando, aunque sigue ahí el reto de mantenerte, no perder relevancia, estar en el debate público de los espectadores", destaca. Una tarea para la que siguen apostando por un catálogo en el que no necesariamente manda el último estreno porque, tal y como plantea Ripoll, "novedad es todo aquello que no has visto".

"Un periodista podrá entender mejor ciertas crisis del periodismo en una película de hace cincuenta años como Network que en muchas otras actuales que hablen de periodismo. Al final, tenemos que cambiar ese chip. La novedad en el cine no es como una pizza que sale del horno y que si está fría solo sirve para una mañana de resaca. Por eso tenemos que pensar en el cine independientemente del año en que se hizo", argumenta.

Porque, según sus propias palabras, "cambiarán las pantallas, aparecerán nuevos formatos, pero prevalecerá lo de siempre: una historia bien contada en tres actos". La esencia misma del cine, que "nos puede ayudar a entender mejor la sociedad en la que vivimos y de donde viene esta sociedad", reivindica, para terminar reclamando más cine como herramienta educativa en las aulas: "Siempre digo que la principal diferencia entre cultura y entretenimiento es que la cultura te plantea preguntas y el entretenimiento evita que te las plantees. Entonces, de alguna manera, la función también de un docente, un profesor o una ley educativa es darle preguntas a los estudiantes, no darles las respuestas".

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