Los diablos azules

Javier Marías: conjeturas y certezas

Portada de Tomás Nevinson, de Javier Marías.

Tomás Nevinson (Alfaguara), la última novela de Javier Marías, forma un díptico con Berta Isla (2017), y aunque puede leerse de manera independiente, se entenderá mejor si se conoce la anterior. Está narrada en tercera persona y en primera por el protagonista, quien cuenta su caso, nos recuerda su historia y le proporciona título a la narración, imponiendo así la persona al personaje que finge ser, Nevinson a Centurión. Se trata de una narración muy extensa, se acerca a las 700 páginas, cuyo interés no decae en ningún momento, plagada de diálogos que se alternan con las frecuentes reflexiones del protagonista. Se compone de 16 partes señaladas con números romanos. Cada una de ellas, a su vez, se subdivide en capítulos de forma irregular, siendo algunas más extensas que otras.

Los que conozcan la narración del 2017 recordarán que nos quedamos sin saber qué había pasado, a ciencia cierta, con el agente del MI6 Tomás Nevinson, dado entonces por desaparecido y muerto (“esa época en la que me tocó ser falso cadáver”, recuerda, p. 75), y ahora convertido en un “muerto vivo”. Lo que se cuenta en esta nueva novela es la historia de ese espía angloespañol, la relación que mantiene con Bertram Tupra, su jefe, lo más parecido a un amigo que ha tenido, y a quien conocemos desde la trilogía Tu rostro mañana (2002-2007). Y recuérdese las relaciones que ha venido estableciendo el autor entre los espías y los novelistas.

El caso es que el día de Reyes de 1997, fuera ya Nevinson del servicio activo, aunque solo contaba 45 años, y limitándose a desempeñar un trabajo de despacho en la embajada del Reino Unido en Madrid, tras grandes vacilaciones se deja tentar por el turbio Tupra, quien se ha desplazado a Madrid para pedirle un favor y convencerlo de que acepte llevar a cabo una nueva y quizás última misión, aunque no parezca muy oficial. Este es, en suma, el arranque, el moroso punto de partida de la novela del que el lector –yo, al menos— quedará prendido. La acción durará dos años, y a lo largo del relato se irá marcando el paso del tiempo, señalando algunas estaciones y meses.

Al comienzo, además de ese encuentro, un pasaje inolvidable que transcurre entre las páginas 51 y 137, se produce otra conversación, ahora con Patricia Pérez Nuix, igualmente sugestiva, aunque sea más breve y menos intensa (pp. 162-180). El caso es que tras aceptar el encargo, el protagonista, ahora ya un descreído que adopta el nombre de Miguel Centurión, debe trasladarse a una ciudad de provincias del noroeste de España, a la que llama Ruán (recuérdese que Flaubert nació en Rouen), una ciudad con río y niebla, el llamado río Lesmes, compuesta con las características de varias ciudades —confiesa el autor en una entrevista— pero que podría ser León, una Vetusta o Celama (en Ruán y en las obras de Dickens, como en las de Luis Mateo Díez, abundan los nombres estrambóticos) de finales del siglo XX, para descubrir quién de las tres mujeres que allí residen —de las que sospechan los servicios secretos británicos y españoles, representados estos últimos por Jorge Machimbarrena, retratado como un señorito, un pijo— es Maddie Orúe O'Dea, colaboradora del IRA y de ETA en los atentados de Hipercor, Zaragoza y Vic en 1987 y 1991. Sobre este último, se reproduce una foto que se ha convertido en icónica (p. 98). Lo poco que se sabe de ella es que es hispanoirlandesa y que como Nevinson domina ambas lenguas, y aunque ahora se encuentra en estado durmiente, temen que pueda volver a delinquir. En esta ocasión, Tupra vuelve a adquirir protagonismo, pues no solo sigue siendo el jefe de Nevinson, sino también —se dice— quien más lo conoce y había hecho en su favor y en su contra. Pero, además, parece otro, pues su estado civil, su vida sentimental, ha cambiado.

Dos de esas mujeres sospechosas (Celia Bayo y la crédula y confiada María Viana) están casadas y tienen familia, y sus cónyuges gozan de cierto protagonismo. Mientras que de la tercera, Inés Marzán, no sabemos si es soltera, divorciada o viuda, pero vive sola y regenta un restaurante, La Demanda, frecuentado en la ciudad. El narrador nos las describe de forma minuciosa: su físico, carácter y conducta. Se detiene, sobre todo, en el aspecto más peculiar de Inés. Pero, mientras con una trabaja, con otra se acuesta y le da clases particulares a los gemelos de la tercera. Asimismo, por una de ellas se siente atraído, aunque acabe intimando con otra, si bien es la tercera quien le resulta la más alegre y feliz.

Tenemos, por tanto, un enigma que recorre toda la novela: quién de esas tres mujeres es la culpable, la cómplice de ETA y del IRA. Y como consecuencia de ese enigma de partida, se plantean varios dilemas: ¿deben prescribir los delitos?, ¿acaso puede un hombre educado a la antigua, como es Nevinson, asesinar a una mujer?, ¿es lícito matar a alguien para evitar así males mayores? Marías, desde el comienzo de la novela, trae a colación un ejemplo paradigmático, un caso histórico: ¿debió matar Friedrich Reck-Malleczewen (lo cuenta en su Diario de un desesperado, 1947) a Hitler en 1932, cuando pudo hacerlo, en una cervecería de Munich? No se decidió, pues, como afirma el narrador, “la clarividencia es desoída siempre” (p. 30), incluso la propia. Y algo semejante aparecía en El hombre atrapado (Man Hunt, 1941), película de Fritz Lang, en la que un hombre no se decide a asesinar a Hitler cuando lo tiene a tiro, en su refugio de Berchtesgaden, en 1939, lugar que se convierte en un leit motiv a lo largo de nuestra narración (pp. 18-21).

El narrador protagonista se muestra muy crítico con la violencia política y con el nacionalismo que la alentaba. Pero no se limita a juzgar el pasado remoto o cercano, como pueden ser las guerras de Yugoslavia e Irlanda del Norte o los crímenes de ETA, sin olvidarse de la complicidad del PNV que miró para otro lado y que tardó tanto en condenarlos, sino que cuestiona la actual deriva del nacionalismo catalán, a cuyos representantes juzga con merecida dureza, algo que también ha venido haciendo en sus artículos de El País Semanal.

La novela no solo se centra en los personajes principales, sino que también se detiene en otros secundarios que alimentan la acción de aquellos y nos permiten comprenderlos mejor, como ocurre con los casos de Patricia Pérez Nuix y Berta Isla. Si con la primera tuvo antaño una aventura, con la segunda estuvo casado, tiene dos hijos, y mantiene una relación cordial que, a veces, se vuelve algo tirante. A su vez, recuerda en varias ocasiones al sabio profesor Peter Wheleer, maestro de Tupra y del protagonista. Sin olvidar el papel de los cónyuges de las sospechosas casadas, aquellos otros individuos con los que trata Inés o con los diversos vecinos de Ruán, a los que Centurión intenta sonsacarles información. Algunos de ellos se muestran bastante rugosos, por decirlo a la manera atinada del narrador. Pero es con Tupra y con Berta con quien Nevinson mantiene las conversaciones más sustanciosas y algunas de las ideas que ellos le exponen harán que el protagonista se replantee ciertas convicciones. Así, este Nevinson maduro duda, pues parece haber perdido sus habilidades como intérprete de vidas y una parte de la dureza que su oficio exige, pues simpatiza con sus posibles víctimas e incluso siente compasión por ellas, ya que al conocerlas mejor puede entender también sus razones, o convencerse de que ya no son quienes habían sido.

Como suele ser habitual en la obra de Marías, aparecen resonancias de sus libros anteriores, y no solo de la novela del 2017, en expresiones y alusiones —varias de ellas se repiten en más de una ocasión—, como cuando afirma que “todo mal vuelve”, se refiere al “estilo del mundo”, a “los intérpretes de vidas”, o a la “ceniza en la manga” (el motivo proviene de Eliot pero resulta frecuente en la obra de Cunqueiro), se burla de aquellos que llevan mosca en la barbilla, alude al humo que asciende y se pierde, se fija en la mano que Tupra deposita sobre el hombro de Tomás, recuerda el incesante movimiento de la rueda del mundo, comenta que los muertos son como pinturas acabadas y se fija en la nieve que cae y no cuaja (pp. 34, 37, 43, 57, 71, 156, 197, 292, 342, 424, 474, 483, 489 y 642). E incluso se vale de otra expresión, la hallamos en la conversación que Centurión mantiene con Inés, “el cuento de la hija perdida” (pp. 287-296), que me parece nueva en su obra, la idea de “la tristeza secreta” que a todos parece afectarnos en algún momento de nuestras vidas (pp. 291 y 294).

Habría que sumar, además, las citas, declaradas o encubiertas, de Shakespeare, Eliot, Baudelaire, Yeats, Dumas o Donne, por solo recordar unas pocas de las que reconoce el autor en su nota final, que alimentan su propia historia sin desajuste alguno. A ellos se suman narradores —digamos— más populares, como Ian Fleming y John Le Carré. Se replantea, además, temas que ya habían aparecido en su obra, como los dilemas morales, la prioridad en las fidelidades, y si la traición y el engaño deben llevarse a cabo o no, y por qué. Pero la mayor resonancia, si cabe, digamos mejor ahora continuidad, la hallamos en el peculiar estilo, en el tono que adopta el narrador, jugando con el presente y el pasado, con constantes elucubraciones, acelerando o ralentizando el ritmo según convenga a la trama, deteniéndose en los detalles, retratando a los personajes y oxigenando a los mismos con humor. Si bien, la trama es minuciosa y reflexiva, el escenario y el carácter de estos desempeñan un papel fundamental.

Marías, su narrador y protagonista, fuerza la lengua, pues utiliza a veces un léxico rebuscado (lene por amable; perfunctorio por hecho a la ligera, pp. 364, 391 y 446), neologismos no siempre afortunados (envejeciente, inquisitividad, renegación, asimilativa, juvenilizar, idióticos, medicalizada, inglesidad, secretivo, inevitabilidad e incisividad, pp. 141, 240, 246, 364, 386, 387, 406, 456, 591 y 653), anglicismos (tutorial, pp. 51 y 489), catalanismos (“dejarla estar”, p. 598, ¿por influencia, acaso, de Carme López Mercader?), reduplicaciones (“subordinados o subordinadas”, p. 460), leísmos, que no recodaba en su obra (“que me le quejara...”, p. 592), y trastorna la sintaxis en ocasiones de manera innecesaria y artificiosa (“No sé si que le llames la atención”, “todavía no estaría acostada en noche de sábado en Madrid”, pp. 101, 628), con lo que Nevinson nos resulta demasiado redicho. Pero, en fin, así ha debido concebirlo su autor. El caso es que visiva también chocaba cuando leímos su cuento “Mientras ellas duermen” y acabó resultándonos familiar (p. 389). Además, destacan las repeticiones rítmicas que hallamos en algunos momentos de la narración (pp. 47, 62 y 63 [“Has venido porque... (o por, o para)”], 237 y 474 [“Lo que hoy es... (o son)], 294, 469 [“contagios”, “contagiosa”...] y 480-481 [“Hay...”]), y como decía no faltan oportunos remansos de humor, según los denomina él mismo autor, ni tampoco la ironía. Valga solo un par de ejemplos: lo que disfruta Tupra con las patatas a la brava, comida que no conocía, y la pendencia que mantiene en el bar con un cliente, lo amenaza, que habla demasiado fuerte y sin parar, a quien moteja el narrador de varias maneras, todas ofensivas, y las burlas sobre el aspecto uniformado, sobre el peinado, de los aberzales.

Aprovecha Marías la cubierta del libro, en la que aparece una foto de Gérard Philipe (el llamado en Francia “príncipe de los actores”, quien murió con 36 años, pero tuvo tiempo de trabajar en el TNP, con Jean Vilar, y en películas de René Clair, Marcel Carné, Max Ophüls, Jacques Becker y Buñuel), para que nos hagamos una idea del atractivo peinado de Nevinson, de su facilidad para la conquista (p. 592), y a ese respecto recuérdese lo que cuenta sobre cómo seducir a una mujer (p. 153)

Cuatro mujeres desempeñan en la novela cierto protagonismo, las tres sospechosas y Berta. Para aquellas, Centurión es un profesor de inglés que acaba de llegar a la ciudad, pero para la última sigue siendo Nevinson, el padre de sus hijos. Este vuelve a su oficio del pasado, pero irá acostumbrándose cada vez más a la vida que lleva en Ruán, o añorando el trabajo rutinario en la embajada, pensando en hallar finalmente la tranquilidad junto a su familia madrileña. Es también, por tanto, la historia de un cambio, el que se opera en el protagonista (y en Tupra, a otro nivel), tras muchos años ejerciendo de espía, fingiendo ser quien no es, alejado de los suyos, y habiendo abandonado en Oxford definitivamente a la otra familia que creó.

No sé si esta es la mejor novela de Marías, sí me parece una de las más logradas y de las que me han gustado más entre las que he leído en los últimos años. Y es así porque, como comenta el narrador, en la literatura podemos ver a la gente de veras, “aunque sea gente que no existe” (p. 352). Tal y como ocurre en esta ocasión.

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Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario. Fernando Valls

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