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Leocadio Ortega: el poema o la vida

Esquinas imprevistas. Poesía reunida

Leocadio Ortega (Edición de Jorge Rodríguez Padrón)

El sastre de Apollinaire (Madrid, 2020)

A veces el poeta lleva los versos pegados a los huesos como una fatalidad. Como una amante cruenta que jamás se queda, pero tampoco llega a irse nunca. O como un espejo que lo imanta con la sombra terca de la nada que lo acecha. Esa situación torturada, tormentosa, del perseguidor en busca de su sueño, fue la del poeta canario Leocadio Ortega (La Palma, 1956-2007), cuya poesía reunida ha recuperado el ensayista Jorge Rodríguez Padrón para la editorial El sastre de Apollinaire.

Los azares hicieron que el libro viera la luz en mitad de una pandemia, que en su isla se vio seguida del estallido de un volcán, casi como una nueva jugarreta de la adversidad que persiguió siempre a Ortega, un hombre que vivió en lucha permanente consigo mismo hasta que salió al encuentro de la muerte en 2007. Algunos lo han comparado con otro poeta coterráneo y rimbaudiano, Félix Francisco Casanova, también maldito, también inadaptado en el mundo que le tocó vivir. Según León Barreto, la voz visionaria de Ortega anunciaba ya su final, "desnucado, ahogado en el puerto palmero una noche de alcoholes dislocados".

Para entonces, su viaje de catábasis en las habitaciones oscuras del propio adentro había cristalizado en un solo libro, Prehistórica y otras banderas —publicado por la poeta Elsa López en Ediciones La Palma en 1990, y agotado—. Y es aquí donde llega la buena noticia, casi una epifanía poética. Entre 1991 y 2007, Jorge Rodríguez Padrón mantuvo con Ortega una larga relación epistolar a la vieja usanza —de puño y letra— que incluyó el envío por el poeta de nuevas composiciones, y que con el tiempo se transformó en amistad, como él mismo nos cuenta en el prólogo de Esquinas imprevistas. Ahí nos habla de esa poesía que volaba desde la isla de La Palma rumbo a Madrid —aves alzadas contra corriente—, y defiende su riesgo y honestidad: "Léanla. Y verán que hasta en los momentos de derrota o descalabro, ante los cuales jamás se encogió, dice mucho más que la de tantos celebrados por ahí: hay en ella, por encima de todo, verdad".

La edición de El sastre de Apollinaire incluye así aquel breve libro de 1990 y una veintena de poemas posteriores, testimonio de una búsqueda que nos trae a la mente el viejo aserto de Artaud, según el cual nunca nadie ha escrito nada que no fuera para salir del infierno. Y en esa búsqueda, en ese ritual de exorcismo, Ortega se manifiesta como poeta casi quijotesco, con sus gestos fracasados, inútiles —como el de ese oleaje que se alza para luego estrellarse inevitablemente en la playa—, con nuevas arremetidas que ejecuta casi a su pesar, huérfano del idioma, a-isla-do como aquel otro isleño que fue el deslumbrante Agustín Espinosa, también de sino trágico.

La escritura de Ortega a veces delata su búsqueda vital y poética —en algún momento, de la mano de referentes sobre todo latinoamericanos—. En otras ocasiones toca por unos instantes el fuego que busca y nos electriza, sin necesidad de alharacas verbales y lejos siempre del lugar común. A veces con la sencillez de una respiración, como en Triste o flor. Otras con la furia del sobreviviente: "Y es duro empujar el aire / hacia adentro / con solemne puntualidad / varias veces por nostalgia".

Sus versos revelan homenajes a la tierra —"más abajo, junto al cepo del rosal, en el dedal de tus pies, / ya eres roca o isla-mar, útero encaje de asombros, / limpio trueno de alegría sin labio, párpado o idioma"—, donde el hacedor se aferra a su raíz, su hueso, su memoria, contra el vendaval del tiempo. Son versos irisados por una suave ironía y la frescura de la oralidad —señas de identidad del poeta–, como en Cordura sóndica: "Y no vengan de improviso / bajo el flemón señor / bajo el sexo / o la paloma / ni a garabato impar / nos contagien perejil / con el plato en la sotana / y el responso en el mantel / muy presentes / los ustedes / pues yo pienso que así no / que es silencio / y hace gris / para cambiar de isla / de musgo / o de geranio...".

Hasta ahí, los poemas de aquel libro inhallable. Le siguen los que Rodríguez Padrón venturosamente rescata del silencio, y que son testimonio de una nueva madurez. Entre ellos, el conmovedor Elementos de un naufragio, un amargo canto de amor a la poesía, a la trampa mortal de su llamada sirenaica: "pero la poesía entró silbando bajito así / sin que yo me diera cuenta (...) paseaba por la lluvia inaugurándola despacito".

A partir de entonces llega la travesía en el desierto del poeta que indaga en el subsuelo, atrapado —enterrado— en su propia celada, y que escribe sin remedio, a la contra del tiempo, hacia atrás, buscando la raíz de las palabras, el manantial de la belleza, como un ciervo perdido para siempre, porque "tal vez todos estemos condenados a vivir / como una hierba, como un niño, / como un pajarito que canta / y se cubre de su canto".

Entre esas composiciones no falta la poesía amorosa, sensual, suavemente punzante, convulsa y también indagadora ("en medio de la oscuridad menguante quisiera nacerte en el agua"), que cubre poemas enteros, como Orquídea en el gentío o Muchacha que dice 'chau'. Mar, paisaje y mujer se funden en un espejismo vibrante, "mientras caían toboganes de luz sobre mi patio". Y a menudo esa figura femenina se confunde también con la poesía: "se arrodilla al borde de mi alma / y junta los fragmentos de mi risa; / después se vuela azul como la tarde". O deja hueco para el cuerpo a cuerpo con un baudelairiano enemigo interior, o con las palabras que se quieren escapar como peces resbaladizos entre las manos.

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Los últimos poemas de Leocadio Ortega anuncian un final siempre intuido por alguien que vivió como un destino —o una tentación— la oscuridad del océano, su vientre inescrutable. "Espero la venganza del mar, / ese mar dulce y salobre / como los muslos de las muchachas / cuando desnudas se arquean / bajo los destellos de un sol de pascua", nos dice ese poeta insular y orfeico más allá del tiempo. Con ese sol enigmático que nos recuerda aquel otro sol negro, el de la melancolía, que inundó de luz oscura a los poetas malditos. Y que planeó siempre sobre los versos de Leocadio Ortega para liberar su sombra de la desventura.

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Selena Millares es escritora. Autora de las novelas 'El faro y la noche' y 'La isla del fin del mundo'.

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