La llama de su ausencia

Silvia Fernández Díaz

La llama de su ausencia

No pasa nadie y en el fondo es lo mejor. Que nadie me moleste, es lo único que quiero en este banco del final del camino. ¿Y el mechero? Ni en el bolso ni en la falda. Si ayer lo tiré... No funcionaba la piedra.

Publicidad

Que el mechero era naranja, eso bien lo recuerdo. De un naranja amanecer. Y, aunque no me agrade hablar a los desconocidos, me sentí a gusto esparciendo humo a su lado. ¿Se ha fijado usted en las nubes? Lo cierto es que yo solo me fijaba en él, con cierto descaro, tal vez, y anotaba el color de sus ojos, de sus arrugas, de los dedos que acercaban a sus labios una calada tras otra. Nunca antes había sentido que alguien me fumara... Si aparece ahora sé que su humo será el mío. Han tenido que transcurrir quince años, doce, quizás, para que haya olvidado el mechero y lo necesite otra vez. No, no soy la misma, pero sigo fumando, y las arrugas de sus ojos negros fueron un guiño desafortunado. La sonrisa de sus labios delgados, mi primer síntoma de lujuria.

Y dentro de veinte años, quizás, Por favor, deme un cigarro, creo haberle visto en este bosque alguna vez, recuerdo que usted fumaba, señor, pero sus dedos ahora inmóviles y ningún mechero en su mano. Ningún signo de reconocimiento. Y entonces miraré a las nubes. No era el amanecer lo que me llamó la atención, sino el humo de sus ojos, el único motivo por el que hoy ni siquiera vendrá a darme fuego.

Publicidad

El último deseo

Salita de espera

Ver más

No Nunca sonreíste al contemplar los gorriones y, sin embargo, si pudieses verlos otra vez, una única vez. Entiende que es bien poco lo que te pido. Si pudieras... Una última ocasión para cambiarnos los ojos, como los niños, y entonces tu temblor, tan infantil, acurrucada ante los gorriones menudos y el tiritar por los recién arrancados del nido fuese ahora mi propio temblor. Ya nunca tuyo.

Y ahora yo, lastimado por sus aleteos primerizos, por su quietud entre las tablas del banco, sobre la línea del horizonte sus miradas perdidas, sus garras ceñidas en la madera. Y, al fin, tu risa haciendo equilibrios en las ramas de los árboles, balanceándose entre hojas verdes, ocres, tu risa, una pluma, cayendo en el peciolo de mi boca, hasta el momento en que mi mano, anidada en la cavidad de la tuya, me hiciera trinar en ti. El gorjeo de tu garganta, una mentira. No les pasará nada, no nos pasará nada. Y tu abrazo de alas infinitas me acogería de nuevo, por última vez, mientras los pájaros nos contemplan durante un susurro. Un susurro en que, sin saber cómo, por qué, tus alas se quiebran. Y quedarme así, toda la vida, sediento como tantos, con la lengua orientada hacia un cielo por el que los gorriones se esfuman. Una constelación de aves sobre mi cabeza. Y otra vez mi temblor revoloteando sobre las astillas. En la noche eterna del jardín.

Publicidad

*Silvia Fernández Díaz nació en Madrid en 1967. Estudió la diplomatura de Profesorado de E.G.B. y cursó el máster de narrativa de la Escuela de Escritores. Ha publicado dos libros de relatos: Solo con hielo (2014), finalista del XII Premio Setenil, y La mirada de los pájaros (2017), ambos en Talentura. Tiene inéditos tres libros de relatos, dos novelas, un libro de prosa poética y dos libros de aforismos. 

La llama de su ausencia

Más sobre este tema
Publicidad