Margo Glantz y las figuraciones del deseo

Apariciones

Margo Glantz

Firmamento (Salamanca, 2022)

 

En este tiempo nuestro de tantas velocidades, donde el extremado culto a lo nuevo parece unido a cierto grado de amnesia colectiva, resulta muy de agradecer la labor de rescate y memoria que realizan algunas editoriales. Es el caso del libro de Margo Glantz Apariciones, publicado en México hace dos décadas y que ahora llega a nuestras librerías de la mano de Firmamento. La edición, de exquisito formato, lleva en la cubierta una obra de Egon Schiele, ese pintor expresionista que hizo del erotismo y la mirada libérrima el estandarte de su propia poética, y que con ella fue mucho más lejos que su maestro —Gustav Klimt— al acoger sin tapujos la tensión de los cuerpos desnudos que pintó obsesivamente, de tal manera que en el reciente centenario de su muerte —tanto Schiele como Klimt murieron por la pandemia de gripe de 1918—, aún sentían su obra como escandalosa los círculos puritanos, que en Alemania y Reino Unido vetaron lo que calificaban como pornografía por su retrato abierto de la sexualidad, sin atender a la dimensión existencial de sus figuras retadoras, torturadas, luminosas y libres, que desde su lado más primitivo y ausentes del Logos nos miran de frente desafiándonos.

Difícil imaginar mejor pórtico para introducirnos en esta novela breve, fragmentaria, deslumbrante y provocadora de la escritora mexicana Margo Glantz (1930), intelectual y novelista de largo recorrido que cuenta con innumerables reconocimientos, como el Premio Villaurrutia de 1984, el Premio Sor Juana Inés de la Cruz (2004) —por la novela El rastro, finalista del Premio Herralde en 2002 o el Premio FIL (antes Juan Rulfo) de 2010. Y no es vano recordar todo esto, porque su pertenencia natural a la generación del llamado boom latinoamericano —al igual que las brasileñas Clarice Lispector y Nélida Piñón, las mexicanas Elena Garro y Elena Poniatowska o la uruguaya Cristina Peri Rossi— ha sido invisible durante largos años.

El regreso de esas Apariciones a nuestro contexto literario actual nos recuerda que no había tales ausencias femeninas, y también que esa conquista audaz de las poéticas del cuerpo que ahora tiene notables valedoras —como la mexicana Fernanda Melchor o la chilena Lina Meruane— es un eslabón de una cadena larga y sólida, entre cuyas pioneras está Glantz, y que en poesía contó también con voces de alto riesgo, como la costarricense Ana Istarú o la nicaragüense Gioconda Belli. Todas ellas, y muchas otras, volcaron en sus páginas un erotismo transgresor y liberado de tabúes en un gesto que era nuevo en voz de escritora, y que dinamitaba los muros de la moral convencional para ir más allá del modelo previo —la voz masculina que hablaba del cuerpo de las mujeres— y descubrir y nombrar el cuerpo del hombre y el suyo propio como sujeto deseante.

Esa mirada impúdica, libre y sin tabúes es la que recorre las Apariciones de Margo Glantz, que se acoge al modelo de novela erótica para subvertirlo con su componente existencial, y que dialoga más allá del tiempo con Pasolini, Kawabata y Bataille, y también con Teresa de Jesús, Juana Inés de la Cruz y José Gorostiza, en una lograda trenza narrativa de tres historias cruzadas. La primera es la de la mujer que mientras escribe en su teclado vivifica antiguas historias conventuales, al tiempo que explora su propia vida, recorriéndola a través del ardor religioso y carnal de sus personajes, las religiosas sor Lugarda y sor Teresa Juana. La segunda la componen los fragmentos de las vidas privadas de esas dos monjas en que se proyecta: "su deseo es tan enorme, el de tener entre los dientes el Sacramento Divino, que sólo recibiéndolo con frecuencia pueden conservar la calma, cuando mastican y digieren la dulzura del alimento celestial, el Cuerpo del Señor. Así me siento yo cuando estoy enamorada, sobre todo cuando él se ausenta". Y la tercera es el devenir de sus propias vivencias con su tórrido amante —violento y promiscuo— y la relación con su propia hija, que está comenzando la adolescencia.

Ese triple movimiento narrativo es tenso, minucioso, casi cinematográfico, y va construyendo un juego que imanta al lector con sus destellos inesperados: la vivencia de la sexualidad espejea así entre la mística erótica de esas dos monjas y la versión puramente física, esclava del deseo, de los dos amantes, contemplada por la mirada entre inocente y lasciva de esa niña que intuye y observa, y que se niega a cerrar las piernas cuando él le indica que las mujeres deben controlar sus movimientos, ser decentes, juntar las rodillas, además de no maquillarse ni llamar la atención. Entonces la niña "abre mucho más las piernas, su posición es casi insoportable". Las imágenes de mujeres que cabalgan, o de mujeres que tocan el chelo, se repiten también en ese sugestivo y desafiante juego de espejos. Es el contrapunto díscolo a la sumisión casi masoquista de la madre ante los caprichos y fantasías del amante: "obedeces, sabes bien lo que quiere tu amo", "siempre querrías estar muriendo de ese mal", repite su letanía herética mientras el placer se va convirtiendo en una tortura opresiva y casi siniestra. Y cuando la niña asume la posición de rodillas juntas, el ojo de cámara que es la narradora observa esa otra fuente de altanería que son sus uñas largas y sucias o su pijama rojo. Él insiste: "por querer montar a Adán como si fuese varón, Lillith fue expulsada del Paraíso", mientras la madre opone a esas uñas las suyas, cuidadosamente pintadas de un rojo que se busca en la sangre cuando araña la espalda de su amante.

No menos transgresoras y tensas son las figuraciones del erotismo en ese convento donde viven Lugarda y Teresa Juana, para quienes la concupiscencia y el dolor también están engarzados en un ritual de flagelos sobre su joven piel desnuda. Hay demonios que las atormentan en su lecho mientras sueñan con el cuerpo de Jesús, y desfallecen de un hambre y una sed que habla del deseo insatisfecho. Son pasajes lastimosos y sugestivos, contados con un estilo terso y arcaizante que nos sitúa en aquella época, y que avanzan el dominio de un Eros que estalla sin control frente al Logos castrante de la moral vigente.

La construcción del texto funciona musicalmente como un tema con variaciones, además de que las piezas de diversos compositores, como Monteverdi y Bach, asoman en distintas menciones del relato. Los encuentros de los amantes y de esas dos monjas, con todo su lado fisiológico, animal y deseante, se proyecta obsesivamente en otras imágenes, a veces pictóricas o musicales —la mujer que aprieta con sus piernas la viola de gamba, la flauta que en la boca de un músico despierta pensamientos lascivos—, y otras veces tan inmediatas como dos perros que se aparean: "quisieras que, a semejanza de los perros, él se quedara inserto dentro de tu cuerpo durante mucho tiempo".

Poco a poco las hebras de esa trenza narrativa se van desdibujando: los tres relatos borran sus fronteras, espejean y se confunden entre sí. "La escritura y la sexualidad se ejercen siempre en espacios privados y por ello mismo susceptibles de violación, espacios secretos, sí, espacios donde se corre un riesgo mortal", leemos en la voz de esa mujer que escribe y que da pie a pasajes metaliterarios donde se compara el goce y quebranto del sexo con el de la escritura: "Estoy triste. Me veo al espejo, me compadezco de mí misma. Y para evitarlo, escribo. Sé que, al hacerlo, me calmo". Hay una sabia fusión de los distintos planos de este tapiz narrativo que mantiene la atención del lector hasta el final, con su aliento poético, sincopado, pleno de elocuentes silencios.

Apariciones es una novela perturbadora que se aparta de cualquier canon en su configuración y también en sus temas. Su ritual de repeticiones es como un conjuro, un modo de conocimiento, un exorcismo también: del dolor, de la represión externa y también del enemigo interior que cada uno tiene dentro de sí. Su título nos habla de presencias convocadas para darles así nueva vida, para afirmarlas contra el olvido. La escritura se hace entonces "antídoto contra las desapariciones", y se mantiene siempre en un estilo pulcro, terso, exacto, de diálogos breves que dejan hueco para que los silencios que queden vibrando. Incisiva y poética, delicada y violenta, Apariciones es una novela plena de desdoblamientos y de inquietantes fantasmagorías que se mueven al compás del deseo para construir, en la brevedad de sus páginas, una pieza redonda que habla de la gran madurez de su autora.

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Selena Millares es escritora. Autora de las novelas 'El faro y la noche' y 'La isla del fin del mundo'.

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