‘Pez en la tierra’, de Margarita Ferreras

Inmaculada Casas-Delgado

Pez en la tierra

Margarita Ferreras TorremozasMadrid 2016

“Por un torrente turbio de lágrimas y sangre / se abre mi corazón en grietas de desprecio”, escribía Margarita Ferreras (Zamora, 1900-¿?), una poeta cuya única obra, Pez en la Tierra (1932), parece vaticinar en algunos de sus versos su destino lleno de desdichas. Ella deseaba “la muerte por amor a la vida”, pero ni siquiera podemos poner el punto final a su existencia porque sigue siendo un misterio la fecha, lugar y circunstancias de su fallecimiento. El profundo olvido en el que se sumergió su nombre contrasta con el fuerte oleaje de su juventud. Fue partícipe de la intensa vida cultural de la Generación del 27, socia del Ateneo de Madrid, la Residencia de Señoritas y el Lyceum Club Femenino, asistía a eventos en los que nadaba con Federico García Lorca, Francisco Ayala, Juan Ramón Jiménez o María de Maeztu, entre otros “peces gordos” de nuestra literatura.

Dada la influencia que tuvo en esos selectos círculos y el aplauso cosechado por su libro, que sólo recibió buenas críticas, la corriente parecía conducirle hacia el éxito, pero el río se bifurcó condenándola al ostracismo. De esas aguas intenta rescatarla Fran Garcerá en la reedición del poemario de Ferreras para Ediciones Torremozas. Esta balsa no sólo saca a la superficie del siglo XXI las palabras de la autora zamorana, sino que ofrece documentos inéditos y una contrastada biografía que nos permiten bucear en el mar de incógnitas que rodea a esta poeta.

Mediante cartas, postales, dedicatorias de libros, críticas literarias, partidas de bautismo, actas de nacimiento y hojas de inscripción del padrón municipal de Madrid, Fran Garcerá (investigador predoctoral del Centro de Ciencias Humanas y Sociales - CSIC) ofrece testimonios fehacientes de un personaje del cual la prensa y los círculos literarios de la época se hacían eco reiteradamente, pero siempre quedaba al margen. Quizás fue una mujer que conocía a todos y a la vez todos desconocían o aparentaban hacerlo. “Las señoras trataban de rehuirla, aunque sin demasiado éxito, ya que se las arreglaba siempre muy bien para imponer su presencia y a la menor oportunidad se levantaba a recitar”, recuerda Margarita Ucelay, cuya familia pertenecía al círculo de amistades íntimas de Lorca. Ayala coincide en que era “demasiado conocida en Madrid” y la describe como una diva que recibía a sus invitados descendiendo “majestuosamente” por unas escaleras y vistiendo ropas bordadas en seda. Su ambición por codearse con las personalidades más influyentes del republicanismo o la sensualidad “hasta el espasmo”, como calificó su obra el crítico Antonio de Lezama, pudieron granjearle enemigos, que acabaron silenciando su voz. Llama la atención cómo se hizo a sí misma, alardeando sin tapujos de su relación sentimental con el infante don Fernando de Baviera, a quien le reclamó durante años una importante suma de dinero que supuestamente prometió donarle. Curiosamente, este dato lo atestigua Ayala, cuando se encontraba recién licenciado en Derecho, al cual ésta pide asesoramiento legal al respecto.

A través de la información recopilada en Pez en la tierra (2016) se deduce que Ferreras fue una adelantada a su tiempo, que quiso salir de la pequeña pecera moral que recluía a las féminas de aquellos años. Ella nadó a contracorriente siendo liberal en sus palabras y en sus maneras. Al respecto destacamos una anécdota, fechada en 1930 y que se extrae de la correspondencia de Manuel Azaña, en la que su esposa tacha de “desvergonzada” a Ferreras, quien la escandalizó por preguntar si el presidente de la II República era “sensual”. Críticas como esta pudieron convertirla en la “comidilla” de la alta sociedad madrileña de principios del siglo XX y ello explicaría cómo no fue socorrida en sus momentos más duros de pobreza y enfermedad. Paradójicamente, cuando brotan las primeras gotas de su fuente artística llega la sequía a su vida. Cuando se empieza a reconocer su faceta como escritora con la publicación de su poemario, considerado entre sus contemporáneos como “un gran libro de versos”, llegan las lagunas sobre su vida. Exilio, muerte, enajenación… se barajaban diversas teorías hasta el momento, todas vagas y basadas en rumores. Es ahí donde reside —entre otros aspectos— el valor de esta reedición, ya que recupera una obra casi perdida, debido a su corta tirada (250 ejemplares) y, además, descubre algunas piezas clave para ir resolviendo el puzle vital de esta autora, aún incompleto.

Entre los enigmas que la rodean está su propia identidad, pues hasta el momento se creía que su apellido real era Cañedo, tal y como aseguraba en sus memorias Manuel Altolaguirre, que editó su libro junto con Concha Méndez. Sin embargo, Garcerá demuestra con diferentes documentos que ese dato es erróneo y que efectivamente se llamaba Margarita Ferreras. Otra parte fundamental del rompecabezas ha sido el hallazgo de las ocho cartas que ella envió a Miguel de Unamuno entre 1933 y 1935, a quien describe la agonía que sufre al ser internada contra su voluntad en un sanatorio por problemas nerviosos. Sus palabras reflejan a una mujer atrapada en las arenas movedizas de la miseria, el abandono y la locura: a un pez en la tierra. “Sigo sola, abandonada y enferma, arañándome en el pecho antes de lograr dormir, las negativas y las evasivas de los que necesito creer que son mis amigos. A esta fe momentánea, trato de asirme desesperadamente como a mi aliento de esperanza hasta que logro hundirme en el sueño de un pozo de olvido”, le decía Ferreras a Unamuno mientras pedía con insistencia verle. Después de esta correspondencia hay 20 años de silencio y una nota marginal. Su rastro se pierde como una pequeña onda entre las aguas.

*Inmaculada Casas-Delgado es profesora de la Universidad de Sevilla. Su último libro es Inmaculada Casas-DelgadoRomances con acento andaluz. El éxito de la prensa popular (1750-1850) (Centro de Estudios Andaluces, 2012).

Pez en la tierra

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