Un idioma siempre al borde de la extinción. Poesía 2002-2026 - Raúl Quinto
Barcelona, La Bella Varsovia, 2026.
Bajo el rótulo de Un idioma siempre al borde de la extinción —a la vez divisa personal y lema metapoético—, Raúl Quinto reúne casi veinticinco años de escritura. Aunque la autoexégesis suele estar mal vista y resultar una tarea ingrata para los creadores, la “introducción precaria” que abre el volumen le ahorraría al crítico perezoso un esfuerzo considerable, pues estas páginas no solo proponen un itinerario guiado por las obras del autor, sino que también sugieren una inmersión en su particular universo estético: sintagmas como “puertas infinitas”, “cristales rotos” o “comunicación oscura” explican mejor que cualquier paráfrasis interpretativa el perturbador efecto que tienen las sacudidas violentas y los aquelarres verbales contenidos en estos versos.
El itinerario comienza con Grietas (2002), un libro “pequeño y primerizo” —en palabras del propio Quinto—, pero en el que ya se anticipan los principales formantes de su mundo creativo. A través de sucesivas “grietas”, algunas geológicas y la mayoría estrictamente metafóricas, la voz discursiva va dejando a su paso migajas de sentido para que el lector no se pierda en el sendero. Las imágenes expresionistas, de textura ósea u orgánica (“un colmillo / que desgarra el colchón”, “negras algas de hueso”, “lágrimas melladas”), serán desde entonces una de las marcas definitorias del quirófano artístico en el que opera el autor.
La piel del vigilante (2005) supuso un hito en su fecha de publicación, tanto por el premio que traía bajo las solapas (el “Andalucía Joven”, que por entonces convocaba la añorada DVD) como por la inspiración intermedial que exhibían las estrofas. En efecto, el libro arranca de los personajes y las tramas de la serie de cómics Watchmen, escritos por Alan Moore y dibujados por Dave Gibbons a mediados de los años ochenta, para invitarnos a un ejercicio de ocultamiento: los distintos disfraces que se va probando el sujeto recrean las identidades ficticias de los inquietantes vigilantes nacidos de la chistera de Alan Moore, al tiempo que incorporan una reflexión existencial de cuño propio. De hecho, el baile de máscaras siniestras y siluetas espectrales se desplaza a la realidad cotidiana en las secciones finales. Así lo demuestran los monólogos dramáticos “El lector de cómics” y “El escritor”, en los que germina la idea de la otredad: “que no soy más que un guante sobre el barro, / que no me pertenezco, / que vengo de otra niebla, / que mi rostro es liturgia de otros dioses”.
Si La piel del vigilante se adelantó cuatro años a la adaptación cinematográfica de Watchmen que rodó Zach Snyder, Poemas del Cabo de Gata (2007) prefigura la vertiente ecocrítica que despuntaría en la segunda década del siglo XXI. Si bien este cuaderno parece regresar al enclave de Grietas, la densidad simbólica de aquel primer libro se reemplaza ahora por la pincelada minimalista de unas estampas en las que la levedad del trazo no es incompatible con el fulgor imaginativo ni con la “música mental de José Ángel Valente y Javier Egea”.
La temprana madurez de Raúl Quinto se inaugura con La flor de la tortura (2008), donde se observa una lograda aleación entre la alquimia verbal y la intención crítica. Junto con las viñetas que nos interrogan, con un verso tenso e interpelativo, sobre los límites de lo decible o lo visible, las incursiones en la historia colectiva funcionan como un friso coral que nos pone ante los ojos los horrores del pasado siglo: véanse “Stalingrado 1942 (Gesto)”, “Argentina 1978 (Secuencia)”, “Ruanda 1994 (Liturgia)” o “Armenia 1915 (Memoria)”. La dimensión ritual insinuada en los subtítulos de estos textos se añadirá también desde ese momento a la receta de Raúl Quinto, tanto si la mirada se dirige a una experiencia en carne viva como si se centra en una transposición artística. Prueba de esto último son “El vientre del arquitecto”, que dialoga con el filme homónimo de Peter Greenaway, o “Variación sobre un tema de Joseph Beuys”, una audaz traslación de la acción performativa que llevó a cabo el polémico artista alemán en 1965.
La reflexión sobre la violencia está en el origen de Ruido blanco (2012), que explicita en una nota al pie el suceso del que toma su punto de partida: el suicidio en directo de la periodista y presentadora estadounidense Christine Chubbuck, ocurrido en 1974. Frente a la mirada frontal de la pantalla catódica, Quinto opta por una perspectiva elíptica que nos advierte acerca de la saturación informativa en los tiempos de la conexión wifi. Atravesado por un conjunto de mantras que refuerzan el valor catártico de la reiteración, el espacio poemático se concibe como una suerte de instalación discursiva, en la que se desvela la tácita aquiescencia de los espectadores ante el bombardeo comunicativo al que estamos sometidos.
Ruido blanco cede el testigo a La lengua rota (2019), el libro más abiertamente protestatario y militante del autor. La parábola que da pie al poemario, según la cual Zenón se arrancó la lengua y se la escupió en la cara al tirano de Elea, proporciona los cimientos de un activismo lírico que pretende restaurar las verdades silenciadas por intereses políticos o económicos. No es casual que muchas de las composiciones vayan encabezadas por nombres propios —algunos, familiares para el lector español, como el del reportero José Couso; otros, barridos por el tsunami de la actualidad— cuyas semblanzas se despliegan en una nota final titulada ‘Los nombres’: todos ellos tienen en común la condición de mártires laicos que han entregado sus vidas por defender causas civiles o derechos humanos. La consideración moral y mural de la escritura se evidencia en una serie de piezas en las que se dan cita la violencia machista, los trampantojos de la posverdad, el escándalo farmacéutico de la talidomida o la reconstrucción de un episodio olvidado de la Guerra Civil (el díptico “Málaga-Almería”).
Ver másTelón de sueños muertos
Si en La lengua rota Quinto tomaba la palabra para formular un poderoso alegato a favor de la libertad de expresión, la plaquette Sola (2020) acierta a mezclar lo íntimo y lo apocalíptico. Partiendo de la refabulación de un microrrelato escrito por Thomas Bailey Aldrich, Quinto transita de nuevo por la frontera entre lo decible y lo inefable, aunque para ello sea necesario hurtar las conexiones lógicas, fracturar la sintaxis o pedir auxilio a los neologismos (“rexiste”, “apenínsula”, “abistmo”). Cuando vio la luz Sola, un espectro pandémico recorría el mundo. Redactado durante la cuarentena y el confinamiento, pero inédito hasta ahora, Cuaderno de la peste de 1348 es más que un bonus track a modo de correlato histórico. El paralelismo entre la peste bubónica que asoló Almería entre 1347 y 1349 y la crisis desatada por el coronavirus culmina en una plegaria rota: “No está vivo ni está muerto el virus // igual que Dios. / Puro genoma // aguardando / para replicarse en ti / en mí // aquí”.
Un idioma siempre al borde de la extinción se cierra con un apartado de poemas sueltos, publicados en revistas o en antologías, que reflejan una mitología generacional en la que las batallas galácticas de Star Wars pactan con la distopía de Black Mirror y en la que el spaghetti western de Sergio Leone entronca con la colmena zombi de Resident Evil. Al margen de esa faceta lúdica, varios textos rescatados de la inclusa periódica o digital mantienen intacta su capacidad de conmoción: “una sola palabra / diciendo qué: // nada // tú // erizando la piel / de trapo que cobija el corazón”. En suma, la aparición de esta poesía reunida constituye una excelente oportunidad para enfrentarnos a un autor que no teme asomarse al abismo ni escribir con “la caligrafía del dolor”. Pasen y lean.
* Luis Bagué Quílez es escritor y crítico literario.