Que la risa iba en serio

Tony Cabanes

Una filosofía de la risa - Bernat Castany

Anagrama. 2026

Publicidad

Quizá Bernat Castany (Barcelona, 1977) tenía vocación de humorista y justo por eso se hizo filósofo, porque al fin y al cabo la filosofía no deja de ser una rama del humor. A él, según parece, ambos campos se le dan de maravilla, porque al igual que para cualquier humorista que se precie, para el filósofo realista no hay más mundo que el que hay, y ni el uno ni el otro dejará de sonreír (y de hacer sonreír) en el momento en que alcance a observarlo desde la distancia adecuada, como sucede en Una filosofía de la risa (Anagrama, 2026). Se trata pues de algo así como del reverso del popular Una filosofía del miedo, publicado por el autor hace ya cuatro años. Si en aquel ensayo se metía con la más triste de las pasiones, que es como Spinoza se refería al miedo, en este aborda de manera igualmente solvente, y con extraordinaria profundidad, la de la alegría, y lo hace a través del elemento que más contribuye a potenciarla: el humor. Sin duda Voltaire se equivocaba cuando en su Diccionario filosófico decía que «aquellos que buscan las causas metafísicas de la risa no conocen la alegría», porque nadie que no la conozca y la practique sería capaz de tejer un texto tan riguroso mezclado con una dosis tan alta de risa saludable.

Va a carcajada limpia, y no es un decir, porque me resultaría complicadísimo encontrar en la mesa de novedades otro libro completamente serio más lleno de agudezas y bromas que este. Contando solo las manipulaciones y los juegos de palabras, la media debe salir a un par por página o algo así, y ahí están «los mundos para lelos» de los «melancohólicos anónimos» y el «mero Homero», que ni siquiera son los mejores, solo los que azarosamente apunté mientras leía («¡Qué de Sartre!»). Y luego están los chistes, cuya profusión no es menor. Ninguno se queda en la simple humorada porque todos se expanden hasta convertirse en artefactos muchísimo más potentes capaces de descubrir capas más complejas y paradójicas de significado. Ahí van dos. Para hablar de la comicidad como palanca para revelar la vanidad que supone nuestro desaforado afán de desear, nos habla de «aquel recepcionista de un hotel soviético que le decía a los turistas: “Si ven que falta algo, avísenme, y yo les explicaré cómo prescindir de ello”». O para abordar la virtud que tiene la risa a la hora de generar una atmósfera de ligereza, el autor se inventa el del hombre al que una vez le preguntaron «cómo es que siempre estaba tan tranquilo, y respondió: “Porque no discuto con nadie”. “No será por eso…” ­–le objetaron. Y, dándose la vuelta, dijo: “Pues por eso no será…”». Y así todo el rato, uno detrás de otro, como si se tratara de los números de un buen circo.

Publicidad

Ni uno solo está ahí por casualidad, igual que tampoco lo están las citas, porque enmarcado siempre en un registro conversador, humilde, sin atisbo alguno de petulancia o de pretendida sabiduría, Castany no cesa de involucrar al lector en su diálogo con una batería inasumible de autores que van saltando sin perjuicio de Epicuro a Mark Twain, de Lucrecio a Rabelais, o de Luciano de Samóstata a sor Juana Inés de la Cruz, por mentar solo a una infinitésima parte de todos aquellos nombres que van desfilando a lo largo de unas páginas en las que también caben tranquilamente Chaplin, Quino o Andreu Buenafuente.

Conectando siempre lo antiguo con lo nuevo, lo sublime con lo liviano, y todo ello con nuestros propios temores, inseguridades y ansiedades, Castany va guiando al lector por una serie de laberintos compulsivos no exentos en ningún tramo de suscitar contradicciones, indignaciones y crisis vitales, bien barajadas con la ya aludida hilaridad. El ensayo toca fibras sensibles una y otra vez y nos acaba poniendo a todos ante el espejo, porque nos recuerda, por ejemplo, que somos seres minúsculos y ridículos que vamos a habitar este mundo durante un periodo extremadamente corto de tiempo, que luego seremos reabsorbidos por la nada y que por el camino tan problemático es olvidarse de la muerte como no dejar de pensar en ella. Mientras tanto, la risa (la risa alegre, la que hace que aumente la potencia de uno mismo y de todos los que la escuchan, y en la que el autor insiste constantemente), resulta una buena válvula para quitarle hierro a las cosas sin caer en la desidia. Esa es su fe (laica).

Publicidad

Uno de los componentes básicos del libro es sin duda su contribución al desmantelamiento del prestigio intelectual del idealismo como sistema de pensamiento hegemónico de la cultura occidental. Ese idealismo espontáneo que nos lleva de manera reiterada a despreciar el aquí y ahora, y que siempre debemos andar reprimiendo porque es fuente continua de frustración, Castany lo compara, en una imagen muy bien hallada, con "la colonia, que huele bien y sabe mal, mientras que el realismo es como el queso, que huele mal y sabe bien. Eso sin contar que la colonia es más cara, y emborracha, mientras que el queso es más barato, y alimenta". Y es que no se achanta a la hora de señalar una y otra vez el pensamiento platónico como una enfermedad crónica que hay que reducir al máximo y mantener a raya, para lo cual la ironía y el humor, que nos ayudan a darnos cuenta de que la realidad es mucho más sucia y gustosa que cualquier castillo que nos montemos en el aire, son buenas herramientas, siempre que no caigamos en la defensa dogmática de las mismas, siempre que sigamos peleando por una forma de verdad asequible sin entrar en el sueño neurótico y tóxico de lo absoluto. Y a poder ser, añadiría yo, con esa mezcla de escepticismo y alegría militantes, sorprendentemente sensata, que el autor consigue proyectar en este libro.

"La única manera que tengo de entender el significado intelectual y literario de Bernat Castany contemporáneamente es evocar el papel que significó, de otra forma porque pertenecía a otra época, el Fernando Savater de los años setenta y ochenta", dijo Jordi Gracia, catedrático de literatura española de la Universidad de Barcelona, el día de la presentación del libro. Lo decía, por supuesto, por la virtud de su escritura y el empleo que hace de la ironía, por su habilidad para encontrar la cita exacta para el momento exacto, o por su libertad a la hora de asociar artes distintas, del cine a la pintura, con la literatura de todas partes, pero también, continúa Gracia, "por esa capacidad que tiene de incidir, con violencia y piedad a la vez, en nuestras propias contradicciones, algo que a mí solo me traslada a aquel Savater magistral". Y es que para Castany, al igual que para el autor de La infancia recuperada, la filosofía debe tener una dimensión práctica, humanizadora, que contribuya a que la gente viva mínimamente bien, porque de lo contrario se convierte en un discurso abstracto, especulativo, relegado a intereses académicos no siempre demasiado nobles. Precisamente cuando entra en el terreno de esta necesidad vital, la filosofía recupera su razón de ser, eclipsada desde hace siglos por la teología.

Publicidad

La mujer que quería un bocadillo de atún en lugar de un plato de paella

Ver más

 Por supuesto que hay cierto grado de predicación en el libro, ni que sea porque en todo texto moral hay un mínimo imprescindible. Infinitamente alejado de cualquier parecido con el formato de autoayuda, tan propenso a hundir en la inopia al lector más predispuesto, en Una filosofía de la risa existe, efectivamente, una parte elegantemente propositiva que en ningún caso ofrece remedios de manual, pero sí muchos recursos, a menudo inspirados en citas literarias de enorme eficacia, capaces de suscitar reacciones, anticuerpos, que contribuyen honradamente a que nos aferremos a la realidad. El ingenio del autor, además, no afloja a la hora de recurrir al aforismo punzante («Cuanto más rota está una sociedad tanto más cortas son sus sobremesas», por citar uno) y tampoco renuncia a dar la batalla cultural desde el análisis de la actualidad, tremendamente atento y perspicaz ante el cambio de lado de la hegemonía cómica que se está produciendo hoy en día, porque esta «ha pasado de estar en manos de la izquierda contracultural a estar en manos de la derecha más reaccionaria», un acontecimiento al que Castany llama el «sorpasso cómico». La extrema derecha, dice, exagerando el puritanismo de la izquierda ha conseguido articular un movimiento que se presenta como mucho más travieso y divertido, pretendiendo todo el rato «ignorar ingenuamente la mucho más seria disciplina y jerarquía social y militar que lo inundaría todo en cuanto esta se hiciese con el poder».

Es fácil apreciar un proceso de escritura perfectamente metodizado y estructurado, y sin embargo no queda nada, en la lectura de este libro, de la pesadez o la previsibilidad de una cabeza que piensa de manera llamativamente organizada. Ni rastro de esa tramoya rígida que seguro que existió alguna vez, pero que Castany sabe disolver muy bien en beneficio de la narratividad, la intriga y la vibración de la prosa. El resultado es un ensayo de fisonomía inclasificable que invita a pensar y reír a partes iguales, un ejercicio involuntario de exhibición de talento tanto para el humor como para pensar el humor, a medio camino entre la sabiduría de Montaigne y el ingenio de Chesterton, faros ambos, junto con Spinoza, de todo lo que escribe Castany. Quizá de entrada pueda parecer un libro complejo, pero no hace falta nada más que abrirlo y atravesar el umbral de las primeras páginas para darse cuenta enseguida de que se absorbe compulsivamente y de que da muchísimo más de lo que promete.

*Toni Cabanes es periodista, docente y crítico literario.

Una filosofía de la risa - Bernat Castany

Publicidad