Unas toallas suaves

Ioana Gruia

Por último, el corazónMargaret AtwoodTraducción de Laura FernándezSalamandraBarcelona2016Por último, el corazón

 

Unas toallas limpias y suaves. Una habitación confortable de hotel. Una cena en un restaurante de manteles blancos y alfombra lujosa. Estas son las razones por las que Stan y Charmaine deciden (aunque en realidad tal vez habría que decir que no tienen más remedio que decidir) entrar en el Proyecto Positrón, anunciado a bombo y platillo por televisión como el supremo remedio a la crisis económica que ha devastado Estados Unidos, dejando a personas como los protagonistas de la última y magnífica novela de Margaret Atwood a tener que dormir en su coche, expuestos a la violencia de los merodeadores, a la pobreza cada vez más extrema y, muy probablemente, a la muerte.

Atwood es sin duda uno de los grandes nombres de la literatura mundial. Nunca le agradeceré lo bastante a una de mis mejores amigas que hace muchos años me haya hablado de una obra maestra de la escritora canadiense, El cuento de la criada, actualmente disponible en librerías a través de la reedición de Salamandra. En aquella novela se presentaba el escalofriante universo distópico de una teocracia puritana que confiscaba los cuerpos femeninos esclavizados (las criadas), a los que prohibía la libre sexualidad y convertía en vientres de alquiler, exclusivos instrumentos de reproducción con la obligación de ceder a sus hijos recién nacidos a otras mujeres, las legítimas esposas de los hombres poderosos del régimen. Por último, el corazón muestra un mundo donde todo está a la venta, la cárcel se transforma en un floreciente negocio, el mercado del sexo y los robots sexuales para clientes ricos funciona como la seda y los habitantes comparten casi todos de manera rigurosamente igualitaria y nivelada el dudoso privilegio de saber que están en permanencia vigilados y de pagar la vivienda y el pleno empleo durante seis meses con la estancia en prisión el resto del año.

Así que después de una ducha al cabo de mucho tiempo durmiendo apretujados en el coche, Stan y Charmaine escogen sin dudar tener una casa por seis meses, que compartirán con otra pareja sin coincidir jamás, y pasar otros seis meses en la prisión, porque sería inviable dentro del Proyecto Positrón que todo el mundo viviera siempre en libertad. Una vez aceptado el ingreso ya no se puede salir, los contactos con el exterior no existen, y los protagonistas intuyen que deberán entregar algo a cambio de la vivienda a tiempo parcial, las tres comidas al día, las sábanas y las toallas limpias, las tardes de televisión y las canciones de Doris Day que suenan a toda hora. El Proyecto Positrón desea para sus habitantes la felicidad obligatoria y les proporciona únicamente música y películas de los años cincuenta. La elección de este imaginario sentimental es muy significativa, y así lo indica la propia Atwood, que señala que los años cincuenta son percibidos como los más felices por los estadounidenses. Se trata de la época en la que se quieren imponer los códigos de representación cinematográfica de una felicidad absoluta, pero también de la época del macartismo. El amor azucarado, sin sufrimiento, dudas ni fisuras (es por eso por lo que tal vez no se oyen los acordes desgarradores del blues o el jazz) y la creencia sin dudas ni fisuras en los líderes, los hábiles ejecutivos despiadados que convierten el Proyecto, presentado como salvador, en un aterrador experimento, donde se trafica con órganos de los prisioneros incómodos eliminados y se diseñan sofisticadas réplicas robots sexuales de las mujeres deseadas e incluso robots que representan a niños con osos de peluche en los brazos para clientes pedófilos. Atwood lleva a cabo en este sentido una perturbadora meditación sobre la muy inquietante realidad de lo posthumano.

Pero probablemente lo que más sobrecoge en esta espléndida novela es el impacto que tales condiciones de vida tienen sobre la intimidad. Agradecemos a la gran literatura que nos permita explorar abismos a los que nos daría mucho más que vértigo asomarnos en la vida. La escena más escalofriante de 1984 de George Orwell sea tal vez el momento en el que Winston Smith, ante la amenaza de una tortura atroz y en un intento de salvarse pide para su amada Julia la misma tortura. Negarse a matar (en sentido literal, no figurado) al amor y la dignidad parecen constituir en Por último, el corazón lujos prohibidos, disponibles para quien pueda permitírselos. Desde luego no Charmaine, recatada para Stan porque fue educada para ser una buena chica y una dulce esposa, y lujuriosa para Max dentro de unos esquemas que reproducen tristemente la vieja y podrida relación entre poder, violencia y sexo. Charmaine, pura dulzura, es a la vez una preciada empleada dentro del Procedimiento, nombre eufemístico para las inyecciones letales a los presos. El sexo, que debería ser un vitalismo rotundo y liberador, no se encamina hacia la plena y real felicidad de los cuerpos, sino al mercado cada vez más delirante de las fantasías a la carta para quienes puedan pagarlas. La afectividad se dinamita desde sus propios cimientos y queda suplantada por una caricaturización azucarada al servicio de la manipulación emocional. De ahí que el título cobre un significado muy concreto: el corazón, el verdadero corazón que aloja también la piel, la dignidad y la inteligencia va en el último lugar, The heart goes last. Y eso da no sólo tristeza, sino puro miedo.

*Ioana Gruia es escritora y profesora de Teoría de la Literatura.Ioana Gruia

Por último, el corazónMargaret AtwoodTraducción de Laura FernándezSalamandraBarcelona2016Por último, el corazón

Más sobre este tema
>