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Los diablos azules

Wittgenstein en el horizonte

Ludwig Wittgenstein.

Mario Boero Vargas

1.

Al cumplirse los 70 años del deceso de Ludwig Wittgenstein (1889-1951) resulta llamativo el eco de su figura en diferentes círculos culturales, ajenos a la Academia Filosófica dedicada a investigar en el ágora universitaria la racionalidad de su pensamiento. El crítico británico Terry Eagleton reconoce en los años 90 del pasado siglo que:

"La literatura sobre L. Wittgenstein se sigue acumulando. ¿Qué tiene este hombre, cuya filosofía puede ser tan exigente y tan técnica, que fascina a tal grado a la imaginación artística? Frege es un filósofo de filósofos, Bertrand Rusell la imagen popular del sabio, y Sartre la idea mediática de un intelectual; pero Wittgenstein es el filósofo de los poetas y los compositores, de los dramaturgos y los novelistas, y fragmentos de su poderoso Tractatus se han llevado incluso a la música".

Las contribuciones literario-culturales sobre este pensador se han ensanchado de un modo especial con el tiempo. Ray Monk en su estudio El deber de un genio apunta que con el paso de los años es posible enumerar un amplio repertorio de eventos respecto a Wittgenstein: desde obras estéticas hasta inspiraciones artísticas en determinados pintores. Podemos señalar, además, que en 1989, en Bruselas, se ha llevado a cabo una amplia exposición plástica cuyo contenido se presentaba bajo el título Ludwig Wittgenstein y el arte del siglo veinte, teniendo cabida en ella determinadas figuras representativas de la creación y el pensamiento actual. Incluso en el cine el filósofo ha alcanzado cierta resonancia gracias a la película filmada por el director británico Derek Jarman, antes de fallecer de sida. Su película, titulada Wittgenstein, obtuvo comentarios elogiosos no sólo en revistas de crítica cinematográfica, sino también en la revista teológica La civiltá cattolica, destacando los contenidos intelectuales de la temática existente en el fin.

A partir de 1989, conmemoración del centenario de su nacimiento, el pensamiento de Wittgenstein logra un eco particular en ámbitos especialmente filosóficos. En congresos y seminarios analíticos y continentales se descubren con mayor claridad aspectos tradicionalmente oscuros del Tractatus, y se pone a un alcance más próximo a nosotros materiales de su obra póstuma, como Investigaciones filosóficas, Zettel, Los cuadernos azul y marrón, Observaciones sobre los fundamentos de las matemáticas, etcétera. En España se ha divulgado y traducido a este filósofo gracias sobre todo a dos investigadores: Javier Sádaba (Conocer Wittgenstein y su obra, Wittgenstein. Observaciones a la Rama Dorada de Frazer, etcétera) e Isidoro Reguera (La miseria de la razón, Wittgenstein. Diario Filosófico 1914-1916, El feliz absurdo de la ética. El Wittgenstein místico). Desde América Latina son notables los trabajos de impronta wittgensteiniana gracias a los estudios del mexicano Alejandro Tomasini (Lenguaje y antimetafísica, Los atomismos lógicos de Wittgenstein y Russell) y desde fuera del espacio anglosajón tenemos a Jacques Bouveresse con su estudio Wittgenstein. La modernidad, el progreso y al decadencia.

Esta serie de antecedentes facilitan valorar la existencia de una interesante "masa" documental en torno a Wittgenstein hoy. Sin embargo, su carisma y sus materiales nos impiden ver reducido a Wittgenstein a un ámbito puramente académico, para el consumo de los eruditos. Por las causas que sea es un pensador que –a pesar de las teorizaciones abstractas de su pensamiento y de la oscuridad que han producido algunos de sus críticos– ha salido de los marcos institucionales de la filosofía, despertando un interés muy particular en escritores y artistas. En este sentido, se considera que el atractivo que despierta Wittgenstein no es tanto por su filosofía como por el perfil de su propia vida y personalidad, y es precisamente de estas cuestiones de lo que se ocupa Bruce Duffy a lo largo de 680 páginas en El mundo tal como lo encontré.

2.

Cuando Thomas Bernhard escribió El sobrino de Wittgenstein (1982) y Corrección (1975), con dificultad podría imaginarse que con ambos trabajos plantaba las primeras semillas de carácter novelístico respecto a la figura del filósofo Ludwig Wittgenstein. Es una primera narrativa interesante inspirada en el pensador, que se prolonga en este libro de Bruce Duffy traducido al castellano, titulado El mundo tal como lo encontré.

Es una obra que tematiza de forma admirable capítulos de la existencia de Wittgenstein, especialmente sus relaciones afectivo-intelectuales con el filósofo moral Moore y con Bertrand Russell. La relación de Wittgenstein con estos personajes es, en cierto modo, el "tronco" principal que estructura esta novela. A partir de esta base se despliegan eventos particulares en la vida de pensador: sus vicisitudes acerca de la participación en la Primera Guerra, sus intensas y contradictorias relaciones con su hermana Gretl, la "fuga mundi" a Noruega, su amistad con David Pinsent, etcétera. Todo ello a la luz de un mundo en crisis y de la paulatina decadencia que va sufriendo una de las empresas familiares más ricas de Europa, como es la industria del acero de los Wittgenstein. En este sentido cabe señalar una anécdota, no señalada en el libro pero archiconocida: cuando el autor del Tractatus se transforma en un rico heredero de estos bienes metalúrgicos, entrega parte del dinero a sus hermanas y otras cantidades a artistas necesitados (Trakl, Kokoschka, Rilke), pero no a los pobres de Viena porque "el dinero les puede corromper, en cambio sus familiares son irrecuperables". Como sugiere Dreffy, la renuncia al dinero es una actitud ética que tiene que ver con Tolstoi.

Además, el analista Wilhelm Baum considera que, para evitar malentendidos respecto a su apellido y riquezas, Wittgenstein "hasta su muerte vivió de manera muy modesta en una pobreza voluntaria, elegida por él mismo". Este asunto de la pobreza del filósofo y su mal entendimiento con el dinero no siempre está bien tratado en el libro de Duffy; es un aspecto algo lateral en la obra.

Con todo, no todo es ficción en esta notable novela. Es un asunto que el propio autor señala al comienzo de libro, sugiriendo que existen espacios donde se entrecruzan lo biográfico, lo histórico y la ficción. Creemos que las fuentes documentales básicas a las que ha recurrido el autor para proporcionar un sostén adecuado a la novela pueden ser las Cartas de Wittgenstein a Russell, Keynes y Moore, el Esbozo biográfico de Norman Malcolm, Wittgenstein, de W. W. Bartley, y Conversaciones con Wittgenstein, de Rush Rhees. Pero es indudable que existen otra serie de materiales empleados por Duffy para la elaboración definitiva de El mundo tal como lo encontré.

Para un lector que desee examinar una perspectiva cabal de lo que narra este escritor puede resultar interesante leer La Viena de Wittgenstein de A. Janik y S. Toulmin, y El deber de un genio del mencionado Ray Monk. Son antecedentes documentales histórico-biográficos muy importantes que pueden permitir ver y considerar con ojos mucho más verosímiles la excentricidad en ciertas cosas de la vida de Wittgenstein, y además iluminan el panorama ideológico-político reinante en los distintos años que se mueve el filósofo austriaco entre Cambridge, Austria y Noruega, entre su docencia escolar con los niños en los Alpes austríacos, y entre su viaje a Rusia en 1935 y su retorno a Inglaterra. También puede percibirse qué pasa con Austria a propósito del Anschluss.

3.

Como hemos sugerido, todos éstos son aspectos del libro de Duffy desarrollados con especial atención, pero también resultan llamativos en este autor exámenes internos respecto a Wittgenstein en su novela: son asuntos introspectivos a propósito de una cierta ambigüedad sexual del filósofo, y otros a raíz de la permanente negación de Wittgenstein de proclamar sus orígenes judíos. Son especialmente estos escrúpulos respecto a su "judaidad" lo que conduce a Duffy a titular un capítulo Confesión, donde se retrata cómo Wittgenstein se libera de este problema moral que le resultaba vergonzoso. Es conocido por estudiosos del sabio vienés (y también por Duffy) que este malestar interno respecto a "lo judío" en Wittgenstein proviene de sus atentas lecturas de Sexo y carácter del notable y genial Otto Weininger, suicidado en 1903. Son introspecciones bien elaboradas por Duffy, y con ellas nos transmite lo más vivencial del filósofo respecto a inquietudes anímico-sicológicas. Con todo, quedan en cierta penumbra otras reflexiones y problemas que sabemos que afectaron al pensador en momentos decisivos de su vida (su ética respecto al dinero y la herencia paterna, su indecisa vocación entre ingeniero, matemático y filósofo, la elección de amistades). Algunos de estos aspectos podrían haber quedado bien ensamblados con sus criterios relativos a sus antecedentes judíos y los de su sexualidad.

Pero, como hemos dicho, no es la novela un itinerario estricto de la vida del genio vienés, y por lo tanto, se pueden perdonar tales carencias argumentativas. Pero aun así parece que Duffy se resiste a introducir problemáticas religiosas en la existencia de nuestro filósofo, aun cuando hoy se considera que Wittgenstein es un místico destacado del siglo XX, sobre todo indirectamente promotor de cierta Teología Negativa (cuya racionalidad considera que es más lo que no sabemos de Dios que lo que sabemos de Él) derivada del Tractatus. La falta de elementos analítico-narrativos propios de esta naturaleza de cosas en capítulos del libro – por ejemplo, cuando existen polémicas entre Wittgenstein y Russell cuando son maestros de niños, o bien cuando Moore visita a nuestro filósofo en Noruega sin que en largas conversaciones se hable de "Dios" o de "fe" – nos hace perder ciertas expectativas respecto a una singular "inteligencia creyente" que siempre estuvo en ciernes en Wittgenstein (Con razón ha llegado a preguntarse Isidoro Reguera si fue un místico o un religioso atormentado). La posible relación de Wittgenstein con la metafísica de Dios, siempre resulta evocada en el libro de un modo secularizado (o sea, muy poco especulativo, es decir, al revés de lo que podría pensarse si alguien se acerca a una novela como esta donde se logra reproducir cierta estructura mental del propio Wittgenstein).

4.

La elección que hace Wittgenstein de sus pocas amistades queda especialmente reflejada en capítulos del texto. Son personalidades carentes de apoyos y afectos, en cierto modo marginales, donde al parecer la presencia del propio filósofo suple tales carencias, proporcionando una verdadera integridad a tales personajes.

Son figuras como un tal Max, Francis Skinner o David Pinsent (ambos históricamente existentes) que acompañan a nuestro protagonista a lo largo de sus diversos viajes intereuropeos, aconsejándoles con interés que abandonen (o no se acerquen) a la filosofía y se dediquen en la vida a cosas prácticas. Son recomendaciones típicas de Wittgenstein. Según el biógrafo Ray Monk, son criterios que obedecen en términos histórico-personales al propio pensador, ya que durante toda su vida su conducta buscaba ensamblar de forma acorde en sí mismo la importancia de las labores práctico-manuales (jardinero, arquitecto, enfermero, maestro).

Respecto a esa elección por tal clase de amigos existe algo particular en Wittgenstein. Ben Ami Scharfstein en su obra Los filósofos y sus vidas. Para una historia sicológica de la Filosofía declara que el sabio austriaco "se veía a sí mismo en ellos y tenía ideas para curarles. Puesto que se veía a sí mismo en sus discípulos intentaba, mediante su dominio, demostrase a sí mismo su paternidad, es decir, su superioridad, y su capacidad para guiarse y mejorarse a sí mismo".

Ante ambas perspectivas humanas del pensador (renuncia a lo filosófico y elección de discípulos) Duffy retrata un Wittgenstein especialmente frugal y espartano en su forma de vivir –salvo esas etapas de sensualidad y cierta promiscuidad que se le atribuyen en Viena después de la guerra– donde pueda encarnarse con cierto sentido y lógica el "ligero de equipaje" de Machado y el ideal de la simplicidad tolstoiana.

En este sentido, existen páginas en el libro donde quedan especialmente retratadas las sensaciones de soledad del filósofo, bien por la incomprensión que producen sus ideas en el entorno humano que le toca vivir (en el frente de guerra, en Cambridge, en los Alpes, con amistades de familiares, etcétera) o bien por cierto orgullo existente en su personalidad (contra el cual siempre lucha), causando determinados malestares en Moore, Russell, Lady Ottoline (amante de Russell) y otros.

Junto a estas características, en esta voluminosa novela afloran otras cualidades (y defectos) de Wittgenstein. En conjunto permiten "desacralizar" de un modo muy interesante a una figura en la que ha predominado tanto la incomprensión de los pasos que él dió en su vida, como la aparente ininteligibilidad de su pensamiento. Duffy ofrece un camino a los lectores que permite reconciliar y esclarecer el contenido vital de tales dimensiones, al calor de los 70 años de su muerte (en Cambridge, el 29 de abril de 1951).

* Mario Boero Vargas pertenece a la Sociedad Española de Ciencias de las Religiones, y es autor de una trilogía sobre el pensador Ludwig Wittgenstein. Mario Boero Vargas

   

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