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Entrevista a Géza Röhrig

“No se puede hacer una película sobre el Holocausto de manera convencional”

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Visiblemente cansado, Géza Röhrig (Budapest, 1967) recibe a infoLibre en el centro Sefarad de Madrid. Apenas hace unas horas que han confirmado que El hijo de Saúl será una de las candidatas a los Óscar a mejor película extranjera y dice estar “orgulloso” no sólo por él, sino también por todo el equipo. El anuncio era previsible: la ópera prima de László Nemes (que hasta la fecha sólo había filmado cortometrajes) ya había ganado el Globo de Oro y el Gran Premio del Jurado en el pasado festival de Cannes. Aun así, no deja de ser una alegría para este escritor y poeta, residente desde hace años en Nueva York, que debuta en el cine encarnando al protagonista de la historia, Saúl Ausländer. “Es una responsabilidad, que entendí y acepté”, explica Röhrig, “queríamos hacer un retrato de un día en la vida de un hombre de los sonderkommandosonderkommando y el concepto artístico no buscaba convertirlo en pornografía, no queríamos mostrar demasiado del horror. Así, en el centro de la pantalla está mi cara, y alrededor de mí, se puede ver desenfocado el contexto. De esta manera es la propia imaginación de los espectadores la que tiene que descodificar el significado de las imágenes”.

Nemes, que rodó en 35 mm porque según aseguró en una entrevista considera que el formato digital “es la muerte del cine”, construye la trama a través de encuadres deliberadamente cerrados y largos planos secuencia, donde la mayoría del horror del campo de concentración se percibe a través de una trabajada arquitectura sonora. La única vez que enseña un cadáver –que los nazis denominan “piezas”- es precisamente el de un niño en el que Saúl cree reconocer a su hijo. Como un gesto de humanidad dentro de ese desfile de atrocidades, en un momento en el que la máquina de matar del campo funcionaba a pleno rendimiento, Saúl decide secuestrar el cadáver del niño y buscar un rabino para enterrarlo de una manera digna. La acción tiene lugar en verano de 1944, cuando los miembros del sonderkommando (el grupo de prisioneros obligado por los nazis a colaborar en el genocidio) se rebelan contra los nazis. Es en medio de esa vorágine que discurre la tarea autoimpuesta de Saúl, al que los compañeros le recriminan que haya sido capaz de “traicionar a los vivos por un muerto”. “No queremos que se vea esta película con los ojos, sino con el alma”, aconseja Röhrig.

La resistencia moral ante el horror de Auschwitz, lo más destacado

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El estreno de la película ha reabierto el debate acerca de la representación cinematográfica del Holocausto, en el que intervinieron personalidades como Theodor Adorno o Claude Lanzmann, partidarios de no no-representabilidad. “Este debate se dio en los ochenta en Francia, pero pienso que es de la vieja escuela”, opina el actor, “los teóricos [actuales] tratan de reciclar este debate, pero ya está acabado”. “Aunque están en lo cierto cuando dicen que cada vez que se hace una película sobre cualquier tipo de condición humana extrema, especialmente sobre el sufrimiento del genocidio, no puedes mostrarlo de una manera convencional. Cuando hablas de Auschwitz tienes que innovar en el lenguaje cinematográfico para que te permita hacer algo que no se haya hecho antes”, apostilla Röhrig.

Cuando cumplió 20 años, Röhrig visitó Auschwitz y le cambió la vida. Durante un mes visitó a diario el campo de concentración y poco tiempo después, decidía mudarse a Israel para estudiar judaísmo y hebrero. Por aquel campo, en el que fueron asesinadas más de un millón de personas, pasaron polacos, franceses, yugoslavos y húngaros, entre otras nacionalidades. Precisamente, el protagonista de El hijo de Saúl es nieto de uno de los supervivientes y perdió a buena parte de su familia en el mismo campo. “Cuando tenía 12 años encontré algunas fotos en nuestro apartamento con gente a la que no había visto jamás. Así que mi abuelo me explicó que eran sus padres, su hermano mayor y su hermana. Entonces yo le pregunté dónde estaban… y él me respondió que toda esa gente estaba en el paraíso. Así que, también le pregunté cómo habían muerto, si había sido por accidente; y él, poco a poco, me contó sobre el campo. Desde entonces no me lo puedo quitar de la cabeza”, revela Röhrig, que también ha escrito poemas sobre la experiencia de su abuelo, desafiando la máxima de Adorno en la que aseguraba que “escribir un poema después de Auschwitz es bárbaro”.

Si esta modesta ficción histórica -que Nemes basó en diarios escritos por miembros del sonderkommando- consigue llevarse el Óscar a la mejor película extranjera, sería la segunda estatuilla para un filme de nacionalidad húngara. El primer galardón, lo obtuvo István Szabó con Mefisto hace 35 años.

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