La poesía como llama

Pedro García Cueto

Bajo el signo del cazador

Javier Gilabert y Fernando Jaén

Olé Libros (2021)

Publicado por la editorial Olé libros, cuya trayectoria en la poesía y en la prosa de nuestro país está dejando libros de gran calado emocional, Javier Gilabert, poeta y profesor de reconocido prestigio, y Fernando Jaén, médico y poeta, trenzan al alimón un poemario hermoso como pocos.

Titulado Bajo el signo del cazador, el libro comienza con un excelente prólogo de Luis Miguel Sanmartín, que abre el universo de palabras que van abriendo puertas y llenando corazones. "Javier Gilabert y Fernando Jaén nos sitúan, a través de este canto, que no es elegía o salmo sino conciencia del tiempo, aceptación de lo que somos, ante el misterio de existir que, de tan conocido, se torna en desconocimiento, en temblor ante la necesaria insignificancia de nuestros días".

Y es así, con las palabras de Sanmartín, donde nos hallamos ante un libro que es llama y hoguera, que queda impregnada en Desierto, la primera parte, concretamente en el poema Las lágrimas, cuando dice: "Atravesar la nada, descalzarse, / sentir el grito inútil. Una runa / tallada en el reverso de las rocas / rezuma en la garganta como eco / de huesos que se rompen. / El barro de las lágrimas, / la piel de la serpiente".

Y es la nada ese espacio donde el poeta sabe que se halla la respuesta, quizá la vida es ese precipicio donde las palabras se convierten en lágrimas, sollozo que quiere ser un eco de amor.

Y en ese desierto, donde uno se encuentra con el ser que habita, aparecen poemas que deslumbran como Amanece, donde el poeta se sabe de otro tiempo, habitando un ser que se extraña de sí mismo, pero el amanecer llega igualmente, somos seres que nos envolvemos en el vacío y que con los rayos de sol vemos nuestro rostro, como si no lo conociéramos: "Sobre la voz, lo único que suena / es un silencio antiguo, primigenio. / No sé si estamos vivos / en el instante exacto en el que el sol / ilumina los pequeños insectos / dotándolos de sombra".

Es el mundo que contiene seres pequeños, que viven ya su oscuridad. Por todo ello, el ser humano arrastra sombra y dolor.

Y ser barro en un mundo que es desierto y que nos conduce al polvo final. Como dice en Barro, gran poema de hondura existencial: "El cuenco de la lluvia son mis manos / vacías tanto tiempo, extendidas. / Esta piel cuarteada / es cuero envejecido de la tierra. / Si polvo somos, qué sentido tiene / querer ser barro en este inmenso erial".

La vida que nos devora, que pasa por nosotros dejando el agrio sabor del tiempo y el hombre que quiere habitar un mundo que, al final, lo borrará para siempre.

Y en el poema Desierto, que parece escrito en Egipto, vemos la simbiosis del poeta en la arena, porque somos también paisaje que se evapora, llama que se apaga: "Deambulo entre las ruinas. / Mi piel se hermana con la arena, / pero el desierto cambia / más rápido que yo".

La naturaleza permanece y se transmuta en otro paisaje, pero el ser humano va convirtiendo su aliento en eco que duerme, su cuerpo en estatua yacente.

Y el ser humano que se va borrando, como expresa el poema Ceniza, ser que ha sido todo, pero que acaba siendo nada: "Todo cuanto poseo es la ceniza, / y ni siquiera es eso, pues el viento, / el cálido terral, / la arranca de mis manos / y esparce en el desierto / lo poco que quedaba / de mí entre las rocas / que yo llamaba hogar. / Contemplo este silencio / que es no tener ya nada".

Y esa ceniza que se escapa de las manos es metáfora de la vida que se extingue, ante un paisaje donde la arena va llenando de polvo todo. Somos seres en derrota, seres cansados que nos dirigimos a la nada irrevocable.

Todo el libro es un paisaje, un tapiz hecho de certezas, de certidumbres, donde anida el poeta que sabe que habitamos un ser que muere, que poblamos un paisaje que desaparece.

Y en la segunda parte, ese proceso de dejar de ser se completa. Se titula Bajo el signo del cazador, como el libro. Aquí podemos ver en el poema Arena ese camino hacia la nada: "A ras de suelo / la arena empieza a entrar por mis oídos, / a ser el contenido de mi boca. / Carezco de fuerza necesaria / para impedirle que invada este cuerpo / cuyos tejidos van dejando paso / a los huesos".

Como si se tratara de un enterramiento, el poeta sabe que es nuestro destino y que un día seremos solo ceniza y huesos. 

Pero la fatalidad no es absoluta, mientras quede un rayo de luz, un ser al que amar, un paisaje al que admirar. Por ello, surge el poema Regreso que es una forma de vencer a la muerte, lo que nos recuerda a nuestro admirado Brines cuando dio nombre a su libro póstumo Donde muere la muerte: "Levanto. Me sacudo los gusanos, / coloco cada víscera en su sitio. / Escupo los insectos, recompongo / en su lugar los huesos y la carne, / y vuelvo a recubrirlos con mi piel".

El poeta sabe que no todo está perdido y queda un camino de vuelta, como dice al final del poema.

El libro se cierra con el poema Exitus y sabemos que la vida es ese espacio que queda entre el niño que fuimos y la ceniza que seremos, pero el recorrido es bello, perdurable, mientras el instante que vivimos sea pleno y haya luz en nuestra hoguera.

Libro escrito a dos manos, pero con un solo corazón, el que vibra en cada poema de Javier Gilabert y de Fernando Jaén, dos maestros del verso y de la vida.

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Pedro García Cueto es crítico literario y autor de dos novelas y un libro de poemas. Su última obra es 'Solos ante el cine '(Anaya).

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