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Un siglo de comunismo en España: la historia de una lucha

Un siglo de comunismo en España

Francisco Erice

Este noviembre se cumplen cien años del nacimiento del Partido Comunista en España. Con motivo del aniversario, infoLibre publica la introducción de un libro que recoge la historia del partido, cuya existencia no siempre fue sencilla. Un siglo de comunismo en España (Akal) arranca con aquellos diez días que estremecieron al mundo en Petrogrado para contar la llegada del comunismo español. Dirigido por Francisco Erice, catedrático de Historia contemporánea en la Uni­versidad de Oviedo, el libro recuerda todo un siglo en el que el PCE vivió diversas etapas: desde los primeros años, reducidos a la clandestinidad y condenados a la persecución, hasta su resurgimiento como partido nacional bajo el amparo de la República, pasando por la Guerra Civil, la posterior dictadura o la transición. El trabajo colectivo de nueve escritores, junto a la dirección de Erice, pone a disposición del lector este libro para todos aquellos que deseen "aprender del pasado y hacerlo suyo".

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El 14 de noviembre de 1921 nacía el Partido Comunista de España (PCE), fruto de la fusión del Partido Comunista Español (conocido como «el de los cien niños») y del Partido Comunista Obrero Español. En realidad, todo había comenzado cuatro años antes, en noviembre de 1917 (octubre, según el calendario ruso), con los diez días que estremecieron al mundo, en conocida expresión del periodista norteamericano John Reed. La oleada de entusiasmo que provocaron los acontecimientos de Petrogrado entre los trabajadores de todo el mundo estimuló, también en España, a algunos sectores obreros particularmente combativos a secundar la iniciativa bolchevique, primero intentando arrastrar a sus organizaciones históricas en la misma dirección y luego rompiendo con ellas e iniciando la andadura del nuevo movimiento en nuestro país.

A lo largo del siglo de existencia que ahora cumple, el comunismo español ha vivido etapas y situaciones muy diversas, casi nunca fáciles. Prácticamente la mitad de ese periodo se corresponde con años de represión y clandestinidad. El nuevo partido sobrevivió a duras penas a una primera década de persecuciones, aislamiento y estéril voluntarismo. Maduró bajo la República, prácticamente se «refundó» como gran partido nacional aferrado a las banderas del Frente Popular y llegó a ser la columna vertebral de la resistencia antifascista durante la guerra. Derrochó un heroísmo sin horizontes políticos claros durante el episodio guerrillero y se convirtió en el «partido del antifranquismo» en la tenaz y dilatada lucha por el restablecimiento de la democracia. Vivió entre la esperanza, el desencanto y el desgarro interno la transición postfranquista. Hubo de adaptarse a la crisis y desaparición del «socialismo real» en la Europa del Este y a los efectos corrosivos de la larga noche neoliberal, manteniendo sus siglas e identidad, pero implicándose a la vez en proyectos políticos más amplios –como Izquierda Unida– y renovando partes sustanciales de su vieja cultura política…

Más allá de los juicios que puedan hacerse sobre esa trayectoria y sus distintos cambios e inflexiones, no cabe duda de que, al menos en una parte importante de esos momentos históricos, la influencia del comunismo en la vida política, social o cultural de nuestro país puede considerarse verdaderamente relevante. Globalmente, sin duda lo ha sido su misma presencia, más o menos intensa según las etapas, pero continua e ininterrumpida. El orgullo por esa persistencia es lo que gráficamente, desde una óptica militante, reflejaba Marcos Ana en sus memorias: «Cometimos errores, pero los cometimos luchando, quizás bastantes, porque luchamos mucho y ni un solo día nos sentamos a la puerta de nuestra tienda para ver pasar el cadáver de nuestros enemigos».

Es esa presencia permanente, de la que ahora se cumple un siglo, con su capacidad de supervivencia y de adaptación a contextos cambiantes, lo que otorga su interés histórico al comunismo español y en particular a su organización mayoritaria y más relevante, el PCE. Es lo que lo convierte, por utilizar la expresión de Mario Tronti, en una «fuerza histórica» y no en una simple «ocurrencia política». Esta última –añade Tronti– «no sabe más que comenzar puerilmente desde cero para terminar descubriendo que no es nada», mientras que una fuerza histórica «sabe liberarse del pasado para superarse a sí misma, sabe romper la continuidad para revalorizar una tradición».

La historia del comunismo español, como no podía ser de otra manera tratándose de una trayectoria tan dilatada, está hecha de continuidades, pero también jalonada de cambios, y en ambos niveles tiene que ser analizada. Igual que ha de verse en sus múltiples dimensiones: nacional e internacional, política y social, doctrinal y práctica. Del mismo modo que debe entenderse en la tensión permanente y la dialéctica constante entre el viejo sueño prometeico de asaltar los cielos y bajar el fuego sagrado de los dioses para entregarlo a los hombres, por un lado, y, por otro, el permanente imperativo de actuar en términos prácticos e inmediatos sobre la realidad de los trabajadores y los sectores populares; es decir, de alimentar el horizonte de una sociedad futura igualitaria propio de esta tradición y, a la vez, luchar en lo cotidiano, como decía un viejo militante a quien tuve el privilegio de conocer y admirar, por «aquellos a los que les ha tocado perder».

Cuando, hace más de un año, ante el próximo centenario del PCE, que auguraba una inexcusable conmemoración, en la Sección de Historia de la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM) nos planteamos cuál podría ser nuestra aportación a dichas celebraciones, había dos cuestiones que nos parecían especialmente claras. Una era que el aniversario constituía una buena oportunidad para hacer un balance matizado y poner al día los considerables progresos experimentados, en las últimas décadas, por las investigaciones sobre la historia del comunismo español. Otra que, fieles a nuestra forma habitual de trabajo y a lo que demandan los tiempos, nuestra tarea debía alejarse de toda tentación burdamente hagiográfica, de cualquier «historia oficial» acrítica, estéril y, por fortuna, poco acorde con las necesidades actuales. Cuestión bien distinta, ciertamente, son las celebraciones, los homenajes o, más en general, la construcción de memoria, legítima y necesaria para cualquier colectivo humano, pero diferente, en sus exigencias y sus parámetros, de una reconstrucción histórica rigurosa y académica. No debemos olvidar que, más allá de nuestros compromisos particulares como ciudadanos o ciudadanas, los historiadores, como decía nuestro colega Antoine Prost, lo que debemos y solemos hacer es «transformar en historia la demanda de memoria».

Para conseguir estos propósitos –abarcar una materia tan amplia y a la vez hacerlo de manera seria y sin autocomplacencias–, el proyecto que elaboramos se propuso contar con un elevado número de historiadores e historiadoras que pudieran arrojar miradas a la vez diversas y complementarias –sin excluir las posibles discrepancias interpretativas– sobre su objeto de estudio. Cada uno de los más de cuarenta autores y autoras a los que conseguimos implicar, más allá de su contribución a esta visión global y poliédrica, es obviamente responsable de los contenidos del texto que firma (incluido yo mismo de esta introducción). No sé si el resultado que hoy presentamos pudiera ampararse bajo el famoso lema de Tácito sine ira et studio (es decir, con absoluta imparcialidad y sin pasión), dado que resulta particularmente difícil mantener un total desapasionamiento academicista cuando se abordan temas como los que aquí se tratan. «Puedo prometer –afirmaba Goethe– ser sincero, pero no ser imparcial». Creo que al menos todos quienes hemos participado en el proyecto aceptaríamos con agrado suscribir el lema que el admirado historiador francés Marc Bloch solicitaba, en su testamento, que se grabara como epitafio en su futura tumba: dilexit veritatem, «amó la verdad». Esta petición la suscribía –conviene no olvidarlo– alguien que distaba de ser «imparcial» en relación con los grandes conflictos de su tiempo, y que pagó su participación en la Resistencia padeciendo las torturas y cayendo bajo las balas de la Gestapo; o que, ajeno a cualquier creencia religiosa o de «solidaridad racial» y demandando exequias exclusivamente civiles, recordaba para la ocasión su origen judío, a fin de que no se le pudiera atribuir una renuncia cobarde e interesada en tiempos poco propicios. El objetivo de una historia veraz pueden –podemos– compartirlo quienes desean limitar su compromiso con la diciplina al desarrollo de un trabajo investigador honesto y riguroso, con aquellos que entienden que, además, deben completarlo y compatibilizarlo con una implicación político-social más explícita y activa con los valores de la libertad y la igualdad, y que reivindican legítimamente las atinadas palabras de Bertolt Brecht en ese sentido: «Nadie tiene el derecho de extraer del hecho de que luchemos la conclusión de que no somos objetivos». Al fin y al cabo, unos y otros estamos sujetos a los mismos códigos deontológicos y utilizamos parecidos instrumentos metodológicos.

Con esos elementales mimbres –plan de conjunto, pluralidad de planteamientos y pretensiones de rigor y objetividad–, el proyecto finalmente entretejido se ha terminado plasmando en dos volúmenes, que pretenden, con mejor o peor fortuna, reflejar la complejidad, la diversidad y el interés de los temas abordados. El primero incluye un recorrido general y cronológico por las distintas etapas de la historia del comunismo español, singularmente las de su fuerza central y ampliamente mayoritaria, el PCE. El segundo incorpora los resultados de múltiples investigaciones monográficas que nos permiten reconstruir con mayor detalle aspectos diversos de esta evolución, su relación con la sociedad y su proyección sobre la misma, sus culturas militantes, etcétera.

Creemos –y con este plural espero interpretar correctamente el sentimiento mayoritario, si no común, de quienes han colaborado en la obra– que el trabajo colectivo que ahora se presenta puede resultar útil al menos en tres sentidos. En primer lugar, para ofrecer a historiadores y estudiosos de la historia una buena puesta al día de los avances en el análisis de esta parcela de nuestra historia contemporánea, y a la vez estimular nuevos progresos en las investigaciones. En segundo lugar, para suministrar a los ciudadanos y las ciudadanas de nuestro país unos conocimientos suficientes, que les ayuden a juzgar sin tópicos y con ecuanimidad cuál ha sido la contribución de esta corriente político-ideológica a nuestra trayectoria como colectividad o como pueblo, sin ignorar sus contradicciones, sus luces y sus sombras. Y, en tercer lugar, para ayudar a los militantes y compañeros de ese «largo viaje» secular a conocer mejor su historia. Personalmente, albergo la esperanza de que estos últimos lean el libro con espíritu crítico y autocrítico, se reconozcan en él y pueda servirles como confirmación de aquel afortunado lema electoral del PSUC en 1977, inspirado en una frase de Togliatti: venim de lluny, «venimos de muy lejos». Y luego –pero eso ya no es competencia de los historiadores como tales–, si lo consideran conveniente y asumen la segunda parte del lema (anem més lluny encara, «vamos más lejos aún»), que puedan servirse de este y otros trabajos similares para aprender del pasado y hacerlo suyo, en el sentido que nuevamente Marcos Ana enunciaba en la dedicatoria de sus memorias: «A las nuevas generaciones, en cuyos surcos hemos sembrado nuestra historia».

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