Libros

Vanguardia infantil y juvenil

Niño leyendo en una imagen de archivo.

Esta semana, el Ministerio de Cultura anunció la concesión del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2015 a Ledicia Costas, por su novela Escarlatina, a cociñeira defunta, trabajo que el jurado considera “una obra extraordinaria, humorística y rompedora en el contexto de la literatura infantil y juvenil actual que destaca también por su fácil lectura, por su humor escalofriante, y por la habilidad para desmitificar el mundo de la muerte”.

“Para mí no existen temas vetados cuando uno se dirige a un público infantil –nos dice–. Se trata más bien de encontrar la forma adecuada de escribir sobre esos temas. Entiendo la literatura como un ejercicio de libertad, donde hay que derribar fronteras.”

Los autores y editores infantiles llevan tiempo entregados esta tarea, con un espíritu de aventura que, en ocasiones, se echa en falta en los libros destinados a lectores más mayores. Gemma Lluch considera que la literatura infantil arriesga mucho más que la destinada a adultos “tanto en formatos, como en temáticas o en propuestas literarias en general”.

Lluch, Profesora de Filología Catalana en la Universitat de València, colaboradora en varios master relacionados con la literatura infantil, destaca sobre todo la innovación en la literatura juvenil seguramente como consecuencia de la nueva manera, que ha inaugurado este siglo, de interactuar con sus lectores: muchos autores y editoriales establecen continuamente un diálogo directo con sus lectores y reciben información directa sobre lo que les gusta, lo que esperan, etc.

Escribir para un público infantil y juvenil es un ejercicio de responsabilidad –apunta Costa–. Ese público lector está en edad de formación y nosotros, a través de nuestras historias, tenemos la oportunidad de ganar lectoras y lectores para el futuro y también de contribuir a desarrollar su capacidad crítica.

Esa es la batalla de Luis Amavisca, editor de NubeOcho, quien llama nuestra atención sobre los grandes pasos que se han dado nuestro país en lo que podemos llamar “literatura infantil comprometida”, aunque lamenta que no sean la tendencia general. “No se tratan lo suficiente temas como el machismo, el acoso escolar, la integración o la diversidad. Somos pocas las editoriales que lo trabajamos de manera transversal, y sería fantástico que hubiera más compromiso, no tan sólo desde las editoriales, sino desde el Gobierno, quien debería ayudar con el 'compromiso' que tanto bien haría en las aulas y en el sector educativo.”

Lluch considera un atraso el que aquí todavía exista una gran dependencia del circuito escolar, es decir, “el circuito de lectura recomendada o de lectura cautiva de la recomendación del mediador”. La experta, que está a punto de publicar (junto con Felipe Zayas) un libro en Octaedro que se titula Lectura en el centro escolar, nos explica que la selección en este circuito lector pasa por el filtro del mediador, el profesor, “y lógicamente, en alguna medida, influye tanto en el escritor como en la editorial.”

Ávidos lectores

Es creencia generalizada, soportada por los estudios ad hoc, que los niños leen mucho, y que dejan de hacerlo en la adolescencia. Se nos ocurren algunas razones, pero preferimos preguntar a los expertos convocados.

“Una niña o un niño que sea un buen lector, también va a serlo en el futuro –Ledicia expresa una opinión como un deseo–. Si viven rodeados de libros, éstos acabarán formando parte de sus vidas. Los verán como algo indispensable. La oferta que existe es muy rica, pero no es lo suficientemente visible. La LIJ necesita espacios de visibilidad.”

Sin embargo, nuestros interlocutores no se fían mucho de los estudios. “Me parece que los niños no leen tanto como dicen las encuestas…” sospecha Amavisca. Y Gemma Lluch me desbarata la premisa. “Creo que hay que rehacer las encuestas. Ya se está haciendo en muchos países para fijar de manera clara qué entienden el encuestador y el encuestado cuando utiliza el término 'lectura'. O qué entendemos los mediadores o los docentes o los políticos.”

Admite, eso sí, que los jóvenes leen menos que los niños, y buscando explicaciones se pregunta qué políticas públicas realiza la administración para convertir a nuestra sociedad en una sociedad lectora. Y cómo las hace. “Un ejemplo, llevamos años ligando lectura y placer. Francamente, entiendo que en la adolescencia el placer se focaliza en otros ámbitos de la vida. Jugar como política estratégica (tanto en la administración como en la escuela) solo con este tándem es peligroso. Por otra parte, en el caso de la escuela es imprescindible enseñarles a leer literatura y, francamente, el placer que puedan encontrar en la mayoría de los casos con este tipo de lectura (para aprender a leer literatura) será escaso a corto plazo. Tal vez lo sea a medio o largo plazo. Pero en este caso el objetivo no es leer por placer sino leer para aprender a leer literatura, que es muy diferente.”

Amavisca prefiere fijarse en la labor de los padres. “Leemos álbum ilustrado con ellos hasta que cumplen aproximadamente 7-8 años. Y entonces les decimos que tienen que leer. Pero ya no leemos con ellos. En ese momento en cierta forma nos desinteresamos de sus lecturas, nos separamos de su camino de lector. Si compartiéramos las lecturas con ellos ayudaríamos a continuar con esa unión. Seguiríamos compartiendo con ellos literatura, diversión y magia.”

El hecho diferencial

No hay muchos países que puedan presumir como el nuestro de generar literatura en varias lenguas. La edición española tiene cuatro circuitos según el idioma: castellano, catalán, gallego y vasco, que funcionan para las literaturas de todas las edades pero que se enriquecen sobre todo en el tramo que aquí nos ocupa.

“Son circuitos que en muchas ocasiones generan propuestas innovadoras y que en la mayoría de los casos se traducen, por lo que se retroalimentan”, dice Lluch. Por su parte, Ledicia Costa subraya las diferencias. “El caso catalán y el gallego son diferentes. Nadie tiene dudas de que el uso de la lengua catalana esté normalizado y de que su sistema editorial es potente. A ese nivel, en cierta manera, Cataluña es nuestro modelo. En Galicia vivimos en una lucha constante por dignificar y normalizar nuestro idioma. En Galicia no tenemos agentes, ni siquiera contamos con un instituto de promoción de las letras. Curiosamente, a pesar de estas dificultades, tenemos una producción editorial magnífica, convivimos varias generaciones volcadas en ofrecer una LIJ de calidad, en galego, y desde ahí ir metiéndonos poco a poco en el mercado nacional. Creo que esta situación de desigualdad provoca que el nivel de exigencia sea muy alto.”

Hay libros... Y otros tipos de libros

Por lo demás, el reto para los editores es seguir publicando unos libros que son más caros que las simples novelas. Ampliar mercado, vender derechos y exportar, es “la única forma de dar un precio asequible al público es producir una cantidad grande de libros. Puedes hacer tiradas más grandes y así ofrecer un precio competitivo”, dice Luis Amavisca, que en 2016 se lanza a la aventura americana y empezará a distribuir en Canadá, Estados Unidos y México.

Más allá de los contenidos, la literatura infantil y juvenil hace su revolución en las formas. “Algunos de los libros en forma de app para niños son una maravilla y proponen universos literarios ricos, variados y profundos. Por otra parte, la interacción entre lectura y escritura en la pantalla que establecen lectores y autores… Francamente –concluye Lluch–, me emociona.”

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