La democracia según Belén Esteban

Lluís Orriols

El nuevo libro del politólogo Lluís Orriols llega a las librerías este miércoles 25 de enero, unos meses antes de las próximas elecciones. El libro, que lleva el título Democracia en trincheras. Por qué votamos lo que votamos, hace un repaso por cómo piensan y actúan los ciudadanos en política. Además, explica la política desde el punto de vista de la gente que actúa en ella: ¿votamos por lealtad? ¿Cómo formamos nuestra opinión política? En el ensayo, reflexiona sobre si la política se ha convertido en una especie de guerra de 'los míos contra los tuyos'. La obra la ha editado Ediciones Península del Grupo Planeta.

infoLibre avanza el primer capítulo del libro, titulado La democracia según Belén Esteban.

En las clases de análisis electoral que imparto en la Universidad Carlos III de Madrid suelo empezar el curso poniendo a mis alumnos un fragmento del famoso programa de televisión Sálvame en el que Jorge Javier Vázquez y Belén Esteban discuten sobre a qué partido votarán en las próximas elecciones. Se trata de una discusión improvisada que resume en menos de un minuto los principales modelos de votante que los politólogos tenemos en mente. El diálogo entre Jorge Javier y Belén Esteban es el siguiente:

JJV: Cuando votas, ¿a qué partido votas? Y no me digas que el voto es secreto.

BE: Dime tú el tuyo...

JJV: Pues mira, te lo voy a decir: socialista, pero tengo dudas ahora ya. No, cuidado, cuidado, no es que tenga dudas. Socialista, pero sin Zapatero. Pero vamos, esta es mi idea, pero yo: ¡socialista! Y tú ¿a quién votas?

BE: Yo voté una vez al PP y otra vez al PSOE. Y esta vez voy a votar... al PP. Porque hasta ahora Zapatero lo único que ha hecho por mi familia es dejar a dos en paro y bajarle a mi madre la pensión. Entonces voy a ver si con el próximo se cambia.

La conversación se produjo en 2010, en pleno impacto de la Gran Recesión, con un gobierno socialista que impulsó el mayor recorte social de la historia para afrontar una crisis de deuda que amenazaba con llevar el país a la bancarrota. El descontento social era clamoroso. La desconfianza hacia el presidente socialista José Luis Rodríguez Zapatero era mayoritaria incluso entre los votantes del PSOE. Y, sin embargo, a pesar de que la insatisfacción era evidente tanto en Jorge Javier Vázquez como en Belén Esteban, la respuesta de ambos era muy distinta. Y eso es así porque cada uno representa un modelo de votante diferente: Jorge Javier representa al votante identitario y Belén Esteban al votante racional. En efecto, el presentador catalán, aun con claros signos de insatisfacción, mantenía su lealtad al PSOE, y su argumentación principal era clara y sencilla: «Soy socialista». Es una cuestión de identidad. Puede que el equipo vaya mal esta temporada, que el entrenador sea un desastre, pero Jorge Javier sigue sintiendo los colores y se muestra dispuesto a apoyar al equipo incluso a pesar de los pesares. En cambio, la argumentación de Belén Esteban se ajusta más a lo que se espera de los votantes según la teoría democrática: fijarse en qué ha hecho el gobierno durante el mandato, evaluar si las políticas llevadas a cabo se ajustan a sus intereses o preferencias y votar en consecuencia. En las palabras de Belén Esteban no se detectan vínculos emocionales con ningún partido. Se trata de un claro ejemplo de lo que los politólogos etiquetamos como el votante racional que usa su voto de forma operativa para controlar al gobierno.

Muy probablemente algunos de los que empezáis a leer este libro os declaráis «belenistas». Si la política debe ser racional y debe aspirar a dejar de lado las emociones quizás la argumentación de Belén Esteban sea la más satisfactoria. Sin embargo, en la realidad los vínculos emocionales y de lealtad grupal hacia los partidos suelen ser un motor fundamental en política. No se puede entender la política sin la identidad. De hecho, no se puede comprender el comportamiento humano en cualquier ámbito si se ignora esta cuestión. A menudo se tiende a denostar la identidad en política y a argumentar que los ciudadanos deberían votar de forma racional, aséptica, despojada de emociones, y dejando al margen las pulsiones identitarias, a las que se acusa de constituir uno de los grandes males que padecen nuestras democracias. Y puede que estas voces críticas tengan razón. Sin embargo, guste o no, la identidad es consustancial al ser humano y, por ende, a la política. No podemos pasar este hecho por alto o pretender que las personas lo dejen de lado cuando participan u opinan en la esfera pública. Exigir que las democracias se sustenten en una ciudadanía racional, basada en cálculos de coste-beneficio, libre de emociones e identidades, es poco realista. Puede gustar más o menos, pero no podemos simplemente ignorar o rechazar cómo somos los seres humanos.

Este libro trata precisamente de la importancia de la identidad de partido. De sus males, pero también de sus virtudes. Se trata de una cuestión compleja, con muchas aristas, pero espero poder ofrecer algunas de las principales claves sobre el papel que tiene la identidad en la democracia.

El supermercado de la democracia

Los ciudadanos queremos a gobernantes responsables, que a la hora de hacer políticas se ajusten a nuestras preferencias. Y para lograrlo, tenemos nuestro voto. El comportamiento de Belén Esteban era un buen ejemplo de ello, pues amenazaba con castigar al gobierno en las urnas porque estaba descontenta con lo que había hecho en los últimos años. Este razonamiento se ajusta a la visión que muchos tienen de cómo se comportan (o deben comportarse) los ciudadanos en democracia. Las elecciones deben servir de mecanismo de control para revalidar la confianza a los buenos gobernantes y echar a los malos. En realidad, el voto puede fomentar el buen gobierno por medio de dos mecanismos: selección y control. El primero de ellos hace referencia al uso de las elecciones como un proceso para elegir a los mejores gobernantes. Desde la perspectiva de la selección, se pide a los ciudadanos que comparen entre los distintos partidos que se presentan a las elecciones. Deben evaluar sus programas electorales, las promesas políticas que hacen durante la campaña electoral y comparar la valía de los distintos candidatos. Tras esta comparación informada, al votante solo le queda votar a la opción que más le guste.

El segundo mecanismo es el control o rendición de cuentas. Desde esta perspectiva, usamos las elecciones como si realizáramos un examen a nuestros gobernantes. Dejamos que los políticos hagan su trabajo y al final de la legislatura emitimos un veredicto sobre si han alcanzado o no los objetivos marcados. Si aprueban, les votaremos de nuevo, y si suspenden los castigaremos en las urnas para que sean otros quienes nos gobiernen. Ese es el estilo de Belén Esteban: su enfado con el gobierno la lleva a votar a la oposición para «ver si con el próximo se cambia». Se espera que con esta lógica «belenista» acabaremos teniendo políticos responsables que se ajusten a las preferencias de la gente. Y eso es así no solo porque tenemos el poder de deshacernos de los malos gobernantes, sino también porque la mera amenaza del castigo electoral incentiva a los políticos a disciplinarse y a intentar hacer las cosas bien. En efecto, los políticos que constatan (quizás por medio de las encuestas) que son impopulares no esperan impasibles a perder las elecciones, sino que buscan la forma de escuchar las demandas y lamentos de sus votantes y acomodarse a ellas antes de las elecciones. Si no lo hacen, acabarán engrosando las listas del paro, algo que no desea ningún político ambicioso (o con hipoteca).

Selección o control: se trata de dos tareas distintas que no siempre son compatibles. Lo primero implica mirar hacia el futuro, pues se vota comparando lo que se espera que hagan los distintos candidatos durante la próxima legislatura. Lo segundo, en cambio, supone mirar hacia el pasado, pues se hace un examen al gobierno por los servicios prestados. ¿Qué hacemos en realidad las personas? ¿Seleccionamos o controlamos? Para responder a esta pregunta creo que es muy útil recurrir a la analogía del supermercado. La próxima vez que vayáis al súper del barrio, analizad cómo se comportan vuestros vecinos cuando llenan los carritos de la compra. Por un lado, las personas que seleccionan suelen estar un rato delante de una estantería mirando y comparando las etiquetas de los distintos productos: qué galletas tienen menos calorías, qué producto de bollería no lleva aceite de palma, qué pan de molde tiene un porcentaje mayor de cereales integrales o cuál de ellos se vende a un precio menor. El seleccionador es esa persona que decide el contenido de su cesta comparando las promesas que hacen los productos en sus etiquetas de precio e información nutricional, lo que vendría a ser los «programas electorales» de los artículos del súper.

En cambio, las personas que controlan no se detienen en las estanterías de los pasillos analizando de forma pormenorizada cada producto, sino que pasan por ellos a velocidad de crucero llenando sus carritos de la compra sin detenerse. No es que hagan la compra de forma irracional, metiendo en el carrito productos al azar, sino que ya saben de antemano exactamente qué artículos y qué marcas se llevarán. Son precisamente aquellos que ya compraron en la anterior ocasión y que pudieron comprobar al consumirlos en sus casas que eran lo que querían.

Obviamente, los productos que no gustaron fueron reemplazados en su momento por otros hasta tener una cesta de la compra satisfactoria que se repite semanalmente.

En el súper podréis encontrar compradores de los dos tipos. Personalmente me declaro controlador sin ningún tipo de reservas. De hecho, apuesto a que la mayoría de los que estáis leyendo estas líneas os identificáis más con el comprador que sigue el método de control. Mi dilatada experiencia de investigación etnográfica en el supermercado de mi barrio me ha llevado a la conclusión de que el Homo sapiens es esencialmente controlador. Y eso es así probablemente porque esa manera de comprar requiere de menos esfuerzo. La tarea de ir mirando y comparando los productos en función de la información de sus etiquetas puede resultar pesada y hacernos perder mucho tiempo. Es más cómodo y menos costoso seguir la regla más sencilla de «si un producto me ha gustado, lo compro de nuevo», sin tener que estar analizando hasta qué punto los productos de la competencia son mejores.

Desconozco cómo hará la compra Belén Esteban, pero al menos en su forma de votar sigue de forma clara los patrones típicos de control. Su argumentación no se basa en la comparación de propuestas programáticas o ideológicas de los distintos partidos, sino que se limita a condicionar su voto a cómo lo ha hecho el gobierno. Según la conversación que mantuvo con Jorge Javier, Belén Esteban decidió votar al PSOE en las elecciones anteriores, pero quedó insatisfecha y, por lo tanto, se pasó a votar al PP con la esperanza de que la calidad del nuevo «producto» fuera mejor.

Cuando desconfiamos de los votantes

La teoría parece clara. La amenaza de un castigo electoral es una espada de Damocles encima de las cabezas de los gobernantes que les obliga a portarse bien. Si votamos al estilo Belén Esteban tendremos a gobiernos representativos, pues, o bien los políticos se anticipan, escuchan y se adaptan a los deseos de los votantes, o se enfrentan al triste destino de ser castigados en las urnas y ser reemplazados por otros gobernantes.

Sin embargo, la realidad es más compleja y menos alentadora. Desde hace tiempo, los politólogos han tenido serias dudas de que los ciudadanos estén capacitados para disciplinar a los gobernantes con su voto. ¿Pueden realmente los ciudadanos discriminar entre buenos y malos gobernantes? ¿Son capaces de evaluar de forma ecuánime la gestión de los políticos? Existen dudas de que así sea por muchos motivos. Os pongo un ejemplo relacionado con lo que acabo de comentar. Seguro que a menudo habréis escuchado el argumento de que los políticos deberían seguir sus principios y convicciones en lugar de gobernar «a golpe de encuestas». Según esta versión, los políticos deben mostrar rectitud, no cambiar de opinión ni sucumbir a las presiones cortoplacistas que imponen las elecciones. Puede que haya motivos para pensar así, pero lo cierto es que esta visión es incompatible con el ideal de democracia que acabo de exponer. Lo que algunos llaman «electoralismo», lamentándose de que los políticos gobiernen con la mirada puesta en las encuestas, es precisamente lo que, en teoría, se esperaba que hicieran en una democracia representativa. Ciertamente, existe una contradicción entre querer que los políticos escuchen a los ciudadanos y la sospecha de que, haciéndolo, acabarán por llevar a cabo políticas cortoplacistas y nocivas para la sociedad. Esa inconsistencia que tantas veces encontramos en el debate público me parece muy sintomática. Es un claro ejemplo de hasta qué punto desconfiamos (con razón o no) de que los ciudadanos estén realmente preparados para cumplir con las importantes tareas que se espera de ellos para que las democracias funcionen.

Identidad y democracia

No solo existe el temor de que los votantes padecen de preferencias desinformadas y volubles. También existen dudas razonables de que los ciudadanos puedan realmente formarse evaluaciones objetivas sobre cómo lo está haciendo el gobierno. En efecto, las personas no se aproximan a los fenómenos políticos de forma aséptica y desapasionada, sino que lo hacen muy condicionadas por sus identidades. Como veremos en este libro, quienes se identifican con el gobierno tienden a ser más indulgentes con sus políticas y buscan excusas para no reconocer que las cosas van mal.

A lo largo de este libro pondré numerosos ejemplos de cómo la identidad puede llegar a ser un lastre para la lógica de premio-castigo a los gobernantes. Pero dejadme que ponga uno ahora a modo de antipasto. En el año 2012, en plena Gran Recesión, el CIS preguntó a los españoles cuál era el número de desempleados que creían que había en España en esos momentos. Se trataba de una cuestión que copaba la agenda política del país, pues nos encontrábamos en uno de los momentos más críticos de la crisis económica con los datos de paro en cifras récord. Era sin duda el tema estrella en cualquier conversación política en el bar, en la oficina o en las cenas de todos los hogares del país (según el mismo CIS, casi el 80 % consideraba entonces el paro como uno de los principales problemas). Aun así, no todo el mundo percibía esa realidad de la misma forma. Las valoraciones de los votantes del PP (entonces gobernaba Mariano Rajoy) estaban algo edulcoradas: la mitad de los encuestados respondían que el número de desempleados era inferior a la cifra que realmente había en ese momento. No ocurría lo mismo entre los votantes del PSOE, pues en ese caso la mayoría de ellos (en torno al 60 %) sí respondían una cifra ajustada o incluso superior a la del desempleo real.

No es que los votantes socialistas sean más listos o tengan más conocimientos sobre política y economía. Según esa misma encuesta del CIS, no había diferencias relevantes entre simpatizantes del PP y del PSOE en otras cuestiones de conocimiento fáctico tales como el año en que se aprobó la Constitución, el número de comunidades autónomas o el nombre de la vicepresidenta del Gobierno en esos momentos. Probablemente, si los votantes del PP eran menos pesimistas con respecto al número de parados en España no era tanto por ignorancia como por los sesgos que fomenta en nosotros el partidismo. Y es que si los que gobiernan son los nuestros, tendremos una mayor resistencia a reconocer que las cosas van mal.

En el caso de Jorge Javier, sí se podía detectar cierto descontento con el presidente Zapatero, pero no parecía que dicha insatisfacción se tradujera en un voto de castigo al PSOE. Su lealtad partidista le impedirá dejar de votar a los socialistas a pesar de los pesares. Este tipo de actitud rompe con la idea de que las elecciones deben generar una estructura de incentivos para que los gobernantes lo hagan bien. Si alguien decide votar al mismo partido al margen de lo que ocurre, tanto si la situación es buena como mala, ¿qué tipo de incentivos estamos dando a los políticos? Si entre mis alumnos se propagara el rumor de que en mi asignatura se aprueba sin tener en cuenta la calidad de sus trabajos y exámenes, es muy probable que los incentivos a esforzarse decaerían de forma sustancial.

En definitiva, si bien la teoría democrática espera que los ciudadanos estén informados y hagan juicios desapasionados sobre la política, la realidad es menos reconfortante. Ciertamente, la teoría querría más votantes como Belén Esteban y menos como Jorge Javier. Entonces ¿debemos concluir que la identidad es dañina para la democracia? En estas páginas me gustaría reflexionar precisamente sobre esta cuestión. Se trata de un debate que creo que es fundamental en los tiempos que corren. Muchos analistas afirman que vivimos en una época en la que la gente está abandonando la razón y se está dejando llevar por sus identidades y emociones. Puede que se trate de un diagnóstico guiado por una especie de nostalgia boomer, de tendencia a creer que tiempos pasados fueron mejores. Al fin y al cabo, la influencia de las identidades en la política no es algo precisamente nuevo: siempre ha estado ahí. Pero sí es cierto que en los últimos tiempos han aparecido claros signos en muchos países de aumento de la polarización, de las trincheras partidistas y de la confrontación basada en asuntos identitarios.

Existen numerosas identidades políticamente relevantes. En este libro pretendo centrarme sobre todo en una de ellas, la que creo que en muchos sentidos es la más importante: la identidad de partido. Mi objetivo es reflexionar sobre el papel que tiene esta modalidad de los vínculos emocionales que las personas establecen con los partidos políticos. A lo largo de estas páginas presentaré muchas certezas, pero también muchas dudas. Durante los primeros capítulos expondré cómo se conforman las identidades políticas de las personas, qué sesgos fomentan y qué implicaciones tienen para la democracia. Puede que al leer estas páginas concluyáis que la identidad es algo tan inevitable como dañino para nuestras democracias. No obstante, también es mi objetivo defender la idea de que la identidad de partido tiene efectos beneficiosos para la calidad democrática.

Así pues, he de advertir de que estáis ante un libro que practica de forma activa la equidistancia. No me posiciono a favor o en contra de la identidad de partido. Más bien al contrario. Lo que pretendo es intentar convencer al lector de que en realidad necesitamos tanto a Belén Esteban como a Jorge Javier. Es precisamente la convivencia de ambos lo que constituye el ecosistema idóneo para que las democracias gocen de buena salud.

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