El embargo europeo al petróleo ruso no amenazaría al suministro en España pero encarecería la gasolina

Vista de los depósitos de la multinacional energética rusa Lukoil en su sede en Bruselas, Bélgica, este 4 de mayo de 2022.

La Unión Europea, tras meses de vacilaciones, ha decidido emprender el embargo al petróleo ruso. La intención de la Comisión Europea es firme, pero aún queda camino por andar: falta el visto bueno del Consejo Europeo, con países como Eslovaquia o Hungría que se oponen al veto, a pesar de que el plan sobre la mesa sea de un desenganche parcial, durante varios meses en los que se buscarán suministradores alternativos.

Habrá consecuencias. Serán menores para los ciudadanos europeos que en el escenario de un embargo drástico y brusco; y serán menores a medio plazo en España, que ha construido durante los últimos años una red muy diversa para evitar la dependencia de un país en concreto. En el país se consume petróleo y derivados del petróleo procedentes del país de Putin, sí, y se pagan miles de millones de euros para ello; pero, en términos relativos, otros suministradores envían crudo a la Península en mayores cantidades. Los lazos con Rusia son menores que con el gas, a pesar de la tupida red de regasificadoras en los puertos españoles.

Los precios, en cualquier caso, se fijan de manera global. El barril de Brent está en torno a los 100 euros, y Antonio Aceituno, analista de Tempos Energía, calcula que el embargo podría subirlo en torno a los 120, aunque las estimaciones exactas son muy difíciles teniendo en cuenta la ausencia de detalles del plan de Bruselas y la cantidad de factores que rodean a un mercado complejo. Se esquiva el peor escenario: una escalada brusca hasta los 200 euros si la Unión Europea decide cortar el grifo de repente, pero los costes aumentarán.

El impacto en precios podría ser más intenso si China "vuelve a ser la que era", explica el analista. Ahora mismo su economía está en un estado de suspensión parcial por la ola de ómicron y los confinamientos severos en ciudades como Shanghái; pero si recupera la actividad, "estimamos que podríamos irnos a los 220 euros el barril", porque el aumento de la demanda superaría a una oferta tímida.

El embargo progresivo, así, suaviza el impacto, pero también suaviza el castigo a Rusia. El veto brusco impediría al país de Putin colocar su producción en el este, con India y China como principales compradores: no le daría tiempo. Una prohibición alargada en el tiempo, explica Aceituno, da margen a Rusia. El banco suizo Julius Baer ha sido contundente al respecto, en un análisis publicado este miércoles: "La narrativa del embargo parece satisfacer principalmente las necesidades morales europeas y pasa por alto las experiencias de los últimos años"; los posibles inconvenientes para los rusos por perder a varios de sus compradores se compensarían con el aumento del barril de Brent y el margen para encontrar nuevos importadores.

Sin embargo, hay dudas sobre si Europa podrá sustituir con facilidad el crudo ruso, aunque se dé más tiempo para la tarea. En primer lugar, porque no vale con cualquier petróleo: hay algunas mezclas con un refino más sencillo, de las que se puede obtener de manera más fácil gasolina, gasóleo o queroseno. Y otras mezclas más complicadas, para las que muchas refinerías de los países más dependientes del vecino del Norte pueden no estar preparadas.

"En general, los crudos de la zona Arabia Saudí son más fáciles de refinar que algunos de Sudamérica. Es decir, podríamos cubrir la demanda por cantidad cambiando de suministrador, pero puede que la proporción de productos no fuese la adecuada. Al final, habrá restricciones", explica José Ignacio Linares, director de la Cátedra de Transición Energética de la Universidad de Comillas.

En segundo lugar, porque no está claro que otros productores de petróleo quieran aumentar su oferta para ayudar a la Unión Europea a apretar a Putin. A Rusia le interesa que los precios sigan altos, los países árabes dentro de la OPEP no parecen dispuestos a soliviantarlos y en Estados Unidos, cuenta The New York Times, hay miedo a extraer más, a pesar de lo que está marcando el barril de Brent: la estruendosa caída de la pandemia, que dejó a varias petroleras norteamericanas al borde de la bancarrota, sigue en el recuerdo, así como el horizonte de la descarbonización, que condena a los combustibles fósiles a un precio alto a medio plazo. Nadie quiere invertir en un negocio con los días contados; pero a la vez, los seguimos necesitando para hacer funcionar las economías.

Aceituno es optimista. "Imagino que la Unión Europea, que se ha dado seis meses, ha pensado en establecer líneas de negociación sólidas". Reconoce que Estados Unidos "tiene una posición cautelosa, porque apostaron todo al bombeo antes de la pandemia y los accionistas de las petroleras se resintieron mucho", pero cree que Bruselas "les va a dar seguridad en las compras" y que se podrá volver a la producción prepandemia, que cubriría aproximadamente la mitad de lo que se dejará de comprar a Rusia: un millón y medio de barriles diarios de los tres que se adquieren.

En este escenario, España parte con ventaja; aún más que con el gas. Su red de exportadores es más amplia que la europea, aunque le afecten de manera parecida las dinámicas de precios que se fijan a nivel global. Según cifras de la Corporación De Reservas Estratégicas De Productos Petrolíferos (Cores), España importó en febrero 200.000 toneladas de crudo ruso, un 4% del total: casi 5 millones. Países como Libia, Nigeria, Estados Unidos, México o Kazakistán aportaron, en base a la última estadística disponible, el doble o el triple de crudo al país. El porcentaje de oro negro importado de Rusia de la Unión Europea es del 25%, de media en 2021, y de Alemania de más del 40%.

La ventaja no reside solamente en la cantidad, sino en la calidad. Como explica aquí El Independiente, tener una red diversificada permite a España no solo renegociar sus contratos con más agentes, sino tener a las refinerías preparadas para tratar diferentes tipos de mezcla. Por lo tanto, con independencia de un contexto bélico siempre predispuesto a saltar por los aires, el país puede estar tranquilo, por el momento, con el suministro.

La situación parece algo más complicada, para España y para Europa, con el gas. Por ahora, el embargo no se plantea, aunque la exigencia de Rusia de pagar en rublos puede complicar el suministro de cara al próximo invierno. El cuello de botella desde la Península, con España con gran potencial de regasificación pero con pocas interconexiones, no garantiza que se pueda sustituir a corto plazo el gas ruso; y las reservas del continente no llegan al 40%, lejos del 80% que se ha propuesto Bruselas antes de que llegue el frío. El encaje de bolillos para armonizar la guerra, el bienestar básico de los europeos y la acción climática continuará los próximos meses.

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