El papa, la máquina y la extraña semana en la que una atea se sintió interpelada

En 1968, Anthony Quinn se metió en la piel de un pontífice atrapado en una grave crisis política internacional, en la que China, EEUU y la Unión Soviética amenazaban con resolver sus disputas económicas a golpe de guerra nuclear. Pura ciencia ficción, al menos para la crítica del momento. La cobertura que Fernando Varela hizo esta semana en infoLibre de la primera encíclica de León XIV, Magnifica Humanitas, me llevó a Las sandalias del pescador y a las vicisitudes de un papa que se desenvuelve entre bloques enfrentados, crisis internacionales y hombres acostumbrados a manejar el poder. La cinta de Michael Anderson pone el acento en una voz ética que se escucha cuando el mundo parece haber perdido la capacidad de hablar sin gritar y algo parecido a eso me resonó con la encíclica de León XIV.

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Una atea no corre hacia una encíclica con demasiada expectación. Esperaba poco más que una prosa solemne y el tono del que lleva siglos hablando desde un lugar al que hace décadas que no me asomo. Por eso me ha desconcertado encontrarme un texto que se desprende de la sotana y apunta a cuestiones terrenales: el trabajo, la guerra, el dinero, el poder… y la persona como límite de la máquina. No esperaba encontrar este punto en común y mucho menos esperaba que el papa acertase más con el foco que la mayoría de los gobiernos.

Me sorprende que León XIV hable como alguien que ha entendido que esta tecnología obliga a nuestra época a mirarse al espejo. El texto se mueve en un terreno muy serio: la dignidad humana, la subordinación del trabajo, la concentración del poder, el uso de la técnica para la guerra… y lo enlaza de forma deliberada con Rerum Novarum, la encíclica con la que la Iglesia abordó la revolución industrial. En este tiempo, León XIV aborda la IA con una desconfianza bastante explícita sobre la concentración de poder en pocas manos y la tentación de ceder a la máquina espacios que afectan directamente a la vida (o a la muerte). 

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“Entre un papa que habla de IA con más claridad que nuestros representantes políticos y el Depor, que ha vuelto a Primera tras ocho años de travesía por el desierto, he tenido una proximidad extraña a la idea de redención. Cada cual elige sus milagros verificables”

Me resulta casi escandaloso que la voz que pide el desarme de la inteligencia artificial llegue de Roma. Ni de Bruselas ni de Washington. De Roma. El resto siguen con la dicción hueca de la competitividad y el liderazgo, abducidos por los cantos de sirena del dinero y las grandes tecnológicas. La sobriedad de las peticiones pontificias tiene algo de extravagancia moral en un paisaje plagado de cobardía política. La concentración del poder de la IA y su uso militar alertan al papa y la pregunta es: ¿por qué no alertan al resto de mandatarios o, al menos, a los más civilizados?

Esta encíclica no borra de un plumazo la historia de la Iglesia ni sus silencios, que siguen ahí mientras el mundo continúa sufriendo desigualdades obscenas y genocidios que no siempre encuentran en Roma la misma claridad retórica. El texto incorpora una petición de perdón por la complicidad histórica del Vaticano con la esclavitud, que llega cuando ya no queda vivo ningún responsable (o, lo que es lo mismo, una de las formas más seguras del arrepentimiento institucional).

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Aun así, el contraste me parece elocuente. Medio mundo mirando, dividido entre el entusiasmo empresarial y la impotencia regulatoria, y llega un sumo pontífice para señalarnos otro horizonte: la degradación del trabajo, la técnica como herramienta de dominio, la persona como límite…

No sé si esto me va a devolver la fe. Sospecho que no. Una lleva demasiados años instalada en un escepticismo estructural como para precipitarse a la trascendencia por la vía doctrinal, pero admito que esta semana ha sido rara. Entre un papa que habla de IA con más claridad que nuestros representantes políticos y el Depor, que ha vuelto a Primera tras ocho años de travesía por el desierto, he tenido una proximidad extraña a la idea de redención. Cada cual elige sus milagros verificables. 

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No sé tampoco si la Iglesia estará a la altura de lo que ha escrito. Ni si las democracias occidentales, tan complacidas con su lenguaje de modernización, reaccionarán a tiempo sin necesidad de que Roma les recuerde que ninguna máquina debería valer más que una persona. Es una cuestión de decencia mínima. 

En 1968, Anthony Quinn se metió en la piel de un pontífice atrapado en una grave crisis política internacional, en la que China, EEUU y la Unión Soviética amenazaban con resolver sus disputas económicas a golpe de guerra nuclear. Pura ciencia ficción, al menos para la crítica del momento. La cobertura que Fernando Varela hizo esta semana en infoLibre de la primera encíclica de León XIV, Magnifica Humanitas, me llevó a Las sandalias del pescador y a las vicisitudes de un papa que se desenvuelve entre bloques enfrentados, crisis internacionales y hombres acostumbrados a manejar el poder. La cinta de Michael Anderson pone el acento en una voz ética que se escucha cuando el mundo parece haber perdido la capacidad de hablar sin gritar y algo parecido a eso me resonó con la encíclica de León XIV.

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