Cuba, la “estática milagrosa” de una revolución en su hora más amarga

César G. Calero

A los urbanistas cubanos siempre les ha fascinado el concepto de la estática milagrosa, la asombrosa capacidad de persistencia de los viejos caserones de La Habana, deslucidos por el salitre y el abandono. Algunos resisten en pie con la ayuda de puntales de madera y de vez en cuando pierden un pedazo de fachada o se desploma una balconada, como fueron cayendo, uno tras otro, los principios de una revolución que vive apuntalada desde hace tiempo y afronta hoy, siete décadas después del desembarco del Granma en las costas orientales de la isla, su hora más amarga: la amenaza de demolición de Donald Trump.

La piqueta del presidente estadounidense es, no obstante, tan movediza como su discurso. De la muerte del régimen por asfixia económica decretada por Trump se ha pasado en poco tiempo a la apertura de una vía de diálogo. Así lo reveló este viernes el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, al admitir que “funcionarios cubanos han sostenido recientemente conversaciones con representantes del Gobierno de Estados Unidos para buscar soluciones a las diferencias bilaterales entre los dos países”, en referencia al bloqueo energético decretado por Washington hace un mes y medio. “Son procesos largos que se hacen con mucha discreción, hay que establecer canales de diálogo, agendas para la negociación… Ahora estamos en la fase inicial de ese proceso”, detalló el mandatario. En un gesto más de distensión, Cuba anunció también la próxima liberación de 51 presos, gracias a la mediación del Vaticano. Organizaciones de Derechos Humanos estiman que en la isla hay más de mil prisioneros políticos.

Desde que Trump impuso a la isla el bloqueo petrolero, la isla sufre una escasez de combustible angustiosa. Hace tres meses que no entra un carguero con crudo en la isla, según Díaz-Canel, para quien el impacto en la población está siendo “inconmesurable”. De los aproximadamente 110.000 barriles de petróleo que precisa diariamente, Cuba produce unos 40.000, un crudo pesado que sólo sirve para alimentar a las vetustas centrales termoeléctricas. Caído en desgracia Nicolás Maduro, ya no llegan los 35.000 barriles que enviaba diariamente Caracas. Tampoco los 17.000 barriles de México, ni ningún buque ruso. 

La situación es hoy todavía más dramática que la experimentada durante el denominado Periodo Especial de los años 90. A Fidel Castro le costó sacar el país adelante tras el desmoronamiento de la Unión Soviética pero finalmente encontró un nuevo salvavidas en la Venezuela de Hugo Chávez a finales de esa década. Hoy Cuba está más aislada que nunca. De México, históricamente solidario con La Habana, recibe ayuda humanitaria y el afecto de su presidenta, Claudia Sheinbaum.

Colapso vital

En todo caso, sería aventurado hablar de un colapso energético en Cuba, advierte desde Washington el economista cubano Ricardo Torres en conversación telefónica con infoLibre. “Como Cuba produce alrededor del 40% del crudo que consume (para generar electricidad), nunca va a haber una situación de cero absoluto que pondría el país patas arriba. El problema es la gasolina y el diésel, que sí dependen de las importaciones”. Profesor en la American University de la capital estadounidense, Torres precisa que el colapso es, ante todo, vital: “Una gran parte de la sociedad cubana llega exhausta a esta crisis. Para muchos, ya hay un colapso, ya había una situación muy dura antes de enero que no se puede desconocer. Años de carencias y dificultades, apagones de muchas horas... Las vidas de estas personas no tienen sentido y no merecen ser vividas en esas condiciones. Pero no hemos llegado todavía a un colapso en el sentido de que haya un gobierno que no pueda mantener un mínimo de orden o de funcionalidad de los servicios públicos. ¿Cuándo llegará ese momento? No lo sé”.

Para tratar de capear el temporal, el Gobierno cubano aprobó a principios de mes un decreto-ley que permite la creación de empresas público-privadas. Ante la gravedad de la situación, Díaz-Canel se ha mostrado ahora abierto a un cambio de rumbo: “Nos tenemos que centrar, de inmediato, en implementar las transformaciones urgentes, las más necesarias, que hay que hacerle al modelo económico y social”, dijo hace unas semanas. Una retórica que suena a disco rayado. Algo parecido ofreció Raúl Castro a partir de 2011, ya al mando del país por la prolongada convalecencia del Comandante en Jefe. Se aprobaron entonces algunas reformas y aumentó el número de cuentapropistas (pequeños empresarios). Pero la apertura fue tan sólo un parche coyuntural. “Creo que el anuncio de la creación de empresas mixtas también puede leerse como un parche”, sostiene Torres: “Hay medidas que ya estaban contempladas en diciembre, no sé si tienen que ver con una hipotética negociación ahora. Esto se parece mucho a lo de siempre. Al final, es el Ministerio de Economía el que tiene la última palabra sobre la empresa mixta, como sucede con la inversión extranjera. Siempre quieren mantener el control de todo. La realidad es que la mayoría de las empresas estatales están sobreviviendo apenas, y ahora quieren utilizar la baza del sector privado para salir a flote. Huele mucho a revivir un muerto”.

La estructura económica planificada ha seguido prácticamente intacta desde la denominada Ofensiva Revolucionaria de 1968, cuando Fidel echó el cierre de los últimos comercios privados y el Estado absorbió toda la actividad productiva. El Periodo Especial de los años 90 dio paso a una tímida flexibilización y hubo voces que auguraban incluso una adaptación del exitoso modelo vietnamita, el Doi Moi (el conjunto de reformas que abrió la economía al mercado bajo el control político del Partido Comunista). Castro viajó a Hanoi en febrero de 2003. Cuando regresó de su gira asiática, en lugar de tantear una apertura económica, redobló la defensa a ultranza del modelo socialista y la intensificación de la “batalla de ideas”. De reformas, ni hablar. El bloqueo seguía siendo el único argumento que justificaba todos los males de la Revolución. Sin duda, ese embargo comercial, económico y financiero (impuesto por Estados Unidos en 1962) ha tenido unos efectos devastadores en las vidas de varias generaciones de cubanos, pero la errónea planificación estatal y la excesiva dependencia de la URSS también incidieron en la decadencia económica sufrida a partir de la década del 90. Hoy, con la industria turística bajo mínimos, muchas familias subsisten gracias a las remesas que llegan desde el extranjero. La inflación está desbocada y el salario promedio de 7.000 pesos (unos doce euros) apenas alcanza para comprar un cartón de 30 huevos y una botella de aceite.

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Las versiones sobre unas hipotéticas negociaciones entre Cuba y Estados Unidos se han sucedido en el último mes. Según el medio digital estadounidense Axios, un nieto de Raúl Castro, Raúl Guillermo Rodríguez Castro, habría mantenido contactos informales con Marco Rubio, el secretario de Estado estadounidense de ascendencia cubana. Otro miembro del clan familiar, Alejandro Castro Espín, único hijo varón de Raúl, también ha sido mencionado como interlocutor. Para zanjar especulaciones sobre quién pilota el acercamiento, Díaz-Canel ha dejado claro que la estrategia la lidera él mismo junto con Raúl Castro (de 94 años y retirado de la primera línea de la política desde hace un lustro). El diario USA Today publicó recientemente, citando fuentes cercanas a la Casa Blanca, que un hipotético acuerdo incluiría la salida del mandatario cubano y una garantía de inmunidad para la familia Castro. Ese pacto afectaría al sector turístico (con la flexibilización de los viajes a la isla), energético y a la gestión de los puertos. “Ha habido una gran cortina de humo en torno a los contactos entre Washington y La Habana, sobre todo por parte de Estados Unidos. Trump está preparando a la opinión pública, principalmente al sector de Miami más reacio a un mero cambio cosmético”, asegura Torres.

La guerra de agresión a Irán ha situado a Cuba en un segundo plano. Trump ha insistido en que la isla será su próximo objetivo. Y ahí, según Torres, se verá la dimensión de lo que Estados Unidos está buscando: “Cuba podría ofrecerle accesos ventajosos en el sector turístico, o en el energético, accesos a la producción de níquel o cobalto, minerales críticos de los que Cuba posee reservas importantísimas. O la garantía de que no suscribirá acuerdos militares o de seguridad con China y Rusia. O la liberación de presos políticos. Y todo eso Cuba lo puede ofrecer sin cambiar el modelo completamente, sólo con algunos ajustes y algo de aire al sector privado. A Estados Unidos y a Trump tal vez le sirva contar, a 90 millas, con un país que no es amigo de tus enemigos. Y no necesariamente tiene que convertirse en una democracia liberal al estilo occidental”.

Con interminables apagones diarios y colas eternas ante los surtidores de combustible, Cuba está llegando a su límite de supervivencia. El malestar de la población es creciente y comienzan a verse algunas muestras de protestas en las calles y en la universidad. No obstante, no hay en la isla una oposición articulada y en la retina de los disconformes está todavía muy viva la feroz represión que siguió a las manifestaciones de julio de 2021, con cientos de detenidos. Mientras tanto, la estática milagrosa protege a los inquilinos del Palacio de la Revolución, conscientes, eso sí, de que alguna que otra vez se derrumba una casona en Centro Habana.

A los urbanistas cubanos siempre les ha fascinado el concepto de la estática milagrosa, la asombrosa capacidad de persistencia de los viejos caserones de La Habana, deslucidos por el salitre y el abandono. Algunos resisten en pie con la ayuda de puntales de madera y de vez en cuando pierden un pedazo de fachada o se desploma una balconada, como fueron cayendo, uno tras otro, los principios de una revolución que vive apuntalada desde hace tiempo y afronta hoy, siete décadas después del desembarco del Granma en las costas orientales de la isla, su hora más amarga: la amenaza de demolición de Donald Trump.

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