La escalada en Oriente Medio reaviva los fantasmas del colonialismo en Chipre tras el ataque de Irán a Akrotiri
Halil llega puntual a Tria Fanaria, un café del sur de Nicosia a un paso de la Línea Verde. Estamos en pleno corazón de Faneromeni, a escasos metros del puesto de control. Como uno de los pocos kahveneios históricos que quedan en la Ciudad Vieja, el café es un lugar donde el nacionalismo griego mantiene una presencia discreta pero omnipresente. En las paredes destaca la bandera de la Enosis, la unión de Chipre con Grecia, flanqueada por iconos de santos y de los caídos en la guerra de 1974. El ambiente no resulta asfixiante, pero para un chipriota turco como Halil difícilmente puede sentirse como en casa. "Vengo a estos sitios y hablo con la gente", dice mientras se lía un cigarrillo.
El ataque contra la base británica de Akrotiri el 2 de marzo —un ataque con dron lanzado desde Líbano en represalia por bombardeos estadounidenses e israelíes— tuvo escaso impacto práctico en la isla. Pero los nervios siguen a flor de piel. Marzo fue un mes de alarmas. Un incidente de seguridad en la base británica de Akrotiri el día 13 llevó a pedir a la población que se refugiara y se mantuviera alejada de las ventanas; luego, el 24 de marzo, un misil, quizá con destino a Chipre, fue interceptado sobre Beirut, lo que derivó en el cierre del aeropuerto internacional de Lárnaca. Este desgaste psicológico ha arrastrado a los chipriotas de ambas comunidades de vuelta a un pasado que creían haber superado. La tensión evoca la violencia intercomunal que culminó con la invasión de Ankara y una división que persiste hasta hoy: una isla partida en dos por una zona de amortiguamiento de la ONU, con la comunidad turcochipriota relegada a un Estado no reconocido.
Para Halil, poeta y doctorando en la Universidad del Mediterráneo Oriental en Famagusta, en la República Turca del Norte de Chipre (RTNC), el conflicto no ha hecho sino reforzar la posición de Turquía. "Turquía aspira a la supremacía regional, y consolidar su presencia en el norte sirve a ese objetivo", explica. Activista antimilitarista que ha pasado tiempo en prisiones militares del norte por negarse al servicio obligatorio, sus palabras tienen peso. "En el norte vivimos en una vasta zona militar con pequeños enclaves civiles aislados", añade con ironía, señalando que en la práctica el estado de emergencia sigue vigente desde 1974.
Las Áreas de Bases Soberanas británicas (SBA, por sus siglas en inglés) de Akrotiri y Dhekelia ocupan un espacio complejo en este paisaje. "Los residentes del norte nunca han adoptado una postura firme respecto a ellas", observa Halil. "El norte ya está saturado de bases turcas, y el único tabú real para nosotros es criticar a Ankara. Ese es el núcleo del problema, junto con las históricamente buenas relaciones que muchos aún mantienen con los británicos".
Mientras que en el sur grecochipriota han estallado protestas contra las SBA, el impacto en el norte ha sido más contenido, pese a la exposición de la isla a posibles represalias. En línea con Ankara, las autoridades del norte condenaron el ataque a Irán; Turquía desplegó seis F-16 y reforzó las defensas aéreas, pero los turcochipriotas solo se manifestaron en el sur. Al norte de la Línea Verde, las tensiones internacionales se superponen al lastre histórico del problema chipriota. Turquía —aliada de la OTAN pero adversaria de la República de Chipre— actúa como mediadora regional mientras defiende simultáneamente su presencia militar en la isla.
La RTNC comparte frontera directa con Dhekelia. En los pasos de Strovilia y Pergamos ondea la Union Jack –la bandera nacional del Reino Unido– y los pasaportes los revisa la Policía Militar británica en lugar de agentes locales. Aquí, las colinas onduladas de las zonas agrícolas administradas por los británicos descienden hacia la costa, salpicadas de áreas militares restringidas. En la bahía de Dhekelia, la presencia militar apenas se delata por el alambre de espino y un radar que gira entre la vegetación mediterránea. Un cartel de hormigón reza: "Welcome to Dhekelia Station". La carretera atraviesa una puerta sin vigilancia, flanqueada por vallas: la bandera británica a un lado y, al otro, Cessac Beach, el único acceso al mar dentro del perímetro militar. Aunque la administración guarda silencio, es un secreto a voces que la zona funciona principalmente como centro de inteligencia.
"¡Esto es el Reino Unido!", exclama Alexandros, señalando el suelo. El joven propietario de un bar en las afueras de Ormidhia, un enclave rodeado por la base, no se inmuta ante las medidas de seguridad posteriores al ataque. "Hay protocolos y búnkeres", dice, "pero las autoridades solo se pusieron en contacto mucho después de lo ocurrido".
Pese a la independencia en 1960, Chipre sigue conviviendo con estas dos bases, un legado colonial que marca la vida cotidiana. Akrotiri, objetivo del dron en marzo, es la zona civil más densamente poblada dentro de las SBA. El sistema, que abarca el 3% de la isla, otorga al Reino Unido soberanía no solo sobre infraestructuras militares, sino también sobre la vida civil circundante.
Melanie Steliou, actriz chipriota-británica de 50 años que vive en Pyrgos, cerca de Akrotiri, percibe esa fricción. "Cuando llevo a mi hijo al colegio en Trachoni, un pueblo parcialmente bajo jurisdicción británica, oímos los aviones despegar justo encima de nosotros. Los niños están acostumbrados". Para Steliou, el problema es el limbo legal de la que es la mayor base de la RAF fuera del Reino Unido. "La base tiene sus protocolos, pero ¿quién cuida de los civiles que viven dentro o justo fuera del perímetro? Si un dron fallara su objetivo, ¿quién nos protege?".
Tras el ataque de marzo, cientos de civiles en Akrotiri fueron desplazados durante unos días, alimentando la incertidumbre entre quienes viven a lo largo de estas fronteras invisibles. En el paseo marítimo de Limassol, una mujer rusa juega con su hijo. Cerca, una lancha rápida arrastra a un esquiador sobre el agua. El sol deslumbra, pero en el horizonte la silueta de una fragata se distingue con claridad entre la bruma.
En la playa de Lady’s Mile, una franja desierta de arena dominada por antenas, no hay aduanas: solo Google Maps o algún coche ocasional de la Policía Militar indica el cambio de jurisdicción. El pueblo de Trachoni es el emblema de esta anomalía, dividido no por cascos azules de la ONU, sino por una línea burocrática invisible. En la calle principal, dos tiendas contiguas pueden pertenecer a distintos Estados. "Aquí es Reino Unido, pero allí, donde ves esos edificios, es Chipre", explica Giorgos, encargado de un café.
En esta "tierra de nadie", la burocracia se duplica. "Para abrir un negocio necesitas una licencia tanto de Nicosia como de la base", explica un joven barbero. Sin embargo, la reciente situación de emergencia apenas alteró la rutina. "En marzo, cuando la tensión era alta, no recibimos ninguna advertencia. Seguimos abiertos", añade Giorgos. Muchos en Akrotiri prefieren no alzar la voz; para algunos, los británicos son empleadores esenciales; para otros, constituyen la única garantía de defensa de un país sin un ejército formal.
Para evitar tensiones con quienes ven las bases como un símbolo del colonialismo, la administración de las SBA mantiene un perfil bajo: pocas patrullas, a menudo con agentes locales, y oficinas judiciales discretamente ubicadas dentro de zonas militares. Pero la ausencia de banderas no hace que el territorio dependa menos de Londres.
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Matthew Stavrinides, ingeniero químico y activista pro palestino, fue uno de los primeros en dar la voz de alarma. "Era solo cuestión de tiempo. Este es el resultado de una estrategia en la que Londres y Nicosia han aceptado riesgos inaceptables para la población civil". A través de la página de Instagram "Genocide Free CY", Stavrinides y un colectivo bicomunal llevan dos años documentando vuelos de espionaje de la RAF sobre Gaza. "El Gobierno británico lo negó durante mucho tiempo, pero los datos recopilados con Declassified UK llevaron a una investigación parlamentaria en la que el ministro tuvo que admitir la actividad".
Lo que antes se limitaba a unos pocos activistas se ha convertido en una preocupación generalizada. "Cada crisis regional vuelve a poner a Akrotiri y Dhekelia en el punto de mira, pero la atención actual no tiene precedentes", afirma Ceylan Hassan, investigadora británica de origen turcochipriota, activa en el movimiento "Bases Off Cyprus".
Para ella, la cuestión es personal: su familia fue desplazada en 1974 de Episkopi por milicias de EOKA B, refugiándose en las bases antes de trasladarse al norte. "Las bases están intrínsecamente ligadas a la división de la isla", afirma. "Los antiguos colonizadores enfrentaron a las comunidades entre sí y se quedaron. Aceptar este sistema es aceptar que el colonialismo nunca terminó realmente".