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Teníamos razón respecto a Cuba

El presidente de EEUU, Barack Obama, tras anunciar la reanudación de las relaciones con Cuba.

La Guerra Fría terminó –al menos en el Atlántico– el 17 de diciembre de 2014, cuando Barack Obama, el titular de la Casa Blanca, anunció su intención de reanudar relaciones diplomáticas con La Habana y poner punto final a más de medio siglo de embargo estadounidense a Cuba. Obama puso así su primera huella en la Historia –la que se escribe con mayúscula–, terminó con un despropósito contraproducente para los mismísimos valores e intereses de su país y dio la razón a los muchos que en España, América Latina y el resto del mundo llevaban lustros pidiendo semejante cambio de rumbo.

El embargo, bloqueo o llámele como usted quiera al que Estados Unidos tenía sometido a Cuba desde hace más de medio siglo era uno de los mayores disparates de la política internacional. No es sólo que fuera cruel, injusto y condenado por la mayoría de la comunidad internacional, es que, además, era contraproducente –servía únicamente para darle argumentos al victimismo castrista– y contrario a los intereses de Estados Unidos, cuyas empresas veían cómo se les cerraba un mercado al que, en cambio, accedían otros países, España entre ellos.

En los años en los que viví en Washington (1996-2001), sostuve muchas conversaciones con periodistas, académicos y hasta miembros del departamento de Estado y de la Casa Blanca en las que mis interlocutores reconocían la naturaleza disparatada del embargo y aceptaban que sólo se mantenía por razones de política interior norteamericana.

Aunque dañara los intereses comerciales y económicos de Estados Unidos, deteriorara la credibilidad de ese país en América Latina y el mundo, asfixiara aún más a cubanos inocentes y permitiera al castrismo presentarse como víctima, ningún dirigente de Estados Unidos podía abandonar esa política sin sufrir la pérdida del apoyo político, económico y electoral del poderoso lobby cubano-americano de Florida. Ese lobby, formado por cubanos exiliados que han prosperado en Estados Unidos, muy meritoriamente en la mayoría de los casos, es el segundo en poder tras el judío, decide las elecciones en el crucial Estado de Florida y puede abrir o cerrar la puerta de la Casa Blanca.

Bill Clinton, el presidente en mis años estadounidenses, no sólo era una mujeriego, también era un tipo muy inteligente. Mis fuentes en el Departamento de Estado y la Casa Blanca me contaban que la política tradicional de su país respecto a la Cuba de Castro le parecía a Clinton tan absurda como a cualquiera con un mínimo de sentido común. Y no sólo por lo que le decía gente como García Márquez en conversaciones al calor de la chimenea de la Casa Blanca, sino también por lo que le pedían numerosas empresas norteamericanas –agrícolas, farmacéuticas, de telecomunicaciones, hoteleras, turísticas…– cuando tenían la posibilidad de hablarle francamente.

Países como México, Canadá, España, Francia y otros iban abriendo camino a sus intereses comerciales y económicos en una Cuba que, desde 1898 hasta Castro, había sido un paraíso para los negocios estadounidenses. El embargo, le decían a Clinton, estaba haciendo perder mucho dinero a grupos empresariales norteamericanos y facilitando la instalación estratégica en la isla caribeña de otros países. Algún día, remataban, el castrismo terminaría y los españoles, canadienses, italianos, franceses, mexicanos, chinos o rusos estarían instalados ya en Cuba, ocupando posiciones que, en su opinión, les correspondían de natural a los estadounidenses.

Clinton intentó terminar con este despropósito. Inició un proceso de apertura hacia la isla, pero Fidel Castro, aún al frente de Cuba, no le ayudó lo más mínimo. El derribo de unas avionetas de Hermanos al Rescate por parte de las Fuerzas Aéreas cubanas puso punto y final a sus esfuerzos aperturistas.

Los presidentes demócratas de Estados Unidos, de hecho, nunca se han sentido demasiados cómodos con la política fundamentalista respecto a Cuba heredada de los últimos tiempos del gobierno republicano de Eisenhower. El mismo J. F. Kennedy se negó a que el Ejército de Estados Unidos apoyara descaradamente la invasión de Bahía de Cochinos por parte de anticastristas cubanos organizada por la CIA. Es sabido que hay gente que piensa que Kennedy terminó siendo asesinado en Dallas precisamente por su tibieza en Bahía de Cochinos. De esto no tenemos la menor certeza, pero sí de que John F. Kennedy y su hermano Robert no pusieron demasiados obstáculos a las conjuras de la CIA y la Mafia para asesinar a Castro –Operación Mangosta, le llamaban– mediante puros explosivos o helados envenenados.

He estado unas cuantas veces en Cuba. Adoro su paisaje y su paisanaje, pero no su régimen. La revolución castrista tuvo motivaciones sanas –su oposición a la dictadura de Batista y el hecho de que Cuba fuera el lupanar de los estadounidenses-, pero no tardó en convertirse en un régimen autoritario, caudillista y patriotero. La torpe política de Estados Unidos –destinada a conseguir el voto del lobby cubano-americano de Florida– le ha ayudado enormemente en el último medio siglo.

La imagen castrista del pequeño David contra el colosal Goliat

El embargo, bloqueo o como quieran llamársele reforzaba los sentimientos patrióticos cubanos y alimentaba internacionalmente la imagen castrista del pequeño David que se enfrenta al colosal Goliat. Era un absurdo monumental contra el que se han alzado persistentemente España, la Unión Europea y la mayoría de la comunidad internacional.

Profeso admiración por los cubanos que, huyendo del castrismo, se instalaron en Florida, prosperaron social, política y económicamente y supieron mantener sus señas de identidad hispanas. El hecho de que, aún siendo menos numerosos que, por ejemplo, los mexicanos, sean el primer grupo de presión latino en Washington dice mucho de su talento y laboriosidad. Pienso, no obstante, que se han equivocado durante décadas al dejarse llevar por la pasión ideológica y sentimental exigiendo a la política estadounidense una actitud cerril, intransigente, fundamentalista respecto a la isla. Eso sólo ha dado argumentos internos y externos a su enemigo.

Obama debe de ser felicitado por haber puesto fin al absurdo. Supongo que le habrá ayudado el hecho de saber que no puede volver a presentarse a las elecciones presidenciales, que ya no necesita el voto favorable de la comunidad cubano-americana. En todo caso, su decisión es valiente e inteligente, y uno desearía que, antes de irse del número 1600 de la avenida de Pennsylvania, adoptara una actitud semejante respecto a Palestina. Así podría incluso pasar a los libros de Historia como un gran presidente. Y, quién sabe, quizá, hasta hacerse merecedor del Premio Nobel de la Paz.

Cabe imaginar que la decisión recién anunciada, fruto de negociaciones entre uno y otro lado del Estrecho de Florida, es también un signo de que Fidel ya no puede imponer su veto a la política cubana. A Fidel –ya sé que esto va a irritar a muchos de mis lectores de izquierdas– el embargo estadounidense le ha servido de coartada durante décadas para no conceder a su pueblo las libertades y los derechos democráticos que se merecen y para justificarse ante buena parte de la opinión pública internacional.

PD. En la Cumbre Iberoamericana de Salamanca de 2005, los voceras del Partido Popular y sus palmeros periodísticos intentaron montarle un escándalo a Zapatero porque allí se había aprobado una resolución contraria al bloqueo estadounidense a Cuba. Tras esa campaña estaba el entonces embajador estadounidense en Madrid, un fundamentalista republicano y cubano-americano llamado Eduardo Aguirre. El escándalo tuvo corto recorrido porque, uno tras otro, los líderes latinoamericanos presentes en Salamanca recordaron en público que esa condena al embargo no era ninguna novedad: formaba parte del acervo de las Cumbres Iberoamericanas y de la Asamblea General de Naciones Unidas. Si traigo el asunto a colación es tan sólo para recordar hasta qué punto el estúpido y supuesto proamericanismo del PP de Aznar era contrario a los intereses españoles y latinoamericanos. La política de cooperación crítica con Cuba de los gobiernos de Felipe González y Zapatero era la ajustada a los intereses, los principios y los valores de la España democrática. No podemos dejar de relacionarnos con ningún pueblo hermano ni podemos de dejar de exigir a sus dirigentes que caminen por la senda de la libertad, los derechos humanos y la justicia social.

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