Los ultras europeos ya no se muestran tan ultras sin Viktor Orbán

La caída de Viktor Orbán en Hungría provoca movimientos políticos de calado que van más allá de su país o de la lucha abierta con la Comisión Europea y con la mayoría de los socios en cuestiones como el apoyo a Ucrania, la contemporización ante Rusia o las vulneración del Estado de derecho. Uno de los caudillos de la extrema derecha europea ya no gobierna y ese vacío debe cubrirse, como si en la manada de lobos ultras los otros ejemplares buscasen ese liderazgo o, al menos, reposicionarse en nuevos roles y relaciones.

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Péter Magyar, el vencedor de Orbán, ya ha tenido su estreno en Bruselas, delante del resto de líderes de la Unión, y las consecuencias del cambio de Gobierno se hicieron notar. Los 27 aprobaron por primera vez en meses unas conclusiones de la Cumbre por unanimidad sobre Ucrania, la guerra en ese país o la condena a Rusia. También hubo consenso sobre inmigración, aunque en este caso las conclusiones fueron menos ambiciosas: una mera llamada “para continuar con el trabajo intenso” y anunciar que “el Consejo Europeo celebrará una discusión estratégica” en octubre. Aun así, la ausencia del elemento Orbán permitió que los países más duros en materia migratoria no tuviesen presión extra y llegasen a este compromiso con España o Francia.

Diplomáticos europeos y nacionales celebran en privado la llegada de Magyar a Hungría, asegurando que ahora “se percibe una mayor coordinación” sobre Ucrania o que se pueden tratar con Volodimir Zelenski “los siguientes pasos tras la apertura de bloques de negociación” para la futura adhesión de Ucrania a la UE. Algo impensable antes. Y un camino que en la reciente Cumbre ningún líder de la extrema derecha o euroescéptico quiso torpedear. Ni el eslovaco Robert Fico, ni el checo Andrej Babis, ni la italiana Giorgia Meloni.

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Sobre estos tres dirigentes con poder de mando nacional y voz y voto dentro del Consejo están puestos ahora los ojos que escrutan posibles giros de guión en las relaciones de poder, las influencias y contrapesos dentro de la UE. En ellos y en dos franceses que esperan a 2027 para asaltar El Elíseo, Marine Le Pen o su delfín, Jordan Bardella. Los cinco, desde la caída de Orbán, se mueven en las procelosas aguas de la política comunitaria.

Meloni y Le Pen surfean en las aguas europeas

“Sobre Meloni toda mi solidaridad, no sólo la he mostrado públicamente, también se la he transmitido dentro del Consejo... porque el ataque no es político ni personal, no sé como calificarlo”. Quien se expresaba así tras la Cumbre Europea en relación a las acusaciones despectivas de Donald Trump en las que afirmaba que la primera ministra italiana había intentado desesperadamente sacarse una foto con él en el G7 fue ni más ni menos que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, posiblemente el líder europeo más en las antípodas de la italiana.

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Las palabras de Sánchez no fueron timoratas aunque ambos políticos hubiesen chocado dentro del Consejo a cuenta del debate migratorio, porque la italiana reprochó al español la reciente regularización decretada por el Gobierno asegurando que “afecta a los vecinos”. Inicialmente se habló de una fuerte discusión, de un choque, pero una fuente diplomática de un tercer país y conocedora del debate interno desmintió para infoLibre tales términos. Y desde Moncloa también.

No es sólo este apoyo del líder socialdemócrata más importante en la UE. Meloni se está moviendo en todos los frentes de la política comunitaria, abandonando espacios que ocupan sus aliados tradicionales. Viene de asistir esta semana en la Riviera francesa a una cumbre bilateral de los dos gobiernos con el presidente galo Emmanuel Macron, llena de guiños cómplices, sonrisas y abrazos. Macron, antes que Meloni, ha sufrido los embates del estadounidense y con más crudeza.

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El efecto Trump, en este caso como coyuntura internacional, ayuda a estos acercamientos y de ahí se salta a otros ámbitos de encuentro. Así lo cree el eurodiputado italiano Sandro Gozi, de los liberales de Renew dirigidos por las filas de Macron. “Italia y Francia avanzan, entre ellas y en Europa, cuando construyen juntas”, destaca Gozi sobre una agenda europea conjunta en la que pide que “la cooperación franco-italiana deba volver a convertirse en un motor político de Europa”. Debemos asumir una ambición común: más acción, más soberanía, más Europa”.

Y si Meloni recibe los apoyos de socialdemócratas y liberales y ella sabe emplearlos en la esfera europea, también los obtiene ahora de la otra gran cabecilla ultra con la que llevaba tiempo enfrentada. “Él fue muy ofensivo, así que entiendo plenamente la reacción de Giorgia Meloni, que es de orgullo nacional”, aclaró Marine Le Pen en la radio francesa. “¿Es la ruptura definitiva entre las dos naciones? Desde luego no. ¿Es esto un enfrentamiento severo en la relación entre dos individuos? Desde luego sí”, reconoce la líder del Rassemblement National.

Meloni y Le Pen tomaron caminos diferentes en la escena europea en 2024 y eso las llevó al distanciamiento político y personal. Fratelli d'Italia se quedó como principal partido junto a los ultracatólicos polacos del PIS en ECR, el grupo parlamentario en la Eurocámara que rivalizaba por dirigir a la extrema derecha frente a los Patriots fundados por Le Pen, Orbán, Vox y La Lega de Matteo Salvini. El ex primer ministro húngaro lamentó que el choque entre las dos mujeres impidiese la creación de un supergrupo ultra en el Parlamento Europeo. “Estamos en manos de dos mujeres que deben llegar a un acuerdo”, suplicó entonces Orbán.

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Los ultras centroeuropeos se olvidan de Orbán

El acercamiento entre las 'jefas' de ECR y Patriots va más allá. El delfín de Le Pen –su sucesor si ella no puede presentarse a las presidenciales francesas– y líder de sus huestes en la Eurocámara, Jordan Bardella, acaba de viajar a Polonia para mantener encuentros de trabajo con los conservadores nacionalistas del PIS, la otra pata de ECR, también fuera del poder desde que Donald Tusk regresó de Bruselas para recuperar Varsovia para el PP europeo.

“Una visita que es una parada clave en una serie de viajes europeos”, dijo Bardella, en la que mantuvo una “muy provechosa” reunión con el presidente polaco para “discutir una serie de cuestiones e intercambiar opiniones sobre la actual dirección de Europa”. Rassemblement National perdió en Orbán a su principal líder centroeuropeo y ahora, reconocen, buscan aliados para “preparar la Europa del mañana”.

Hay más que se mueven en el ámbito euroescéptico. Los populares Tusk y Magyar han decidido recuperar el Grupo de Visegrado, antiguo foco de presión en los debates europeos ejercido por polacos, húngaros, checos y eslovacos. Esta alianza regional funcionó la década pasada en la UE como contrapeso al eje París-Berlín, al frente común del liberal Benelux o ante las reclamaciones en favor de la cohesión y una mayor integración procedentes del sur europeo. Pero la excesiva beligerancia de Orbán lo rompió. Ahora está de vuelta.

Los primeros ministros Robert Fico y Andrej Babis son los otros dos integrantes y ya no tienen problemas en aliarse con los conservadores tradicionales del PP europeo. Se benefician del giro más a la derecha de los populares en cuestiones migratorias, medioambientales o sobre competitividad industrial, además de que les une su impulso hacia el rearme. Sin Orbán delante, hasta el eslovaco y el checo no se muestran tan prorrusos y ni siquiera amagaron con bloquear las firmes conclusiones de la Cumbre en favor de Ucrania y contra Moscú. Incluso hablan ya de un proyecto de conexiones ferroviarias financiado conjuntamente por la Unión Europea.

En Bruselas observan estos movimientos. La conservadora Comisión Von der Leyen consiguió que Giorgia Meloni no pareciese tan peligrosa y euroescéptica cuando llegó al poder. Ahora otros peones populares intentan endulzar a los ultras centroeuropeos.

La caída de Viktor Orbán en Hungría provoca movimientos políticos de calado que van más allá de su país o de la lucha abierta con la Comisión Europea y con la mayoría de los socios en cuestiones como el apoyo a Ucrania, la contemporización ante Rusia o las vulneración del Estado de derecho. Uno de los caudillos de la extrema derecha europea ya no gobierna y ese vacío debe cubrirse, como si en la manada de lobos ultras los otros ejemplares buscasen ese liderazgo o, al menos, reposicionarse en nuevos roles y relaciones.

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