“Sin justicia ni reparación, la memoria sirve de poco”: infoLibre reflexiona sobre prensa y libertad en la Casa Casares Quiroga

Hace ya cincuenta años de la muerte de Franco. Medio siglo después, nuestra democracia parece haberse construido mediante silencios pactos, heridas aún abiertas y una memoria histórica que aún hoy sigue siendo terreno de disputa. El periodismo independiente, la cultura y las artes se han convertido en uno de los pocos bastiones que la política institucional sigue esquivando, y con demasiada frecuencia. Y hay una pregunta que recorre este cincuentenario: ¿Es nuestra democracia tan sólida como debería ser o aún arrastra las fracturas de un trauma colectivo que no se nombra?

Es en ese debate, precisamente, donde se inscribe el foro Memoria atlántica: palabra, prensa y libertad, una iniciativa de infoLibre con el apoyo del Comisionado de los 50 años de España en Libertad. Entre el público, además de los socios y socias de infoLibre, se encontraba Julio Abalde Alonso, subdelegado de Gobierno de A Coruña.

“Es necesario hacer ciudadanos libres”

La Casa Museo Casares Quiroga de A Coruña se ha convertido durante noventa minutos en un espacio de reflexión sobre la fragilidad de la democracia, el papel del periodismo y la responsabilidad de la cultura. Con el escritorio original del último presidente del Consejo de Ministros de la Segunda República como telón de fondo, Jesús Maraña, director editorial de infoLibre, abrió el acto subrayando la importancia de mantener vivos los diálogos “en tiempos de ruido, odio, insultos y desinformación” y destacó la necesidad de trasladar la memoria democrática a las nuevas generaciones sin caer en el derrotismo.

El espacio elegido para la ocasión no era casual: recorrer sus estancias, con su cronología republicana y una tercera planta dedicada a la memoria de María Casares, actriz e hija del político y del cine francés durante su exilio, es ya en sí mismo un ejercicio de reflexión acerca de la memoria.

Virginia P. Alonso, directora de infoLibre, entrevistó a continuación a Carmina Bustrán, comisionada para los 50 años de España en Libertad, que insistió en la relevancia que poseen los lugares de memoria “para aterrizar la historia a una escala local, poner nombres y apellidos, direcciones, ejemplos concretos”. Al respecto, mencionó el proceso de incoación de expedientes para declarar espacios como el Pazo de Meirás o la isla de San Simón como lugares de memoria democrática, colocando el dedo en la llaga al denunciar que este último ha albergado fiestas de Halloween o sesiones de zumba, algo muy alejado de lo que era en un pasado, nada menos que un campo de concentración franquista. “Se pueden hacer actividades desde el respeto”, matizó Bustrán, “pero siempre desde el respeto”.

La conversación también abordó el papel del periodismo independiente en un escenario de presión política y económica. Para la comisionada, la Transición fue una época de lo más ilustrativa al respecto: al albor de los nuevos aires de libertad nacieron cabeceras como Cambio 16, El País, Interviú o la recordada revista satírica El Papus, que llegó a sufrir un ataque terrorista. Esto demuestra hasta qué punto la palabra fue, y es todavía, un acto de resistencia, aunque también un blanco. “El periodismo que se atreve a tomar partido por los hechos lo tiene muy difícil”, afirmó, en una reflexión que muchos en la sala trasladaron sin dificultad al presente.

“Tenemos un trauma por resolver”

La mesa de debate, moderada por Marta Gesto, directora general de infoLibre, reunió al pedagogo y editor Manuel Bragado, al dramaturgo y director de la compañía Chévere Xesús Ron, a la escritora y profesora Susana Sánchez y a la escritora y traductora María Reimóndez. Cuatro miradas distintas sobre una misma pregunta: ¿qué queda pendiente en la relación entre memoria y democracia?

Susana Sánchez no perdió la oportunidad y aseveró con contundencia: “Tenemos un trauma por resolver”. Una frase que pronto contextualizó apoyándose en el trabajo de la psiquiatra Ana Miñarro sobre el trauma por genocidio, estableciendo un paralelismo entre las víctimas de la guerra de Bosnia y las de la represión franquista. Advirtió que sin reparación ni justicia no puede existir una ciudadanía plena. “Podemos tener súbditas y súbditos, pero no ciudadanos”, afirmó.

La palabra es poderosa en el último libro de Sánchez, Dicen. La escritora comenzó esta obra con una intención cívica, la de ofrecer a las víctimas el nombre de un represor familiar ausente de los documentos oficiales, y acabó escribiéndolo para entender a un familiar, su propia abuela. Esta mujer fue brutalmente reprimida por el franquismo y, paradójicamente, iba a misa cada domingo y votaba a la derecha más conservadora. “Esa contradicción solo puede abordarse artísticamente”, afirmó, aludiendo a la cultura como cimiento de una memoria que hace justicia.

Xesús Ron, desde la práctica teatral, añadió la dimensión de la justicia ausente. “Sin justicia ni reparación, la memoria y la democracia sirven de poco”, señaló. Precisamente, su última obra, Ictus, parte de una pregunta muy concreta: ¿cuál es la relación entre buena democracia y buena memoria?, además de preguntarse por qué el teatro gallego, a diferencia de otras artes como la literaria, ha tardado tanto en incorporar el golpe de Estado y la represión franquista como tropos para sus obras. Una ausencia que atribuye, en parte, a que el teatro en gallego, aun a día de hoy, es muy joven, truncado por el propio golpe cuando intentaba despegar durante la República. Sin embargo, el público está ávido de estas historias, que reflexionan y remueven. “Hay hambre de escuchar, hablar y establecer conversación”, afirmó.

La lengua como memoria, el silencio como herida

En este segmento de la mesa, la lengua gallega fue donde tomó el verdadero protagonismo. María Reimóndez abrió una grieta que los demás participantes no dudaron en agrandar: la lengua gallega como espacio de memoria y como una herida que permanece abierta. Desvincularse de la lengua propia es desvincularse del centro de la propia historia. “La gente descubre feminismos en otros lugares en lugar de verlos en su propia comunidad y en sus casas”, dijo, en referencia a todas las historias de resistencia femenina que se pierden cuando se pierde la conexión con el gallego.

La escritora y traductora resignificó la palabra ‘atraso’ como concepto político. Las formas de vida ligadas al territorio, las prácticas rurales, la propia lengua… todo esto se marcó como ‘retraso’ para justificar su erradicación y, sin embargo, puede ser el único modelo de futuro sostenible. “El decrecimiento forma parte de ese supuesto atraso”, concluyó.

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Manuel Bragado trajo a colación una noticia reciente ejemplificadora. Un medio conservador coruñés publicaba un artículo de su principal columnista anunciando que el gallego tiene los días contados. Bragado afirmó, anclando su frase con la reflexión sobre ‘retraso’ de Reimóndez, que “eso es una continuidad de la represión”, y reivindicó también la imagen de una Galicia industrial y resistente frente al cliché del territorio agrario y conformista que, al parecer, se proyecta. Una imagen que, según los propios participantes, no es del todo inocente, sino que puede ser, también, el resultado de décadas de silenciamiento.

“Dejamos que lo mediático marque el camino de los debates”

El foro concluyó con una pregunta: ¿dónde se sitúa hoy la mayor amenaza para la relación entre la palabra y la libertad? La respuesta fue más optimista de lo esperado. Susana Sánchez aseguró que la fractura es más “mediática que real”: en los clubes de lectura, en las aulas y espacios comunitarios, la conversación, cuyo motor es la palabra, sigue siendo posible. “Estamos deslumbradas por las redes sociales, que son un espacio imposible”, advirtió, “y dejamos que lo mediático marque el camino de los debates sociales”. Xesús Ron coincidió: sus funciones teatrales, de dos horas de duración y con la palabra como protagonista absoluta, cuelgan el cartel de completo. “La realidad diaria es que hay hambre de escuchar”.

Bragado mencionó a la lectura como la revolución pendiente, y es que sin competencia lectora no hay ciudadanía capaz de reflexionar y discernir, de resistir una agenda impuesta, de participar. María Reimóndez afirmó que la grieta más profunda sigue siendo la lingüística, porque perder la lengua es perder la conexión con la propia historia, con las propias resistencias, con la posibilidad de construir un futuro colectivo desde lo propio.

Hace ya cincuenta años de la muerte de Franco. Medio siglo después, nuestra democracia parece haberse construido mediante silencios pactos, heridas aún abiertas y una memoria histórica que aún hoy sigue siendo terreno de disputa. El periodismo independiente, la cultura y las artes se han convertido en uno de los pocos bastiones que la política institucional sigue esquivando, y con demasiada frecuencia. Y hay una pregunta que recorre este cincuentenario: ¿Es nuestra democracia tan sólida como debería ser o aún arrastra las fracturas de un trauma colectivo que no se nombra?