Quiénes apoyan todavía a Putin en el mundo

Un camión con la letra Z circula frente a un bloque de viviendas con un mural de  Putin en la localidad de Kashira, Rusia.

René Backmann (Mediapart)

La invasión de Ucrania por parte del Ejército ruso el 24 de febrero provocó una indignación y una preocupación sin precedentes en toda Europa y fuera de ella, que, a medida que la guerra se intensificaba, se transformó en un horror cotidiano.

Sin duda, debido a la proximidad geográfica y cultural, pero también a los enormes intereses económicos y geopolíticos de esta crisis, la reacción a esta agresión militar en Europa, Estados Unidos y el llamado "Occidente" tomó la forma de una condena unánime de Moscú, que fue golpeado con sanciones económicas y financieras. A esta condena le siguió rápidamente la entrega a Kiev de armas "defensivas" –no aviones de combate, sino misiles tierra-aire y antitanque– que permitieron al Ejército ucraniano, primero, salvar su capital amenazada y, después, obligar a Moscú a cambiar sus objetivos y su estrategia. Y que reveló, tras su salvajismo, la escasa capacidad de combate del Ejército ruso.

En el plano diplomático, el carácter global de la reacción a la ofensiva rusa queda atestiguado por la masiva participación de los Estados en las votaciones de las resoluciones sobre la cuestión ucraniana llevadas a cabo en Naciones Unidas. El 2 de marzo, 180 de los 193 Estados miembros de la organización participaron en la votación del texto de condena a la invasión rusa. La condena fue aprobada por 141 Estados (78% de los votantes), rechazada por cinco (Rusia, Bielorrusia, Corea del Norte, Eritrea y Siria), mientras que otros 34 se abstuvieron, entre ellos los aliados o socios habituales de Rusia (Argelia, China, Cuba, India, Irán, Vietnam), mostrando así tanto su reserva como su vergüenza.

El segundo texto, sometido a votación el 24 de marzo, después de tres semanas de combates, trataba de las consecuencias humanitarias de la guerra, la protección de los civiles, los voluntarios y los refugiados. La resolución, que atrajo la atención de 183 Estados, fue aprobada por 140, rechazada por cinco (los mismos que en la primera votación), mientras que 38 se abstuvieron.

En la tercera votación, el 7 de abril, sobre la suspensión de Rusia del Consejo de Derechos Humanos, participaron 175 Estados. La suspensión fue aprobada por 93 de ellas, 58 optaron por la abstención, pero 24 delegaciones, que se habían abstenido o no habían participado en la votación de las dos resoluciones anteriores, votaron en contra esta vez, apoyando la posición de Moscú. Entre estos 24 figuran aliados o clientes tradicionales de Rusia, como Argelia, Irán, Cuba, Etiopía, Vietnam y China.

Las cifras, en otras palabras, parecen mostrar un rechazo abrumador a la agresión rusa, una modesta proporción de países expectantes, tímidos o indecisos, y un puñado de compañeros de viaje de Moscú. Pero una mirada más atenta a las votaciones, a las posiciones adoptadas por los Estados miembros y a las iniciativas de sus sociedades civiles, proporciona lecciones que exigen un mayor análisis. Y que sugieren algunos cambios, a veces imprevistos, en el equilibrio geopolítico internacional.

Revela que en África la condena de la guerra rusa en Ucrania no es ni de lejos tan masiva como en Europa o Norteamérica. Mientras que 28 países africanos (de 54) votaron a favor de la resolución de la ONU que condenaba "la agresión de Rusia contra Ucrania", 17 se abstuvieron, ocho no participaron en la votación y uno, Eritrea, votó en contra.

El análisis de las explicaciones de voto y de los comentarios de la prensa indica que las relaciones históricas establecidas por ciertas capitales con Moscú en el momento de la descolonización, o más recientemente en torno a ciertas asociaciones militares, como en Malí o en la República Centroafricana, desempeñaron un papel clave en las posiciones adoptadas. En algunos casos, también pueden estar vinculados a antiguas tradiciones de "no alineación" o, más prosaicamente, a diversas formas de dependencia económica en relación con las entregas de cereales o armas de Moscú.

El rechazo a "Occidente", es decir, a Estados Unidos, Europa, la OTAN, las antiguas potencias coloniales y las instituciones internacionales que, vistas desde Luanda, Bamako, Maputo o Brazzaville, están a su servicio, es otra de las principales explicaciones de esta tolerancia, o incluso aprobación, de la guerra rusa en Ucrania.

Algunos casos revelan también una situación de malestar, a veces cargada de amenazas para la estabilidad de los países en cuestión, cuando se pone de manifiesto una clara contradicción entre la opinión pública, hostil a "Occidente", y las relaciones oficiales y amistosas de los regímenes con los europeos o los Estados Unidos. Senegal, actual presidente de la Unión Africana, y varios Estados del sur de África entran en esta categoría.

Acontecimientos significativos en América Latina

En América Latina, en cambio, el examen de los votos y sus comentarios indica que la región –regímenes y opinión pública– ha entrado en una fase de importante evolución política en relación con sus alianzas y compromisos históricos.

El continente de Fidel Castro y del Che Guevara se ha distanciado claramente de un país que reivindica la herencia de la Unión Soviética, el aliado de ayer que sustituyó su proclamado objetivo revolucionario por el deseo brutal de perpetuar su poder dictatorial. Un proyecto rechazado por la mayoría de las capitales latinoamericanas, que tienen alguna razón para desconfiar de los hombres providenciales y de los regímenes autoritarios.

El resultado de esta evolución puede verse claramente en las votaciones de la Asamblea General de la ONU. Ningún país del grupo latinoamericano votó en contra de la resolución de condena a Moscú. Y sólo tres de las 33 delegaciones (Cuba, El Salvador y Nicaragua) optaron por la abstención, mientras que una abrumadora mayoría (90,9%) aprobó el texto. Cuba, Nicaragua y Venezuela culparon a la OTAN del estallido de la crisis, pero la Organización de Estados Americanos, que representa a todos los Estados del continente, también condenó la guerra rusa en Ucrania.

Es cierto que el presidente argentino, Alberto Fernández, visitó Moscú a principios de febrero y le dijo a Vladímir Putin que su país era "la puerta de entrada de Rusia a América Latina", y el presidente brasileño, Jair Bolsonaro, hizo lo propio unos días después para ofrecer al presidente ruso su "solidaridad". Pero los analistas han observado que estas demostraciones de amistad de los dos líderes populistas hacia Moscú, en medio de la creciente tensión entre Rusia y Ucrania, no fueron del todo desinteresadas.

Ninguno de los jefes de Estado progresistas recientemente elegidos en América Latina ha dudado en apoyar la resolución de la ONU que condena a Rusia

Argentina, desesperada por conseguir divisas, contaba con los envíos de la vacuna rusa Sputnik para hacer frente a la pandemia. Y Bolsonaro, por detrás de su rival Lula en las encuestas a seis meses de las elecciones presidenciales, quería aparecer como el salvador de la agroindustria brasileña, partidaria de su régimen y gran usuaria de los fertilizantes fosfatados rusos, amenazados por las restricciones a la exportación relacionadas con la guerra. Pocos días después de que Fernández regresara a Buenos Aires, una encuesta mostraba que el 80% de los argentinos se oponía a la guerra rusa en Ucrania.

Como si el mapa geopolítico del continente se estuviera redibujando, ninguno de los jefes de Estado progresistas recientemente elegidos en América Latina dudó en apoyar la resolución de la ONU que condenaba a Rusia. Los diplomáticos en Washington señalaron que incluso el nuevo presidente chileno, Gabriel Boric, antiguo líder del movimiento estudiantil cuya coalición de gobierno incluye representantes del PC, condenó "la invasión de Ucrania, la violación de su soberanía y el uso ilegítimo de la fuerza por parte de Rusia".

"Un mes después de la invasión de Ucrania, ahora está claro que Putin tiene pocos amigos en América Latina, incluso entre los gobiernos de izquierda", señalaba hace unas semanas Benjamin Gedan, exresponsable de América Latina en el Consejo de Seguridad Nacional de Obama.

Tratado como paria y criminal de guerra en Europa y Norteamérica, marginado en América Latina, ¿ha conseguido el presidente ruso preservar, tras la invasión de Ucrania, la vasta red de alianzas, asociaciones y amistades construidas en Asia por la Unión Soviética y luego por Rusia, a lo largo de batallas y compromisos conjuntos? También en este punto, el examen de las votaciones en el Consejo de Seguridad proporciona una valiosa información.

Los "cuatro no" de Vietnam

De los 15 Estados asiáticos que participaron en la Conferencia de Bandung de 1955, cuando se creó el movimiento de los no alineados, 7 (entre ellos Indonesia, Tailandia y Filipinas) votaron a favor de la resolución de condena de Moscú y 6 (entre ellos China, India, Pakistán y Vietnam) optaron por la abstención. Dadas las antiguas relaciones entre Vietnam y Rusia, y el apoyo de Moscú –especialmente militar– a Hanói durante la guerra contra Estados Unidos, la abstención vietnamita, que se produce tres meses después de que ambos países celebraran el 20º aniversario de su "Asociación Estratégica", puede resultar sorprendente. 

Se explica por las excelentes relaciones entre Hanói y Ucrania, donde hasta febrero vivían más de 7.000 vietnamitas. Desde los años noventa, las empresas ucranianas se encargan de modernizar los equipos militares suministrados por la extinta Unión Soviética. Pero, sobre todo, esta abstención se debe a la histórica desconfianza de Vietnam hacia los "grandes vecinos expansionistas". Sin remontarnos a la guerra sino-vietnamita de 1979, Hanói no ve con buenos ojos las ambiciones expansionistas de China en el Mar del Este (que Pekín llama Mar de la China Meridional).

Sin duda para dejar más claro el mensaje, la diplomacia vietnamita se ha empeñado en señalar en las últimas semanas que su política de defensa nacional se basa en los "cuatro no" desde el "Libro Blanco" de 2019. Vietnam no participa en ninguna alianza militar; no se alía con ningún país en contra de otro; prohíbe a los países extranjeros establecer bases militares en su territorio o realizar actividades militares desde el mismo; y, por último, el cuarto no: se prohíbe a sí mismo el uso de la fuerza en las relaciones internacionales.

Prueba del malestar de Hanói, la prensa oficial, cuya cobertura periodística de la guerra en Siria era ayer muy prorrusa, informa ahora de los argumentos de ambos bandos. El Nhan Dân, diario oficial del Partido Comunista, multiplica los "llamamientos a ambas partes" para "el alto el fuego, el diálogo y la promoción de los valores humanos". Y el diario no oficial Tin Tuc publicó un artículo en el que denunciaba la responsabilidad de Putin en la "destrucción de las esperanzas de una resolución diplomática de la crisis". En cuanto a los blogueros que generalmente expresan en las redes sociales el punto de vista de la clase media urbana y educada, apoyan mayoritariamente, y sin que se lo impidan, a Ucrania.

La India devuelve el favor

¿Por qué entonces Vietnam no ha seguido el ejemplo de Camboya, Indonesia o Birmania (Myanmar) que han apoyado las resoluciones de la ONU hostiles a Moscú? Quizás porque Hanói está vinculado a Moscú por una larga historia común y por acuerdos en materia de defensa y energía que le impiden cortar los lazos con Rusia. Quizás también, como sugieren varias webs vietnamitas, para no perder la clientela de turistas rusos que mantienen vivas las playas de Da Nang, Nha Trang o Phu Quoc.

Es porque "los intereses nacionales priman sobre los principios" que India, al igual que sus vecinos chinos y pakistaníes, se abstuvo de votar en las Naciones Unidas sobre la agresión rusa a Ucrania, mientras que las capitales occidentales instaron a Delhi a condenar claramente a Moscú. Aunque el Ejército indio acaba de comprar 36 aviones Rafale a Dassault, dos tercios de sus 600 aviones de combate son de origen soviético o ruso, al igual que la mayoría de sus helicópteros, tanques y su único portaaviones.

Si a esto se añaden los contratos de suministro de petróleo en curso, es comprensible que el embajador ucraniano Igor Polikha expresara su "profunda insatisfacción" después de que el primer ministro indio, Narendra Modi, le comunicara que no tenía intención de condenar a Moscú y que no iría más allá de la abstención para distanciarse de Rusia.

Ardiente nacionalista, Modi no ha olvidado, al parecer, que en 1962, durante la guerra entre Pakistán y la India, la Armada soviética respondió al despliegue de una fuerza especial estadounidense en el Golfo de Bengala, dirigida por el portaaviones Enterprise en apoyo de Pakistán, enviando una fuerza naval equivalente en apoyo de la India. No es casualidad que sus asesores sacaran de los archivos este gesto del Kremlin justo cuando se preparaban las votaciones sobre Ucrania en la ONU.

Indonesia, reacia a Estados Unidos

Las entregas de petróleo y armas rusas (2.500 millones de dólares en 30 años) también fueron citadas por los asesores del presidente indonesio, Joko Widodo, como una razón por la que, aunque votó con Occidente el 2 y el 24 de marzo, no retiraría la invitación a Putin en la cumbre del G20 de Bali en noviembre.

Cuando el Ejército ruso invadió Ucrania el 24 de febrero, el presidente indonesio escandalizó incluso a algunos de sus amigos al decir, sin mencionar a Rusia ni el contexto del conflicto, que la guerra debía terminar. Y a pesar de las sanciones internacionales contra Moscú, no prohibió a la compañía petrolera nacional Pertamina comprar petróleo ruso "a buen precio". Así es como funciona nuestra política exterior", explicó uno de sus partidarios. "Cuando no estamos en el maniqueísmo, podemos encontrar espacios de paz".

Un reciente sondeo señalaba que los indonesios apoyan la democracia pero respetan a los líderes extranjeros autoritarios, como el filipino Duterte o Putin. La misma encuesta muestra que el 40% de los indonesios confía en Putin y que es difícil confiar en los países occidentales después de lo ocurrido en Irak y Afganistán. "De hecho", dice la historiadora Bonnie Triyana, que analiza dicho sondeo, "muchos indonesios no han olvidado la masacre de comunistas y sus partidarios en 1965 a manos del ejército respaldado por Estados Unidos. Y creen que ahora Rusia no lucha tanto contra Ucrania como contra la OTAN y los países occidentales".

La ambigua postura de China

Curiosamente, fue tras promover esta visión engañosa del conflicto cuando China explicó en los círculos diplomáticos su abstención en las dos primeras votaciones de la ONU y su apoyo a Moscú en la tercera. Y esto sólo unos meses después de la firma de un acuerdo de cooperación que expresa, según Xi Jinping, una "amistad ilimitada" entre ambos países. Como mayor socio comercial de Ucrania antes de la invasión rusa, Pekín, que en septiembre de 2021 denunció la alianza AUKUS entre Australia, Reino Unido y Estados Unidos, no puede pasar por alto que Moscú es un aliado decisivo en su enfrentamiento con Occidente.

Y está claramente preocupada por la inestabilidad que provocaría este conflicto si continuara, y el peligro que supondría para el crecimiento mundial, es decir, también para una economía china orientada a la exportación. Sobre todo si China, que no tiene intención de apoyar las sanciones occidentales contra Moscú, que considera que no tienen ningún efecto en la búsqueda de una solución a la crisis, se ve afectada a su vez por las represalias europeas y estadounidenses. Los ucranianos parecen, al menos en público, aceptar esta postura ambigua de China. Andriy Yermak, estrecho colaborador del presidente ucraniano Volodymyr Zelensky, elogió recientemente la "neutralidad" de China.

Apoyo inesperado en Oriente Medio

Privado de aliados declarados y decididos, a excepción de Corea del Norte, en la región Asia-Pacífico, donde Japón, Filipinas, Corea del Sur, Taiwán y Tailandia apoyan a Kiev, mientras que Australia acaba de ofrecer 20 vehículos blindados de ruedas al ejército ucraniano, Vladímir Putin ha obtenido tres inesperados y valiosos apoyos en Oriente Medio, ya que han sido desviados –¿temporalmente?– de la órbita geopolítica estadounidense.

A primera vista, un vistazo a las votaciones en la Asamblea General de las Naciones Unidas no revela su deserción del frente anti-Putin organizado por Estados Unidos y Europa. Al igual que tres cuartas partes de los Estados miembros de la ONU, Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos e Israel votaron a favor de las resoluciones de condena de la invasión rusa de Ucrania. Pero, por diferentes razones, los tres países se negaron a aplicar las sanciones internacionales contra Moscú.

Abu Dabi y Riad, que se niegan a aumentar su producción de petróleo, como pide Washington, para contener la subida de los precios del crudo y aumentar la presión sobre Moscú, están ajustando cuentas que se remontan a la instalación de Joe Biden en la Casa Blanca.

Los líderes de las dos monarquías del Golfo, que ayer se apoyaban en Washington para contener las ambiciones regionales de Teherán, han cambiado de tono, enfadados por los reproches de la administración demócrata a las violaciones de derechos cometidas por sus ejércitos en Yemen y furiosos por la voluntad del nuevo presidente estadounidense de volver al acuerdo internacional sobre energía nuclear iraní del que Trump había retirado a Estados Unidos. Ahora parecen decididos a acercarse a Moscú y Pekín para garantizar su seguridad. Y apuntan a las retiradas estadounidenses de Irak y Afganistán para explicar su cambio de rumbo.

Además, el príncipe heredero de Arabia Saudí y hombre fuerte del reino, Mohamed Ben Salman (MBS), no soporta que la CIA le acuse de estar implicado en el asesinato del periodista Jamal Khashoggi en 2018 en Estambul.

Israel tiene, de hecho, una frontera de seguridad con Rusia

Yair Lapid — Ministro de Asuntos Exteriores de Israel

Su homólogo emiratí y ejemplo a seguir, Mohamed Ben Zayed (MBZ), que pretende, en contra de los consejos de Washington, normalizar las relaciones de Abu Dabi con el régimen de Bashar al-Assad, tampoco soporta que Biden se niegue a vender a Emiratos 50 aviones de combate F35, que considera esenciales para protegerse de Irán. Y es que Washington consideró que el contrato celebrado entre Abu Dabi y el gigante chino de las telecomunicaciones Huawei para el suministro de la red 5G "compromete la seguridad de las comunicaciones y el intercambio de inteligencia". En definitiva, porque Estados Unidos teme que los chinos tengan acceso, gracias a su presencia en los Emiratos, a la última tecnología de defensa fabricada en Estados Unidos.

Por su parte, el Gobierno israelí, que debe tener en cuenta a una minoría rusoparlante que representa el 20% de la población, no quiere poner en peligro a toda costa el acuerdo de "coordinación táctica" concluido con el Ejército ruso, que permite a su fuerza aérea atacar objetivos iraníes o de Hezbolá en territorio sirio evitando alcanzar o poner en peligro al personal militar ruso o a los objetivos designados por éste como protegidos. "Israel tiene, de hecho, una frontera de seguridad con Rusia", resumió recientemente el ministro israelí de Asuntos Exteriores, Yair Lapid.

En virtud de la relación especial que los tres países mantienen con Moscú, los oligarcas rusos y sus fondos son bienvenidos en Dubai o Abu Dabi y, si son judíos, en Tel Aviv. Pero el Ejecutivo israelí, que ha instalado un hospital de campaña en Ucrania, niega a los militares ucranianos los misiles antimisiles que exigen. Esto no impide que Moscú reproche a Lapid ciertos comentarios "lamentables" sobre la guerra en curso.

Cuando lanzó su ataque a Ucrania hace dos meses, Putin reveló su extraña ignorancia sobre la escasa capacidad de combate de su Ejército, su indiferencia ante los crímenes de sus beligerantes y su inepta evaluación de la capacidad de resistencia de los ucranianos. Resulta que también provocó, sin parecer medir todas las consecuencias, un aislamiento sin precedentes de su país, que se convirtió en un estado paria.

Ha avergonzado a algunos de los más antiguos aliados de Rusia y sólo ha movilizado a un puñado de Estados canallas, regímenes clientes y tiranías a su alrededor. Que un dictador con tan poco criterio y negación de la realidad sea capaz de desencadenar un apocalipsis nuclear es espantoso.

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