Suramérica

Argentina dice adiós al Gobierno de los Kirchner

Fernández de Kirchner critica a Rato por haber hablado sobre corrupción en Argentina

El opositor Mauricio Macri, con el 97,12% de los votos escrutados, a punto estuvo de imponerse este domingo a Daniel Scioli, el candidato oficialista apoyado por Cristina Fernández de Kirchner. Scioli logró el 36,86% de los votos escrutados, frente al 34,33% de Macri. Próximo del empate técnico. Macri se coloca así en una posición privilegiada de cara a la segunda vuelta, que se celebrará el 22 de noviembre. Scioli, candidato del Frente para la Victoria, ha resultado ser más vulnerable de lo que proyectaban las encuestas. “Los sondeos han fallado. Ha ocurrido algo completamente inesperado”, ha señalado el analista político Ignacio Labaqui. “La victoria de Scioli, que reflejaban los sondeos, ahora es incierta”.

El edificio tapa las vistas. Gris, gigantesco, fantasmagórico. En los años 50, el general Juan Domingo Perón quiso convertirlo en el hospital más moderno de Argentina. Su derrocamiento, como consecuencia de un golpe de Estado, paralizó las obras. Desde entonces, el edificio es conocido como el “Elefante blanco”. Sus cimientos están podridos. No hay agua corriente ni electricidad. “Tuvimos que tapiar el acceso a las plantas, los jóvenes de la zona iban a fumar y a drogarse y a menudo se caían; nunca llegaron a ponerse las ventanas”, explica la asistente social, Graziana La Madrid. En las inmediaciones, algunas familias viven en casuchas de madera. Son los más pobres del barrio de chabolas, bautizada como Ciudad Oculta, de unos 60.000 habitantes, en el centro de Buenos Aires.

Aquí nació René Sosa, hace 39 años. Aprendió a moverse en este laberinto de tierra batida. Muy joven, cayó en el paco, una droga similar al crack, que hace estragos en Argentina. “Era un granuja, pero también tenía que robar para llevar comida a casa”, cuenta. La vida sigue siendo dura en Ciudad Oculta, pero, en su opinión, los chicos que se agolpan a las puertas de Cosechando Sueños, la ONG que dirige, tienen más oportunidades de salir que los de su generación. “Todo eso se lo debemos a los Kirchner”, dice sin rodeos. René Sosa no se refiere solo de las cajas de alimentos no perecederos que le proporciona el Gobierno para su distribución. “Ahora, tenemos medios para impartir cursos de alfabetización a adultos, de fotografía y de montaje de vídeo a los jóvenes, se puede ver su trabajo en YouTube, no está nada mal”, continúa el activista.

Los niños vienen a su encuentro al salir de la escuela. A las madres se les exige que sigan el calendario de vacunaciones y que lleven a sus hijos a la escuela a cambio de recibir las ayudas llamadas de asignación universal, establecidas por Cristina Kirchner en 2009 y que han permitido a millones de argentinos, que viven en condiciones miserables, salir a flote. El local de la ONG, situado en las proximidades de unas instalaciones deportivas de aspecto cuidado, no es la única novedad de Ciudad Oculta. El Gobierno ha puesto en marcha un programa para facilitar la llegada del Estado a los barrios más desfavorecidos, de modo que una representación del Ministerio de Justicia informa de los derechos de los habitantes y les asesora en caso de conflicto. “Se evita de este modo ir al centro para percatarse a la entrada de que te falta algún papel”, explica Graziana La Madrid, que dirige el programa en el barrio. No muy lejos de allí, un dispensario permite vacunar a los niños y hacer el seguimiento de los embarazos, a menudo precoces, del barrio. En otra callejuela, un centro cultural ofrece a los adolescentes cursos de música. “Con estas políticas se persigue facilitar el acceso a sus derechos a la población, tal y como quiere nuestra presidenta”, resume la joven.

Este acercamiento ha permitido también que la Policía, que hasta entonces tenía prohibido el acceso, instale una comisaría de proximidad en el centro de la ciudad. “Los delitos en las avenidas que rodean el barrio de chabolas ha caído un 80% y, en el interior, un 50%”, se felicita el subcomisario Humberto Rivero Cazzata. Reconoce que tejer una relación de confianza con los vecinos no ha sido un camino de rosas, hasta que sus 170 agentes han podido patrullar esta auténtica ciudad, donde hasta entonces, la presencia del Estado estaba vinculado a la represión. “Cuando comenzamos, hace dos años, apenas una quinta parte de los habitantes nos veían con buenos ojos. Ahora, diría que la proporción se ha elevado hasta llegar a los dos tercios”, concluye el oficial.

Cuando organiza talleres en el seno de su ONG, René Sosa nunca se olvida de recordar a sus beneficiario quien son los promotores de los cursos. “Con Néstor y Cristina, por vez primera, tenemos un proyecto de país que piensa en las clases más bajas; yo no hago política, pero quiero que las gentes del barrio reflexionen sobre todas estas cuestiones antes de votar”, resume. Al activista no le molesta lo más mínimo el contenido de los carteles que acaba de pegar en todo el barrio. Se informa a los residentes de que, en una semana se instalarán unidades móviles del Estado, dirigidas a permitir que las personas sin documento de identidad –privadas por tanto de acceso a los derechos sociales– efectúan con mayor facilidad los trámites administrativos. Se trata de un esfuerzo encomiable por parte de la Administración, de no ser porque en la parte inferior del cartel, se puede leer también “Scioli-Zannini”, es decir, se pide el voto para tándem aspirante a la presidencia y a la vicepresidencia, que cuentan con el apoyo de Cristina Kirchner.

Esta confusión está presente en todos estos nuevos locales que se supone representan al Estado. La sala polivalente, donde se imparten todo tipo de cursos, está decorada con grandes pancartas en las que se puede leer “La Campora”. Esta agrupación política, impulsada en 2006 por Máximo Kirchner para movilizar a los jóvenes en torno a su padre, Néstor, en el poder, cuajó rápidamente en la política argentina. Respondía a la preocupación de la pareja Kirchner, los K., como se les conoce, por apadrinar un cambio de generación en el seno del partido peronista, huyendo de sus líderes tradicionales (gobernadores, alcaldes y sindicalistas).

La Campora incrementó su peso sobre todo tras la muerte de Néstor Kirchner, víctima de un infarto a finales de 2010. Sus integrantes obtuvieron puestos claves en una administración federal que ha pasado de contar 267.000 puestos a 377.000 puestos, entre los años 2003 y 2014. Están presentes en los ministerios de índole social, en el de exteriores, en información o incluso en la compañía Aerolíneas Argentinas. La Campora, demonizada por la mayoritariamente en manos de la oposición, está rodeada de cierto oscurantismo que sus miembros alimentan con cierta cultura del secretismo y de la conspiración, más propia de los años 70. Pero su capacidad de movilización, en ocasiones, es digna de admiración. En 2013, cuando una espectacular inundación sembró la muerte y la desolación en La Plata, una ciudad grande de la provincia de Buenos Aires, miles de jóvenes de La Campora se presentaron como voluntarios para ayudar a los habitantes a limpiar y después a realizar labores de reconstrucción.

“Los Kirchner han logrado modelar un discurso de inclusión que van más allá del campo económico”

“Nuestra función es llevar la acción del Estado allí donde la burocracia impide que llegue bien para reconstruir el estado social”, resume Enrique Aurelli, que dirige la delegación de La Campora en San Telmo, un barrio bohemio de Buenos Aires donde existen bolsas de pobreza. Dueño de una tienda de ropa situada a pocos metros, este hombre, en la cuarentena, que presenta una calvicie incipiente aprovecha las jornadas lluviosas, poco propicias para las grandes ventas, para cerrar su establecimiento y enfundarse en su traje de militante. En un local con las paredes cubiertas de fotos de Cristina y Néstor Kirchner, organiza cursos de formación política y de lenguas (francés incluido): “Hacemos campaña, todos los días, llamamos a las puertas de los vecinos para tratar de ofrecerles otra visión más allá de la, caricaturesca y de derechas, que presentan los grandes medios de comunicación, sobre todo la televisión”, continúa.

La tarea no es nada sencilla porque aunque los Kirchner, después de una docena de años de gobierno, se han convertido en los ídolos de una parte de la población, la otra mitad siente un gran rechazo por ellos. Aunque la economía argentina parezca al borde del precipicio, las ayudas sociales y las políticas de reindustrialización han permitido reducir la tasa de pobreza del 57% al 25% –una caída innegable, aunque las estadísticas no sean fiables, dada la propensión de los K. para manipularlas–. Tras años de neoliberalismo, tanto el marido como su esposa han reafirmado sucesivamente la importancia del Estado. Inicialmente, haciendo frente a los acreedores de Argentina, para quien el país quedaría proscrito para siempre de la esfera financiera internacional si no reembolsaba escrupulosamente las deudas que los gobiernos precedentes habían contraído. Más tarde, nacionalizando sectores de la economía, sobre todo hidrocarburos con la compañía YPF, pero también creando el Ministerio de Cultura, relanzando la innovación con un nueva cartera dedicada a la ciencia. Los más pobres se benefician de políticas de ayudas como la asignación universal, pero también de la distribución de ordenadores portátiles a todos los niños escolarizados.

El electorado liberal se ve seducido por la adopción de leyes atrevidas, como la legalización del matrimonio homosexual y la progresión de los derechos de las personas transexuales. Sin hablar de la renovación del Tribunal Supremo, muy cuestionado en los años 90, y, por supuesto, del enfrentamiento con los militares por su responsabilidad durante los años negros de la dictadura (1976-1982). “Los Kirchner han conseguido modelar un discurso de inclusión que va más allá del ámbito económico”, resume Pablo Stefanoni, redactor jefe de la revista Nueva Sociedad. “Más allá de los pobres, hay homosexuales, transexuales y el anclaje de la Argentina en el corazón de América Latina, sin contar con la cuestión de la representación mediática”, dice. Efectivamente, Cristina lleva a cabo una lucha sin precedentes en el país contra los principales grupos de comunicación, de los que denuncia su concentración. “Esto ha derivado en una atmósfera de enfrentamiento agotadora, pero ahora, parte de la población es consciente de que lo que se veían en la televisión no era objetivo, sino que respondía a intereses económicos y políticos muy claros”, apunta Pablo Stefanoni.

La derecha también ha reaccionado, enfrentándose,  de todas las maneras posibles, a la pareja en el poder, sobre todo en la muy conservadora ciudad de Buenos Aires. Además, es el alcalde saliente de la capital, Mauricio Macri, quien lucha en nombre de la derecha contra Daniel Scioli, el candidato de la presidenta. “El sentimiento anti-K. se parece mucho al antiperonismo de los años 1950, donde había un líder adorado por el pueblo y detestado por las clases medias”, analiza Horacio Verbitsky, presidente del Centro de Estudios legales y sociales (CELS).

Este odio se ve multiplicado por la capacidad de Cristina Kirchner para ignorar a sus detractores. Mientras que miles de porteños, se concentran de forma regular, desde 2008, en las llamadas cacerolazadas, a las que la televisión da una amplia cobertura, la presidenta ha reaccionado con tranquilidad y sigue gobernando a su aire sin tomarlas en consideración; responde con discursos cuya difusión televisiva impone, tal y como autoriza la ley. De este modo, los manifestantes se han quedado, al contrario de lo que ha sucedido en el vecino Brasil, donde Dilma Rousseff multiplica los cambios de opinión, estimulando el entusiasmo de sus opositores. “Lo que permite a Cristina no desestabilizarse es que sabe que dispone de un verdadero apoyo popular”, estima Horacio Verbitsky.

No obstante, los K. también han decepcionadolos K. . Porque el peronismo y su capacidad para transformarse conforme a la coyuntura y sus relaciones de fuerza está lejos de lograr la unanimidad de la izquierda. “Los K, han tratado de salir del marco del partido peronista creando un poder transversal, pero han tenido que capitular cediendo al poder de los caciques de provincias”, recuerda Pablo Stefanoni. Los militantes verdes denuncian continuamente los sapos que tuvieron que tragarse cuando el Gobierno se alió con los productores mineros y agrícolas en contra de la preservación del medio ambiente y, sobre todo, de los glaciares en la región meridional del país.

“La cuestión de la corrupción comienza a pesar sobre todo en un contexto de crisis”

En el terreno político, se denuncian presiones para tapar los escándalos. Leandro Despouy, presidente del Tribunal de Cuentas, asegura que la única manera que tuvo para dar a conocer la magnitud de la mala gestión de los gastos públicos fue publicando el libro La Argentina auditada. “El Gobierno paga ayudas a empresas u operadores amigos, de forma totalmente discrecional y sobre todo ineficaz”, asegura. Toma como ejemplo el tren, abandonado en la época del neoliberal (pero peronista) Carlos Ménem y teóricamente recuperado tras la llegada de los K. al poder. “El Estado ha pagado más de 9.000 millones de pesos por una línea de tren a Buenos Aires y no ha habido ninguna mejora en el servicio, lo que es peor, más de 50 personas murieron en un accidente grave ocurrido en pleno centro de la ciudad”, dice. Para él, el “Gobierno se apropia de los recursos del Estado y el partido peronista se transforma en un gran distribuidor de fondos, sin ningún control”.

El periodista Hugo Alconada Mon va más allá. Especializado en investigar escándalos de corrupción para el diario conservador La Nación, asegura que los K. han alumbrado uno de los Gobierno que ha cambiado más positivamente el país, pero que también es “el más corrupto de la historia de la democracia”. Para él, la tentativa esbozada por Néstor Kirchner de restablecer una verdadera burguesía nacional e industrial contra el poder financiero ha descarrilado. “A fin de cuentas, lo que tenemos, es el capitalismo de los amigos, con un puñado de empresas que captan todos los mercados”, afirma el reportero. Subraya que el tema de la corrupción conmueve poco a los electores porque están convencidos de que es generalizada.

Por otro lado, los principales aspirantes en estos comicios son todos ricos. La presidente saliente declara un patrimonio de 64 millones de pesos (unos siete millones de dólares), un poco menos que el candidato de la derecha, Mauricio Macri, uno de los herederos de un gran grupo empresarial, que ha declarado 60 millones de pesos y dos millones de dólares (lo que hace unos 8,5 millones de dólares en total). En cuanto al delfín de Cristina, Daniel Scioli, a pesar de la discreción de la que siempre ha querido hacer gala, ha tenido que reconocer que dispone oficialmente de 13,6 millones de pesos (1,5 millones de dólares).

“La cuestión de la corrupción empieza a pesar sobre todo en un contexto de crisis económica”, concluye Hugo Alconada Mon. En el proyecto presupuestario de la presidenta saliente se prevé un crecimiento del 2,3 % para 2015 y del 3% el año siguiente, mientras que las previsiones de inflación, probablemente demasiado optimistas, son respectivamente del 15,4% y 14,5%. La crisis que golpea violentamente a Brasil y la ralentización en China complican la situación, en un contexto de aumento del déficit público. La cuestión del tipo de cambio, no convertible, también está en el centro de las preocupaciones. Oficialmente, hacen falta 9,5 pesos para obtener un dólar. En realidad, el dólar azul que designa la tasa a la que se negocia en el mercado negro alcanza los 16 pesos. Los candidatos coinciden en la necesidad de devaluar la divisa nacional, de una forma brutal por parte de Macri, y más moderada por parte de Scioli.

Como en Brasil a finales de 2014, los argentinos aspiran a un cambio tras 12 años de gobiernos K., pero como en Brasil, parecen, en su mayoría, no estar dispuestos a perderlo todo. Sobre todo en el terreno de la inclusión social. Los años que Mauricio Macri ha dirigido Buenos Aires apenas si ha mostrado interés por las clases más desfavorecidas. En su conjunto, la campaña ha suscitado poco entusiasmo, tampoco en las filas kirchneristas: los argentinos tienen en cierto modo la sensación de adentrarse hacia lo desconocido. Su candidato, Daniel Scioli, actual gobernador de la provincia de Buenos Aires, durante mucho tiempo no era alguien muy cercano a Cristina, hasta que se dio cuenta de que no podría ser candidato sin su bendición.

La presidenta es la que ha elaborado todas las listas de aspirantes, tanto a la Asamblea Nacional como para los puestos en las provincias, pese a que ella no concurría. En caso de que Scioli resulte elegido, se plantea la duda de la capacidad de gobernar sin ella, incluso la de apartarse de sus compromisos, mientras su personalidad es totalmente antagónica a la de la presidenta. En contraposición, Scioli destaca por su capacidad para reponerse tras haber sufrido una tragedia personal. Vicecampeón del mundo en una competición de barcos de motor en 1986, perdió su brazo derecho tres años más tarde en una carrera en el río Paraná. Las palabras clave de sus discursos no son ni revancha ni revolución, sino “fe” y “esperanza”, una República sin conflicto.

Para esperar a ponerla en marcha, tendrá que hacer frente al candidato de la oposición Mauricio Macri en una inesperada segunda vuelta de las presidenciales el 22 de noviembre. “Lo que ha ocurrido hoy va a cambiar la política en este país”, quería creer el alcalde de Buenos Aires, en un discurso pronunciado para sus simpatizantes tras la primera vuelta electoral.

Traducción: Mariola Moreno

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