“Esto tiene que acabar.” Tres días después de que el Departamento de Justicia de Estados Unidos publicara tres millones de documentos, Donald Trump volvió a intentar cerrar lo antes posible el caso Epstein ante la avalancha de preguntas de los periodistas. Pero, a pesar de su voluntad, esto no va a acabar. Se está extendiendo una onda expansiva mundial a medida que aparecen nombres, hechos, conversaciones y estructuras en esa gigantesca masa de documentos.
En una semana, los daños ya eran considerables. Al menos en Europa. Tras el descubrimiento de sus vínculos comerciales con el poco recomendable financiero, revelados por Mediapart, Jack Lang presentó su dimisión del Instituto del Mundo Árabe. En Gran Bretaña no deja de extenderse el escándalo Mandelson, obligado a dimitir de su cargo de embajador en Estados Unidos en septiembre tras revelarse su estrecha relación con Jeffrey Epstein. La dimisión del jefe de gabinete del primer ministro británico, Keir Starmer, el 8 de febrero, no es más que el último intento del Gobierno laborista por sobrevivir.
En Noruega, más allá del descubrimiento de los vínculos familiares que mantenía la princesa Mette-Marit, el descubrimiento de que personalidades de primer orden formaban parte del círculo íntimo del depredador sexual está conmocionando a todo el país. El ex primer ministro laborista Thorbjørn Jagland, que también fue miembro del comité del Nobel y secretario general del Consejo de Europa, está directamente implicado, al igual que el diplomático Terje Roed-Larsen, uno de los artífices de la paz de Oslo, o el político Børge Brende, presidente del Foro de Davos desde 2017. Los organizadores del Foro Económico Mundial anunciaron el 5 de febrero que abrirían una investigación para determinar los vínculos de este último con Jeffrey Epstein.
El Wall Street Journal, periódico de referencia del mundo financiero, no se equivoca sobre los peligros del momento. “Para aquellos que se encuentran fuera del restringido círculo de los poderosos —los millennials antiboomer, la generación Z, los mal pagados y las personas agraviadas—, las revelaciones sobre Epstein confirman una sórdida historia que sospechaban desde hacía tiempo. Ahí están, los ricos y poderosos, algunos expresando sus simpatías por un criminal de su círculo, a menudo para proteger a los suyos”, escribe Pamela Paul, una de las columnistas del periódico, el 6 de febrero.
En pocos días, el caso Epstein ha cambiado de dimensión. Ya no es solo un gran escándalo de pederastia, agresiones y abusos sexuales en el que están implicados multimillonarios, miembros de la realeza y personas poderosas. La revelación de millones de documentos, conversaciones privadas, correos electrónicos, fotos y vídeos que afectan a prácticamente todo este mundo globalizado, en el que se mezclan financieros, políticos, gerifaltes de lo digital, antiguas familias del establishment, académicos, asesores de todo tipo, estrellas y figuras mediáticas, ha tenido un efecto devastador. Expone el horroroso y escalofriante espejo de una clase dirigente globalizada que ha perdido todo límite, toda moral, dominada por la depredación, la corrupción, el compromiso y la impunidad.
La nueva aristocracia
Es imposible disociar a Jeffrey Epstein del entorno en el que se movía. Es el producto de los excesos de esta casta desligada de la realidad que prospera desde el auge del capitalismo financiero. Durante años, él fue uno de los suyos, sabiendo captar y manipular grandes fortunas, financieros y herederos, para sacar provecho de ellos o chantajearlos.
El offshore es su mundo. “¿Por dónde andas?”, no deja de preguntar Jeffrey Epstein a cada uno de sus interlocutores. De Nueva York a Beirut, pasando por Londres, París, Berlín u Oslo, sin olvidar las islas paradisíacas, se desplazan de un punto a otro, sin tener ningún puerto de amarre. Ahora se han separado, como documenta el historiador canadiense Quinn Slobodian en su ensayo El capitalismo del apocalipsis (Seuil, 2025).
Todos sueñan con ser la nueva aristocracia mundial, y el hecho de codearse con coronas y familias reales —algo que Epstein integró perfectamente en su sistema— les reafirma en el estatus al que aspiran. Porque no podrían relacionarse con gente que no es nada. Para ellos, además, no existen. Son invisibles, al igual que las cientos de víctimas de Epstein.
Los correos electrónicos publicados están repletos de anécdotas en las que se prestan, se intercambian y se solicitan suntuosas casas, aviones y yates privados. Al comprar Little Saint James, su isla privada, Jeffrey Epstein utiliza todos los resortes de esta casta que exige un trato especial y privilegios. La convierte en su lugar de desenfreno, en el que se forjan pactos de corrupción, y en una de sus bases capitalistas, ya que allí la fiscalidad y la regulación son prácticamente inexistentes. Ante el comité de la isla encargado de darle la autorización para registrar sus fondos y sus sociedades, Jeffrey Epstein explica que es “el médico financiero de los ricos”, según informa una extensa investigación del New York Times.
Todos comparten la misma obsesión: enriquecerse lo antes posible, evadir impuestos por todos los medios, no tener ningún vínculo con la colectividad, con el público y no rendir cuentas a ninguna institución estatal.
La evasión fiscal, motor de su enriquecimiento
Desde los “Papeles de Panamá” hasta los “Offshore Leaks!”, pasando por los “Paradise Papers”, numerosas investigaciones periodísticas a nivel mundial han puesto al descubierto el sistema globalizado de evasión fiscal basado en montajes opacos y fraudes para permitir a los más ricos eludir el pago de impuestos. Los trusts, que permiten ocultar a los beneficiarios reales de las fortunas acumuladas, son la piedra angular de este sistema. Los fondos montados como muñecas rusas para acabar en paraísos fiscales cada vez más oscuros constituyen los mecanismos indispensables.
Los “Archivos Epstein” aportan información adicional. Muestran día a día el funcionamiento de esta gran maquinaria de evasión fiscal desarrollada para los ricos, en la que se dan cita gestores, banqueros, abogados y grandes fortunas. A pesar de que los honorarios superan en ocasiones los 8.500 dólares por hora, los clientes prefieren pagar fortunas —el total puede superar en ocasiones lo que les exige Hacienda— a estos intermediarios privados antes que pagar los impuestos que deben. Así, Ariane de Rothschild, directora de la sociedad Edmond de Rothschild, aceptó, además de las comisiones pagadas a otros asesores, pagar 25 millones de dólares a Jeffrey Epstein para evitar las sanciones de las autoridades fiscales estadounidenses.
Jeffrey Epstein conocía bien esos mecanismos. Los aprendió en Bear Stearns, un prestigioso banco de inversión neoyorquino arrastrado por la crisis financiera de 2008. Comenzó a trabajar allí en 1976, tras convencer a uno de los padres de los alumnos de la Dalton School, un centro educativo de la élite neoyorquina, donde era profesor de matemáticas —tras mentir sobre sus títulos—, para que le ayudara a conseguir un puesto de trabajo. A los 23 años, descubrió todos los entresijos del mundo financiero.
El neoliberalismo daba sus primeros pasos en el mundo occidental y el mundo de las finanzas se sentía con alas. Quería acabar con los viejos esquemas impuestos por las regulaciones bancarias y financieras, sacudir a instituciones bancarias como Bank of America o Citibank. Greed is good (la codicia es buena) es ahora el lema de Wall Street y del mundo financiero estadounidense. Todo vale.
Primeros fraudes, primera impunidad
Jeffrey Epstein no necesita que le animen. Entiende rápidamente los montajes y los esquemas de optimización fiscal. Pero entiende aún más rápidamente los medios para hacerse un nombre, un lugar en ese mundo de grandes fortunas, donde todavía se habla solo en millones, que tiene la misión de atraer hacia Bear Stearns. Además de su inclinación por querer destacar, establece el sistema para construir una red cada vez más amplia.
Incluso antes de reclutar a Ghislaine Maxwell, comienza a fijarse en las hijas de grandes empresarios o financieros, jóvenes influyentes que le presentan a sus amigos y conocidos y le llevan a fiestas privadas. Y cuando no está acompañado por esas personas influyentes, nunca deja de ir acompañado de modelos. Hoy en día, muchos de los hombres entrevistados dicen no recordar a esas jóvenes con las que posaron en fotos en fiestas privadas. Pero en aquella época eso impresionaba, como reconocería más tarde Leon Black, cofundador del fondo Apollo, con el que entablaría una relación muy estrecha (véase más abajo).
A los 27 años, Jeffrey Epstein fue nombrado socio. Era el socio más joven de la historia del banco. Ya ganaba 200.000 dólares al año, una fortuna en aquella época. La revista Cosmopolitan le otorgó el título de “soltero del mes”, describiéndolo como una “dinamo” que “solo habla con gente que gana más de un millón al año”.
Pero su ascenso se ve truncado. Epstein es sospechoso de fraude y manipulación en algunas operaciones que ha llevado a cabo. Pero la dirección de Bear Stearns no dice nada, no presenta ninguna denuncia y decide encubrirlo ante los investigadores de la SEC (Securities and Exchange Commission). La justicia normal no puede entrometerse en los asuntos de los poderosos. En 2025, uno de los exresponsables del banco confesará su pesar por no haberlo parado en ese momento. Demasiado tarde.
Epstein ya había entendido los mecanismos de impunidad que funcionan en estos círculos: hay que cubrirse, protegerse. Abandona el banco discretamente. Pero sigue manteniendo relaciones con algunos miembros, que no dejarán de reforzarse a medida que desarrolla su red de negocios.
El trampolín de Victoria's Secret
Porque el controvertido financiero no tardará en recuperarse. Junto con un abogado, John Pottinger, funda un bufete en Nueva York. Su objetivo: ofrecer estrategias y planes de evasión fiscal a clientes adinerados. Ha llegado a su fin la época de las cuentas numeradas en Suiza, o incluso de las sociedades registradas en las Bahamas o en Delaware. Está surgiendo una nueva forma de financiación que quiere emanciparse de los circuitos clásicos.
Empiezan a aparecer los fondos de inversión, los hedge funds y las family offices. Considerándose a sí mismos como una especie de clubes, convocan a amigos y conocidos adinerados para constituir rondas de presentaciones para llevar a cabo operaciones financieras independientes y repartirse los beneficios en su momento. Les interesa todo lo que se pueda financiar: inmuebles, empresas, operaciones comerciales. Todo, siempre que genere grandes beneficios y eluda al fisco.
En este nuevo mundo financiero, Epstein se hace rápidamente un sitio. Encuentra clientes para participar en algunas de sus operaciones —algunas de las cuales resultarán posteriormente fraudulentas— y actúa como intermediario para los fondos que buscan clientes acaudalados dispuestos a invertir.
Pero su mayor logro a finales de los años 80 fue cuando consiguió imponerse como gestor de la fortuna de Leslie Wexner, fundador de Victoria's Secret. Los desfiles de esta casa de lencería femenina eran entonces eventos a los que acudían grandes fortunas, artistas y otras celebridades. Estos desfiles también le permitían atraer clientes y ofrecerles modelos como presas, lo que más tarde daba lugar a chantajes, intimidaciones y garantizaba la omertá.
Más tarde, Wexner lamentaría amargamente haber confiado en él. Nunca reveló cuánto perdió cuando su fortuna estuvo gestionada por el financiero corrupto. En 2008, Epstein aceptó pagar 100 millones de dólares a la fundación Wexner, que le acusaba de robo.
En los círculos de los happy few
Mientras tanto, Epstein continúa su ascenso hacia las cimas de la élite neoyorquina. En 1988, ya es multimillonario y posee varios inmuebles, entre ellos una casa en Florida justo al lado de la de Donald Trump. Los dos hombres se veían asiduamente. Tenían los mismos conocidos, los mismos gustos, los mismos lugares de depravación.
Cada vez más introducido en el mundo financiero. Más que los grandes bancos, lo que le interesaba eran los fondos de inversión, los gestores de activos, los representantes de las family offices y los abogados mercantiles. Un mundo que no conoce las barreras de la regulación. Se convirtió en miembro del consejo de la Academia de las Artes de Nueva York, lo que le permitió ampliar aún más su red de contactos. Se le veía en todas partes, en inauguraciones, galas benéficas, fiestas mundanas, conversando con los poderosos, presentándoles unos a otros.
Su asociación con Ghislaine Maxwell, en 1992, ampliará aún más su esfera de influencia. Ella le da acceso a nuevos lugares de poder, a nuevas personalidades, a las que prodigaba consejos y “buenos planes de inversión” financieros, inmobiliarios o artísticos, a cambio de comisiones, por supuesto. Empieza a tratar con el mundo político, conoce a varios senadores. En 1995, era lo suficientemente conocido como para dejar mensajes directamente en la oficina de Bill Clinton, en la Casa Blanca. Un trofeo que no dejará de exhibir durante años (ver último apartado).
Ya en aquella época circulaban muchos rumores sobre Jeffrey Epstein, pero todo el mundo guardaba silencio. En el mundo financiero, tiene fama de ser un hombre “brutal, duro en los negocios, belicoso”, como testifica ante un tribunal el exdirector financiero del fondo Zwirn, en quiebra. Epstein, socio de este fondo, exigió en 2006 el reembolso inmediato de 50 millones de dólares en detrimento de todos los demás inversores, lo que precipitó el colapso del fondo. “Dan [su superior, ndr] pensaba que Jeffrey quería que nos postráramos ante él”, dice ante el juez.
Más tarde, el personal de Epstein presentará una denuncia contra él por acoso moral, como le recuerda en un correo electrónico de 2018 la abogada Kathryn Ruemmler, exasesora de Obama y luego abogada en Goldman Sachs, que se había convertido en una persona muy cercana al financiero. Este la designó como una de sus albaceas testamentarias: a su muerte, la fortuna de Epstein se estimará en más de 500 millones de dólares, pero no se ha llevado a cabo ninguna investigación oficial al respecto. Informada de esta cercanía, la dirección de Goldman Sachs decidió ocultar esa información hasta la publicación de los documentos judiciales.
La edad de oro de las finanzas en la sombra
Es solo una coincidencia del calendario: en 2008, Jeffrey Epstein, condenado por agresiones sexuales a menores, cumple sus trece meses de prisión en Florida y en 2008, Wall Street se hunde tras la explosión de las hipotecas subprime. La crisis financiera amenazaba todo el sistema financiero internacional.
Tras esta condena, Epstein nunca debería haber vuelto a aparecer en las esferas financieras y dirigentes. Tras esta crisis, el sistema capitalista debería haber salido profundamente reformado. Pero ambos salieron más reforzados que nunca al final de este periodo.
La intervención masiva de los bancos centrales y las políticas monetarias acomodaticias en todo el mundo permitieron salvar el sistema: el mundo financiero captó el 90 % de las facilidades monetarias concedidas por los bancos centrales, lo que agravó las desigualdades. Más tarde, Epstein seguirá alabando las virtudes del dinero mágico. “Un tipo cero sigue siendo demasiado alto”, escribe en 2018 a Peter Mandelson.
El financiero apoya aún más esta política de las finanzas en la sombra, la de los hedge funds, los fondos de inversión y el capital riesgo, ya que sale ampliamente ganando en este momento. Bajo la presión pública, las actividades bancarias se han regulado un poco y se han sometido a control. Se les prohíben muchas prácticas, en particular el comercio financiero por cuenta propia. Para eludir estas regulaciones, los bancos recurren masivamente a toda esta financiación paralela no controlada y le aportan montañas de capital. Nunca antes esta financiación en la sombra había vivido una época tan dorada. Y estas finanzas son las que Epstein lleva años manejando, cuyos entresijos y numerosos actores conoce a la perfección.
Muchos conocen los delitos sexuales de Jeffrey Epstein, pero se está imponiendo la ley del silencio. Se está haciendo todo lo posible para que se olvide la condena de Epstein, inscrita en el registro de delincuentes sexuales. Algunos velan por ello.
En 2011, Leon Black, cofundador del poderoso fondo de inversión Apollo, le rehabilita. Decide nombrarlo asesor para que le ayude a gestionar parte de su fortuna personal. Su ámbito de actuación no tenía límites: podía asesorarle tanto en montajes fiscales como en inversiones inmobiliarias o financieras, o en la compra de obras de arte. Su primera remuneración fue de 23 millones de dólares en 2012.
Pero la cifra aumentará considerablemente. En disputa con Leon Black por su remuneración, Epstein le envía todo enfadado un correo electrónico en 2015: “No trabajaré ni un día más para tus negocios sin recibir las comisiones que se me deben desde hace tiempo. […] Exijo los 40 millones habituales cada año”, escribe, cuando ya ha percibido más de 150 millones de dólares desde el inicio de su asociación con Apollo. Esas exigencias parecen desconcertantes, excepto para el presidente de Apollo y todos aquellos que se mueven en un mundo financiero donde la unidad de cuenta es el centenar de millones, o incluso los mil millones. Así que Leon Black paga. En total, Epstein recibió más de 170 millones de dólares de Apollo.
El litigio no dejará rastro. Leon Black mantiene un contacto constante con Jeffrey Epstein. Es a él a quien recurre en primer lugar cuando, a su vez, es acusado de violación y agresión sexual. Su nombre es citado varias veces por las víctimas y aparece en numerosas fotos. Tras intentar negarlo, Leon Black se ve finalmente obligado a dimitir de la presidencia de Apollo en 2021.
Tras Leon Black vienen otros, a pesar de las nuevas revelaciones sobre las actividades sexuales de Jeffrey Epstein y de las primeras acusaciones contra el príncipe Andrés. En 2012, le toca el turno a la Fundación Rockefeller, que le pide que se incorpore a su consejo de administración y supervise sus acciones.
En la mitología del capitalismo, el nombre de Rockefeller, al igual que el de Rothschild, es la llave maestra que abre todas las puertas. Según los círculos financieros, este reconocimiento permite a Epstein establecer vínculos con JPMorgan, que hasta entonces se había mantenido al margen.
Es en esta época cuando Howard Lutnick, entonces presidente y principal accionista del poderoso fondo Cantor Fitzgerald, se desplaza a Little Saint James para almorzar con unos amigos. Sin embargo, el secretario de Comercio estadounidense había jurado que había cortado todos los lazos con el financiero desde 2005. El 9 de febrero reconoció haber mentido.
Epstein se había convertido en una especie de torre de control, un centro de enlace de una parte del capitalismo financiero, participando en montajes y negociando préstamos para unos y otros. Estaba al corriente de múltiples operaciones y recibía numerosos documentos confidenciales antes del lanzamiento de una OPA, de recompras de acciones u otras operaciones. En numerosos correos electrónicos aflora la sospecha de delito de uso de información privilegiada. Pero eso parece ser la última preocupación de los participantes.
Entre algunos de ellos, las conversaciones son a veces diarias. Se intercambian información, se cuentan los encuentros con personajes considerados importantes, se cotillea. “¿Cómo va esa vida afortunada y disoluta?”, le pregunta el 27 de octubre de 2017 Larry Summers, exsecretario del Tesoro con Bill Clinton y presidente de Harvard en la década de 2000. “Cuando nos veamos, intentaré fascinarte con historias locas sobre Washington”, le responde Epstein. Larry Summers se vio obligado a dimitir de todos sus cargos en noviembre de 2025 tras la publicación de sus relaciones con el delincuente.
“Si no apareces en los documentos de Epstein, es que eres un perdedor”, confesaba hace unos días Victoria Hervey, exnovia de Andrew Mountbatten. Su brutal análisis resume quizás el estado de ánimo de su mundo actual.
El surgimiento del capitalismo autoritario
Hasta entonces, se habían mantenido al margen de Wall Street: ese viejo mundo definitivamente no era el suyo. Pero a principios de la década de 2010, cambiaron de opinión. Fue entonces cuando los nombres de Bill Gates, Elon Musk y Richard Branson aparecieron en los documentos incautados por la justicia estadounidense. Sus relaciones son cada vez más comprometedoras (ver aquí o aquí). Se establecen pactos de corrupción y Epstein no dejará de recordárselo cuando lo considera necesario.
En este afán de dominación mundial que comienza a apoderarse de los líderes digitales, surge una figura, además de la de Bill Gates: Peter Thiel, fundador de Palantir. Es en esa época cuando Thiel irrumpe en el entorno del financiero y se convierte en su protegido. Epstein no pierde ocasión de alabar sus méritos e incitar a sus conocidos y amigos a invertir en esta empresa con tanto futuro. Peter Thiel comienza a ser invitado a foros y coloquios para exponer sus opiniones.
El financiero no dice si comparte las opiniones racistas y reaccionarias de Thiel, pero empieza a adoptar ciertas tesis libertarias, como la de las monedas que escapan a todo control estatal, uno de los bastiones que debe conquistar el movimiento libertario para instaurar un capitalismo sin trabas. En su último año, Esptein se presenta como “experto en el mundo financiero y las criptomonedas”.
Davos, la ONU de la élite mundial
Jeffrey Epstein odiaba Davos. “Un agujero”, “un lugar carísimo”, donde se pierde “mucho tiempo”. Pero al mismo tiempo, para este hombre que solo sueña con ampliar cada vez más su red, ¿cómo mantenerse al margen de esa reunión anual en la que se da cita todo el poder político y económico del mundo, donde se conoce a “mucha gente fascinante” con la que no sería posible contactar de otra manera?
Así que Epstein acude a ella. Para amenizar la estancia, en 2013 le propone a Bill Gates, cofundador de Microsoft, alquilar juntos un chalet. Parece ser que el proyecto no se realizó.
En sus conversaciones habituales con los noruegos Terje Roed-Larsen, uno de los artífices de la paz de Oslo, y Børge Brende, presidente del foro de Davos, se preguntan juntos cómo hacer evolucionar esa cumbre. Poco a poco, se va imponiendo la idea de que las Naciones Unidas ya no sirven para nada, que el derecho internacional es un obstáculo. Davos podría sustituirlo y convertirse en el lugar donde la élite mundial dicta su ley.
Esta idea se materializó por primera vez en enero de 2026. Donald Trump inauguró allí su "Consejo de Paz". El presidente estadounidense es su presidente vitalicio y elige a los miembros que pueden formar parte de él y apoyar sus designios imperialistas. La entrada para los participantes cuesta 1.000 millones de dólares. Es el club más caro del mundo.
También fue durante este periodo cuando Steve Bannon, partidario e inspirador del movimiento Maga (Make America Great Again), muy cercano a Donald Trump, irrumpió en el panorama financiero. Cuando Bannon le expuso en 2018 su deseo de difundir su ideología conservadora en Europa, Epstein le respondió: “Si quieres intentarlo, tendrás que dedicarle tiempo. Europa a distancia no funciona”, antes de ofrecerle su agenda de contactos.
Al mismo tiempo, Epstein amplía sus horizontes. Aprovechando un viaje de Leon Black, le acompaña a Rusia. Luego volvería allí en varias ocasiones. Entabla relaciones con varios oligarcas rusos, entre ellos Oleg Deripaka, el rey ruso del aluminio. También se acerca a personas influyentes cercanas a Vladimir Putin, como revela la investigación de Le Monde.
Sin que nadie se diera cuenta, todos los fundamentos del capitalismo autoritario y antidemocrático que defiende hoy Donald Trump aparecen en los documentos de Epstein y comienzan a ponerse en marcha.
Mientras se intensifican los ataques políticos contra Donald Trump durante su primer mandato, Epstein multiplica los intercambios con sus corresponsales sobre el tema. Después de calificarlo de “estafador” en un intercambio con Kathryn Ruemmler en 2016, le da esta advertencia en diciembre de 2018: “Quizás deberías decirles a tus amigos demócratas que tratar a Trump como un padrino de la mafia es ignorar que tiene un poder extremadamente peligroso.”
En un intercambio de emails con Peter Mandelson el 12 de marzo de 2018, Epstein fue aún más específico. Se jactaba del poder que tenía sobre el presidente estadounidense: “Soy el único que puede hacerle caer” (I am the one able to take him down).
Clinton, Mandelson: ejemplos de colusión política
Decenas de fotos y documentos lo atestiguan. Bill Clinton es un fichaje de lujo para Jeffrey Epstein. Nunca deja de mencionar su nombre cuando siente la necesidad de hacer alarde de su poder de influencia y de dar a conocer listas de nombres. El 42º presidente de los Estados Unidos, en el cargo entre 1993 y 2001, es mimado por el mundo financiero: es el presidente que hizo causa común con Wall Street.
Mucho más que con la Administración Reagan, es durante sus mandatos cuando se lanza el gran movimiento de desregulación financiera. Así, hizo derogar la Ley Glass-Steagall, que establecía una estricta regulación del mundo bancario. Continuó con la liberalización de los mercados financieros y suspendió los controles antimonopolio. Convencido por los argumentos de las esferas financieras, hizo suyas sus reivindicaciones de seguir bajando los impuestos y, sobre todo, de no gravar a los ricos. Preceptos que siguen vigentes en el partido demócrata.
A cambio, el mundo financiero se mostró generoso para asegurar el futuro de Bill Clinton. Epstein participó activamente en ello: se convirtió en un importante donante de la Fundación Clinton y reclutó a muchos amigos y conocidos para que participaran en ella.
Y luego están los extras, los aviones privados, las estancias gratuitas, las fiestas de élite en las que Bill Clinton es el invitado estrella. El expresidente ha jurado oficialmente que nunca había ido más allá, que nunca había participado en las orgías organizadas por el financiero corrupto.
Hay otro político que es objeto de toda la atención de Epstein: Peter Mandelson. Apodado “el príncipe de las sombras”, es quien, detrás de Tony Blair —primer ministro británico entre 1997 y 2007—, conceptualizó el New Labour. Para él también, el Partido Laborista debe acabar con la idea obsoleta de la lucha de clases y abrazar el capitalismo moderno, velando sobre todo por no obstaculizar las fuerzas creativas del capital.
A mediados de la década de 2000, Epstein se acercó a este influyente hombre. En 2010, Peter Mandelson, entonces ministro de Economía, se felicitó por haber frustrado el proyecto de gravar las rentas más altas. Posteriormente, informó a Epstein de que la Unión Europea iba a dedicar 500.000 millones a salvar la zona euro. Esa información, facilitada cinco horas antes del comunicado oficial, vale miles de millones. Se trata del mayor delito de uso de información privilegiada jamás conocido.
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Pero espera obtener algo a cambio. Tras la derrota electoral del Partido Laborista en diciembre de 2010, busca recolocarse en el mundo financiero, concretamente en JPMorgan. Y cuenta con la ayuda de su amigo Epstein. “En esta etapa de mi vida postministerial, estoy en plena formación. Pero aprendo rápido. Mi objetivo es adquirir los conocimientos y contactos suficientes a tiempo para participar en operaciones reales. No quiero vivir solo de mi sueldo”, le escribe.
Traducción de Miguel López
“Esto tiene que acabar.” Tres días después de que el Departamento de Justicia de Estados Unidos publicara tres millones de documentos, Donald Trump volvió a intentar cerrar lo antes posible el caso Epstein ante la avalancha de preguntas de los periodistas. Pero, a pesar de su voluntad, esto no va a acabar. Se está extendiendo una onda expansiva mundial a medida que aparecen nombres, hechos, conversaciones y estructuras en esa gigantesca masa de documentos.