Desde el inicio de la guerra contra Irán, todas las miradas se han centrado en los precios del petróleo. Pero los verdaderos peligros energéticos y económicos parecen estar en otra parte: en el mercado mundial del gas.
Pocos responsables políticos, especialmente en Europa, le han prestado atención. A principios de semana, Catar, que ha visto cómo Irán destruía parte de sus infraestructuras de gas, invocó la cláusula de “fuerza mayor” para suspender parte de sus contratos de suministro de gas a largo plazo, en particular con China, Japón, Corea del Sur, Bélgica e Italia. Por su parte, el régimen iraní, cuyas infraestructuras gasísticas también han sido destruidas en parte por los ataques israelíes, ha suspendido sus exportaciones a Turquía.
La retirada parcial de la producción de gas natural licuado (GNL) procedente de Catar ha provocado nuevas tensiones en un mercado ya sobrecalentado. Desde el inicio del conflicto, los precios del gas han subido más rápido y más alto que los del petróleo. En menos de cuatro semanas, los precios del gas en Asia se han disparado casi un 150 %, y más de un 70 % en Europa. En Róterdam, mercado de referencia para el gas en Europa, el precio de los contratos de gas ha pasado de 31 a 55 euros por megavatio-hora (MWh).
Los analistas temen que esta subida vertiginosa de los precios se prolongue e incluso se intensifique: “Podría producirse una escasez de gas a partir de mediados de abril”, advierten algunos analistas de los mercados energéticos. Y es que la demanda de gas está en constante crecimiento: se ha más que duplicado en las dos últimas décadas. Muchos países han sustituido sus centrales de carbón por centrales de gas, mucho menos contaminantes, para producir su electricidad. Y, a diferencia del petróleo, no existen reservas estratégicas de gas que permitan aliviar las tensiones en los mercados.
En este contexto, la interrupción de parte de la producción de gas de Catar, que suministra el 17 % del gas natural licuado del mundo, supone un trastorno de gran envergadura. Sobre todo porque se prevé que sea duradero. Aunque el conflicto con Irán terminara mañana mismo, aunque se restableciera por completo el tráfico en el estrecho de Ormuz, el desequilibrio entre la oferta y la demanda de GNL podría prolongarse durante años.
Qatar Energy, la empresa nacional de gas, ha anunciado que serán necesarios entre “tres y cinco años” para reparar y modernizar las complejas instalaciones de producción que han sido destruidas por Irán. El grupo también ha pospuesto todos sus proyectos de expansión de la producción que debían entrar en servicio de aquí a finales de año.
Pero, a diferencia del petróleo, las posibilidades de sustitución son escasas: las infraestructuras de GNL requieren enormes recursos técnicos, logísticos y financieros. Hay pocos países productores de gas para abastecer el mercado mundial. Entre ellos destacan Estados Unidos, Rusia, Australia, Canadá, Noruega o Argelia.
El fantasma de la escasez
Asia, que compra alrededor del 80 % de su GNL a los países del Golfo, es la más afectada. Solo China representaba una cuarta parte de las exportaciones de gas de Catar. Algunos países, como la India o Indonesia, ya han decidido racionar el consumo de las empresas para garantizar el suministro a los hogares. Pakistán ha advertido de que podría sufrir una interrupción del suministro a partir de mediados de abril.
Aunque Europa solo importa una cuarta parte de su gas de los países del Golfo, está igual de expuesta, si no más. Apostando por la estacionalidad de los precios del gas, los principales importadores europeos de GNL habían decidido reabastecerse en verano, cuando los precios son más bajos, como suele suceder. El conflicto con Irán ha frustrado todos sus cálculos. Al final del invierno, sus reservas están en mínimos. De media, se sitúan en torno al 28 % de su capacidad. En los Países Bajos, solo alcanzan el 6 %.
Presas del pánico, todos se apresuran a reponerlas. Algunos recurren a Noruega, otros, como Italia, especialmente expuesta a los riesgos del gas, apuestan por las buenas relaciones establecidas con Argelia.
Pero los operadores esperan pujas exorbitantes, luchas encarnizadas entre Asia y Europa, e incluso entre los distintos países de cada continente, para hacerse con los cargamentos de GNL, cada vez más escasos en un futuro próximo. Sobre todo porque, por una desafortunada coincidencia, el productor australiano Santos ha suspendido la producción de gas en una de sus instalaciones durante “varias semanas” debido a dificultades técnicas. Han desaparecido del mercado unas 3,7 millones de toneladas de gas.
Según la empresa Kpler, que realiza un seguimiento del tráfico marítimo, desde principios de marzo han sido desviados once buques metaneros que partieron para abastecerse en Estados Unidos. Debían venir a entregar su cargamento a Europa, pero cambiaron de rumbo en alta mar y pusieron rumbo a Asia: los compradores asiáticos estaban dispuestos a pagar más.
El chantaje estadounidense
Donald Trump lo ha entendido bien: las exportaciones estadounidenses de petróleo y gas de esquisto le dan una baza clave en esta crisis energética, especialmente con respecto a Europa. La Unión Europea, presionada para encontrar un sustituto del gas ruso, tras las sanciones impuestas al inicio de la invasión de Ucrania, firmó a mansalva, sin tomar la más mínima precaución, contratos de gas con productores estadounidenses. Eso fue en la época de Joe Biden.
Con Donald Trump, Europa se da cuenta de que ha cambiado una dependencia —la de Rusia— por otra. Casi el 60 % de sus importaciones de gas proceden de Estados Unidos. Desde 2022 no se ha llevado a cabo realmente ninguna búsqueda seria de diversificación de suministros. La Unión Europea ha concluido estos últimos días, precipitadamente, un acuerdo de suministro de gas con Azerbaiyán. Pero este país solo puede suministrar cantidades limitadas.
Aprovechando esta posición dominante, Donald Trump ejerce un chantaje continuo sobre Europa. Durante las negociaciones sobre los acuerdos aduaneros, exigió que la Unión Europea se comprometiera a comprar 750.000 millones de dólares en productos energéticos en los próximos años. Una exigencia que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, aceptó.
En los últimos días, Donald Trump, al considerar que la conclusión del acuerdo comercial entre la Unión Europea y Estados Unidos tardaba en concretarse, acaba de renovar sus amenazas: el Gobierno estadounidense aumentará el precio de sus exportaciones de gas si la Unión Europea no firma rápidamente el acuerdo comercial, a pesar de que el Tribunal Supremo de Estados Unidos haya declarado que los aranceles eran ilegales.
El jueves 26 de marzo, el Parlamento Europeo aceptó ratificar el acuerdo comercial, pero incluyendo varias cláusulas de suspensión y condicionalidad, entre ellas el pleno cumplimiento de los compromisos adquiridos por Estados Unidos de reducir sus aranceles al 15 % sobre todas las exportaciones europeas.
La administración Trump no parece decidida a renunciar a su chantaje. A principios de mes, el embajador estadounidense ante la Unión Europea, Andrew Puzder, recordó que Donald Trump se siente muy en posición de fuerza en cuestiones energéticas: “Creo que Estados Unidos seguirá queriendo hacer negocios con Europa, pero las condiciones no serán tan favorables. Hay otros compradores por ahí.”
Las condiciones son claras: la administración Trump está dispuesta a extorsionar a Europa. Se encuentra en una posición de fuerza: la demanda de gas proviene de todo el mundo, e incluso del interior de Estados Unidos: los gigantes digitales y las empresas de alta tecnología tienen proyectos de infraestructura cada vez más consumidores de energía para sustentar su expansión a marchas forzadas en el ámbito de la IA.
La Unión Europea parece tan poco preparada y tan desamparada como cuando estalló la crisis energética de 2021-2022
Ante la amenaza de la crisis del gas y sus repercusiones en toda la economía del continente, la Unión Europea parece avanzar como un sonámbulo. Desde el inicio del conflicto con Irán, la Comisión Europea no ha presentado ni una sola propuesta, salvo para instar a los países miembros que pudieran hacerlo a adoptar “medidas específicas” para aliviar las facturas de carburantes —no de gas— de las empresas y los hogares.
El viernes 27 de marzo se han reunido los ministros de Finanzas europeos para hacer balance. Pero más allá de las consideraciones generales, no parece perfilarse nada decisivo: la Unión Europea está tan poco preparada, tan desamparada, como cuando estalló la crisis energética de 2022, provocada por la guerra en Ucrania.
Y es que no se ha aprendido ninguna lección de este choque económico desde hace cuatro años. La Comisión Europea, convencida de haber superado “brillantemente” ese periodo que provocó una recesión, un repunte inflacionista y una pérdida de competitividad estructural con unos costes energéticos entre cinco y seis veces superiores a los de Estados Unidos, consideró innecesario revisar sus preceptos y dogmas: todo había funcionado a la perfección.
No hay necesidad, por tanto, de dotarse de una estrategia energética que garantice la seguridad, la independencia y la estabilidad. La Comisión Europea ha decidido incluso, bajo la presión de los movimientos de extrema derecha, dar marcha atrás y revisar el Pacto Verde, considerado demasiado restrictivo. El conflicto con Irán viene a recordar la importancia de una energía independiente y descarbonizada que puede garantizarse gracias a las energías renovables.
Contagio
Tampoco siente necesidad de revisar las normas del mercado europeo de la energía y, en particular, de la electricidad: había respondido perfectamente a las expectativas, según una auditoría encargada por la Comisión Europea en 2023. Por lo tanto, los precios de la electricidad en Europa siguen fijándose a partir de los precios del mercado spot de la electricidad, uno de los mercados más volátiles y especulativos del mundo, indexado al precio del gas. La exposición a los precios de mercado se ha extendido incluso a los hogares, ya que la Comisión Europea considera perjudicial cualquier mecanismo que permita una tarificación regulada.
Como resultado, aunque el mercado a veces se encuentra en situación de sobreproducción a determinadas horas del día debido a las energías renovables, los precios del MWh en el mercado europeo no han dejado de aumentar desde principios de marzo. Hoy se sitúan de media en más de 110-120 euros por MWh, es decir, más del doble que a principios de enero, en plena ola de frío. Solo España y Portugal se libran de esta subida vertiginosa, con precios inferiores a 40 euros por MWh en los periodos de mayor demanda: ambos países se retiraron del mercado europeo de la electricidad en 2022 y no tienen ningún deseo de volver a él.
Las consecuencias no tardarán en materializarse. Y mucho más allá del precio de la gasolina, que ya afecta al transporte y a los pescadores. A la vista de las dependencias energéticas aceptadas voluntariamente, de las decisiones tomadas en los mecanismos de mercado, es el conjunto de las economías europeas el que se ve amenazado. Poco a poco, independientemente de la energía de la que dependan —gasóleo, gas, electricidad—, todos los sectores industriales, las profesiones comerciales y artesanales y todos los hogares se encuentran a merced de las fluctuaciones energéticas mundiales.
Todas las esperanzas puestas en los avances tecnológicos y científicos —especialmente en la IA, con la que se han encaprichado los responsables políticos— se están desvaneciendo igualmente: sin garantías de seguridad energética y con perspectivas de costes estables, ningún proyecto puede ir adelante.
A mediados de marzo, varios organismos comenzaron a revisar sus previsiones de crecimiento en este nuevo contexto. Mientras que antes contaban con un aumento medio del 1,6 % en 2026 en la zona del euro, ahora solo hablan de un crecimiento del 0,6 % en el mejor de los casos. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que publicó sus previsiones el jueves 26 de marzo, se muestra algo más optimista: la institución prevé un crecimiento del 0,8 %, frente al 1,2 % anterior.
Escalada de precios de la energía, aumento de costes de producción, repunte de la inflación…: Europa ya vivió este círculo vicioso hace cuatro años. Todavía no se ha recuperado. ¿Seguirá la Unión Europea, por ceguera o por dogmatismo, por este camino que conduce a un empobrecimiento generalizado del continente?
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Traducción de Miguel López
Desde el inicio de la guerra contra Irán, todas las miradas se han centrado en los precios del petróleo. Pero los verdaderos peligros energéticos y económicos parecen estar en otra parte: en el mercado mundial del gas.