Crisis financiera

El declive de Deutsche Bank, un símbolo de los errores de los reguladores

El declive de Deutsche Bank, un símbolo de los errores de los reguladores

La situación tiene cierto aire de déjà vu. La dirección del Deutsch Bank, mientras lidia con el pánico bursátil, emitió este mismo lunes 8 de febrero por la tarde, con carácter urgente, un comunicado para tranquilizar a los inversores. En él, el banco aseguraba no tener ningún problema de liquidez. Decía estar en condiciones de garantizar el pago de los cupones de las obligaciones (intereses), por valor de 350 millones de euros, al que debe hacer frente en abril. En la mañana del martes, la dirección de la primera entidad financiera europea repetía el mismo mensaje a sus empleados. El Deutsche Bank es “robusto como una roca”, defendió en la dirección. Incluso el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, envió un mensaje de apoyo. “Estoy tranquilo en lo que respecta a la situación del Deutsche Bank”, señaló momentos antes de participar en una reunión en París.

“Cuando esto se convierte en importante, es necesario mentir”, dijo Jean-Claude Juncker durante la crisis griega. Y así es como parecen haberlo interpretado los mercados. Tantas negaciones y discursos tranquilizadores terminan por convertirse en sospechosos: después de haber caído un 9,5% el lunes 8 de febrero, la cotización de la entidad bancaria peridó otro 3,8% el martes; proseguía con ellos su particular descenso a los infiernos bursátiles. En un mes, su cotización en Bolsa ha caído un 41%, hasta situarse por debajo de los niveles de 2009. La capitalización bursátil del banco está por debajo de la mitad del valor estimado de sus activos, en caso de liquidación.

Y lo que es aún más grave para la dirección del banco, los CDS (credit default swaps) –esos productos de crédito conocidos por su efecto deflagrador desde el comienzo de la crisis del euro– han explotado, literalmente. Presentan la misma curva ascendente que en el momento de la crisis de Bear Stearns o de Lehman Brothers, en 2008. Un banquero no necesita mucho tiempo para comprender lo que significa: la pendiente en cuestión muestra el índice de desconfianza, del miedo del sector bancario.

Sin embargo, hace meses que a los índices bursátiles no les faltaban motivos de preocupación, por ejemplo China, el petróleo, las materias primas, los países emergentes, la deuda, la ralentización norteamericana, los bancos centrales. En resumen, se habían encendido mil pilotos rojos que advertían de los problemas de la economía mundial. Pero estos últimos tiempos se ha sumado otro problema, el de los bancos, en general, y el del Deutsche Bank, en particular.

Ya hace varios años que el Deustche Bank es objeto de numerosas críticas y despierta muchos recelos. En octubre de 2015, la llegada de John Cryan a la presidencia del primer banco alemán era el epílogo a una guerra de más de dos años librada entre la dirección y los accionistas, mientras en un segundo plano, discreto, se situaban los poderes públicos alemanes y las autoridades regulatorias. Tan pronto como se puso al frente del cargo, el flamante presidente anunció un cambio radical en el rumbo del banco. Atrás quedarían las actividades de trading y las inversiones de mayor riesgo, para reconvertirse en banco minorista y dedicado a los oficios bancarios más tradicionales.

En enero se presentaron los primeros resultados tras la anunciada transformación. El Deutsche Bank, adelantándose en más de una semana a la publicación oficial de resultados, anunció la mala noticia: las pérdidas ascendían a 6.700 millones de euros. Nunca antes, en sus 146 años de historia, el banco alemán había registro unos niveles de pérdidas semejantes.

Gran parte de las pérdidas están directamente vinculadas con las provisiones efectuadas para hacer frente a los procesos judiciales. Subprime, manipulación del Libor, manipulación las tasas de interés… El Deutsche Bank ha protagonizado todos los grandes escándalos financieros. Después de pagar más de 2.200 millones de euros a la Justicia norteamericana para hacer frente a los procesos en el escándalo del Libor, el banco también provisionó 5.500 millones de euros para hacer frente a otros problemas judiciales, ya que el banco tiene pendientes en torno a 6.000 causas y expedientes judiciales en todo el mundo. Según la dirección, es posible que necesite más de 2.000 millones de euros adicionales para hacerles frente.

Contagio

Pero los riesgos no se quedan ahí. El Deutsche Bank, pilar del sistema financiero internacional, ha llevado a cabo una política de expansión de todo tipo, en todos los ámbitos de los mercados, en todos los sectores imaginables. Sus obligaciones hacen temblar hasta a sus contrapartes bancarias más fieles. Según algunas estimaciones bancarias, la exposición total del banco alemán a productos derivados puede elevarse a 64 billones de dólares. Una monstruosidad. ¿Cómo se explica que el BCE, en los últimos stress tests a los que se sometieron los bancos europeos, supuestamente sin concesiones, no dijese nada al respecto?

“Habida cuenta de los efectos palanca y a pesar de las reestructuraciones y las reducciones de costes y de personal, consideramos que el banco necesita financiación por un importe de 15.000 millones”, ha señalado en una nota de prensa el banco norteamericano Citi. Aunque no todos coinciden con esas cifras, el razonamiento sí es el mismo: el banco atraviesa dificultades y necesita una fuerte recapitalización, de ahí la frenética caída registrada en los diferentes índices bursátiles.

Pero la liquidación es todavía más importante entre los titulares de obligaciones y, especialmente, entre los titulares de obligaciones convertibles en acciones (contingente convertible bonds o CoCo). El Banco Central Europeo y todos los reguladores europeos instaron a los bancos a recurrir a estos productos para reforzar sus balances. En el escenario posterior a la crisis de 2008, eran los títulos perfectos en caso de rescate bancario, puesto que son los primeros que se transforman automáticamente en acciones –antes de recurrir, en caso de necesidad, a otros acreedores y posteriormente a los depositantes–, lo que permite recapitalizar un banco sin recurrir a los contribuyentes ni a los Estados.

Este mecanismo europeo de rescate bancario (bail-in) se convirtió en obligatorio en la eurozona el 1 de enero de 2016. El problema radica en que los reguladores no previeron la reacción de los inversores: tan pronto como presienten dificultades, se marchan, tal y como ocurre ahora en el Deutsche Bank, agravando el problema.

Han pasado seis años desde la crisis financiera y no se ha recuperado la confianza en los bancos”, dice un ex analista jefe de Lehman Brother, citado por The Wall Street Journal. Y ése es uno de los problemas. Desde la crisis financiera de 2008, no se ha llevado a cabo ninguna acción decisiva para acabar con la opacidad, la complejidad, ni tampoco con la vulnerabilidad del sistema bancario internacional, pese a las declaraciones efectuadas por los responsables políticos y los reguladores. El resultado es que todo el sector bancario está nuevamente sometido a tensión.

Porque no el caso del Deutsche Bank no es el único, aunque sí es el que atraviesa de momento las mayores dificultades. A medida que los miedos sobre la economía mundial van a más, todos los bancos se ven atrapados. Desde principios de enero, las cotizaciones bursátiles de los principales bancos han perdido entre un 14% y un 41% de su valor. Y simultáneamente, las condiciones de financiación atraviesan más tensiones.

Los bancos italianos figuran entre los más expuestos, fragilizados debido a que tienen unos créditos incobrables que suponen más del 16%, todo un récord en Europa (en Alemania representa el 2% y en Francia, menos del 4%). Aparentemente tampoco en esta ocasión vieron nada los reguladores europeos.

Ante semejante panorama catastrófico, el primer ministro italiano Mattero Renzi negoció a principios de enero un plan de rescate del sistema bancario italiano, una excepción a los principios del nuevo mecanismo europeo de resolución bancaria. Con el objetivo de evitar que los ahorradores tuvieran que contribuir directamente, el Gobierno italiano propuso la creación de un banco malo (bad bank) que acumularía las deudas bancarias, para así sanear los balances. Pero para evitar que esta nueva estructura se percibiese como una ayuda estatal por parte de los responsables europeos, Italia ideó un mecanismo de venta de estos activos en los mercados, acabo de establecer al Estado como garante, una maniobra que no fue fácil que Bruselas y Berlín aceptaran. Eso sí, dado el pánico bursátil, el temor a los bancos, los títulos no encuentran compradores. Todo sigue igual y los bancos italianos registran pérdidas superiores al resto de entidades bancarias.

Apenas un mes después de su entrada en vigor, el mecanismo europeo de rescate bancario ya da serios signos de avería. Los bancos corren el riesgo de atravesar graves problemas, que puede ser similares a los conocidos 2008 porque, a decir verdad, no se ha hecho nada decisivo. Se pospuso la separación de las funciones bancarias y se rechazó cualquier regulación seria. Los mercados acaban de despertar viejos fantasmas.

Traducción: Mariola Moreno

Leer el texto en francés:

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