Dinamarca respira aliviada y refuerza su unidad nacional tras las amenazas de Trump sobre Groenlandia

Romaric Godin (Mediapart)

Copenhague (Dinamarca) —

“En estos momentos somos un poco el centro del mundo, y eso no nos gusta nada”. La frase es de un estudiante de la Universidad de Copenhague en referencia a las amenazas de Donald Trump sobre Groenlandia, pero el sentimiento que expresa se repite en todas las conversaciones con los habitantes de la capital danesa, que están pasando por un mal trago al verse envueltos en una crisis geopolítica no deseada.

“Lo que nos gusta es pasar desapercibidos y llevar nuestra vida nacional tranquilamente”, resume Carsten Mai, analista político que actualmente dirige una agencia de comunicación. Y es que, desde el ataque estadounidense a Caracas (Venezuela), el hygge, ese sentimiento típico de comodidad doméstica, una especie de “hogar, dulce hogar” danés, se ha visto amenazado. “Para la mayoría de los daneses, esto parece irreal, como una pesadilla que se hace realidad”, resumía el 20 de enero el analista, para quien “los daneses están bajo presión, tienen miedo”.

Ese mismo día, un profesor de la Universidad de Copenhague confesaba haber decidido “reducir drásticamente su consumo de información” para no caer en la angustia. Pero a lo largo de la conversación, no pudo ocultar sus temores: “Pensamos que puede pasar cualquier cosa”. Y añadió: “Es un asunto serio, está en juego la guerra y la paz”. El estupor se ha apoderado de esta pacífica y próspera nación de 6 millones de habitantes.

El jueves 22 de enero, tras la marcha atrás de Donald Trump, el sentimiento es de “gran alivio”, reconoce Bert Winther, editorialista del diario de centro-derecha Berlingske. Pero sigue siendo parcial. “No se puede estar seguro de lo que Trump va a hacer o decir mañana”, subraya.

“La nueva realidad es que no se sabe realmente qué va a hacer Estados Unidos, ni cómo va a desarrollarse la negociación en la que Trump ha aceptado participar”, resume Elisabet Svane, analista política de Politiken, uno de los principales diarios del país. Lo que predomina ahora es “la imprevisibilidad”, dice. El jueves, el gobierno danés se mostró muy cauteloso y afirmó que “la crisis no ha terminado”. Los daneses, poco acostumbrados a este sentimiento, tendrán que convivir con esta inseguridad permanente.

La “traición” de Estados Unidos

“Nos hemos acostumbrado a ver las noticias por la mañana con cierta angustia, preguntándonos qué habrá dicho o hecho Trump esta vez”, constata el editorialista Bert Winther. Hasta tal punto que, hasta el miércoles por la noche, algunos temían lo “peor”, como había afirmado la primera ministra, Mette Frederiksen, el sábado anterior. Es decir, un conflicto abierto con Estados Unidos.

El golpe es muy duro sobre todo porque los daneses son, históricamente y en su mayoría, atlantistas. Dinamarca, primer país en establecer relaciones diplomáticas con la República de los Estados Unidos, fue el origen de muchos migrantes que se unieron a la joven nación. Desde 1912, cada 4 de julio, esa historia se recuerda con una fiesta muy popular en Rebild, en Jutlandia.

Por ceñirnos al período reciente, Bert Winther recuerda que, en la década de 2000, Dinamarca siguió a Washington en sus campañas en Afganistán (2001) e Irak (2003). “Por habitante, Dinamarca es el país que más vidas ha perdido en estas campañas entre los aliados occidentales”, recuerda.

“Estados Unidos ha influido profundamente en Dinamarca a nivel cultural y político”, resume Carsten Mai. Cuando Rusia invadió Ucrania en 2022, Dinamarca, que ocupa el extremo occidental del mar Báltico, se sintió amenazada y se alegró de poder volver a ponerse bajo la protección de Estados Unidos. Para Bert Winther, las presiones de Trump provocaron un sentimiento de “traición” por parte del gran aliado occidental.

El euroescepticismo ya había retrocedido desde hacía algunos años, pero esta crisis ha confirmado la importancia del apoyo europeo a Dinamarca

Es precisamente esa misma palabra la que utiliza Ida, una mujer de unos cuarenta años con la que nos encontramos el martes cerca de la estación de metro de Nørreport, al oeste de Copenhague. Estados Unidos, que hasta ahora era para ella la garantía de la paz en Europa, se convierte ahora en un “factor de guerra”. Por eso, en una iniciativa inusual, como ella misma reconoce, acudió a manifestar su apoyo a los groenlandeses el sábado 17 de enero, en una multitudinaria concentración frente al ayuntamiento de la capital.

Pero hay quienes quieren relativizar la situación. Dzevad Ramic, responsable del mayor sindicato danés, 3F, cuyo edificio en el centro de Copenhague luce una bandera groenlandesa, considera que “Estados Unidos sigue siendo un aliado”. “El problema no es Estados Unidos, es este presidente”, afirma. Para hacer frente a la situación, cree que ahora es necesario “que los europeos gasten ellos mismos en su propia seguridad”.

Bert Winther considera que “la desconfianza hacia Estados Unidos sin duda perdurará”, pero afirma que los daneses “harán grandes esfuerzos para volver a la normalidad”. “A diferencia de los franceses, añade, nosotros queremos a Estados Unidos.”

Sin embargo, aún estamos lejos de esa “normalidad”. Para Elisabet Svane, “la anormalidad se ha convertido en la nueva normalidad”. De hecho, Dinamarca, caracterizada por un euroescepticismo muy arraigado desde hace tiempo, se ha puesto ahora bajo la protección de la Unión Europea y de sus aliados del continente, como el Reino Unido y Noruega. “El euroescepticismo ya había retrocedido desde hacía varios años, pero esta crisis ha confirmado la importancia del apoyo europeo para un país pequeño como Dinamarca”, resume.

Para Bert Winther, es la unidad europea lo que ha hecho retroceder a Trump cuando dejó claro que respondería a las subidas de los aranceles. “Los daneses han apreciado este apoyo europeo” concluye. La mayoría de las personas con las que se reunió Mediapart perciben al presidente francés como un pilar importante de ese apoyo, lo que ha provocado un repunte de su popularidad en el país.

Un momento de unidad nacional

Políticamente, esta crisis ha sido una oportunidad para recuperar la unidad. En primer lugar, con Groenlandia. Las relaciones con el territorio autónomo han sido especialmente complejas en los últimos años. Ante las peticiones de disculpas por la colonización y el deseo de independencia de los groenlandeses, una parte de la población danesa ha mostrado indiferencia y un sentimiento de superioridad.

“Antes de la crisis, muchos daneses pensaban que Groenlandia solo traía problemas y se decían: Si quieren irse, que se vayan y ahorraremos dinero”, recuerda Bert Winther. Elisabet Svane también destaca esa indiferencia de los daneses hacia la gran isla, que a veces se traducía en un auténtico racismo hacia los groenlandeses instalados en Dinamarca.

La crisis ha cambiado en parte esta situación. Al tener que hacer frente juntos a las agresiones estadounidenses, daneses y groenlandeses han descubierto que tienen vínculos comunes. “A nivel emocional, siento una conexión con ese pueblo”, afirma Elisabet Svane, que observa un interés por lo que ocurre en el territorio autónomo. “El ataque de Trump ha sido un shock común”, explica Bert Winther, y ese vínculo durará varios años, según él. “No todo será perfecto, la igualdad entre los dos pueblos no será total, pero ya es mejor que antes”, coincide Elisabet Svane.

Pero la verdadera unidad ha sido política. Ante la crisis, casi todos los partidos han apoyado al Gobierno. La sesión de preguntas al Gobierno en el Folketing, el Parlamento danés, el 20 de enero, se convirtió en un elogio casi unánime de la gestión de la crisis por parte del Gobierno y de la unidad nacional.

Muchos líderes de los partidos de la oposición pueden imaginarse pronto en el Gobierno, por lo que deben mostrar cierta responsabilidad

Incluso Inger Støjberg, presidenta del Partido Demócrata Danés, una formación de extrema derecha muy xenófoba y generalmente muy crítica con el Gobierno, elogió los esfuerzos del Ejecutivo por reforzar el apoyo de los Estados europeos y encontrar una solución. Su discurso fue aplaudido por el líder parlamentario de los socialdemócratas, Christian Rabsen, que lo calificó de “muy buen discurso”.

A la izquierda, los partidos de la oposición, ya sea La Lista de la Unidad, de izquierda ecologista, o el Partido Popular Socialista (SF según el acrónimo danés), también afirmaron su apoyo a la línea del Gobierno. La líder del SF, Pia Olsen Dyhr, que suele mostrarse poco complaciente con los socialdemócratas, incluso elogió directamente a la primera ministra: “La conozco y sé que está perfectamente preparada”. Lo que llevó a la jefa del Gobierno a hacer este comentario: “No hay muchas cosas normales en este momento…”.

Sin embargo, el cálculo electoral no queda necesariamente excluido de este panorama de unidad. Las elecciones generales deben celebrarse antes de finales de noviembre y, como recuerda Elisabet Svane, “muchos líderes de los partidos de la oposición pueden imaginarse pronto en el Gobierno, por lo que deben mostrar cierta responsabilidad”.

Así, la figura en ascenso de la derecha danesa, Alex Vanopslagh, líder del partido libertario Alianza Liberal, que obtuvo cerca del 8 % de los votos en las elecciones de 2022, se presentó en el Berlingske del 20 de enero como un defensor de Dinamarca. Aparece con la bandera nacional, la Dannebrog, de la que los daneses y danesas se sienten tan orgullosos, y advierte del riesgo de que Europa se convierta en un “continente vasallo” de los Estados Unidos. “Trump solo conoce la fuerza, así que debemos ser fuertes para que nos respete”, insiste.

Pero esta unión nacional ha tenido una excepción. Morten Messerschmidt, líder de la histórica formación de extrema derecha danesa, el Partido Popular Danés (DF), consideró que el Gobierno había cometido “un grave error” al dialogar con la administración Trump la semana anterior. “No se negocia con gente que te amenaza”, insistió. Pero al querer afirmarse como líder del nacionalismo danés, se expuso a una violenta reacción.

La prensa recordó que su partido, miembro del mismo grupo que la Agrupación Nacional francesa en el Parlamento Europeo, había adulado en su momento a Donald Trump. Cuando éste fue elegido, Morten Messerschmidt llegó a proclamar: “El mundo necesita a Trump”. Más recientemente, fue invitado a Mar-a-Lago, donde intentó, sin éxito, hablar directamente con Donald Trump.

El martes, Morten Messerschmidt dio marcha atrás en el Folketing. Y sin elogiar directamente la actuación del Gobierno, se mostró satisfecho por la “unidad nacional” ante la crisis. La única forma de no pagar un alto precio político por el desacuerdo.

¿La salvación para un Gobierno impopular?

Antes de la crisis, el Gobierno de la socialdemócrata Mette Frederiksen, que se apoya en una coalición entre los centristas del Partido Moderado y la derecha clásica Venstre, era muy impopular. Por primera vez en su historia, Dinamarca tenía una “gran coalición”. Sin embargo, las elecciones locales de noviembre fueron muy malas para los tres partidos. Todos ellos, y en particular el Partido Socialdemócrata al frente de la coalición, sufrieron una derrota aplastante. 

La crisis con Donald Trump ha devuelto temporalmente la popularidad a los dirigentes al valorar la experiencia de los responsables que ocupan el poder. El superviviente rescatado en esta crisis es, en particular, el ministro de Asuntos Exteriores y exprimer ministro liberal, Lars Løkke Rasmussen. Conocido en Dinamarca como “Løkke”, fundó el Partido Moderado antes de las elecciones de 2022.

Este hombre tiene la peor reputación posible: acusado de gastos suntuarios con dinero público, su política de austeridad de la década de 2010 dejó un mal recuerdo a muchos. Pero su gestión de la crisis frente a Trump le ha dado un nuevo impulso de popularidad. Un movimiento ampliamente alimentado por la prensa. El 21 de enero, el diario de centroizquierda Politiken publicó, en tres páginas, un relato detallado de sus conversaciones con Washington durante una semana y puso de relieve la resistencia del ministro a los desvaríos trumpistas.

En Copenhague, una ciudad muy de izquierdas donde Løkke no suele ser muy apreciado, algunos descubren sus cualidades. “Løkke hace su trabajo”, reconoce, un poco decepcionado, el estudiante citado más arriba, votante del partido de la izquierda ecologista. “Fue a Washington, unió a los europeos, lo necesitábamos”, concluye. Quizás esto le permita salvar su futuro político, ya que su partido estaba en peligro de desaparecer.

Una vez iniciada la campaña, la unidad nacional desaparecerá y la campaña se centrará en temas cotidianos

Para Bert Winther, la única oportunidad de Mette Frederiksen será centrar su campaña en que, en tiempos de incertidumbre, se necesita una líder que haya hecho frente a las crisis del exilio, el covid, Ucrania y Groenlandia. Apostar por la experiencia, pues. Pero entonces, ¿no habría que adelantar la fecha de las elecciones generales para aprovechar el momento? Ese rumor circuló durante un tiempo, pero nadie lo cree realmente.

En el popular diario Ekstra Bladet, el editorialista Hans Engell considera que esta medida sería demasiado oportunista. “A los votantes no les gustaría ese tipo de maniobra”, explica. Se perdería rápidamente el crédito ganado durante la crisis.

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Carsten Mai, por su parte, recuerda que, tras el 11 de septiembre de 2001, el entonces primer ministro socialdemócrata, Poul Nyrup Rasmussen, convocó rápidamente elecciones para aprovechar ese mismo efecto de unión nacional. Pero le salió muy mal: por primera vez desde 1901, la derecha obtuvo la mayoría de los votos. “Una vez iniciada la campaña, la unidad nacional desaparecerá y la campaña se centrará en los temas cotidianos que interesan a los daneses, en particular la protección social”, afirma el analista.

El actual repunte de popularidad no permite a los socialdemócratas y a los moderados esperar un resultado similar al de 2022. Bert Winther lo dice claramente: “En ningún caso esta coalición va a volver a obtener la mayoría”. El impacto de la crisis pone en suspensión el descontento político, pero no lo hace desaparecer.

Traducción de Miguel López

“En estos momentos somos un poco el centro del mundo, y eso no nos gusta nada”. La frase es de un estudiante de la Universidad de Copenhague en referencia a las amenazas de Donald Trump sobre Groenlandia, pero el sentimiento que expresa se repite en todas las conversaciones con los habitantes de la capital danesa, que están pasando por un mal trago al verse envueltos en una crisis geopolítica no deseada.

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