A Donald Trump le trae sin cuidado poner a toda la economía mundial bajo presión con la guerra en Irán

Romaric Godin (Mediapart)

A partir de ahora, la economía mundial depende de un estrecho de unos cincuenta kilómetros de ancho, el de Ormuz. Desde el inicio de la ofensiva israelí-americana, el 28 de febrero, esta ruta estratégica a la salida del golfo Pérsico parece haberse vuelto intransitable. En cualquier caso, el martes 3 de marzo, según los datos recopilados por la agencia Bloomberg, ningún barco atravesó esa vía navegable por la que, normalmente, transitan diariamente ochenta petroleros llenos de oro negro.

Es la materialización de un temor que atormenta desde hace décadas a los economistas con cada conflicto en la región. Hasta ahora, el tráfico había logrado continuar, en parte porque Irán no tenía interés en cerrar un estrecho que utilizaba para exportar su propio petróleo y, así, financiar el régimen. Pero dado que esta guerra es ahora existencial para Teherán, la opción ya no es tabú e incluso ha sido decretada oficialmente por Irán.

Por el momento, es sobre todo el miedo lo que bloquea el tráfico, aunque Teherán reivindicó el jueves 5 de marzo el ataque a un petrolero estadounidense. Los buques ya no quieren cruzar el paso por temor a una acción militar iraní, pero también porque las compañías de seguros se niegan a cubrir este tipo de riesgos.

El martes 3 de marzo, Donald Trump intentó calmar esos temores afirmando que su armada podría proteger “si fuera necesario” a los buques mercantes en el estrecho. Washington incluso propuso un sistema alternativo de seguro estatal.

Pero estas medidas, que parecen haber sido anunciadas con carácter de urgencia, no convencen a nadie. El estrecho permanece en calma y, en consecuencia, el precio de las mercancías que suelen transitar por él se dispara, empezando por el petróleo. El barril de Brent del Mar del Norte pasó de 70 dólares antes del ataque a más de 82 dólares el 5 de marzo. Un aumento del 17% que se reflejó inmediatamente en los precios en las gasolineras de Europa y Estados Unidos.

Pero las perturbaciones no se limitan al estrecho de Ormuz ni al petróleo. La respuesta iraní se dirige específicamente a las instalaciones de extracción de gas y petróleo. Catar se vio obligada a decidir el 2 de marzo el cierre de la mayor planta de licuefacción de gas natural del mundo. Estas instalaciones de producción se ven ahora sometidas a una doble presión: los ataques con drones y misiles iraníes y la limitada capacidad de almacenamiento local, mientras que el tráfico marítimo está de facto bloqueado.

Por ejemplo, en lo que respecta al petróleo, según J. P. Morgan, Catar tiene una capacidad máxima de almacenamiento de veinte días, que se reduce a diecinueve días en los Emiratos Árabes Unidos (EAU), a catorce días en Kuwait y a solo seis días en Irak.

Tras el anuncio de Catar, el precio del gas inmediatamente se disparó en los mercados. Mucho más que el del petróleo, ya que el emirato es un proveedor imprescindible de esta fuente de energía, especialmente para Europa. En pocos días, el precio del gas en Europa se disparó un 53%. Además, los cataríes advirtieron de que se necesitarían al menos dos semanas para reanudar la producción y otras dos semanas más para recuperar la plena capacidad. En resumen, el horizonte se oscurece.

La duración de la guerra

Estos factores han reavivado el temor a lo que los economistas denominan una “crisis de oferta”, que podría resumirse, a grandes rasgos, de la siguiente manera: el petróleo y el gas son menos disponibles, sus precios aumentan considerablemente, lo que repercute en todos los costes de producción y, en última instancia, en los precios al consumo. A partir de ese momento, los salarios reales se desploman y el consumo les sigue, lo que provoca un fenómeno de estanflación que combina el aumento del desempleo, la disminución del consumo y una fuerte inflación.

Esta lógica, que se desarrolló parcialmente en 2022-2023 tras el inicio de la guerra en Ucrania, es sobre todo la que predominó en la década de 1970 tras las dos “crisis del petróleo” de 1973 y 1979. Pero todavía no hemos llegado a ese punto. En 1973, el precio del oro negro se duplicó instantáneamente y la producción se redujo en todas partes. El aumento de los precios sigue siendo moderado. Incluso estamos aún lejos de los niveles de 2022. El precio de mercado del gas natural alcanzó algo menos de 55 euros por megavatio hora el 4 de marzo, mientras que el 22 de agosto de 2022 costaba cerca de 335 euros.

El Golfo Pérsico sigue siendo un proveedor fundamental para Asia, es decir, para la fábrica del mundo

En realidad, todo está sujeto a una variable que nadie controla por el momento: la duración de la guerra y su verdadera naturaleza. Si el conflicto se prolonga, se extiende y se endurece, podría agravarse la perturbación de las fuentes de energía y hacerse realidad el escenario de estanflación. La respuesta iraní ha hecho que esta hipótesis sea más creíble que la de una rápida caída del régimen con la que contaban los Estados Unidos. De ahí el aumento de los precios que, según algunas estimaciones, podría llevar el precio del barril de petróleo crudo a cerca de 100 dólares. Pero solo los acontecimientos futuros permitirán validar o invalidar este escenario.

Por eso los mercados financieros todavía retroceden moderadamente, con fuertes disparidades regionales sobre las que volveremos más adelante. Lo que predomina es la incertidumbre. Así, tras tres días de caídas, los mercados repuntaron el jueves. En cualquier caso, esta inquietud es también un signo de la fragilidad de la economía mundial.

Mientras que el crecimiento sigue siendo débil en general, en Estados Unidos se ha ralentizado, en Europa se mantiene en niveles cercanos al 1% y China acaba de revisar a la baja su objetivo, un aumento de los precios de la energía y una nueva interrupción de las cadenas logísticas serían un desastre. Y es que el petróleo y el gas son solo una parte del problema.

En primer lugar, porque el Golfo Pérsico es también un lugar estratégico para la producción de otros bienes esenciales, como los fertilizantes. Los precios también han subido un 15% y se plantea la cuestión de una posible escasez. Pero, en términos más generales, aunque el Golfo ya no sea una fuente estratégica de importación de petróleo para Europa y Estados Unidos, sigue siendo un proveedor fundamental para Asia, es decir, para la fábrica del mundo.

Asia en primera línea

Sin duda, es en ese continente donde se decidirá la magnitud del impacto económico de esta guerra. China importa la mitad de sus compras de petróleo de la región y una octava parte solo de Irán. Japón depende en un 90% del tráfico que pasa por el estrecho de Ormuz, Corea en un 70% y Taiwán en un 60%. Si el petróleo y el gas tienen dificultades para llegar a esos destinos, las consecuencias se dejarán sentir en todas las cadenas de producción, ya sea por interrupciones o por importantes subidas de precios. Algo más de ocho décimas partes del gas natural licuado que pasa por el estrecho de Ormuz se dirigen a Asia.

Es cierto que China ha iniciado una transición de las energías fósiles a las renovables. La cuota de estas últimas en la producción total de electricidad ha aumentado considerablemente en los últimos años, pero las necesidades de la economía china son colosales y sigue creciendo la demanda de productos fósiles. Por lo tanto, el desarrollo de las energías renovables no puede compensar de forma inmediata un corte notable y duradero del suministro de petróleo.

Según fuentes citadas por el New York Times, China dispone de 115 días de reservas estratégicas, por lo que su posición es bastante frágil. Sobre todo porque su crecimiento no es muy sólido y Pekín depende en gran medida de las exportaciones industriales para mantenerlo. La República Popular ya ha prohibido a las refinerías toda exportación de diésel y combustible. Todo debe reservarse para el mercado interior. Al mismo tiempo, los chinos están subiendo los precios para desviar los petroleros hacia sus puertos.

Teniendo en cuenta el lugar que ocupa China en la producción mundial, un escenario de guerra duradera encarecería toda la cadena logística. Pero el efecto dominó también puede afectar a los productos de alta tecnología. Corea, pero sobre todo Taiwán, desempeña un papel clave en la producción de semiconductores, una de las piezas clave del capitalismo tecnológico.

Taiwán es un punto neurálgico, ya que sus chips son esenciales para el desarrollo de la inteligencia artificial (IA), el único motor actual del crecimiento mundial en forma de una vertiginosa burbuja financiera. La isla solo dispone de ciento veinte días de reservas estratégicas de petróleo y once días de reservas de gas. Si surgieran dificultades, el asunto podría descarrilar algunos proyectos relacionados con la IA y, en el escenario más extremo, despertar a los mercados del sueño provocado por esta burbuja.

Al afectar a Asia, una interrupción importante del suministro de petróleo y gas podría provocar un aumento global de los precios de producción y, en última instancia, de los precios al consumo. Es imposible en este momento estimar la magnitud del fenómeno.

La apuesta de Trump

Aunque el encarecimiento global de los costes de producción podría no perdonar a los consumidores estadounidenses, e incluso empezar a afectarles por el precio de la gasolina, Donald Trump ha apostado por la capacidad de su país para resistir el impacto. Por supuesto, esta apuesta se basa en una hipótesis cada vez menos creíble, la de una rápida caída del régimen iraní o, al menos, como en el caso venezolano, el vasallaje del país.

Estados Unidos tiene bazas para sacar provecho a largo plazo de este conflicto. Sus objetivos económicos de guerra siguen siendo los mismos: reafirmar su dominio militar mundial, desarrollar el núcleo tecnológico y militar y controlar a largo plazo la totalidad del Golfo Pérsico.

Para los mercados, está claro: hasta ahora, el ganador del conflicto es Estados Unidos y los perdedores, todos los demás

Estados Unidos, primer productor mundial de petróleo, no depende realmente de las importaciones del Golfo Pérsico. Desde 2019, es exportador neto de crudo, es decir, su producción ha superado su consumo. En 2024, la diferencia entre exportaciones e importaciones era de 2,8 millones de barriles al día, mientras que las importaciones procedentes del Golfo Pérsico solo representaban 717.000 barriles diarios.

En teoría, Estados Unidos puede prescindir del petróleo del Golfo a corto plazo con una triple ventaja en perspectiva: debilitar el suministro de su rival chino, controlar políticamente esa fuente de petróleo y gas para el futuro desarrollo "pardo" previsto por Trump y, por último, suministrar petróleo a las zonas privadas del suministro del Golfo. Incluso se podría pensar que, en la lógica de repatriación de la producción que persigue la actual Administración, los problemas asiáticos le vendrían bien.

Evidentemente, todo eso es teoría, y la economía estadounidense no es totalmente inmune. Sobre todo porque un repunte de la inflación, que se ha mantenido bastante alta, podría llevar a la Fed a endurecer su política monetaria. Los consumidores ya están bajo presión y este asunto podría no mejorar la situación. La crisis de 2022-2023 ha mostrado una nueva dinámica, la inflación por beneficios, es decir, el uso de las crisis internacionales para aumentar los precios y reducir el valor real de los salarios. Estados Unidos ha estado en el centro de este fenómeno, al igual que Europa.

Políticamente, el asunto es muy volátil, pero Trump puede apostar por que, mientras dure la guerra, la unidad nacional compensará ese descontento. Se trata de un desafío audaz, pero parece dispuesto a aceptarlo, con el apoyo de los mercados financieros que, por su parte, parecen “comprar” la lógica trumpista. En su columna diaria, el analista de Bloomberg John Authers señala que “para los mercados está claro: hasta ahora, el ganador del conflicto es Estados Unidos, y los perdedores, todos los demás”. Esto explica que los mercados estadounidenses hayan vuelto a subir desde el 4 de marzo.

Pero esto nos dice algo más: la lógica depredadora e imperialista de Trump cuenta con el apoyo del capital estadounidense a pesar de los riesgos. La guerra se ha convertido en un elemento central del modelo económico de la primera potencia económica del mundo. Esa es la principal lección de estos primeros días de conflicto. Y eso cambia su naturaleza.

Porque, por su parte, Irán intenta aumentar el coste de la guerra provocando una crisis en el suministro de petróleo y gas. Pero aunque Washington se considere a salvo, esta estrategia no puede cambiar su lógica de guerra. Al contrario, el cálculo de Trump considera que esta huida hacia adelante debilita al enemigo chino y refuerza la autonomía y el crecimiento de Estados Unidos.

Es aquí donde la economía se convierte en un verdadero motor de la guerra. La Casa Blanca parece convencida de que la primera potencia mundial obtiene más ventajas que inconvenientes de esta guerra. Y los demás que se fastidien. Esa es la lógica de la Administración Trump: America first.

¿Y qué pasa con Europa?

Europa y Francia están relativamente poco expuestas al suministro del Golfo Pérsico. Pero el Viejo Continente no es inmune a las subidas de los precios de los hidrocarburos. Alemania, que pagó un alto precio por su dependencia del gas ruso en 2022, está especialmente expuesta, justo cuando los pedidos comenzaban a repuntar impulsados por la demanda militar. Su modelo industrial es un gran consumidor de energía.

Francia, más terciarizada, parece menos afectada. Pero los riesgos son numerosos: lo que le queda de industria se concentra en transportes que consumen mucho petróleo (aviación y cruceros). El país también depende en gran medida del turismo internacional, que tiende a disminuir en caso de conflicto importante.

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Además, al igual que en Estados Unidos, el retorno al petróleo caro supone una tentación para algunos sectores de subir los precios para aumentar puntualmente sus tasas de beneficio. Ahí radica el verdadero riesgo: el de una nueva bajada del salario real, que ya permanece estancado durante el periodo 2021-2026. En un contexto de crecimiento muy débil en Europa y Francia, sería una muy mala noticia.

 

Traducción de Miguel López

A partir de ahora, la economía mundial depende de un estrecho de unos cincuenta kilómetros de ancho, el de Ormuz. Desde el inicio de la ofensiva israelí-americana, el 28 de febrero, esta ruta estratégica a la salida del golfo Pérsico parece haberse vuelto intransitable. En cualquier caso, el martes 3 de marzo, según los datos recopilados por la agencia Bloomberg, ningún barco atravesó esa vía navegable por la que, normalmente, transitan diariamente ochenta petroleros llenos de oro negro.

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