La imagen de un dron Shahed estrellándose contra Palm Jumeirah, la isla artificial de Dubái donde se encuentra la torre más alta del mundo, el Burj Khalifa, ha dado la vuelta al mundo. Simboliza un hecho que niegan rotundamente los defensores de la organización económica y social internacional: el horizonte de esta organización es la autodestrucción. Y este dron lo confirma, al igual que el pánico de las celebridades e influencers occidentales instalados en esas monarquías del Golfo, su paraíso terrenal.
Para comprender este momento, hay que entender qué es Dubái. En 2006, el antropólogo Mike Davis predijo la aparición de la La etapa Dubái del capitalismo en una obra marcada por una lucidez sorprendente. Pero lo que no era más que una versión extrema de la evolución del sistema se ha convertido en su eje central.
En su versión francesa (publicada por la editorial Prairies ordinaires), François Cusset aún podía afirmar en su epílogo que la ciudad emiratí “sin duda no será la capital del siglo XXI”, como lo fue París en el XIX y Nueva York en el XX. Para él, el carácter artificial, instantáneo y autoproclamado de Dubái le impedía alcanzar ese destino.
Pero eso es precisamente lo que ocurrió. Dubái no podía ser la capital del mundo en 2006, pero se convirtió en la capital del mundo en 2026. Precisamente porque, durante esas dos décadas, el capitalismo dio un nuevo giro, del que Dubái se convirtió en el centro simbólico. Este nuevo giro es el de la huida hacia adelante financiera, tecnológica y antropológica, donde el objetivo es producir valor mediante la negación de la realidad. Y en este esquema, el carácter artificial de Dubái y su capacidad demostrada para crear un mundo a partir del dinero, la han convertido en la capital del siglo XXI.
El capitalismo de subrégimen de nuestro siglo sigue en expansión porque es capaz de dar la ilusión de un crecimiento cada vez más alejado de toda realidad social. Es el reino de las finanzas por sí mismas, el de los miles de euros al mes que se ganan en TikTok o YouTube, el de las rentas inmobiliarias. Es un mundo en el que el trabajo prácticamente ha desaparecido y ha sido sustituido por un entretenimiento continuo. Es un mundo que niega los tres pilares sobre los que se sustenta: la explotación del trabajo, la explotación de la naturaleza y la alienación del ser humano.
“La ilusión efectivamente real”
Dubái, antiguo puerto de lo que antes se llamaba la Costa de los Piratas, lo tiene todo para encarnar el centro de este mundo: el trabajo productivo está oculto, la pobreza disimulada, la renta omnipresente y la pseudo-fiesta perpetua. Dubái es la ciudad construida por y para el capital del siglo XXI. La corrupción, las finanzas en la sombra y la violencia social están por todas partes, ocultas tras un mundo de lujo, luz y gigantismo.
Por eso se dice, con razón, que Dubái es una “ciudad espectáculo”, pero hay que entenderlo en el sentido del filósofo y cineasta Guy Debord: es una ciudad donde reina “la ilusión efectivamente real” de la mercancía y donde se despliega el “pseudo-uso de la vida”, es decir, esa vida que vemos en las pantallas y que pretendemos vivir sin llegar nunca a hacerlo realmente. Es la ciudad Instagram por excelencia, en la que el capital dicta al hombre.
Al ser la manifestación de ese espectáculo, Dubái no podía sino hacer soñar a quienes piensan que el capital es la realidad del hombre. Las celebridades, influencers o financieros que llenan las calles de esta ciudad y arrastran a todos aquellos que aspiran a vivir de la misma manera, encuentran allí lo que creen que es la vida: el reino del dinero fácil, la seguridad para los ricos, la abundancia de mercancías y la ausencia de ese mundo laboral sin el cual no son nada. En 2025 se han instalado 9.800 millonarios en los Emiratos Árabes Unidos.
Allí encuentran un mundo sumido en la negación, que es por excelencia la función del espectáculo y su deseo más preciado: no más crisis económicas, no más crisis sociales, no más crisis ecológicas. El dinero lo puede todo, lo regula todo y garantiza un reinado infinito a quien lo posee. Dubái, al igual que el espectáculo debordiano, no dice otra cosa que “lo que aparece es bueno y lo que es bueno aparece”.
El paraíso fiscal que ha sustituido a todos los demás
Pero esa negación no resuelve nada en la realidad. Se limita a ocultar. Y para ocultar, hay que pagar un precio. No solo equipando los apartamentos con aire acondicionado para hacer frente a las temperaturas infernales que el estilo de vida de los influencers y otros millonarios impone al mundo. En verano, las temperaturas suelen superar los 50 °C en las calles de la ciudad. También se necesita dinero para mantener esta negación, y ese dinero proviene del hecho de que Dubái es un agujero negro de las finanzas mundiales, el paraíso fiscal que ha sustituido a todos los demás.
Pero hay más. Para afirmar y mantener esa negación, también hay que recurrir a la violencia. Porque en Dubái la violencia está por todas partes. En la gestión de los trabajadores y la pobreza por los medios más directos: concentración, ocultación, expulsión. En la presencia de organizaciones criminales de todo tipo. En el régimen autoritario de la dinastía en el poder, donde se encuentra uno de los rasgos dominantes de la época, el de reinvertir el poder feudal en la gestión del capital.
Y ahora, aquellos que habían abandonado Occidente, ese ’infierno fiscal’ al borde de la guerra civil, buscan volver a toda costa
El pasado mes de julio, en la New Left Review, la autora Caitlín Doherty, de regreso del emirato, resumía: “Hay infiernos en la Tierra y Dubái es uno de ellos.” Y añadía: “su carácter infernal” no se debe solo a la concentración de riqueza, sino al hecho de que esa ciudad “ofrece a la gente normal la oportunidad de comprar la forma más pura de la mercancía más detestable: la explotación de los demás”. “Si quieres saber qué se siente al tener esclavos en el mundo moderno y no ser culpado por ello, vete a Dubái”, concluía.
Sí, Dubái es la capital de nuestro mundo, porque es el horizonte al que nos lleva nuestro amo, el capital, el de un mundo autoritario gobernado a partes iguales por la violencia y el dinero. Un mundo en el que desaparece el ser humano y reina el capital. “Si intentas humanizar ese lugar, perderás la cabeza”, advierte Caitlín Doherty. Y con razón: este lugar no está hecho para los seres humanos, está hecho para el capital y sus esclavos, aquellos que, como denunciaba el tribuno Macro, según Salustio, “llaman tranquilidad a su esclavitud”.
Pero esta negación violentamente organizada tiene sus límites. El dinero no lo puede todo. A veces resurge la realidad. El lunes 1 de marzo, ese dron que impactó en la entrada del Burj Khalifa recordó esta cruel verdad a esa multitud de ingenuos que pensaban que “su mundo”, Dubái, estaba a salvo del mundo y de su caos. El pánico fue proporcional a ese despertar. Y ahora, aquellos que habían abandonado Occidente, ese “infierno fiscal” al borde de la guerra civil, buscaban volver a toda costa.
Porque, al fin y al cabo, la capital del siglo XXI tiene las debilidades de su época. La negación destructiva acaba inevitablemente conduciendo al caos. Dubái es la capital del capitalismo depredador y autoritario de nuestro tiempo. Es el escaparate de un mundo en el que la destrucción se convierte cada vez más en una solución económica, pero también de un mundo en el que quienes deciden las destrucciones piensan que el dinero les protegerá.
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Ese dron ha venido a romper esa ilusión. El mundo de Dubái es una locura autodestructiva. Y detrás de las lágrimas de los influencers se esconde una verdad que se niegan obstinadamente a aceptar: el mundo del capital destruye el mundo real. Y no tenemos otro.
Traducción de Miguel López
La imagen de un dron Shahed estrellándose contra Palm Jumeirah, la isla artificial de Dubái donde se encuentra la torre más alta del mundo, el Burj Khalifa, ha dado la vuelta al mundo. Simboliza un hecho que niegan rotundamente los defensores de la organización económica y social internacional: el horizonte de esta organización es la autodestrucción. Y este dron lo confirma, al igual que el pánico de las celebridades e influencers occidentales instalados en esas monarquías del Golfo, su paraíso terrenal.