Del estrés agudo a la culpabilidad: los efectos psicológicos de la guerra en Ucrania

Valentyn Vasylenko (83) se encuentra en su hogar dañado en el pueblo de Teteriv, no lejos de Kyiv (Kiev).

Christophe Gueugneau (Mediapart)

Se hayan quedado en sus casas a pesar de las bombas o se hayan desplazado a otras ciudades más seguras o a otros países, los ucranianos, sin excepción, siguen pensando en la victoria contra el enemigo ruso.

Están los que resisten, armados, sirviendo en el ejército o en la Defensa Territorial, los que se han apuntado como voluntarios para ayudar a los refugiados o gestionar la logística de urgencia o los que siguen trabajando para ayudar al esfuerzo bélico y para que la economía no se hunda. “Hasta la victoria”, dicen. “Cuando hayamos ganado”, o “cuando la paz regrese de nuevo”. Pero nadie se compromete con una fecha, claro.

Siguiendo un poco las conversaciones, acaban apareciendo otras palabras, no siempre pero a menudo: “culpabilidad”, “síndrome del superviviente” o “traumatismo”. Culpabilidad por haberse ido o por haber dejado bajo las bombas a un hermano, un marido, a vecinos. O bien culpabilidad por haberse quedado poniendo en peligro a su familia. Culpabilidad por no haber hecho suficiente cuando los demás están en el frente.

La guerra en Ucrania, iniciada hace ahora justo un mes en una gran parte del país, empezó en el Este y en Crimea en 2014 y desde entonces no se ha detenido. Aunque sus efectos sobre los cuerpos son visibles y sobradamente documentados -muertos, heridos, desplazados-, los efectos sobre las mentes se están comenzando a sentir y solo pueden empeorar.

Medicina psicológica de urgencia

María (nombre ficticio, ver despiece) es psicoterapeuta y trabaja en Kiev. Hace diez años que se formó con el método EMDR (Eye Movement Desensitization and Reprocessing), que consiste en un barrido rápido de ojos de derecha a izquierda para estimular la zona del cerebro donde se almacenan las emociones y quedan grabados los recuerdos de los traumatismos vividos. Es un método que ella ha utilizado ya con víctimas de accidentes de carretera o de violencias, sobre todo sexuales.

Pero todo cambió en 2014 cuando ese método se convirtió en la piedra angular del tratamiento a veteranos del conflicto del Donbás. Desde el comienzo de la ofensiva generalizada, María enseña a los combatientes a tratarse ellos mismos y a tratar a los demás: cómo atenuar los ataques de pánico o como estabilizar su estado emocional. 

Se trata de un método psicológico de urgencia. Las personas que han sobrevivido a los bombardeos, refugiados, militares o miembros de la Defensa Territorial “viven un estrés agudo y necesitan por tanto de primeros cuidados e intervenciones de crisis y solo más tarde podremos hablar de psicoterapia”, explica María.

“Los problemas psicológicos actuales son principalmente trastornos depresivos y de ansiedad”, añade. “Pueden darse incluso en los que se han ido a lugares más o menos seguros porque la gente puede seguir preocupada por sus familiares que han quedado en zona de guerra. Puede tratarse también de ataques de pánico e incluso de trastornos obsesivo-compulsivos.”

Hay otra reacción que puede poner en peligro a la víctima: cuando los mecanismos de defensa irracionales se ponen en marcha, por ejemplo, las personas ya no reaccionan a las alarmas aéreas, no se ponen a cubierto y se acostumbran a ello. “Y eso es verdaderamente nefasto porque esas personas ya no perciben los riesgos, el peligro”, estima esta psicoterapeuta.

Por otra parte, piensa que la normativa sobre la reacción en caso de alarmas es actualmente insuficiente en Ucrania, cuando por ejemplo, en Israel, todo el mundo está obligado a acudir inmediatamente a un refugio en caso de alarma. 

¿Se puede ya hablar de un síndrome postraumático (PTSD, post-traumatic stress disorder)? Es demasiado pronto para ello. Este síntoma, muy conocido por los veteranos de guerra, solo puede ser diagnosticado al menos un mes después de los acontecimientos. “Además, no afecta a todo el mundo”, añade María. “Dependerá de la gravedad del estrés vivido por la persona pero también por su propia resiliencia psicológica, así como de la ayuda recibida”.

Orest Suvalo opina lo mismo. Este psiquiatra, coordinador de desarrollo de los servicios comunitarios de salud mental en el marco del proyecto. “Salud mental para Ucrania”, dirige desde el 28 de febrero un servicio médico y psicológico de urgencia creado desde cero en la estación de Leópolis, una gran ciudad al oeste del país a la que llegan miles de refugiados desde el comienzo de la invasión rusa. Una petición procedente de la administración militar. Más tarde ha sido transformada una sala de espera de la estación en dormitorio y sala de estar para mujeres y niños. Los sanitarios están siendo ayudados por estudiantes de medicina y de psicología.

Orest Suvalo y su colega María no quieren hablar por ahora de estrés postraumático. Sin embargo se ve claramente que muchas personas que pasan por la estación se encuentran en estado de estrés. “La primera semana había tanta gente aquí que era imposible tener tiempo de hablar con nadie”. “Esto es un servicio de psicología de crisis”, añade Suvalo. “Nos basamos sobre todo en la pirámide MHPSS de la IASC: primero tranquilizar a la gente, hacerles sentirse en un lugar seguro, luego establecer el contacto para darles los primeros auxilios si lo necesitan y, al final de la cadena, ofrecerles un tratamiento psicológico completo”.

Pero eso vendrá más tarde. “Por el momento, nuestro trabajo es crear un contacto, un vínculo, y recordar que lo más importante es sentirse seguro”, precisa Orest Suvalo. Porque mucha de la gente que llega aquí presenta un síndrome de superviviente y la impresión de haber perdido todo y al mismo tiempo de haberlo abandonado todo, la sensación de que podría haber sido más útil. “Son tiempos difíciles donde todo el mundo quiere ser útil pero si no estás en el ejército o en la Defensa Territorial puedes sentirse inútil. Nuestro papel es por tanto hacer también entender a la gente que ser un voluntario o seguir trabajando normalmente es algo útil”.

“Una forma de abandono emocional”

Cathia Chursina, de 25 años, que sigue trabajando con normalidad en su propia consulta de psicoterapia, tiene una historia personal que sigue aún sonando: “Vengo de Lugansk, en el Donbás. Yo tenía 17 años cuando los rusos llegaron en 2014. Me encontré sin nada, sin alojamiento, sin trabajo, sin dinero, ni siquiera sabía lo que iba a hacer. Tuve problemas de insomnio durante un año y más tarde me di cuenta de que era un problema de síndrome postraumático. Esa en mi experiencia”.

Al contrario que María, nunca había trabajado en Kiev con militares: “Al proceder de Lugansk, no me sentía capaz de enfrentarme a sus relatos”. En los primeros días de la invasión “no hice nada útil por mi país”, explica, “primero porque estaba muy enfadada con los ucranianos, que decían que la guerra empezaba cuando para mí realmente había empezado en 2014”. Luego se hizo voluntaria en los refugios “en los que había gente de Járkov”, ciudad del Este particularmente atacada por los rusos.

“Lo que más noto, al menos por ahora, es un sentimiento de abandono. Reciben ayuda pero sienten una forma de abandono emocional, lo que pasa cuando por ejemplo llamas a alguien y no responde, o cuando vas a un refugio y no encuentras a la persona que esperabas ver. Es el hecho de encontrarse sola frente a la elección de irte o quedarte, de no saber lo que es justo, lo que hay que hacer. Y para eso no hay una buena respuesta, cada persona tiene que saber elegir qué decisión es la buena para ella”.

Cathia Chursina practica la Gestalg-terapia, una terapia que no solo se interesa por el pensamiento y las emociones, sino también por el cuerpo. “Porque el cuerpo sufre con estas cosas”, dice esta joven. “el cuerpo es hiperactivo, hiper demandado, y la gente ni siquiera se da cuenta”.

Mientras la ONU acaba de anunciar que más de la mitad de los niños ucranianos están desplazados desde el comienzo del conflicto -más de 4 millones-, la psicoterapeuta destaca que los efectos de la guerra son especialmente duros para ellos: “Los niños son muy dependientes, no creen en el mundo sino en sus padres. Y cuando los padres deciden irse o quedarse puede suponer una opción para ellos pero no para los niños. Es una vivencia muy dura para ellos y se sienten totalmente desprotegidos”.

Para María, en Kiev “en la actualidad es imposible decir si nuestros psicólogos y psicoterapeutas están preparados para responder a los retos por venir”. Lo que está claro para ella es que después de la guerra, sea en algunas semanas o en algunos meses, la población que va a necesitar asistencia psicológica será enorme. Y María cita a “ex combatientes y sus familias, familias de los soldados caídos en el frente, civiles que sufrieron la ocupación, familias de los civiles muertos, miembros del voluntariado, empleados del servicio nacional de urgencias, migrantes, prisioneros de guerra liberados y sus familias...”.

En 2014-2015 los psicólogos aportaron ayudas voluntariamente, que luego serían institucionalizadas y remuneradas. “Esta vez será probablemente lo mismo”, dice María. “Lo importante es que la asistencia siga siendo gratuita para todas las víctimas”.

“Es duro decirlo pero tenemos que pensar ya mismo en el después”, añade Cathia Chursina. “Necesitamos un mañana, lo necesitamos de verdad”.

Traducción de Miguel López

Texto en francés aquí:

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