“Grecia lo mató”: así murió un joven estudiante sudanés en un naufragio a las puertas de Europa
Elsa y Abdelsalam se compenetran a la perfección. Basta con observarlos, reunidos en la Casa de la Hospitalidad, en Lyon, el miércoles 11 de marzo, para darse cuenta de ello. “Somos a la vez compañeros de trabajo y amigos”, precisan. Elsa cofundó la asociación LEA, siglas de Lien, écoute, accompagnement (Vínculo, escucha, acompañamiento), y aprendió árabe al relacionarse con ciudadanos sudaneses a los que acompaña en sus misiones. Abdelsalam es eritreo y llegó a Francia en 2022, tras huir de Sudán. Obtuvo protección internacional y continuó sus estudios en un “DU passerelle” (curso de acceso a la universidad, ndt), destinado a personas refugiadas.
“Necesitaba ayuda con los trámites administrativos”, recuerda. “Así fue como conocí a Elsa”. Ella cuenta que enseguida le propuso hacer voluntariado en la asociación, al ver que habla tigrigna (lengua del Estado etíope de Tigray, que también se habla en Eritrea). Abdelsalam podría ser contratado tras las prácticas de larga duración que está realizando.
En enero, al no tener noticias de su primo Sofian, que también había partido de Sudán con la esperanza de llegar a Europa, Elsa hizo todo lo posible por ayudarle. “Me llamó llorando un viernes por la noche, me dijo que ya no sabía a quién creer.” En ese momento, alguien le contó que había visto cómo sacaban del agua el cuerpo de Sofian.
La embarcación en la que viajaba, que debía llegar a la isla griega de Lesbos desde Dikili, en Turquía, naufragó en la noche del 10 al 11 de enero. “Llevaba dos meses en Turquía. Estuve en contacto con él todo ese tiempo. Pero desde el 4 de enero no había tenido noticias suyas”, explica.
Abdelsalam se niega a creerlo. No puede contactar con los amigos de Sofian que sobrevivieron al naufragio, ya que han sido encarcelados. “Este tiempo de incertidumbre duró unas horas. Pero fue muy largo psicológicamente”, subraya Elsa, que acabó llamando a la guardia costera turca esa misma noche para que le confirmaran la información.
Permitir el duelo
Al teléfono, su interlocutor empieza por enumerar los nombres de los supervivientes. “Fue horrible” El de Sofian no aparece entre ellos. Varios náufragos siguen entonces desaparecidos. Pero se han recuperado dos cadáveres: “Sofian estaba en la lista”, continúa. “Toda la información sobre él coincidía. Llevaba su pasaporte encima, así que eso permitió identificarlo”. Media hora después de esa llamada, Abdelsalam recibe un mensaje de voz de un primo que también le anuncia que Sofian ha muerto.
Elsa llama por teléfono a un amigo de Abdelsalam y le pide que pase por su casa para no dejarlo solo. A continuación, les propone ir a su casa para “organizarse”. “Empezamos a ver cómo podríamos ir juntos a Turquía”. Al mismo tiempo comienza “toda una odisea para localizar el cuerpo” de Sofian, que, según les dicen, ha sido trasladado a Esmirna.
El tanatorio indica que solo conserva los restos mortales durante diez días. Abdelsalam es un refugiado y no puede viajar fuera del espacio Schengen sin visado. Por lo tanto, deben acudir al consulado de Turquía al día siguiente para intentar obtener un “visado de urgencia”. “Pero eso no existe. Así que tuvimos que explicar la situación en detalle, presentar el certificado de defunción de Sofian, que habíamos conseguido recuperar a distancia.”
El entierro está programado para el viernes, día sagrado en la religión musulmana, en el cementerio municipal de Esmirna
El funcionario que los atiende les hace “un montón de preguntas”, pero al final les sugiere que compren el billete de avión, dando a entender que el visado se les concederá. “Para mí era importante ir”, explica Abdelsalam. “Para los padres de Sofian también. Quería que lo enterraran como es debido”.
Elsa no duda ni un segundo en acompañarlo, consciente de que su presencia, como miembro de una asociación europea, podría ayudar. Al día siguiente de su llegada a Esmirna, el miércoles 14 de enero, la pareja se dirige al depósito de cadáveres y consigue ver lo que queda de Sofian. Abdelsalam lo identifica.
Es la primera vez que ve un cadáver: está conmocionado, pero también aliviado, porque ya no hay ninguna duda sobre su fallecimiento. Para los familiares de los exiliados desaparecidos en el mar, el duelo es mucho más difícil cuando nada materializa la muerte.
“Llamé a sus padres por videollamada para que ellos también estuvieran seguros de su fallecimiento.” Primero el padre. “A su madre se lo mostramos después del lavado mortuorio. No paraba de preguntarme: ‘¿Cómo está?’, como si aún estuviera vivo. Yo le respondía que había muerto.”
El entierro está programado para el viernes, día sagrado en la religión musulmana, en el cementerio municipal de Esmirna. El trámite solo cuesta 20 euros, para sorpresa de Elsa. Abdelsalam y Elsa intentan después recuperar los efectos personales del difunto, pero en vano. El traficante, en cambio, un sudanés, devuelve a Abdelsalam la suma pagada por su primo, es decir, 1.500 dólares. “Si no consigues cruzar, allí te devuelven el dinero”, le susurra, señalando la diferencia con Libia.
“Hundida” por las fuerzas griegas
Quedan por aclarar las zonas de sombra en torno al naufragio, provocado por la guardia costera griega, según dos supervivientes a los que Mediapart ha podido localizar. Era la 1 de la madrugada, la embarcación que transportaba a Sofian se acercaba a las costas griegas. “Vimos un barco con tres hombres a bordo que se acercaba a nosotros”, relata Muhanad, de 20 años, originario de Darfur. “Nos dijeron que no tuviéramos miedo, que nos iban a escoltar hasta Grecia”.
Pero uno de los hombres, encapuchado y armado según Muhanad, subió a bordo. “Empezó a navegar muy rápido, dando media vuelta hacia Turquía. Luego regresó a su barco y dieron vueltas muy rápido a nuestro alrededor”.
Al parecer, la hélice del barco griego perforó entonces la embarcación neumática, dejando que el agua se filtrara a bordo. “Cayeron al agua dos personas. La gente empezó a ahogarse, otros a aplastarse unos a otros presa del pánico.” Vuelve a ver a Sofian situado en la proa, pero rápidamente aplastado por otros pasajeros. Abdelsalam suspira al volver a escuchar la historia una vez más.
Mohanad continúa su relato. Dice que llamó a los guardacostas turcos, que llegaron a la zona en “diez o quince minutos”. “Lanzaron una escalera y la gente que pudo subir lo hizo, los demás se quedaron. Nadie nos ayudaba.” El cuerpo de Sofian, que ve flotar en el agua, es recuperado por otro barco. Ya demasiado tarde.
Taha, de 22 años, sudanés originario de El Fasher, relata lo mismo (se contactó a ambos por separado, por teléfono). “Había tres hombres. Uno de ellos subió a nuestro barco. Nos llevaron de vuelta a aguas turcas antes de embestirnos. Ese era su objetivo.”
Pero Taha, atormentado por el naufragio, dice que a veces lo sueña por las noches. “Vi morir a gente delante de mí. Caí al agua, nadé para salir y llegar hasta los guardacostas turcos cuando llegaron a rescatarnos.” No ha vuelto a intentar la travesía desde entonces. Por tierra, “se ha vuelto complicado”. Por mar, se enteró de una historia similar a la suya poco después. Está traumatizado.
Al ser preguntados por Mediapart, los guardacostas helenos afirman no tener constancia del “incidente descrito” en sus registros. Sin embargo, el Centro de Coordinación de Búsqueda y Rescate turco les informó de una operación de rescate llevada a cabo esa noche por los turcos, entre las zonas marítimas de Dikili y el sureste de Lesbos. Añaden que las investigaciones solicitadas por ese mismo centro “para identificar a posibles personas arrastradas por la corriente hacia la zona griega” no han dado resultados.
En cuanto a las acusaciones formuladas por los supervivientes, la Guardia Costera griega destaca que la vigilancia de las fronteras marítimas de Grecia y de la UE se lleva a cabo “las 24 horas del día con eficacia, un alto sentido de la responsabilidad, profesionalidad y un respeto absoluto por la vida humana y los derechos humanos, de conformidad con el derecho internacional y europeo”. Rechazan “categóricamente cualquier acusación de actividades ilegales” y mencionan que, desde 2015, han realizado más de 6.500 intervenciones y han rescatado a más de 271.000 personas.
Una carta a la que Mediapart ha podido acceder, emitida por la fiscalía de Dikili y firmada de puño y letra por el fiscal, en la que se autoriza el entierro, menciona: “Una embarcación neumática que transportaba a 37 migrantes intentaba llegar a Grecia” el 10 de enero de 2026, “hundida por las fuerzas griega”. También menciona “cuchillazos”, dando a entender que el análisis de la embarcación pudo revelar rastros de cortes; pero los testigos interrogados por Mediapart sostienen que fueron precisamente los golpes provocados por las maniobras de los griegos, así como la hélice del motor de su barco, los que contribuyeron a perforar los flotadores de la lancha neumática.
Nos sacan de aguas griegas, nos llevan de vuelta a aguas turcas y nos dejan allí. Mueras o no, a ellos les da igual
Se han registrado varios naufragios frente a las costas de Grecia, uno de los cuales, ocurrido el 3 de febrero, suscitó polémica cuando los supervivientes relataron el mismo escenario que Mohanad y Taha: la guardia costera griega habría embestido la embarcación a toda velocidad, provocando la muerte de quince exiliados.
Como reveló Reuters, las autopsias demostraron que las víctimas habían fallecido a causa de “heridas” o “lesiones craneales y cerebrales graves”, lo que sugiere que la embarcación de migrantes sí fue embestida por la guardia costera. En los últimos años, se han documentado regularmente casos de devoluciones ilegales llevadas a cabo por la guardia costera griega, poniendo en peligro la vida de otras personas.
Vidas desiguales
“Sabemos que a veces hacen eso. También le quitan el teléfono y el dinero a la gente que cruza”, comenta Taha. “Suponemos que es para no dejarnos entrar en Europa”, interpreta por su parte Mohanad. “Suelen actuar así, nos sacan de aguas griegas, nos llevan de vuelta a aguas turcas y nos dejan allí. Mueras o no, a ellos les da igual.”
Mohanad ha vuelto a intentar la travesía desde el naufragio, en dos ocasiones, sin conseguir alejarse de la costa. “Es imposible dar marcha atrás. Así que iré a Europa por todos los medios. O llego allí o muero en el mar”, dice quien tiene como objetivo Inglaterra.
“Europa no merece la muerte de mi primo”, opina Abdelsalam, quien también recuerda que otras embarcaciones de exiliados fueron “hundidas” entre Turquía y Grecia en enero. Sofian tenía “lo necesario en Sudán”, donde su padre es propietario de varios negocios.
“Quería venir a Europa para estudiar. Su familia no sabía que había dejado la universidad y que pensaba cruzar así.” El joven había obtenido inicialmente un visado de estudiante para la parte turca de Chipre, y luego había trabajado en la construcción durante un año en la parte griega de la isla, por un salario de 1.700 euros.
“Después se trasladó a Estambul e intentó cruzar por tierra, pagando 4.500 euros a un traficante. Pero fue una estafa.” Ese intento fallido le valió pasar un mes en centro de internamiento.
“Hablaba todo el tiempo con Sofian por teléfono. Unas semanas antes de que se subiera al barco, me decía que pronto estaría conmigo, que quería estudiar en la universidad, que ya había empezado a aprender francés… Que cuando tuviera la nacionalidad francesa, podría dar la vuelta al mundo”, recuerda Abdelsalam, a quien Sofian también le había hablado de las crisis y la guerra que azotan Sudán.
Si la Unión Europea (UE) concediera visados, ellos “no tendrían que correr esos riesgos”. “No puedes hacer nada con un pasaporte sudanés o eritreo, son países pobres. El pasaporte europeo, en cambio, te permite viajar a cualquier parte. Así es el mundo.”
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¿Tiene la UE parte de responsabilidad en la muerte de su primo? “Sí. Grecia lo mató”, afirma rotundamente. Para que su muerte no caiga en el olvido, Elsa y él han querido contar su historia. Ahora están pensando en presentar una denuncia para que la justicia europea se ocupe del caso.
Traducción de Miguel López