Mientras se disparan las estimaciones sobre el número de víctimas de la represión del poder en Irán —varias fuentes hablan de hasta 30.000 personas muertas—, el acceso a internet se ha restablecido de forma muy limitada y selectiva. Aunque algo aliviado, este apagón digital tiene una duración excepcional en la historia de la República Islámica. Y la contradicción es total con las promesas del Gobierno de poner fin rápidamente a las restricciones.
El vicepresidente del régimen, Hossein Afshin, prometió el 19 de enero que “las actuales restricciones se levantarían en breve”. Pero el portavoz del Gobierno, Fatemeh Mohajerani, precisó posteriormente que la decisión de cortar internet correspondía a los “responsables de seguridad” y confesó en privado a los periodistas que era posible que la conexión no se restableciera antes de finales de marzo.
Este corte de internet ha provocado profundas perturbaciones en la vida cotidiana de los iraníes y su aislamiento del resto del mundo, pero también una ola de preocupación internacional, en particular por el riesgo de que se oculte el alcance de la represión mortal de las movilizaciones populares, sin precedentes desde la revolución de 1979. La insistencia de Irán en mantener este corte prolongado ha despertado además la curiosidad de los observadores sobre los avances en la creación de un “internet nacional”.
Una decisión política e ideológica
Irán es uno de los países que desde hace tiempo impone las restricciones más severas a la libertad de acceso a internet, ya que este acceso plantea una cuestión existencial para el régimen. La República Islámica considera que el internet libre forma parte de una “invasión cultural” de Occidente.
El líder supremo, Ali Khamenei, ha pedido en varias ocasiones, en sus discursos, la adopción de leyes restrictivas. En 2012, creó una institución denominada “Consejo Supremo del Ciberespacio”, encargada de la censura de internet y la aplicación de filtros. Este órgano figura en la lista de instituciones de represión cibernética elaborada por organizaciones internacionales, entre ellas Reporteros sin Fronteras.
El régimen iraní, especialmente durante los movimientos de protesta a escala nacional, considera que el corte de internet es una herramienta eficaz para contener las manifestaciones y, por lo tanto, garantizar su supervivencia política. Desde las manifestaciones de 2009, desencadenadas por la reelección de Mahmud Ahmadineyad como presidente, el recurso a este instrumento es recurrente y alcanza cada vez nuevas dimensiones.
En 2019, un corte de la red era prácticamente insoportable más allá de ocho días. En enero de 2026, el corte ha durado casi tres semanas
Masoumeh Taherkhani, analista de economía afincada en el Reino Unido, explica a Mediapart que las experiencias anteriores de cortes de internet constituyeron para el poder “una especie de prueba real destinada a reducir los costes de ejecución de cortes posteriores. Pero este objetivo se ha quedado en la teoría. En la realidad económica, el resultado se tradujo en pérdidas considerables para las clases medias y las pequeñas estructuras comerciales de la sociedad”.
El corte actual limita directamente el acceso a servicios vitales como la banca, la salud y la educación, pero el proyecto de “internet nacional” se está desarrollando precisamente para neutralizar esos efectos. Esta red interna tiene por objeto mantener un nivel mínimo de servicios bancarios, administrativos, sanitarios y educativos en caso de corte o deterioro de internet a nivel mundial, y hay indicios de que esta capacidad se ha reforzado considerablemente en comparación con años anteriores.
“Es reveladora la comparación entre noviembre de 2019 y la situación actual”, estima Mehdi Saremifar, analista de tecnología afincado en Canadá. “En 2019, un corte de la red era prácticamente insoportable más allá de unos ocho días, y la presión económica había llevado a la reapertura de internet. En enero de 2026, el corte ha durado casi tres semanas, sin que se observaran signos claros de incapacidad inmediata del sistema”.
El enorme coste de los cortes de internet
Sin embargo, las estadísticas, los informes sobre el terreno y los análisis de los expertos dan testimonio de los daños causados por esta política. Es cierto que no existen cifras precisas, definitivas y verificables sobre el coste económico de los cortes de internet en Irán. Los datos proporcionados por el Gobierno o por instituciones independientes son solo estimaciones y no cálculos reales basados en datos brutos.
Pero, según varias fuentes competentes en la materia, la estimación pública más creíble hasta la fecha proviene de la ONG NetBlocks, que evalúa las pérdidas financieras en Irán relacionadas con el corte de internet en 37 millones de dólares al día. Sobre esta base, y teniendo en cuenta los cortes que se produjeron durante la guerra con Israel, las pérdidas durante el último año superarían los 1.000 millones de dólares.
Mehdi Saremifar precisa que la parte de la economía digital iraní supone entre el 5 % y el 6,5 % de la riqueza nacional. Pero, aparte de los costes estrictamente soportados en este ámbito, los efectos del corte “se manifiestan en el cierre de empresas, la disminución de la confianza económica, la emigración de la mano de obra, etc.”, precisa.
Según las estadísticas disponibles, alrededor de 10 millones de personas en Irán obtienen sus ingresos directa o indirectamente de internet. Pero muchas de esas actividades son pequeñas y poco resistentes y, con cada corte, una parte de ellas nunca vuelve al circuito económico.
Según el propio ministerio de Telecomunicaciones iraní, se han visto privados de acceso a internet unos 73 millones de usuarios. “Estas cifras muestran que las pérdidas reales, especialmente a medio y largo plazo, podrían superar con creces las estimaciones publicadas”, afirma Masoumeh Taherkhani. “El impacto real de esta política se manifestará en el declive duradero de las actividades económicas”.
Objetivos económicos y de seguridad
La idea inicial de crear la Red Nacional de Información (internet nacional) se planteó en 2005, al comienzo de la presidencia del ultraconservador Mahmud Ahmadineyad. En un principio, el proyecto debía completarse en tres años, pero se necesitaron diez años para que, bajo la presidencia de Hassan Rohani, entrara en funcionamiento el núcleo principal de esa red, un centro de intercambio de tráfico de datos de la infraestructura.
En un documento publicado años más tarde bajo el título “Requisitos de la Red Nacional de Información”, figuran como objetivos “la creación de la infraestructura de comunicación del ciberespacio nacional”, “la independencia”, “la gobernanza”, “el saneamiento y la seguridad”, “las tarifas y el modelo económico”, así como “los requisitos culturales”.
El rendimiento de una internet nacional es inferior al de la integración en la economía digital mundial
Esos títulos muestran que, al separar la red de internet del país de la red mundial, la República Islámica no solo persigue objetivos económicos, consistentes en eludir las sanciones internacionales. Esos objetivos también son de seguridad y culturales, vinculados a la ideología islámica.
Si el desarrollo del internet nacional es tan lento es porque “el desarrollo y el mantenimiento de infraestructuras paralelas, en formato internet nacional, requieren inversiones cuantiosas y continuas”, explica Masoumeh Taherkhani. Y además de que este coste es elevado, el rendimiento de un internet nacional es inferior al de la integración en la economía digital mundial.
“Irán es básicamente un consumidor y no un productor de tecnologías a escala mundial”, explica. “El país no dispone de las capacidades técnicas y operativas necesarias para transferir parte de las redes de servicios al interior del país y nacionalizarlas.”
Aunque la República Islámica ha logrado, mediante cortes generalizados, alcanzar objetivos de seguridad temporales y, mediante el filtrado, objetivos culturales, no ha tenido el mismo éxito en el plano económico, pues la economía digital de cualquier país depende en gran medida de las conexiones mundiales, las plataformas internacionales y la libre circulación de la información.
No encuentran una solución eficaz
Contrariamente a las expectativas expresadas al inicio del reciente corte de internet en Irán, ni la comunidad internacional ni las empresas tecnológicas extranjeras han sido capaces de ponerle fin rápidamente.
Las instituciones de defensa de los derechos humanos vinculadas a las Naciones Unidas, entre ellas la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, han calificado el corte de internet como parte de un patrón de represión y violación de los derechos fundamentales.
“Esas declaraciones convirtieron el corte de una decisión técnica en una cuestión de derechos humanos, lo que dificultó cualquier intento de negar su carácter ilegítimo”, explica el analista Mehdi Saremifar. “Pero, a falta de mecanismos coercitivos vinculantes, no tuvieron un efecto disuasorio inmediato.”
Por parte de las empresas tecnológicas no se ha llevado a cabo ninguna acción concreta. Los intentos de crear vías de comunicación alternativas, en particular a través de la red de internet por satélite Starlink, se han topado con perturbaciones técnicas y con la persecución de los usuarios por parte de las autoridades iraníes.
“Esta experiencia demuestra que la eficacia de una intervención exterior, sin modificar el equilibrio de poder interno y sin generar mayores costes para el poder, sigue siendo indirecta y esencialmente a largo plazo, en lugar de operativa e inmediata”, concluye Mehdi Saremifar.
Caja negra
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Mostafa Khalaji es periodista independiente. Este es su primer artículo para Mediapart.
Traducción de Miguel López
Mientras se disparan las estimaciones sobre el número de víctimas de la represión del poder en Irán —varias fuentes hablan de hasta 30.000 personas muertas—, el acceso a internet se ha restablecido de forma muy limitada y selectiva. Aunque algo aliviado, este apagón digital tiene una duración excepcional en la historia de la República Islámica. Y la contradicción es total con las promesas del Gobierno de poner fin rápidamente a las restricciones.