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¿Inflación transitoria o crisis en ciernes? El final de la pandemia provoca una fuerte subida de los precios en todo el mundo

El presidente de la Fed, Jerome Powell.

Martine Orange (Mediapart)

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Bastó una cifra para electrizar el mundo financiero y poner en alerta a los bancos centrales. La semana pasada, el índice de precios al consumo de Estados Unidos subió un 4,2% en abril, su mayor incremento desde 2008. Aunque la comparación se hizo con el punto más bajo de abril de 2020, en pleno confinamiento mundial, el anuncio supuso un shock; aunque el alza de los precios al consumo en la zona euro, que acaba de salir del confinamiento, siga siendo muy comedida (+1,6%). En un mundo que olvidó durante varias décadas lo que es el aumento de precios, amenazado incluso desde la crisis de 2008 por la deflación, este aumento es demasiado sorprendente. No ha hecho falta más para hacer sonar la alarma: la inflación vuelve.

Hay muchos indicios que alimentan este temor. Aunque China volvió a ponerse en marcha en la segunda mitad de 2020 y Estados Unidos lo hizo hace dos o tres meses, la oferta tiene dificultades para responder al ritmo de la demanda industrial.

Desde principios de año, los productores cuentan que les falta de todo: acero, cobre, metales, tierras raras, semiconductores, vidrio, materiales de construcción, madera. La crisis sanitaria y los repetidos confinamientos han causado una completa desorganización de las cadenas de valor, que tardan en recuperar los ritmos previos, provocando rupturas de stock y cuellos de botella en todo el proceso productivo.

Las tensiones se ven también agravadas por las interrupciones en la cadena de suministro. No todos los países han dejado atrás los confinamientos y las restricciones, lo que crea ralentizaciones y tapones en el transporte y los puertos. El precio del flete marítimo se ha cuadruplicado desde marzo, debido a la falta de una flota mercante suficiente. Incluso hay escasez de contenedores para el transporte de mercancías. A lo largo de toda la cadena de producción industrial, los precios se disparan y la escasez temporal o más duradera se instala, obligando a su vez a las empresas, sobre todo de los sectores del automóvil y de los electrodomésticos, a detener la producción.

Mientras el mundo estaba convencido de que todo volvería a ser como antes del confinamiento, la economía real llamó al orden al mundo financiero. Nadie había previsto una recuperación tan caótica. “La crisis del covid puso de relieve las condiciones en las que se había llevado a cabo la globalización y debilitó nuestras economías occidentales”, explica Benjamin Coriat, profesor de Economía en la Universidad de París XIII. Las empresas, los economistas y, a veces, los políticos han descubierto las vulnerabilidades creadas por cadenas de valor y de suministro globalizadas en función de los costes y las dependencias vinculadas a la hiperespecialización regional, como en el caso de los semiconductores, producidos casi exclusivamente en Taiwán.

Todo el sistema de producción se encuentra ahora bajo presión; y también los bancos centrales. Desde hace tres meses, la Fed, el Banco Central Europeo (BCE), el Banco de Inglaterra y el Banco de Canadá hablan largo y tendido en sus análisis coyunturales de las fuertes subidas de las materias primas y los productos semielaborados, que empiezan a repercutir en toda la cadena de bienes y servicios.

Pero a ambos lados del Atlántico, el análisis es el mismo: estas subidas de precios, en este momento, no preocupantes. La Fed y el BCE han adoptado el mismo lenguaje para explicar la situación; se trata de una “inflación temporal”.

“Es una narrativa un poco impuesta. Los bancos centrales se sentirían muy contrariados si tuvieran que decir otra cosa”, afirma Eric Dor, director de estudios económicos de la IESEG School of Management de París y Lille. Esta narrativa justifica que no se modifique en absoluto la política monetaria, ya que los bancos centrales han decidido poner todos sus recursos al servicio de las políticas fiscales de los gobiernos para apoyar la recuperación económica tras el colapso histórico provocado por la crisis sanitaria.

Estos análisis están lejos de convencer a todo el mundo. Políticos y economistas han empezado a poner en tela de juicio a los bancos centrales, acusándolos de subestimar el riesgo inflacionista y de abandonar su mandato principal de garantizar la estabilidad de los precios. Después de criticar el plan Biden, que considera una vuelta al keynesianismo de los años 70, el exsecretario del Tesoro estadounidense Lawrence Summers, se ha convertido en el líder de esta protesta. Al denunciar la laxitud de la política monetaria de la Fed, la acusa de “complacencia frente a la inflación” y de subestimar los riesgos para la estabilidad financiera que suponen unos tipos de interés muy bajos.

Este debate sobre el retorno de la inflación parece extraño para muchos, o más exactamente no está desprovisto de cálculos y de intereses ocultos para mantener una relación de fuerzas excesivamente favorable al capital sobre el trabajo. Porque, durante tres décadas, se ha ignorado otra inflación; la de los activos. Las políticas monetarias ultraacomodaticias de los bancos centrales, y su captura por el sector financiero, han provocado una inflación sin precedentes en el precio de los valores y de los inmuebles. La desconexión con la economía real no se desmiente: las valoraciones bursátiles alcanzan ahora niveles estratosféricos, sin relación alguna con una economía mundial que ni siquiera está convaleciente. “En estas economías financiarizadas, los bancos centrales perdieron el control de este ámbito hace mucho tiempo”, señala Jézabel Couppey-Soubeyran, economista de París I-Panthéon-Sorbonne.

Muchos responsables políticos también han subestimado deliberadamente el impacto de estas burbujas de activos, sobre todo en el sector inmobiliario, en los hogares, y la medida en que contribuyen a aumentar las desigualdades y las distorsiones sociales. Mientras que, en sus estudios sobre la riqueza, el instituto francés de estadística (INSEE) apunta, año tras año, las consecuencias de tener o no una vivienda en propiedad, las consecuencias sociales derivadas de la imposibilidad de un número creciente de hogares de comprar vivienda, el mismo instituto otorga al gasto en vivienda un peso del 6% en el índice de precios, cuando los hogares pueden dedicar al alojamiento un tercio o más de sus ingresos. Esto significa que la inflación está contenida y sigue ejerciendo una presión constante a la baja sobre los salarios.

“Francamente, este debate sobre la inflación me parece surrealista. Llevamos más de 30 años de estancamiento secular de bienes y salarios. El riesgo de deflación económica, por la deuda, pesa sobre la economía mundial. Y se nos habla de inflación. No creo que sea malo un poco de inflación, aunque sólo sea para comerse un poco la deuda”, afirma Laurence Scialom, profesora de economía en la Universidad de París-Nanterre.

Para ella, las tensiones que existen en este momento están relacionadas con el hecho de que “todo el mundo está reanudando la actividad al mismo tiempo”. Sobre todo añade, porque el plan Biden “pretende claramente poner la economía estadounidense a todo gas”.

El peligro de los miedos autocumplidos

Jézabel Couppey-Soubeyran es más prudente. “Hace unos meses, no creía que la inflación fuera a repuntar en absoluto. Las tensiones que estamos viendo en las materias primas y los productos industriales y la fuerte recuperación de Estados Unidos están cambiando un poco el panorama”, afirma.

Éric Dor comparte las mismas dudas: “Hace dos meses, me inclinaba claramente por una inflación transitoria, una rápida vuelta a la normalidad. Hoy, aunque este escenario siga siendo el más probable, no estoy tan seguro. Porque las tensiones están durando más de lo previsto”, dice. Pero admite que le cuesta evaluar la situación y sus consecuencias.

Pero algunos de ellos están empezando a materializarse. Conscientes de su grado de vulnerabilidad, los grupos han comenzado a trabajar para reorganizar sus cadenas de suministro, relocalizar parte de la producción y organizar plataformas regionales. El sector del automóvil, pionero de la globalización a ultranza, ha aprovechado la agitación provocada por el coche eléctrico para pensar en abandonar el que ha sido su modelo durante más de 40 años y que se ha extendido por toda la industria: la producción just in time. Por su parte, los Gobiernos, por razones geopolíticas y como parte de su estrategia para hacer frente a China, presionan a los fabricantes para que desplacen la producción considerada esencial, como la de semiconductores.

Esta evolución es el germen de profundos cambios en los métodos y costes de producción y en los equilibrios económicos. Anuncian nuevas jerarquías, con inevitables ganadores y perdedores. Pero esto llevará tiempo. Mientras tanto, se ciernen otros peligros, explica Jézabel Couppey-Soubeyran: “Temo que estas expectativas inflacionistas actuales, como suele ocurrir en los mercados, se autocumplan”, afirma.

Las advertencias sobre el retorno de la inflación han empezado a cambiar la forma de hacer las cosas. Los fabricantes y comerciantes han vuelto a los viejos reflejos de los periodos inflacionistas, caídos en el olvido desde finales de los años 70. Por miedo a quedarse sin nada, por miedo a tener que pagar mañana más de lo que pagan hoy, piden más de lo que necesitan, acumulando stocks, como habían dejado de hacer.

Los mercados de futuros de materias primas también han comenzado a anticipar el aumento de los precios. Desde el cobre hasta el trigo, todos los precios subirán en los próximos meses. ¿Cómo se reflejarán estos aumentos en los precios? ¿Hasta dónde y por cuánto tiempo podrán los bancos centrales continuar con un movimiento inflacionario transitorio, si estas subidas continúan?

Para tranquilizar a los mercados financieros, preocupados por las tensiones actuales y, sobre todo, por los cambios contenidos en el programa de estímulo extraordinario de Joe Biden, la Fed recuerda constantemente que no ha olvidado en absoluto su misión de garante de la estabilidad de los precios. Las preocupaciones expresadas por la comunidad financiera también se reflejan en las discusiones entre los distintos gobernadores de las reservas federales estadounidenses.

Según las actas del Comité Monetario de la Reserva Federal del 28 de abril, publicadas el 19 de mayo, algunos empiezan a preguntarse si no será pronto el momento de considerar un plan para reducir las compras de letras del Tesoro y otros activos por parte del Banco Central y volver con ello a una política monetaria más controlada, si la economía estadounidense sigue mejorando a este ritmo. La preconización no es ni mucho menos unánime, pero la cuestión está sobre la mesa. La propia secretaria del Tesoro y expresidenta de la Fed, Janet Yellen, ha reconocido que puede ser necesaria una pequeña subida de tipos en los próximos meses.

A estas alturas, lo que preocupa a los banqueros centrales no es el resurgimiento de una espiral inflacionista como la que existía en los años 70: todos los mecanismos que permitían indexar los salarios a los precios se rompieron sistemáticamente desde principios de los 80. Y mientras la economía mundial acaba de salir de un confinamiento que ha provocado la destrucción de puestos de trabajo y el desempleo masivo, el poder de negociación de los empleados, ya profundamente limitado, es prácticamente nulo. El peligro es más bien que reaparezca la inflación importada vinculada al encarecimiento de las materias primas y de la energía, lo que supondría una presión duradera sobre el poder adquisitivo y sobre unas economías que apenas se están recuperando.

El verdadero problema para los bancos centrales es, como siempre, el mundo financiero. ¿Seguirán aceptando esta situación o, con sus expectativas, provocarán ajustes brutales en los mercados? Todo el mundo está pendiente de los tipos de interés, escudriñando las sacudidas que pueden producirse en los mercados de obligaciones, que son el catalizador de todas las tensiones y contradicciones del sistema actual. Una subida repentina de los tipos de la deuda estadounidense podría tener un efecto dominó en toda la esfera financiera, construida sobre una pirámide de deuda, y hacer estallar varias burbujas de activos basadas en valores irreales.

“Lo que más temo es que el efecto de las rupturas de la producción conduzca a un endurecimiento de las políticas macro, que el mimetismo de los mercados nos lleve a una fase dura”, dice Benjamin Coriat. El miedo está más que justificado. En febrero, cuando Europa aún estaba sumida en una crisis sanitaria, incluso antes de que resurgiera la cuestión de la inflación, varios gobernadores de la eurozona, entre ellos los de los Países Bajos y Finlandia, ya empezaron a hablar de la necesidad imperiosa de volver a la ortodoxia monetaria. Para estos defensores del ordoliberalismo, es urgente detener la distribución masiva de dinero por parte del Banco Central que permite a los Gobiernos europeos financiar sus planes de apoyo económico y empresarial a interés cero. En definitiva, les resulta imposible seguir acumulando deuda, incluso para financiar la transición ecológica y la evolución de la economía. Es necesario volver cuanto antes a las políticas presupuestarias anteriores, incluso a la austeridad si es necesario.

Intentando tranquilizar, la presidenta del BCE, Christine Lagarde, reafirmó su voluntad de mantener el programa de apoyo y compra de activos del BCE durante varios meses más, afirmando que la economía europea es demasiado débil. Pero, ¿cuánto tiempo será capaz de mantener esta línea?

A pesar de los riesgos que una reducción brusca podría suponer para la integridad de la eurozona, es probable que el debate se intensifique en cuanto las economías europeas recuperen cierto impulso. En su último estudio, publicado el 19 de mayo, el BCE no deja de insistir en la necesidad de revisar a la baja los planes de ayuda nacionales lo antes posible y de subrayar los riesgos que la exuberancia de los mercados financieros supone para la estabilidad financiera.

Al otro lado del Atlántico, el debate se plantea de forma algo diferente. Si el temor al retorno de la inflación se agita, no es sólo por los riesgos de desestabilización de la esfera financiera, sino también por lo que subyace: ¿quién debe beneficiarse de la política monetaria? ¿Al servicio de quién están los bancos centrales?

Durante una década, el mundo financiero nunca se ha quejado de las políticas monetarias ultraacomodaticias de la Fed, ha sido el principal, si no el único, beneficiario. Incluso se ha vuelto totalmente dependiente de la institución monetaria, que le proporciona un seguro a todo riesgo en cualquier circunstancia.

Pero con el covid, los cambios que se están dibujando a la salida, y más aún el programa de estímulo sin precedentes lanzado por la administración, se esboza una nueva relación de fuerzas, quizás mucho menos favorable al capital. Anticipándose a las convulsiones que se están produciendo, el mundo financiero está dispuesto a ejercer toda su influencia, a echar mano de toda su capacidad de resistencia para que nada cambie. Bajo ningún concepto.

Traducción: Mariola Moreno

Leer el texto en francés:

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