Kevin Warsh ha completado sin duda la parte más sencilla de su nueva misión. Pero su nombramiento como presidente del Banco Central de Estados Unidos (la Fed o Reserva Federal), que normalmente no es más que una formalidad, se ha convertido en una auténtica prueba. El miércoles 13 de mayo, el Senado finalmente confirmó su nombramiento con muchas dudas. Su comisión de finanzas había aprobado su nominación el 5 de mayo por un estrecho margen, con trece votos a favor y once en contra.
Pocas veces un presidente de la Fed ha sido tan analizado y criticado antes incluso de asumir el cargo. Para sus detractores, es sospechoso desde el principio simplemente por ser el candidato de Donald Trump. Muchos temen que se convierta en el brazo ejecutor de la Casa Blanca, que no ha dejado de atacar la independencia de la institución y a su presidente desde el inicio de su segundo mandato.
Incluso antes de haberlo seleccionado, Donald Trump ya había trazado la hoja de ruta del nuevo presidente de la Fed: que bajara lo antes posible, y tanto como fuera posible, los tipos de interés para impulsar la economía estadounidense y, sobre todo, los mercados financieros.
Pero Kevin Warsh también ha conseguido apoyos durante esta campaña, más allá de los fieles al bando republicano. En el mundo financiero y en el seno del bando demócrata, algunos recuerdan su paso por las finanzas y su mandato como emisario del banco central ante Wall Street durante la crisis de 2008. En aquel momento se alineó con los ortodoxos de la política monetaria, criticando la flexibilización monetaria, las compras masivas de deuda pública y el crédito a tipo cero que habían contribuido a disparar el balance de la Fed.
En 2024, volvió a cuestionar enérgicamente la política monetaria adoptada por el banco central. Para él, la Fed había cometido “un error histórico” al no subir los tipos de interés lo suficientemente rápido y lo suficientemente alto, cuando la inflación en Estados Unidos, bajo los sucesivos impactos del covid y luego de la crisis energética, superaba el 9 %.
De entrada, quedan planteadas las contradicciones a las que se enfrenta el inicio del mandato de Kevin Warsh: o bien se ajusta a la voluntad presidencial de Donald Trump, o bien opta por una política monetaria ortodoxa. Incluso a costa de intensas maniobras y diplomacia, le resultará difícil conciliar ambas cosas. “Se encuentra atrapado en una situación imposible entre un presidente que exige bajadas de tipos y una inflación problemática”, reconoce David Wilcox, antiguo economista de la Fed.
El precio de las políticas de Trump
A modo de regalo de bienvenida, Kevin Warsh se encuentra con una cifra espantosa para un banquero central: la inflación está en su nivel más alto de los últimos tres años. Según las estadísticas publicadas el 12 de mayo, los precios han subido un 3,8 % en un año, muy lejos del objetivo del 2 % que sirve —arbitrariamente— de referencia a todos los bancos centrales occidentales para determinar su política monetaria. Una subida que, como señala Éric Dor, profesor de economía en la IÉSEG School of Management, está relacionada con “las decisiones políticas que Donald Trump ha autoinfligido a la economía estadounidense” y al resto del mundo.
Contra todos los cálculos del presidente y su entorno, Estados Unidos, a pesar de su condición de primer productor y exportador de petróleo, no se ha mantenido al margen de la crisis energética provocada por la guerra en Irán y el cierre del estrecho de Ormuz. En dos meses, los precios de la energía han subido más de un 12 %; los del gasóleo han pasado de 3 a 5,69 dólares el galón (3,78 litros), la medida de capacidad utilizada en Estados Unidos.
Mientras que la cuestión del poder adquisitivo lleva meses siendo una de las principales preocupaciones de los estadounidenses, el presidente, que la había convertido en un tema de campaña, ha rechazado toda responsabilidad en esta crisis energética. “No pienso en la situación financiera de los americanos”, respondió tras conocerse las cifras de inflación, explicando que su prioridad era impedir que Irán se dotara de armas nucleares.
Esta crisis energética se está extendiendo a todos los demás sectores, con mayor o menor rapidez según su exposición al coste de la energía. Así, los precios del transporte aéreo han subido un 20 % en dos meses y los productos alimenticios, especialmente frutas y verduras, un 6,2 %. Pero lo mismo ocurre con los materiales de construcción y los productos manufacturados. En abril, los precios al productor subieron un 5,2 %, el mayor incremento desde 2022.
Aunque el tema parezca olvidado, los aranceles siguen surtiendo efecto y encareciendo el precio de las importaciones. Según estudios recientes, el 85 % del coste final de los aranceles lo han pagado las empresas importadoras y los consumidores de Estados Unidos, y solo el 15 % las empresas exportadoras extranjeras. Por último, los gastos sanitarios se están disparando tras la decisión de Trump de suprimir parte de la financiación pública.
La Fed, más dividida que nunca
A pesar de esas cifras alarmantes, los financieros siguen apostando por al menos dos bajadas de tipos en 2026. “Nada en las estadísticas sugiere que las subidas de tipos vuelvan a estar sobre la mesa”, afirma un estratega responsable del banco Goldman Sachs. Análisis que es compartido por numerosos fondos de inversión y gestores de activos, entre ellos BlackRock. Todos ya argumentan que mantener los tipos en su nivel actual o, peor aún, la más mínima subida, podría frenar el impulso de la inteligencia artificial y la inversión tecnológica en la economía de Estados Unidos.
Pero no es nada seguro que Kevin Warsh siga ese camino. Llega a una institución profundamente sacudida y dividida después de los ataques de Trump. El expresidente Jerome Powell, personalmente cuestionado, ha decidido conservar su puesto en el comité de gobernadores hasta 2028, para poder defenderse si la Casa Blanca sigue amenazándole con acciones judiciales.
Más preocupante aún para el nuevo presidente es que, en la última reunión del Federal Open Market Committee (FOMC), el órgano que determina la política monetaria del país, tres gobernadores regionales se mostraron abiertamente en desacuerdo. Algo nunca visto desde 1992. Mientras que la institución mantiene sus tipos al mismo nivel desde principios de año, se opusieron a que la Fed anunciara una próxima bajada de los tipos.
Para los observadores, esta rebelión no solo tenía por objeto señalar su preocupación ante el repunte de la inflación, sino también indicar al nuevo presidente del banco central que no tendrá vía libre para dirigir la política monetaria a su antojo.
Desde entonces, parecen haber aumentado los partidarios de un endurecimiento de la política monetaria. A excepción de Kevin Warsh, que mantiene en secreto sus intenciones, solo hay un miembro del comité de la Fed abiertamente partidario de una bajada de los tipos: Stephen Miran, el economista que defendió los aranceles y la guerra comercial con el resto del mundo y que fue nombrado por Trump miembro del FOMC.
El fantasma de la estanflación
Ante lo que la Agencia Internacional de la Energía califica como la “mayor crisis energética de la historia”, muchos responsables de la política monetaria, pero también economistas, han echado la vista atrás. Todos han revisado o están revisando el periodo de las dos primeras crisis del petróleo (1973-1979).
A todos se les aparece el fantasma de la estanflación, ese momento en el que las economías se enfrentaban a un estancamiento o incluso a una recesión económica, al tiempo que registraban inflaciones muy elevadas.
Cada vez se alzan más voces para pedir que no se repitan los errores del pasado y defienden una estricta ortodoxia de la política monetaria, tal y como la instauró Paul Volcker, presidente de la Fed entre 1979 y 1987, al imponer subidas masivas de los tipos de interés, asumiendo sumir a la economía estadounidense en la recesión para acabar con la espiral inflacionista.
Se trata de una crisis de oferta. No porque suban los tipos habrá más gasolina y más queroseno
Esta comparación histórica y el recurso a los mismos remedios para frenar la inflación solo convencen a medias a otros economistas. Es cierto que en ambos casos se trata de un choque energético, pero esta vez el entorno mundial y económico es radicalmente diferente. En los años 70, las economías se inscribían en un capitalismo productivo, en el que los intercambios no estaban globalizados. La demanda interna era fuerte y el poder de negociación de los trabajadores y los sindicatos era real: podían exigir aumentos salariales para compensar las pérdidas de poder adquisitivo.
En cincuenta años ha cambiado todo. La globalización, aunque se está fragmentando, domina el comercio mundial. El capitalismo financiarizado dicta la ley. Con las deslocalizaciones, los trabajadores han perdido todo poder de negociación y la crisis del coste de la vida se está convirtiendo en la preocupación dominante de las clases medias y más pobres. En cuanto a la inflación, no está alimentada por un exceso de demanda o de crédito.
“Pensar que una subida de los tipos permitirá frenar la inflación es una ilusión. Ya lo vimos con el covid y la crisis energética de 2021-2023”, dice el economista Éric Dor. “Se trata de una crisis de oferta. No porque suban los tipos habrá más gasolina y más queroseno. Y las empresas no tendrán más remedio que repercutir el aumento de los precios en sus precios finales para no trabajar a pérdidas”.
En una reciente conferencia en Stanford, Mary Daly, presidenta de la Fed de San Francisco, lanzó la misma advertencia. La economía americana, explicó, se enfrenta a un riesgo de ruptura en las cadenas de suministro que puede llevar a niveles elevados de inflación durante un periodo bastante largo.
El estéril debate sobre los tipos
En este contexto, limitar el debate sobre la política monetaria a la mil veces repetida cuestión de si bajar o subir los tipos, como hacen los círculos bancarios y financieros, supone no plantear las preguntas esenciales, según Carolina Alves, profesora de economía en la Universidad de Londres. “Lo que realmente está en juego no es el ritmo del endurecimiento monetario, sino la capacidad de los responsables políticos para mantener la ilusión de que unos tipos de interés más altos constituyen una respuesta eficaz, o incluso neutra, a las presiones inflacionistas a las que se enfrentan actualmente las economías avanzadas”, escribe en un artículo de opinión.
“En economías cada vez más financiarizadas, las subidas bruscas de los tipos tienen repercusiones muy diferentes”, constata Jézabel Couppey-Soubeyran, profesora titular de la Universidad París-I-Panthéon-Sorbonne. “Esto puede acabar teniendo un efecto depresivo que acabe bajando la inflación, pero ¿a qué precio? Existe un gran riesgo de que estallen las burbujas de activos que se han formado y que ya son enormes, y de que se acentúe la inestabilidad financiera. Pero es aún mayor el riesgo de agravar la crisis social y política. Porque son los más pobres quienes pagan el precio más alto.”
La historia también está repleta de precedentes sobre lo que pueden provocar esos malestares sociales y políticos. Pero, curiosamente, ni la Fed ni su homólogo europeo, el BCE, se han cuestionado las distorsiones económicas que sus decisiones de política monetaria han podido generar, ni siquiera desde la crisis de 2008. Sin embargo, estas se caracterizan por una acumulación de riqueza sin precedentes en muy pocas manos y por abismales desigualdades entre la población.
Una vez más, la Fed se dispone a hacer todo lo posible para defender no el interés general, sino el capital. Sin duda, sentará precedente. Cueste lo que cueste.
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Traducción de Miguel López
Kevin Warsh ha completado sin duda la parte más sencilla de su nueva misión. Pero su nombramiento como presidente del Banco Central de Estados Unidos (la Fed o Reserva Federal), que normalmente no es más que una formalidad, se ha convertido en una auténtica prueba. El miércoles 13 de mayo, el Senado finalmente confirmó su nombramiento con muchas dudas. Su comisión de finanzas había aprobado su nominación el 5 de mayo por un estrecho margen, con trece votos a favor y once en contra.