Las negociaciones con Washington causan divisiones en el régimen iraní

Jean-Pierre Perrin (Mediapart)

En la plaza Vanak, al norte de Teherán, un cartel del tamaño de un edificio de unos 15 pisos muestra la mano de un miembro de la Guardia Revolucionaria iraní retorciendo el estrecho de Ormuz, representado por una tela azul. En el fondo de la imagen se distinguen una veintena de petroleros atrapados, incapaces de atravesar el paso marítimo.

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La leyenda en farsi en el cartel indica que Ormuz no solo está “en manos de Irán”, sino que seguirá estándolo “de forma permanente”. El sultanato de Omán, la otra potencia ribereña del estrecho, ni siquiera aparece en la imagen.

Este cartel gigante parece provenir de los partidarios de la línea más dura del régimen, en su mayoría oficiales del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria (CGRI o pasdaran), que apenas ocultan su hostilidad radical hacia las conversaciones de Islamabad (Pakistán) entre Irán y Estados Unidos.

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Para los miembros de este ejército, la prolongación de la confrontación con Estados Unidos e Israel es necesaria para la supervivencia del régimen, hasta la retirada estadounidense del Golfo Pérsico. Hasta ahora, consideran haber ganado la batalla. Como escribe Kian Abdollahi, redactor jefe de la agencia de noticias Tasnim, vinculada a la Guardia Revolucionaria, Estados Unidos entró en guerra creyendo que disponía de los medios militares para desmantelar las capacidades nucleares y balísticas de Irán, apoderarse de sus 444 kilos de uranio enriquecido y provocar un cambio de régimen, o forzar a Teherán a aceptar una "capitulación sin condiciones”.

Pero no solo Estados Unidos no ha alcanzado sus objetivos, a pesar de 38 días de intensos bombardeos, sino que Teherán tiene hoy la capacidad de bloquear el estrecho de Ormuz, lo que le permite poner en aprietos a la economía mundial.

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Lo que refuerza la determinación de los ultraconservadores a no negociar son los cambios de opinión de Donald Trump y el temor a que pueda utilizar las negociaciones para lanzar un nuevo ataque, como ya hizo en junio de 2025 y el pasado 28 de febrero.

Mohammad Bagher Ghalibaf, partidario del pragmatismo

No obstante, también existe dentro del régimen una línea más pragmática, partidaria de que Irán participe en las conversaciones de Islamabad. La encarna el presidente del Majlis, el Parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, que dirige el equipo negociador, así como el ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, un diplomático curtido que intenta encontrar fórmulas de compromiso sin dar la impresión de que Irán cede a las exigencias de Estados Unidos.

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Para los “pragmáticos”, la única vía de salida del conflicto sería un acuerdo con Washington, pues la economía iraní corre el riesgo de colapsar si continúan las hostilidades. El bloqueo de sus puertos podría resultar, en efecto, catastrófico para el presupuesto iraní, con una pérdida de unos 435 millones de dólares al día (370 millones de euros), de los cuales 276 corresponden a pérdidas por exportaciones, principalmente de petróleo y productos petroquímicos, según una estimación de Miad Maleki, analista de la Fundación para la Defensa de las Democracias (FDD), citada por el Wall Street Journal.

Es a esa facción “pragmática” a la que Donald Trump ha calificado de “nuevo régimen iraní”.

Estas desavenencias en el seno del régimen se ven favorecidas por los vacíos en la cúspide del poder. Ali Larijani, un allegado del difunto líder supremo Ali Jamenei, que dirigía a la vez la diplomacia, la defensa y los servicios de seguridad desde el verano de 2025, murió en un ataque israelí el 17 de marzo y no ha sido sustituido. En cuanto a Mojtaba Jamenei, el nuevo líder supremo, sigue sin aparecer y no se sabe si está gravemente herido o en coma desde el bombardeo del 28 de febrero.

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Evidentemente, la República Islámica ya no tiene a nadie al frente para arbitrar estas luchas internas, que, sin duda, existían antes de la guerra, pero que parecen haberse ampliado ante la ausencia de una figura tutelar.

Cuando el ministro de Asuntos Exteriores iraní anunció la reapertura del estrecho de Ormuz, fue desmentido horas más tarde por los Guardianes de la Revolución

Desde entonces, los altos responsables del régimen no se ponen de acuerdo sobre la política a seguir. De ahí las vacilaciones sobre la participación de Irán en las negociaciones de Islamabad y la reapertura del estrecho de Ormuz. El martes por la noche aún se desconocía si una delegación iraní acudiría a las conversaciones de Islamabad. “No se ha tomado ninguna decisión”, afirmaba el Ministerio de Asuntos Exteriores al final del día.

Durante la primera reunión entre Irán y Estados Unidos en Islamabad, que duró 21 horas, el vicepresidente J. D. Vance había comunicado que los negociadores iraníes habían tenido que regresar a Teherán para obtener la aprobación de otros dirigentes. Y cuando el ministro de Asuntos Exteriores iraní anunció, el 17 de abril, la reapertura total del estrecho de Ormuz, provocando de inmediato una subida de los mercados bursátiles, fue desmentido secamente horas más tarde por la Guardia Revolucionaria. “Tuit torpe e incompleto de Araghchi y ambigüedad engañosa sobre la reapertura del estrecho de Ormuz”, escribió poco después la agencia Tasnim, en su página web.

“No confíen en un idiota”, llegó a decir un comandante de los pasdaran durante una conversación por radio con el capitán de un barco indio que creía que el estrecho estaba abierto y se sorprendía de ser amenazado por la Armada iraní. El término “idiota” fue, por cierto, retomado por la televisión estatal, siempre para referirse al titular de Exteriores, Abbas Araghchi.

Manifestaciones orquestadas

Al abrir el estrecho el viernes 17 de abril, Teherán pensaba que “Estados Unidos respondería levantando el bloqueo”, señala Vali Nasr, profesor de relaciones internacionales en la Universidad Johns Hopkins (Estados Unidos), en la red social X. Pero su mantenimiento “no ha hecho más que alimentar las sospechas de Irán” sobre el hecho de que las conversaciones de Islamabad “no serían más que una artimaña diplomática previa a otro ataque militar”. Una sospecha basada también en posiciones que siguen estando muy alejadas entre Washington y Teherán, especialmente en el corazón del conflicto: la cuestión nuclear.

La batalla entre los más radicales del régimen y los “pragmáticos” también se libra en las calles. Cada noche, desde el inicio de la guerra, el régimen moviliza a decenas de miles de sus partidarios en las plazas de las grandes ciudades. En esas ocasiones, el nombre de Mohammad Bagher Ghalibaf es abucheado regularmente por multitudes de jóvenes que, además, reclaman que continúe el conflicto. Algunas redes sociales, como la aplicación de mensajería Eitaa Web, incluso le acusan de “traición”. “La negociación solo puede traer el mal”, se lee en uno de los artículos.

El presidente del Parlamento ha reconocido que Irán es más débil, tanto militar como financieramente, que Estados Unidos

El presidente del Majlis y antiguo alcalde de Teherán concedió una larguísima entrevista el sábado 19 de abril a la televisión estatal, en la que defendió su enfoque diplomático del conflicto. Sostuvo que no suponía ni una renuncia a las exigencias de Irán ni una acción disociada del campo de batalla, sino la continuación del conflicto por otros medios. En otras palabras, una forma de consolidar los logros militares y traducirlos en resultados políticos, así como en una paz duradera.

Ghalibaf también lanzó una advertencia a los extremistas contra cualquier triunfalismo. Aunque afirmó que la República Islámica “controlaba el campo de batalla” y que, si se reanudaba la escalada, estaría dispuesta a responder, reconoció que Irán era, sin embargo, más débil, tanto militar como financieramente, que Estados Unidos. Nunca antes un dirigente de la República Islámica había hecho declaraciones de este tipo sobre la superioridad estratégica estadounidense.

En la misma entrevista, Ghalibaf señaló que el estrecho de Ormuz sigue siendo una baza esencial para su país y que las restricciones al tráfico marítimo continuarán si no se levantaba el bloqueo estadounidense. Pero, a diferencia de la facción radical, precisó que Irán desea una normalización del tráfico y no busca perturbarlo todavía más: “Siempre hemos trabajado por una normalización, pero cuando no se han cumplido los compromisos, hemos restringido el tráfico”. No obstante, añadió que el acceso al estrecho permanecería cerrado para los países hostiles: “Queremos que aquellos que no actúan con hostilidad hacia nosotros puedan pasar libremente. No buscamos crear inseguridad”.

Conflicto interno en la Guardia Revolucionaria

Lo que ha cambiado con la guerra es que el conflicto entre facciones, que solía oponer a los radicales y a los reformistas, también se ve ahora en la jerarquía de los pasdaran.

El propio Ghalibaf fue un comandante que participó en la guerra entre Irán e Irak y dirigió sus fuerzas aéreas. Sus adversarios más notorios son el comandante del CGRI, Ahmad Vahidi, y el secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional (CSSN), Mohammad Bagher Zolghadr, ambos descritos por los observadores iraníes como decididamente favorables a la continuación del conflicto. Cuentan con el apoyo del partido ultraconservador Paydari, acusado por varios periodistas iraníes de incitar a las manifestaciones contra las negociaciones.

Según la televisión por satélite Iran International, con sede en Londres y cercana a la oposición, Ghalibaf tiene influencias dentro de la rama aeroespacial de la Guardia Revolucionaria y mantiene vínculos con la familia de Ali Jamenei, de quien fue piloto particular, en particular con su hijo, el invisible Mojtaba.

Pero, sean contrarios o favorables a las negociaciones, los responsables iraníes siguen involucrados en la represión. En una nueva directiva, el responsable del poder judicial, el clérigo Mohseni Ejei, ha ordenado la movilización general de todos los tribunales. Compara a los jueces con “combatientes” y les ha pedido que sesionen día y noche, e incluso los viernes.

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Este martes 21 de abril ha sido ahorcado un joven manifestante de 22 años, Amirali Mirjafari. Y una adolescente de 16 años, Diana Taherabadi, condenada a muerte.

 

Traducción de Miguel López

En la plaza Vanak, al norte de Teherán, un cartel del tamaño de un edificio de unos 15 pisos muestra la mano de un miembro de la Guardia Revolucionaria iraní retorciendo el estrecho de Ormuz, representado por una tela azul. En el fondo de la imagen se distinguen una veintena de petroleros atrapados, incapaces de atravesar el paso marítimo.

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