"No se puede movilizar a las democracias pensando a 50 años": la mirada corta que exige la crisis climática

Jade Lindgaard (Mediapart)

La ola de calor que acaba de azotar Europa sirve como un recordatorio de que el cambio climático no ha terminado. Aunque el clima haya desaparecido del radar político, los desequilibrios del sistema terrestre continúan avanzando y, de momento, ante la insuficiente reducción de los gases de efecto invernadero, parecen irreversibles.

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Este caos climático es inseparable de las amenazas existenciales que pesan sobre las democracias del mundo. En 2025, se contabilizaron 91 autocracias frente a 88 democracias. A día de hoy, el 72% de la población mundial vive bajo un régimen autoritario.

Es esta crisis la que analizan la historiadora Amy Dahan y el sociólogo Stefan C. Aykut en su obra magistral La Mutation climatique —publicada por Presses de Sciences Po—, un libro atravesado por un ideal democrático y ecológico que no ha perdido del todo la esperanza.

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Mediapart: En su opinión, el periodo que vivimos es una “mutación climática”, una idea que conviene distinguir de la transición ecológica. ¿Por qué?

Amy Dahan: La mutación climática es, verdaderamente, un nuevo estado de la condición humana. Es el resultado de la crisis climática y de las amenazas que ha provocado desde el punto de vista de la habitabilidad del planeta y de lo que sufren las sociedades. Las nuestras, pero también las del Sur.

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Se refiere tanto a los impactos de esta crisis como a las perspectivas que abre. No es algo que se reduzca a una mera cuestión ecológica. Interactúa con los cambios geopolíticos que estamos viviendo y sus repercusiones en los regímenes democráticos, en particular en el nuestro y en Europa. Es algo nodal.

La situación actual ya no tiene nada que ver con el mito de una transición suave e indolora que, supuestamente, iba a conducirnos a soluciones gracias sobre todo a la tecnología.

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¿En qué sentido ya no tiene nada que ver?

Stefan C. Aykut: Al utilizar el concepto de “mutación climática”, seguimos la intuición de dos pensadores que nos han influido: Ulrich Beck y Bruno Latour. Ambos hablaron de “mutación” y de “metamorfosis” para describir un estado del mundo en el que las herramientas para analizar las sociedades ya no parecían servir para comprender los cambios observables.

Nosotros hemos preferido el concepto de mutación, ya que da la impresión de un cambio profundo, pero no determinado de antemano. No sabemos realmente hacia dónde vamos. El concepto de transición da la impresión de que partimos de un estado estable para ir hacia otro, y que entre ambos hay un cambio más o menos lineal.

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Se oye a gente decir que hay que construir la paz porque la guerra consume combustibles fósiles. Pero no toda paz es legítima

Creemos que no es en absoluto el tipo de cambio el que estamos viviendo. Una de las razones es que nuestras sociedades se han construido sobre el consumo de recursos fósiles [carbón, petróleo y gas] y han basado la legitimidad de su régimen político en esa abundancia. La redistribución de la riqueza procedente de los combustibles fósiles permitió cierta paz social.

Todo eso está cambiando hoy. Esas transformaciones son, hasta cierto punto, imprevisibles. Tienen efectos secundarios que controlamos mal y que se combinan con otras dislocaciones geopolíticas y democráticas. Esa es la turbulencia en la que nos encontramos.

Ola de calor, bloqueo del Estrecho de Ormuz, ataques de drones rusos: ¿en qué se relacionan todos estos acontecimientos?

A. D.: Con la ola de calor que acabamos de sufrir, se ve claramente que el escepticismo climático queda desmentido. La alerta climática es muy grave. Todo lo que ocurre hoy lo demuestra y lo confirma. La población es sensible a ello y no es escéptica respecto al clima.

La invasión de Ucrania responde a la ambición imperial de Rusia, un imperio autocrático que busca recuperar un lugar en Europa y amenaza a toda nuestra región. Ahora bien, Rusia vive de la exportación de combustibles fósiles. Su economía, más allá del petróleo y el gas, está en retroceso. No sabe salir de esta situación más que mediante amenazas, drones y destrucción en Kiev, frente a un país que resiste heroicamente. Es una amenaza democrática para Europa.

Se oye decir que hay que construir la paz porque la guerra consume combustibles fósiles. Pero no toda paz es legítima. La capitulación ante Putin no es paz. Está cargada de amenazas y guerras futuras.

Trump refuerza su control sobre el petróleo, pero Putin también financia su guerra con el petróleo y el gas

El tercer elemento del panorama es lo que está sucediendo en el Estrecho de Ormuz y en todo Oriente Medio. Hay un giro autoritario y autocrático de Trump, que ha iniciado esta guerra en Irán supuestamente para liberar al pueblo, pero que solo tiene una idea: hacerse con el control del petróleo de toda la región. Le está saliendo muy mal, porque sus aliados regionales se han dividido. Tenemos, por tanto, una confluencia de contradicciones en esta crisis de Ormuz.

¿De qué maneras la crisis climática se está convirtiendo en una crisis existencial para las democracias?

S. C. A.:  Están llegando a su fin dos relatos fundamentales, desmentidos por lo que está sucediendo hoy.

Por un lado, el relato del fin de la historia, de la democracia “inevitable” que iba a extenderse por todas partes. Ese espíritu de los años 90—del que hoy podemos reírnos— daba la impresión de que la democratización estaba en marcha. Una impresión que, además, se vio reforzada en la década de 2010 por las primaveras árabes y las revoluciones de colores en Europa. Pero ahora vemos un efecto rebote: autocracias que se fortalecen y movimientos autoritarios que emergen en las democracias occidentales.

El segundo relato es el de la transición ecológica “inevitable”. Esa impresión de que, de todos modos, tras la Conferencia de París sobre el Clima de 2015, la transición iba a realizarse de todos modos; de que, en realidad, ya estaba en marcha y nos encontrábamos inmersos en ella.

Hoy vemos que las autocracias actúan de manera muy agresiva en el plano internacional y quieren desestabilizar a las democracias.

También vemos que los combustibles fósiles desempeñan un papel fundamental en las relaciones internacionales: en la desestabilización de Venezuela e Irán; en el refuerzo del control de Trump sobre el petróleo y en la financiación de la guerra de Putin mediante el petróleo y el gas.

El desarrollo de las nuevas tecnologías ha hecho posible contar y difundir un discurso alternativo a la realidad, que no tiene nada que ver con la verdad

Estos dos relatos han sido, sin embargo, muy importantes, porque están en el origen de la crisis actual. Según nuestro análisis, la década de 2010 supuso un gran golpe para las autocracias fósiles. Los pueblos reclamaban democracia en la plaza Tahrir, en Egipto, y en el Maidán, en Ucrania, es decir, en una zona muy próxima a las autocracias del Golfo y de Rusia. Y con el Acuerdo de París sobre el clima se tenía la impresión de que el fin de la era de los combustibles fósiles podía empezar a vislumbrarse en el horizonte.

Pero a partir de ahí se observa una reacción extremadamente violenta y de largo alcance para sofocar los movimientos democráticos. Esa reacción conduce a la invasión de Ucrania y también a la influencia de Putin en las elecciones estadounidenses.

Por otro lado, las ciencias climáticas y las políticas de transformación están siendo atacadas por todas partes. No son exactamente lo mismo, pero hay una convergencia entre el intento de erosión democrática y el intento de socavar las políticas de transformación. Las instituciones científicas —como el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, el IPCC— que sostienen la alerta climática son también instituciones importantes para el debate democrático.

Eso se traduce en el control de determinados medios de comunicación en Estados Unidos y Europa, y en el ataque a las políticas de transición ecológica conocidas como Pacto Verde, que apuntan tanto a la transformación hacia una economía baja en carbono como a los fundamentos democráticos y sociales de los Estados.

¿Considera usted que el retroceso ecológico y el retroceso democrático están íntimamente relacionados?

A. D.: La postura orwelliana del discurso de Trump y de los neoliberales estadounidenses desempeña un papel fundamental en esta historia. Esta cuestión de la verdad, de la adecuación a la realidad de lo que se dice del mundo, se convierte en algo muy importante.

Los defensores de las energías fósiles han optado pues por la decadencia democrática en lugar de cambiar su modelo de negocio

El desarrollo de las nuevas tecnologías ha hecho posible contar y difundir un discurso completamente alternativo a la realidad, que no tiene nada que ver con la verdad. Este discurso adquiere coherencia por su mera difusión, por el simple hecho de que es retomado por gente de todas partes, en las redes sociales, pero también por intereses políticos.

Esto afecta a la cuestión del escepticismo climático, porque se niegan cosas absolutamente evidentes. Y permite campañas de desinformación e intentos de manipulación, incluso en países democráticos que no se han visto afectados por el escepticismo climático.

¿Por qué es tan importante?

S. C. A.: Desde el principio, la cuestión de la degradación de las democracias y los ataques contra las ciencias del clima estuvieron íntimamente ligados a Estados Unidos.

La Heritage Foundation, que es absolutamente fundamental en el ascenso de Trump y en la elaboración de su “Proyecto 2025”, está financiada con dinero de las energías fósiles, bajo el impulso de los hermanos Koch, que hicieron su fortuna con el petróleo y la petroquímica. De hecho, han seguido una agenda a la vez liberal en lo económico y claramente dirigida contra “la amenaza verde”, en particular la climática.

Detrás hay una corriente de pensamiento bastante profunda, articulada en torno a la idea de que si se deja que la ciencia y la democracia sigan su curso, estas regularán cada vez más, porque el modelo de negocio del capitalismo fósil no es viable para el planeta. Los defensores de las energías fósiles han optado, por tanto, por la degradación democrática antes que por cambiar su modelo de negocio.

No habrá transformación ecológica si no es redistributiva y no va en la dirección de la reducción de las desigualdades

A esto se suma hoy la nueva alianza con las GAFAM —Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft—. Durante mucho tiempo, las grandes empresas digitales fueron aliadas de la causa climática. Estos grupos tenían objetivos ambiciosos de reducción de emisiones de CO2 y de uso de energías renovables. Hoy ya no se habla de eso en absoluto. Se acabó.

¿Por qué?

S. C. A.: Porque se han dado cuenta de que los centros de datos y la inteligencia artificial consumen muchísima energía. Ahora tienen un presidente que les promete suministrársela. Y, finalmente, se ha formado una alianza con esta nueva élite que ocupa el centro de nuestros sistemas de información.

Podemos tomar el ejemplo de Grokipedia, esa web alternativa a Wikipedia creada por Elon Musk y redactada íntegramente por una inteligencia artificial sesgada, que ha sido programada para reflejar sus puntos de vista. Hoy hay millones de artículos en esa web que alimentan los sistemas de inteligencia artificial de las próximas generaciones. Remiten, por ejemplo, a sitios que presentan el cambio climático como una controversia, como si no fuera un hecho causado por las actividades humanas. Aquí vemos de nuevo cómo la cuestión climática parece ser una obsesión para esos medios.

Con el proyecto de abandono de las energías fósiles, nos enfrentamos a la red de influencia más poderosa que quizá haya visto jamás el mundo. Si subestimamos el carácter conflictivo de la transformación climática, tendremos graves problemas.

En su libro hablan de unarepresión política y social” de la transformación ecológica, que sería a la vez inevitable, pero también una dinámica que puede abordarse políticamente. ¿Abre esto una puerta a avances ecológicos y democráticos?

A. D.: El discurso sobre la transición justa o sobre las desigualdades ha avanzado enormemente. También lo han hecho las investigaciones de un gran número de economistas, como Lucas Chancel en Francia. Se ve claramente que las desigualdades climáticas no se dan únicamente entre países ricos y países pobres, sino también dentro de los propios países. Incluso en los países en desarrollo, las clases acomodadas consumen y emiten muchísimo. Las investigaciones muestran que el 5% más rico del mundo emite tanto como el 50% de la población mundial. Creo que este análisis sobre las desigualdades aún no ha sido valorado como merece en el espacio público.

No habrá transformación ecológica si no es redistributiva y si no avanza en la reducción de las desigualdades. No se pueden pedir sacrificios a los excluidos si los más privilegiados no hacen nada. Eso nunca funcionará.

Para lograrlo, hay que acortar los horizontes y los plazos de acción. Los objetivos de descarbonización para 2050 y de limitación del aumento de las temperaturas a finales de siglo no bastan. Reconocerlo no significa rebajar las ambiciones climáticas. Se trata, simplemente, de intentar arreglárnoslas para recorrer los próximos cinco años con una visión más o menos clara de los 50 que vendrán después. No se puede movilizar a las democracias pensando en lo que va a pasar dentro de 50 años. Se movilizan por cosas que les interesan a corto plazo.

*

Stefan C. Aykut y Amy Dahan, La Mutation climatique, Presses de Sciences Po, 418 páginas, 26 euros.

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Esta entrevista tuvo lugar en Mediapart el 29 de mayo; Stefan C. Aykut participó en ella por videoconferencia desde Alemania. Los entrevistados no han pedido revisarla.

 

Traducción de Miguel López

La ola de calor que acaba de azotar Europa sirve como un recordatorio de que el cambio climático no ha terminado. Aunque el clima haya desaparecido del radar político, los desequilibrios del sistema terrestre continúan avanzando y, de momento, ante la insuficiente reducción de los gases de efecto invernadero, parecen irreversibles.

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